domingo, 24 de mayo de 2020

COMO SALVADOR SEGUÍ GANÓ SU PRIMERA PESETA

Artículo publicado en "El Obrero"


Hace uno años, en una librería de viejo, di con una rareza poco conocida que no pude evitar la tentación de adquirir. El libro en cuestión se titulaba ¿Cómo y cuando ganó usted su primera peseta?, producto de la encuesta que el periodista Francisco Gómez Hidalgo realizó y la librería Renacimiento publicó en el año 1922. El libro, aunque anecdótico, es interesante por varias cuestiones. La primera por el autor, el periodista Francisco Gómez Hidalgo. Periodista muy afamado en la época, colaborador de periódicos muy importante del momento como El Liberal o El Heraldo de Madrid. Liberal y republicano, Gómez Hidalgo fue militante, ya en los años de la Segunda República, del proyecto de Diego Martínez Barrio, Unión Republicana, siendo diputado en 1936 por el Frente Popular. Debido a su militancia política tuvo que exiliarse tras el conflicto civil y murió en México en 1947. No solo queda ahí la importancia de Gómez Hidalgo, pues de su pluma salieron libros muy interesantes como biografías de toreros como Juan Belmonte o sus visiones sobre el conflicto de Marruecos. Entre las cuestiones poco conocidas de este periodista, ya de por sí poco conocido hoy día, esta la dirección y guion de una película de 1926 que se tituló La malcasada, un folletín de la época donde se une amoríos, toros y guerra de Marruecos, en una producción que viéndola no fue la mejor representante del momento. Sin embargo, en esa película, junto a los protagonistas de la obra aparecen personajes importantes y famosos del momento como el dictador Miguel Primo de Rivera, los escritores Wenceslao Fernández Flórez, Valle-Inclán o Azorín, el tenor Miguel Fleta, los políticos Luis Araquistáin o José Sánchez Guerra e, incluso, un joven Francisco Franco.
                La curiosidad del libro de Gómez Hidalgo publicado en 1922 radica en la amplia diversidad de personajes a los que le hizo la encuesta, lo que indica la popularidad e importancia del personaje en momento. En sus páginas nos relata como ganaron su primera peseta personajes como Carlos Arniches, Mariano Benlliure, Pedro Corominas, Jacinto Benavente, Alberto Insua, Concha Espina, Carmen de Burgos, Margarita Nelken, Santiago Ramón y Cajal, Julio Romero de Torres, José Millán Astray, etc. Hasta un total de 224 respuestas.
                El movimiento obrero también está representado en estas encuestas, y hay dos militantes de la CNT: Ángel Pestaña y Salvador Seguí. Ambos, en aquella fecha de 1921-1922 posiblemente los más importantes y relevantes del anarcosindicalismo. Reproducimos aquí la larga respuesta de como Salvador Seguí ganó sus primeras pesetas, y mostramos en grado de complicidad entre ambos personajes. Una historia anecdótica, pero que no deja de ser curiosa. En el momento de la respuesta Seguí estaba preso, tal como indica al final de su escrito. Pocos meses después de la publicación de este libro, Salvador Seguí fue asesinado por pistoleros pagados por la patronal catalana, poniendo fin a la vida de una de las figuras más emblemáticas del movimiento obrero español.


Estimado amigo Gómez Hidalgo:
                No puedo negarle lo que tan amablemente me pide. A otro, que no fuera usted, se lo hubiera negado, porque creo que estas cosas, en el fondo, no interesan a nadie y lo poco que tienen de interés es nocivo para la curiosidad del público, ya que determinan conformaciones morbosas en la opinión. Usted me entiende.
                Por otra parte, mis actos son harto corrientes y vulgares para que puedan despertar curiosidad alguna. Porque no interprete el amigo, a quien tanto le estoy obligado, como desaire mi negativa, voy a complacerle.
                La primera peseta, o las primeras pesetas, que gané – pues fueron más de una – fue de singular y caprichosa manera. Vera usted:
                No tenía mas de ocho años en la primavera de 1896. Era de vigilia del domingo de Ramos.
                ¡Domingo de Ramos! ¡Con cuanta ilusión lo esperaba siempre mi alma infantil, enamorada de la leyenda, de lo bello y lo majestuoso! ¡Con cuanta emoción lo recuerdo aun, cuando mi espíritu, reconcentrándose, aviva el recuerdo de aquellos tiempos, dulces y tranquilos, serenos y amables, de mi niñez! Es esta fiesta, sin disputa, una de las más bellas que celebra la Iglesia y la cristiandad toda. Fiesta de primavera y esperanza, fiesta de gentiles paganías y de fecundas promesas. Así la interpretaban los antiguos pueblos de Oriente, que hacían un culto de la Belleza y de la Vida. Siglos después, la Iglesia ofrendaba a esa fiesta en forma de glorificación y homenaje al legendario hijo de Galilea en su triunfal entrada en Jerusalem. Así fue creado el más bello mito de la leyenda cristiana por los padres de la Iglesia, y conservado, aunque transfigurado, uno de los ritos más hermosos del Paganismo. Que el buen gusto se lo paguen y se lo tengan en cuenta.
                Como queda dicho, estábamos en la vigilia de la referida fiesta del año citado; al paso de marcharse de casa mi padre a sus tareas, yo rogué a mi madre que me diera los céntimos precisos para ir a comprarme el ramo, la áurea y elegante palma que al día siguiente tenía que ofrecerse como tributo de admiración y de fe al divino hijo de Dios, por haber venido al mundo a redimir a los hombres. Mi madre se negó en principio a darme los céntimos que yo tan insistentemente le pedía, no solo porque tuviera el temor de que me los gastara en golosinas con los demás chicos de la calle, sino también porque les privara del placer de comprármelo ella, como hacia todos los años. Tanto insistí, tanto rogué, que mi madre, bondadosa como todas las madres – la mía lo era en grado superlativo –, me dio el dinero, ¡dos reales!, pero me los dio convencida de que me los gastaría en chucherías y no en aquello para que los reclamaba.
                Era el atardecer. Me fui, no sin antes me advirtiera mi madre de que a eso de las ocho estuviera en casa, pues, como de costumbre, tenía que llevar la cena a mi padre, que por aquel entonces aun los tahoneros trabajaban de noche. Yo, como es de suponer, di todas las seguridades a mi madre de que a la citada hora ya estaría de regreso en casa.
                Alcanzando mi primer propósito, me dirigí hacía el lugar hacía el lugar donde vendiase las ramas, que por aquellos tiempos hacíase en todo lo largo de la rambla de Cataluña. Una vez allí, me detuve frente a una de las muchas paradas que había en la feria. Se hacían transacciones entre compradores y vendedores, Me informaba, me informaba de los precios que era para mi los más interesante. ¡Desilusión! Las ramas que vendíanse más baratas costaban tres reales. Así y todo, intenté fortuna. Muy serio, muy formalito, pregunté al hombre que vendía que cuanto valía una palma que yo había escogido y que tenía en mis manos; respondióme él que una peseta. ¡Una peseta! No, no podía gastar yo tanto… Le ofrecí dos reales por ella, y el hombre, tomándome el ramo de las manos, díjome que los más baratos que tenía valían tres. En esta situación, ¿qué hacer? ¿Marcharme a casa sin conseguir mi objetivo, después de vencidas antas dificultades? ¡Oh, no! Mi orgullo de niño se oponía a ello. Además, ya no era el ramo en sí lo que más me preocupaba: era el sentimiento de mi impotencia, el fracaso de mi intento, las mismas chacotas que despertaría en la vecindad y que a mi me hubieran parecido como una humillación insoportable.
                No, no me fui; me quedé con la esperanza de reducir, de ablandar la terquedad del vendedor. ¡Triunfé! ¿Llegué yo a percibir el que aquel hombre cedería? ¿Llegó él, a su vez, a ver en mi un caso de tenacidad? ¿Por qué no me fui? ¡No sé! Hay cosas realmente inexplicables. ¡Ni aquel hombre ni yo éramos adivinos ni maestros de psicología! Lo cierto es que a la media hora que yo estaba allí aquel hombre me dio un ramo, yo le entregué los dos reales, y satisfecho y ufano me dirigí a mi casa rambla abajo.
                No hay llegado aun a la rambla de Canaletas, cuando una mujer, acompañada de un niño, preguntóme cuanto me había costado la palma. YO, sin vacilar, le contesté que tres reales. El niño demostró deseos de poseerla; entonces la mujer aquella me invitó a que se la vendiera, y por aquella cantidad se la cedí.
                Fuíme otra vez a la feria y al mismo lugar; el vendedor, al verme, me interrogó con una mirada. Le dije que el ramo que había adquirido antes era para un amigo mío. Después de algunas palabras más me dio otro, pagué, y en paz. Ya no me fui rambla abajo, me quedé en la feria, en la parte central del paseo. Pronto vendí mi segundo ramo por el mismo precio que el primero. Me presenté otra vez al vendedor. Entonces comprendió aquel hombre lo que yo hacía: revendía lo que a él le compraba. A partir de ese momento dispuse de cinco palmas cada vez. Cuando las había vendido las pagaba y me entregaba otras cinco. Concretando: aun no eran las once de la noche, cuando había vendido cerca de sesenta palmas y en mi bolsillo había doce pesetas con sesenta céntimos, todo ganancias. ¿Ganancias? ¿Eran realmente legítimas dichas ganancias? Siempre tuve mis dudas acerca de ello.
                La feria tocaba a su fin. Agotado, el género, retirábase ya los vendedores. Por otra parte, los compradores eran escasos, quedaban solo los rezagados. Me despedí de mi protector hasta el año siguiente.
                Inútil decir que no me acordé de cenar y menos aun de llevar la cena a mi padre. ¡Buena era la que me esperaba, buena! Ya había descendido por todas las ramblas e iba a internarme por la calle del Hospital, hacía mi casa, cuando me encontré, frente a frente, con mi madre. ¡Iba a la feria a ver si me encontraba! Estaba desesperada, indignada. Me reconvino y amonestó severamente. Quedé como petrificado; no me defendí, no chisté siquiera. ¡Sobrada razón tenía mi madre! Mas luego, acordándome de mi heroicidad, reaccioné. Saqué el dinero de mi bolsillo, se lo entregué todo a mi madre y le conté todos los episodios de mi hazaña. ¡Quedó asombrada, no me creyó! Preguntóme una y otra vez de donde había sacado tanto dinero; yo, sobrecogido de espanto, le repetía lo que había sucedido. Fue en vano, no daba crédito a mis palabras. Entonces le propuse que fuésemos a comprobar lo que decía. Aceptó. Hacia la feria nos dirigimos; a medida que nos acercábamos a ella, el rostro de mi madre iba serenándose y ¡bien lo notaba yo! Llegamos al lugar, presto estaba ya el vendedor de marcharse, cuando mi madre le interrogó. Aquel hombre le contó la verdad de lo ocurrido, añadiendo por su cuenta alabanzas a mi personita. Aquel buen sujeto se ofreció, cortés y amablemente, en todo a mi madre, rogándole que al año siguiente me dejara que fuera a ayudarle en la venta. Mi madre se excusó.
                Años después sostuve franca y leal amistad con aquel hombre. Se llamaba Salvador Mateu, era propietario y comerciante en Elche, persona tan activa como honrada y generosa. Ignoro si vive aun, pero siempre le recordaré con simpatía y gratitud.
                Convencida de lo que le había dicho y tranquilizada por lo sucedido, además de contenta por haberme encontrado, llegamos mi madre y yo a nuestra casa. Una vez en ella, preguntóme si había cenado: contéstele que no; encendió la hornilla para calentar mi cena. Ella también tomo un bocado. Mientras comíamos, le conté una vez más las incidencias de la jornada. Me lo perdonó todo, como saben perdonar las madres las travesuras de sus hijos: con sonrisas y besos. Me acosté.
                Al día siguiente, confundíase mi palma con la de los demás niños, en el atrio de la iglesia. Ramos de olivo, símbolo de la paz. Ramos de laurel, símbolo de la gloria. Graciosas y doradas palmas, fruto precioso de la palmera, reina del desierto y de los países del sol… Todo ello se ofrendaba al redentor del mundo, sin que el mundo se haya redimido aun…
                ¡Quien pudiera tener siempre las ilusiones y el corazón de niño!
                Siempre suyo,
Salvador Seguí
Cárcel de Barcelona, 1921

martes, 12 de mayo de 2020

La CNT en el Primero de Mayo de 1931

Artículo publicado en el periódico El Obrero


Tras los años de la dictadura de Primo de Rivera y la festiva llegada de la República en abril de 1931, la jornada del Primero de Mayo era fundamental para calibrar la fuerza de un movimiento obrero que había sido factor protagonista en la caída de la monarquía.
                La CNT, siguiendo el entusiasmo revolucionario que daba al momento histórico, celebró aquel Primero de Mayo reforzada y con una visión muy clara. La alegría por haber tumbado la monarquía tenía que continuar reforzando la organización obrera. Por ello, para los anarcosindicalistas aquella jornada no era una fiesta como lo había declarado el gobierno, sino un día de lucha para mostrar la desigualdad y la explotación del sistema económico capitalista. Muy en consonancia con el ideario del anarcosindicalismo, dejándolo plasmado en su editorial de Solidaridad Obrera y en vísperas de su trascendental congreso del Teatro del Conservatorio.
                Aquel Primero de Mayo acabó, en muchos lugares del país, con enfrentamiento entre los trabajadores y las fuerzas del orden público, lo que valió una contundente condena de la CNT en el mismo periódico dos días después.

UN NUEVO MAYO PARA LA CNT

El primero de mayo ha sido declarado fiesta oficial por el Gobierno de la República.
En el calendario republicano quedará consagrada la llamada fiesta del trabajo. Pero en el calendario de los trabajadores, de los desheredados de la riqueza socia, continuarán contándose hasta trescientos sesenticinco día de explotación capitalista, de robo legalizado, de vejámenes, de trabajos forzados, de miseria, de humillación y de oprobio. Y se contarán interminables los días sin pan y sin trabajo; las jornadas dolorosas del hambriento, de los obreros parados para los cuales todos los días fiestas y todas las fiestas de ayuno cruel y horripilante.
                Hoy será la fiesta del trabajo para los que nunca trabajaron; para los que sus manos no empuñaron jamás la productiva herramienta que sobre fecundantes surcos en la tierra, que taladra los montes y eleva monumentos al saber y a la laboriosidad; para lo que del trabajo ajeno vivieron; para los que transformaron el sudor de los trabajadores  en montones de oro y plata; para lo gandules, para los ociosos, para los ricos que hacen de la vida una eterna fiesta, el primero de mayo será el símbolo de sus placeres infinitos y sus hartazgos.
                Para los trabajadores que en el sistema capitalista en Monarquía o en República tiene que vender su esfuerzo muscular o intelectual como mercancía vil no puede haber fiesta del trabajo. Para el proletariado que vive sometido a la más abyecta condición de esclavo no puede haber mayo florido. Para los expoliados de la tortura que por razón de leyes inhumanas están vergonzosamente sujetos a las imposiciones de la oferta y la demanda no hay fiesta ni flores.
                Los que hemos de sufrir el trabajo como un castigo, como una vergüenza, como una condenación no podemos festejarlo ni en mayo ni en diciembre, ni en Monarquía ni en República.
                Festejar el trabajo cuando este representa una cadena para los obreros seria tan odioso y tan como besar el látigo que nos azota.
                Llevar en triunfo como símbolo de grandeza y prosperidad, lo que, hasta hoy, para los trabajadores, no es mas que el sello de miseria y de la servidumbre, sería tan indecente como santificar el vicio y la prostitución como símbolos de la virtud y honradez.
                Un homenaje a la esclavitud solo pueden rendirlo unos esclavos o los tiranos que se aprovechan de ella.
                El día primero de mayo no puede ser fiesta para los trabajadores. El primero de mayo, como todos los días, debe ser una jornada de lucha. Una jornada más de lucha que unida a todas, rompa las cadenas que oprimen a los hombres y que hacen del trabajo un estigma que reduce a la condición de seres inferiores a lo que de él no podemos sustraernos. Una jornada de lucha para dignificarlo; para elevarlo a la condición de creador de la felicidad universal; para manumitirlo de la tutela de los vampiros y rufianes de la sociedad; para librarle de esta prostitución capitalista y purificarlo con los castísimos besos de la libertad, igualdad y fraternidad humana.
                El proletariado internacional festejará el trabajo cuando libre de patrimonios particulares y privilegios irritantes sea la fuente de la riqueza y bienestar social.
                Los productores, entonces, celebraremos la fiesta del trabajo; y la celebraremos todos los días en el taller, en la fábrica y en el campo; porque cuando el trabajo sea libre, todos los días serán una fiesta y todas fiestas serán del trabajo.
                Ahora… ¡Celebrad vuestra fiesta del trabajo los que jamás trabajasteis! ¡Redid culto a la diosa laboriosidad que os ofrece su prostituido seno! ¡Holgad y festejar la abundancia que os proporciona el trabajo ajeno, mientras lo que lo ejecutan mueren de hambre! ¡También nosotros sabremos algún día librar el perfume de la gloria! Y lo haremos muy satisfechos porque será después de haber cumplido con nuestro deber.
                Mientras tanto no perdamos el tiempo. El proletariado español debe procurar que este mayo no sea simplemente un mayo más, sino un mayo nuevo.
                La CNT ha de empezar en este mayo su gigantesca obra. Ha de empezar a construir el edificio social que en los mayos futuros ha de cobijar a todos los trabajadores.
                En este mayo republicano, cuando los pechos rebosan entusiasmo y alegría, hemos de pensar en nuestro mayo social.
                La jornada será larga y penosa; pero ya que hemos conseguido ganar lo más difícil del camino, continuemos la marcha.
                La República del Trabajo no esta muy lejos, procuremos que la CNT pueda declarar cuanto antes la fiesta de la felicidad del proletariado.

lunes, 4 de mayo de 2020

LOS ANARQUISTAS DE CHICAGO

Artículo publicado en el diario El Obrero


Uno de los lugares comunes en la historia del movimiento obrero es no prestar la suficiente importancia al desarrollo del obrerismo en Estados Unidos, pues allí encontramos algunas de las claves fundamentales para entender el movimiento obrero internacional.
                Marx, al producirse la ruptura de la AIT en el Congreso de La Haya trasladó el Consejo General de la Internacional de Londres a Nueva York, donde ya existía una base del socialismo y en poco tiempo aparecieron organizaciones como Socialist Labour Party o los Caballeros del Trabajo. Importante fue la figura del profesor universitario y socialista Daniel De León que intentó acercar a las organizaciones socialistas al sindicalismo para poder reforzar el movimiento obrero.
                Sin embargo, el movimiento obrero estadounidense tenía un fuerte vínculo con el anarquismo, merced en parte a que la inmigración que llegaba a EE. UU. traía consigo sus propias prácticas obreras, muchas de ellas relacionas con el anarquismo.
                En ese crecimiento del movimiento obrero norteamericano es cuando se produjo los sucesos de Chicago de 1886.
                Aunque la ley Ingersoll aprobaba las 8 horas de trabajo, lo cierto es que era excesivamente laxa y no tenía un mecanismo de cumplimiento, por lo que las jornadas laborales en fábricas y talleres era superiores a lo establecido. A esto se unía una reivindicación histórica del movimiento obrero de reducción de la jornada laboral.
                En Chicago, el movimiento obrero contaba con fuerza y dinamismo lo que llevó a la convocatoria de una huelga general para pedir la reducción de la jornada y mejoras en las condiciones de vida los obreros. La huelga y manifestación quedó fijada para el primer día del mes de mayo.
                Una movilización que reunió a miles de obreros y que hizo ceder a muchas empresas ante su empuje. Sin embargo, aquella movilización iba a acabar en tragedia. Los trabajadores habían decidido realizar una manifestación en la Plaza de Haymarket el 4 de mayo para el cese de las actividades laborales y el cumplimiento de sus reivindicaciones. La fábrica McCormick seguía funcionado por los esquiroles y rompehuelgas, pagados por la patronal. La represión patronal había sido muy dura los días anteriores, y la protesta de Haymarket no iba a ser menos. Sin embargo, en medio de las cargas y mientras los huelguísticas lanzaban su mensaje hizo explosión una bomba. El caos se apoderó la situación.
                Rápidamente, las autoridades responsabilizaron a los anarquistas de haber cometido un atentado contra las fuerzas de orden público y las detenciones no tardaron en llegar. De manera indiscriminada la policía detuvo a dirigentes obreros acusados de haber sido los responsables del atentado, algunos acusados de haberlo perpetrado de forma material.
                Sin pruebas ninguna, se montó un macro juicio contra los anarquistas detenidos, que no gozaron de todos los derechos de defensa. Los ocho acusados fueron declarados culpables, de los cuales tres fueron condenados a distintas penas de prisión (Samuel Fielden y Michel Schawb a cadena perpetua y Oscar Neebe a quince años de trabajos forzados) y los cinco restantes fueron condenado a la pena de muerte: George Engel, Adolphe Fisher, Albert Parsons, August Spies y Louis Lingg.
                La pena de muerte fue ejecutada el 11 de noviembre de 1887 (Louis Lingg se había suicidado la noche anterior en su celda). El resto acudió al patíbulo entonando himnos revolucionarios y proclamando su inocencia.
                El impacto que supuso la ejecución para el movimiento obrero estadounidense e internacional fue capital. A claras luces, se había cometido una injusticia y la inocencia de los ejecutados y condenados fue reconocida. Detrás de los sucesos de Haymarket estuvieron agentes rompehuelgas de la agencia de detectives, de contraespionaje e infiltración Pinkernton, que tendría más actuaciones antiobreristas en los años sucesivos.
Junto a los ejecutados, las movilizaciones del primero de mayo dejaron también muchas víctimas obreras, lo que comenzó a conferir a la fecha un carácter simbólico a nivel internacional. No solo porque la Segunda Internacional fundada en París en 1889 aprobase el Primero de Mayo como día internacional de lucha de clase obrera por sus derechos, sino porque a partir de ese momento cada primero de mayo se iba a convertir en una jornada de lucha, con diferencia de estrategia entre socialistas y anarquistas. También para los anarquistas, el 11 de noviembre, fecha de la ejecución de los anarquistas de Chicago, se iba convertir en una fecha de reivindicación y conmemoración.
El movimiento obrero americano siguió siendo fuerte y poderoso. Tras la muerte del presidente McKinley en 1901 a manos del anarquista León Czolgozs, se aprovechó la circunstancia para endurecer las leyes con unas series de leyes antianarquistas, que prohibía la entrada de inmigrantes que llevasen esas ideas a territorio americano. Aun así, eso no impidió que en 1905 se fundase la IWW (Industries Workers of the World), un sindicato poderoso que basaba su estrategia en el sindicalismo revolucionario que tan buenos resultados estaba dando en Francia. Desde anarquistas como Emma Goldman o Alexander Berkman hasta socialistas como John Reed o Daniel De León se vincularon a la IWW, también conocido como “wooblies”. Un movimiento que no paró de crecer y que fue reprimido, primero al calor de las consecuencias de la Revolución rusa de 1917, que llevó al Secretario de Justicia de EE. UU. en 1919 Alexander Mitchell Palmer. En esa ola represiva contra el movimiento obrero americano hay que enmarcar la detención, juicio y posterior ejecución de los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti en 1927.
A pesar de todo ello, la huella indeleble que dejó la movilización de 1886 y sus consecuencias, así como la lucha emprendida por estos anarquistas, haría que el Primero de Mayo se convirtiese en una jornada de lucha internacional por los derechos de los trabajadores que aun hoy perdura.

domingo, 19 de abril de 2020

Kropotkin y el apoyo mutuo

Artículo publicado en el periódico digital El Obrero

Las ideas socialistas del siglo XIX conllevaban en su cuerpo doctrinal la cooperación, el entendimiento y el apoyo entre semejantes, como factor diferenciador del modelo económico capitalista basado en un exceso de individualismo y de búsqueda de un beneficio propio.
                Algunos utopistas ya lo habían marcado en los periodos previos al desarrollo industrial, pero fue con el desarrollo del primer socialismo cuando estas teorías comenzaron a ser profundizadas. Charles Fourier, en su doctrina social del falansterio hablaba de la necesidad de un armonismo social, tomando como base el trabajo cooperativo y no competitivo, que repercutiese en un interés social y de conjunto, pero no un beneficio monetario individual. Este armonismo lo copiaba Fourier de su observación en algunas especies animales, como castores, abejas y hormigas, donde es la cooperación mutua lo que mueve a esas especies en numerosos momentos. Este modelo del falansterio fue llevado a la práctica en algunos lugares, donde un entorno hostil los hizo fracasar.
                El máximo representante de la corriente cooperativa fue el socialista británico Robert Owen, que estimó que, frente al modelo capitalista, la teoría cooperativa se tenía que basar en el mayor bienestar general de los productores.
                Tanto Fourier como Owen estimaban que estos modelos se tenían que realizar en grupos acotados de individuos para que pudieran funcionar, ejemplificando al resto de esa mejor organización y que la transformación social se produjese por mimetismo. Una opción que fue superada por el socialismo de la segunda mitad del siglo XIX.
                El desarrollo de un capitalismo mucho más sofisticado, que pasó de una producción reducida a una producción industrial precisaba de una respuesta distinta por aquellos que ponían en duda su modelo económico. Es el momento de las aportaciones de Karl Marx o Mijaíl Bakunin al movimiento socialista internacional, donde se pretendía la construcción de grandes organizaciones de trabajadores que promoviesen transformaciones revolucionarias a gran escala.
Piotr Kropotkin
                En ese contexto apareció la figura de Piotr Kropotkin. Este había nacido en Moscú en 1842, en una familia aristocrática muy cercana a la corte del Zar. Aunque inicio una carrera militar, Kropotkin se interesó desde muy pronto por la ciencia y comenzó sus estudios de matemáticas y geografía en la Universidad de San Petersburgo. SU buen hacer como geógrafo le valió becas de estudios lo que hizo que viajase a lugares como Finlandia o Suecia.
                Comenzó a conocer las ideas opositoras al zarismo y muy pronto Kropotkin pasó a engrosar las filas revolucionarias y socialistas. Aunque en un primer momento se sintió atraído por el marxismo posteriormente fue conociendo profundamente el anarquismo, del que se convirtió en uno de sus principales teóricos. Perteneció a la Primera Internacional, que tras su disgregación en 1872 siguió siendo un referente, pues una de las ideas fundamentales de Kropotkin era poder aunar en una misma organización al movimiento socialista.
                Sus visiones del anarquismo, al que consideraba una filosofía y modo de vida natural, le van convirtiendo en una referencia internacional a través de escritos que va dejando en periódicos como La Révolté o en iniciativas impulsadas por él mismo como Freedom.
                Acusado por sus detractores como uno de los auspiciadores de la violencia anarquista del periodo finisecular, en realidad Kropotkin no contemplaba la acción terrorista como estrategia de acción revolucionaria sino la organización efectiva de aquellos que querían una transformación social profunda. Del periodo final del siglo XIX destacan sus grandes obras: La conquista del pan, Campos, fábricas y talleres o El Apoyo Mutuo. Muchas de estas aportaciones comenzaron como artículos para la revista Nineteenth Century. Aportaciones que confirieron a la explicación del anarquismo un concepto científico y que abarcaba todos los espacios sociales.
                Kropotkin, favorable a la transformación revolucionario y uno de los principales pilares desde el exterior a los organismos anarquistas en la Revolución de 1905 en Rusia, fue polémico cuando con el estallido de la Primera Guerra Mundial se mostró favorable a una victoria de los ejércitos de la Entente frente al militarismo alemán y austrohúngaro. Firmante en este sentido del Manifiesto de los 16 (junto a otros anarquistas como Jean Grave, Charles Malato o Vaarlam Cherkeshov) no contó en esta ocasión con el apoyo de un movimiento anarquista internacional que mantuvo firme en su crítica a la guerra.
                El estallido de la Revolución rusa de 1917 le hizo concebir la esperanza de un pronto final del capitalismo internacional. Volvió a Rusia y desde allí escribió en favor de la revolución y criticó medidas del gobierno bolchevique, que siempre respeto mucho la figura de Kropotkin como histórico del movimiento obrero internacional. Murió en Dmitrov el 8 de febrero de 1921.
El Apoyo Mutuo
                Para Kropotkin encontrar un fundamento natural que diese una justificación al anarquismo fue una tarea fundamental. Como científico, Kropotkin fue un observador de la naturaleza y de su entorno, lo que llevó a experimentar para poder sacar conclusiones. En la revista Nineteenth Century, Kropotkin escribió para debatir con los darwinistas, que hablaban de la lucha constante de los animales. Por el contrario, Kropotkin estimaba que esos animales, a pesar de la lucha, también ejercía el apoyo mutuo como factor de sociabilidad lo que permitía, en realidad, a las distintas especies sostenerse y evolucionar.
                En contexto donde las teorías de Herbert Spencer tenían mucho eco en la sociología y la biología, se llamó a Kropotkin para que realizará aportaciones en la línea de la respuesta a los darwinistas, pero llevado a los seres humanos y no a los animales. De la serie de artículos que escribió Kropotkin salió una de las obras referencias para el movimiento anarquista internacional: El Apoyo Mutuo. Un factor de la evolución.
                En esta obra, Piotr Kropotkin coge dos ejes básicos para justificar su teoría: la biología y la historia. Kropotkin, reconociendo la lucha entre especies, habla de como en algunas de esas especies se desarrolla un concepto de apoyo mutuo que permite la supervivencia de esta y su evolución. No solo lo lleva a insectos como las hormigas o las abejas (factor que también hará Maurice Maeterlinck), sino a otras especies animales como aves, monos, etc.
                Poteriormente, estos ejemplos los lleva Kropotkin a los seres humanos, donde pone ejemplos prácticos de la ayuda mutua en las sociedades primitivas, en la sociedad medieval, en la sociedad moderna, etc. Instituciones, territorios, ayuda entre iguales, etc. Cuando esa armonía se rompe y surge la lucha sin cuartel es cuando la sociedad no evoluciona, sino que muta a los intereses de aquellos que quieren dominar.
                Pero, aunque Kropotkin habla de la historia y de esos momentos de apoyo mutuo en la humanidad, el anarquista ruso no habla de una vuelta a esos conceptos medievales, cosa imposible en todos los sentidos, sino que el concepto se adapte en el momento que le tocó vivir y consolidar una alternativa social que tenga como eje estructural esa ayuda mutua. Si ha sido un factor de evolución positivo y la sociedad libertaria es la alternativa al modelo social capitalista, ese apoyo mutuo tiene que presidir las relaciones entre los humanos. Además, en los momentos difíciles esa solidaridad y apoyo mutuo es un factor fundamental y único a la hora de poder superar las adversidades sociales.
                Con ello, Kropotkin da una pátina de cientificismo a la teoría anarquista y a su concepto de organización social. Para el anarquismo se convirtió en un elemento central de su doctrina intentado mostrar que era una cuestión trasversal a toda sociedad.
                Corren tiempos en la actualidad donde es interesante y necesario revisar a Piotr Kropotkin.

martes, 7 de abril de 2020

LA MANO NEGRA Y LA REPRESIÓN AL ANARQUISMO ANDALUZ

Artículo publicado en el periódico El Obrero


La llegada de las ideas internacionalistas a España, al calor de la Revolución de 1868, hizo desarrollar en el campo andaluz un importante movimiento obrero donde el anarquismo tuvo mucha influencia. Con flujos y reflujos en su organización, los jornaleros andaluces vieron en las ideas anarquistas una salida a su penosa situación y una posibilidad de conseguir un reparto más justo de la riqueza que la propiedad terrateniente le impedía.
            Sin embargo, a pesar de que ese movimiento obrero fue fluctuante, siempre tuvo mucha presencia y el Estado se decidió a ponerle fin de cualquier de la maneras. En ese contexto fue cuando se produjeron los sucesos de la Mano Negra, una pretendida organización anarquista que quería acabar con el gobierno y con los propietarios agrarios. Andalucía siempre había sido protagonista de las luchas campesinas en el siglo XIX, pero el carácter de las actuaciones de la Mano Negra era distinta a la que se había desarrollado en otros momentos históricos.
            En un contexto de debate del anarquismo y de su organización, entre aquellos, mayoritarios, que pretendían impulsar una poderosa organización obrera representada por la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE) se alzaban otros que creían más en la organización de pequeñas estructuras y de una vía insurreccional. Esos debates teóricos y organizativos fueron aprovechado por unas autoridades deseosas de acabar con la fuerza, influencia y vigorosidad del movimiento obrero.
            A partir de finales de 1882, la prensa y las autoridades comenzaron a propalar las noticias de la existencia de sociedades secretas que pretendían subvertir el orden establecido. Y detrás de esas organizaciones secretas se encontraba el movimiento obrero.
            A la movilización jornalera y las detenciones, le siguieron una serie de hechos criminales como la muerte de los venteros Núñez, reconocidos confidentes policiales, el crimen de la Venta de Empalme y el crimen del Cortijo de La Parrilla. En este último, se produjo el supuesto asesinato de Bartolomé Gago Campos, conocido como el Blanco de Benaocaz, que se le suponía había participado de las sociedades secretas y había sido asesinado por sus propios compañeros. Y fue supuesto asesinato porque la aparición de un cadáver en avanzado estado de descomposición y al que no se le pudo efectuar la autopsia, fue tenido como la prueba del crimen. Incluso en el juicio, el padre de Bartolomé Gago aseguró haber recibido una carta de su hijo desde Barcelona, donde estaba asentado, con posterioridad a la fecha del supuesto crimen.
            La cuestión estribó en que todos estos casos sirvieron para realizar una masiva detención contra integrantes de organizaciones obreras y montar un macrojuicio contra las supuestas sociedades secretas que se saldaron con numerosas penas de muerte. La Audiencia de Jerez de la Frontera juzgó a 17 inculpados por el crimen de La Parrilla, dictando siete penas de muerte. El mayor escándalo vino cuando días después, el Tribunal Supremo revisó la sentencia y determinó que había sido suave, elevando las penas de muerte a 15. El consejo de Ministro las volvió a reducir, pero se la aplicó a un maestro, Juan Ruiz, conocido en los círculos obreristas y anarquistas de Cádiz por enseñar a leer y escribir a los hijos de los trabajadores. La sentencia fue ejecutada el 14 de junio de 1887 en la Plaza del Mercado de Cádiz.
            También fue ejecutado Juan Galán, acusado de haber asesinado al matrimonio Núñez en Trebujena. El escándalo estaba servido, tanto a nivel nacional como internacional. El movimiento obrero se veía debilitado por la fuerte represión contra sus estructuras, que diseminado, acabó por hacer desaparecer la otrora poderosa FTRE.
            Solo años después se comenzaron a aplicar indultos contra detenidos por estos supuestos y averiguar hasta que punto las autoridades habían tenido la máxima responsabilidad en los hechos.

¿Existió realmente la Mano Negra?

            Es una de las cuestiones que los historiadores se han hecho a lo largo del tiempo y las investigaciones. Para algunos como Clara E. Lida o Ángel Herrerín la Mano Negra sí existió. Para otros, como José Luis Gutiérrez Molina, solo fue un montaje policial y de las fuerzas del Estado contra el anarquismo.
            Aunque la existencia de sociedades secretas o discretas en el entorno del obrerismo fue una constante, sobre todo para mantener vivas unas estructuras en caso de persecución o represión por parte de las fuerzas del Estado, las actuaciones de la supuesta organización de la Mano Negra difería en las estrategias realizadas incluso por los sectores más insurreccionales del anarquismo. Quizá su existencia o no como entidad es lo de menos, pero donde los historiadores coinciden es que las supuestas actividades de esa organización fue el pretexto necesario para ejercer una dura política represiva con un pujante movimiento obrero, que tardará algunos lustros en recomponerse y recuperar la fuerza e influencia que había tenido. No iba a ser la primera vez en la historia del obrerismo español que se utilizase esta estrategia contra sus estructuras con la finalidad de endurecer las leyes que reprimiesen y limitasen las actuaciones del movimiento obrero.
            A pesar de la desaparición de la FTRE en 1888, los libertarios siguieron articulando organizaciones que mantuviesen vigente el modelo societario. A la FTRE le sucedió la Federación de Resistencia al Capital que en 1891 pasó a denominarse Pato de Unión y Solidaridad para desembocar a inicios del siglo XX en la Federación Regional Española de Sociedades de Resistencia. También, a modo de una Alianza de la Democracia Socialista, nació en 1888 la Organización Anarquista de la Región Española (OARE), que de muy corta existencia intentó mantener unido a distintos grupos para la extensión de una efectiva propaganda libertaria. Sin embargo, esta dispersión no se iba a subsanar hasta la fundación y desarrollo de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en todo el territorio español a partir de 1910.
            Aun así, lo sucesos de la Mano Negra se mantuvieron indelebles en la mentalidad del obrerismo español.

martes, 31 de marzo de 2020

JULES VALLÈS EN "LE CRI DU PEUPLE"

Traducción del artículo de Jules Vallès en el periódico Le cri du peuple el 30 de marzo de 1871, en pleno desarrollo de la Comuna de París.
Publicado en el periódico El Obrero

Le Cri du Peuple, 30 de marzo de 1871

El periodista y revolucionario Jules Vallès, fundador del periódico Le Cri du Peuple (El Grito del Pueblo), escribió este artículo el 30 de marzo de 1871 para celebrar la proclamación de la Comuna de París. Vallès fue una figura de primer orden en la literatura y periodismo de la época, autor de obras de amplio calado como Los refractarios (recopilación de parte de su obra periodística) o obras autobiográficas como L’enfant (El niño), Le Bachelier (El Bachiller) y L’Insurgé  (El insurgente)

¡La Comuna ha sido proclamada!
Salió de las urnas, triunfante, soberano y armado. Los representantes elegidos por el pueblo entraron en el antiguo Ayuntamiento, que escuchó el tambor de Santerre y el disparo del 22 de enero, en esta plaza donde la sangre de las víctimas del honor nacional y la dignidad parisina acaba de ser limpiada por el polvo levantado en este día festivo tras las huellas de los batallones victoriosos.
Ya no oiremos el tamborileo de Santerre; las armas ya no brillarán en las ventanas del Hotel Comunal y la sangre ya no manchará la Plaza de Grève si así lo deseamos. Y lo haremos, ¿verdad, ciudadanos?
La Comuna ha sido proclamada. La artillería de los muelles tronó sus salvas al sol que doraban el humo gris de la plaza. Detrás de las barricadas, donde se encontraba la multitud: hombres saludando con sombreros, mujeres saludando con pañuelos, la procesión triunfal, los cañones bajando sus bozales de bronce, humildes y pacíficos, temiendo amenazar a la alegre multitud.
Frente a la fachada oscura, cuyo cuadrante ha sonado tantas horas que ya tienen siglos, y a la luz de tantos acontecimientos que ya son historia, bajo estas ventanas pobladas por respetuosos asistentes, la Guardia Nacional pasó con los vítores de su tranquilo y orgulloso entusiasmo. El busto de la República, que se destacaba en blanco sobre el telón rojo, observaba impasible como se vislumbraba la cosecha de brillantes bayonetas, en medio de las cuales temblaban las banderas y el manillar de brillantes colores, mientras que el zumbido de la ciudad, los sonidos del cobre y de la piel de burro, las salvas y los vítores se elevaban en el aire.
La Comuna fue proclamada en un día de fiesta revolucionaria y patriótica, pacífica y alegre, de embriaguez y solemnidad, de grandeza y alegría, digna de los que vieron a los hombres del 93 y consoladora de veinte años de imperio, seis meses de derrotas y traiciones. El pueblo de París, en pie de guerra, proclamó la Comuna, que les ahorró la vergüenza de la rendición, el escándalo de la victoria prusiana y que los liberará como si fuera una victoria.
¡Lo que se proclamó el 31 de octubre!
¡Qué importa! ¡Ustedes que murieron en Buzenval, víctimas del 22 de enero, ahora están vengados!
La Comuna ha sido proclamada.
Los batallones que espontáneamente, desbordando las calles, los muelles, los bulevares, haciendo sonar el aire con las bandas de música de las cornetas, haciendo rugir los ecos y latiendo los corazones con los golpes de tambor, vinieron a aclamar y a saludar a la Comuna, para darle esta soberana promulgación de la gran revista cívica que desafía a Versalles, y levantaron las armas sobre sus hombros hacia los suburbios, llenando de rumores la gran ciudad, la gran colmena.
La Comuna ha sido proclamada.
Hoy es la fiesta nupcial de la idea y la revolución.
Mañana ciudadano-soldado para fecundar la Comuna aclamada y casada el día anterior, será necesario recuperar, siempre orgulloso, ahora libre, su lugar en el taller o en el mostrador.
Después de la poesía del triunfo, mi prosa de trabajo

jueves, 26 de marzo de 2020

EUGÈNE VARLIN EN EL ANIVERSARIO DE LA COMUNA DE PARÍS

Artículo publicado en el diario digital El Obrero


Si bien sobre la Comuna de París se conocen muchas cuestiones y se ha trabajando, en el caso de España, sobre la repercusión que ejerció sobre nuestro país, un poco más difuminado queda la participación de algunos protagonistas del mismo. Si bien conocemos el nombre de muchos de ellos, algunas de trascendencia internacional como Louise Michel, otros quedan más desdibujados. Es el caso de Eugène Varlin.
            Varlin fue uno de lo representante más dinámicos y activos del movimiento obrero francés en el periodo que media entre la proclamación del Segundo Imperio de Luis Napoleón Bonaparte y el final de la Comuna de París en mayo de 1871.
            Obrero encuadernador, fundó en la década de 1850 una Sociedad de Socorros Mutuos de Encuadernadores y fue un firme partidario de la igualdad hombre-mujer. En el concepto mutualista del obrerismo francés, Varlin fue impulsor de la cooperativa La Ménagère y del restaurante cooperativo La Marmite. Iniciativas muy usuales en el obrerismo francés para paliar la situación de los trabajadores y extender el concepto de solidaridad de clase.
            Lejos de quedarse en el desarrollo del movimiento obrero de su país, Varlin se afilió desde muy temprano a la Asociación Internacional de los Trabajadores, desarrollando una importante sección que se extendió, gracias a la labor de Varlin, a zonas como Lille o Lyon, además de París.
            Firme partidario de una salida revolucionaria para Francia y defensor de la Guardia Nacional, Varlin fue uno de los principales protagonistas de la Comuna de París, participando de las actuaciones en la Place Vendôme el 18 de marzo de 1926. Como integrante del Comité Central de la Guardia Nacional fue uno de los firmantes del llamamiento a las elecciones que provocó la proclamación de la Comuna en París, siendo elegido como diputado en representación de varios distritos.
            Siguiendo los postulados internacionalistas muy cercanos a Bakunin, Varlin fue un firme opositor al establecimiento del Comité de Salud Público que pedían insistentemente los blanquistas y los jacobinos en el París sitiado por los versalleses y los prusianos.
            Su compromiso revolucionario con la Comuna le llevó a combatir durante las jornadas de la Semana Sangrienta del 21 al 28 mayo, hasta que ese último día fue identificado, arrestado, linchado y fusilado.
            Aunque es complicado ubicar ideológicamente a Varlin en un grupo concreto, lo cierto fue que en interior de la Internacional se mostró mucho más cercano a las posiciones de Bakunin que a las de Marx. En el movimiento obrero francés, aunque discutió con parte de los postulados de Proudhon, también se hizo eco de muchos de ellos, teniendo en cuenta que el movimiento obrero francés tuvo una fuerte impronta proudhoniana hasta el estallido de la Comuna de París.
            Lo que no cabe ninguna duda es que Varlin influyó en el desarrollo del posterior sindicalismo revolucionario, desde las aportaciones de Joseph Jean-Marie Tortelier hasta Fernand Pelloutier o Émile Pouget como principales representante, fundado la Federación de Bolsas de Trabajo y la Confederación General del Trabajo respectivamente.
            La prematura y trágica muerte de Varlin privó al obrerismo francés e internacional de una figura que aportó cuestiones organizativas de mucho peso y calado para el posterior movimiento obrero.

domingo, 8 de marzo de 2020

La importante aportación a la reconstrucción de la historia de la provincia de Madrid


Hace 10 años, en octubre de 2009, se presentó en Colmenar Viejo un libro que, al leerlo, me generó una sensación  de tener delante de mí una obra que aportaba cosas muy importantes. El libro era la culminación de varios meses de investigación por parte de dos conocedores de la zona, Fernando Colmenajero García y Roberto Fernández Suárez. Los primeros proletarios. Los sucesos de la Huelga de Octubre de 1934 en Colmenar Viejo, fue la primera pieza de una gran historia que se estaba fraguando. En aquel momento, en el proceso de elaboración de aquella obra, fue cuando conocí a Roberto. Yo trabajaba en la Fundación Anselmo Lorenzo como archivero y Roberto acudió a consultar fuentes de primera mano a los archivos allí depositados. Por entonces, me encontraba también en plena elaboración de mi tesis doctoral sobre el movimiento obrero en Alcalá de Henares, y al leer las aportaciones de Roberto me daba cuenta de las grandes conexiones que existían entre los dos núcleos de población. Esto venía a confirmar unas de mis tesis, que era la importancia que la historia local (y no el localismo) tiene para la historiografía. Roberto, muy amablemente, me ofreció en aquella ocasión epilogar su obra, cosa que hice que todo el placer del mundo.
            Diez años después volvemos a escribir unas palabras para introducir la obra de Roberto, y nos damos cuenta que hay cosas que permanecen pero muchas otras han cambiado. En estos diez años se ha reforzado el desarrollo de una historia local de calidad, que se pone en conexión con la historia general para tratar de ver las semejanzas y las diferencias que hay entre ambas. Esto no quiere decir que haya contradicciones pero si nos muestra peculiaridades distintas dependiendo de la zona, de las circunstancias y de las necesidades. En este tiempo, Roberto ha seguido trabajando sobre la historia de Colmenar y toda la sierra norte de Madrid, lo que ha generado una serie de trabajos de calidad. Destacar su magnífico La sierra convulsa. Segunda República, Guerra Civil y primer franquismo al norte de Madrid donde ejerció como coordinador de un equipo extraordinario (Fernando Colmenajero, Juan Ignacio Vasco, Antonio Corona y Carmen Saez) o el trabajo realizado para la reconstrucción de los bombardeos sublevados sobre Colmenar Viejo durante la Guerra Civil, también como trabajo colectivo y que dio como resultado un documental.
            Siguiendo el esquema ofrecido en La sierra convulsa, Roberto Fernández nos vuelve a adentrar en la historia de esas zonas de Madrid que no han sido trabajadas y que tan necesarias son para el entendimiento de la historia y de la acción colectiva. El trabajo que aquí presentamos lleva por título Convulsiones en las puertas de Madrid. Fuencarral durante la Segunda República, la Guerra Civil y el primer franquismo. Fuencarral, hoy parte de la gran urbe madrileña, fue población independiente y en ese deseo de Roberto de abarcar todo el norte madrileño se nos presenta en las puertas de Madrid para hablarnos de un periodo de enorme trascendencia.
            Y trascendencia por muchas cuestiones, aunque destacaré algunas. La primera es las semejanzas y diferencias que presenta el caso de Fuencarral en el periodo estudiado con el de otras zonas de Madrid. A los trabajos de Roberto, que intenta abarcar una generalidad más amplia en microespacios, hay que unir los trabajos que en los últimos años han aportado cuestiones de enorme valor e interés y que han roto los moldes de la historiografía más clásica. Desde que en 2004, Sandra Souto Kustrín con su Y ¿Madrid? ¿Qué hace Madrid? Movimiento revolucionario y acción colectiva, 1933-1936 nos mostrara que había otra manera de plantear la historia local a partir de fuentes primarias no utilizadas por casi nadie, el mundo historiográfico madrileño se ha ido agitando. Desde los grupos de investigación que desde la Universidad Complutense de Madrid han ido dando salidas a tesis doctorales sobre la ciudad hasta los trabajos más generales que han puesto también a Madrid como eje del marco explicativo. Pero Roberto, y aquí la segunda aportación, no hace un remedo de lo que desde algunos lugares investigan para trasladarlo al núcleo urbano en el que se centra. Nos descubre los enormes vasos comunicantes que existen entre zonas y los lazos de sociabilidad que el movimiento obrero de la época desarrolló. La cercanía de ese norte madrileño con barrios de enorme implantación obrerista como Cuatro Caminos o pueblos como Tetuán de las Victorias, cuna del anarcosindicalista Cipriano Mera, no es baladí.
            Poco a poco, esas teselas de la historia que vamos rescatando entre todos, están conformado un mosaico que nos muestra la complejidad organizativa no solo de la capital sino la importancia de sus alrededores. Lo pude comprobar con mis trabajos de Alcalá de Henares y lo compruebo cada vez que leo una aportación nueva, de las cuales las de Roberto están en un lugar privilegiado.
            Porque sin desgranar lo más mínimo el contenido del libro, la secuencia del mismo es clásica pero con la complejidad que nos quiere mostrar. Los antecedentes son importantes para saber de lo que estamos hablando y a ello se dedica Roberto en la primera parte del libro, pues no dejaba de ser Fuencarral un eje central de los proyectos de ensanche de ciudad que Madrid pretendía. Igualmente, nos muestra como con la llegada de la Segunda República en 1931 y su proyecto democratizador y modernizador, Fuencarral intentó salir de un letargo para desarrollarse. Pero al mismo tiempo se produce toda una fase de conflictividad donde los tiempos para el desarrollo de esa modernización serán claves para entenderla. Todas las partes del periodo republicano están perfectamente reflejadas en el libro.
            Sin embargo, merced a la mayor cantidad de fuentes, la Guerra Civil es el periodo más amplio. Y aquí Roberto no deja puntada sin hilo. Habla de la Guerra pero, sobre todo, de la retaguardia. Como se organizó una zona como Fuencarral en pleno periodo bélico. Como una zona, donde el frente y el asedio del ejército sublevado estaban tan cercanos, se reconstruyó. Cual fue el papel del movimiento obrero en esa reconstrucción, los controles obreros y las colectividades, etc. No olvida tampoco que en un contexto de guerra existió una represión en la retaguardia, reconstruyéndola de forma pormenorizada. Los acuerdos y desacuerdos, los conflictos entre las distintas escuelas que estaban en el lado de la República son los protagonistas hasta el desplome definitivo y la llegada de los sublevados a la zona.
            A partir de ese momento la correlación de fuerzas cambia, y el triunfo de franquismo inaugurará un periodo donde todas las conquistas generadas en los años democráticos o, inclusive, en los duros años de la guerra van a ser pulverizadas. Pulverizadas porque fueron proyectos diametralmente opuestos, pero también porque la represión va a tener unas características exterminadoras que va a devastar todo el tejido creado en los años precedentes.
            Y aquí engancho con algo que hay que saber diferenciar bien, porque el peligro de la historiografía revisionista, muy en boga en algunos círculos, tiende a unas equiparaciones imposibles o a un reparto de responsabilidades que no casan con la realidad. Es imposible comparar la República con el franquismo porque es comparar la democracia con una dictadura. Si la Guerra Civil se produjo fue, precisamente, porque hubo un golpe de Estado contra las instituciones democráticas que existían en España en 1936. Por ello hay que hacer una diferenciación clara entre lo que es la explicación de la Segunda República y lo que fue la Guerra Civil y el franquismo. El primero es un sistema democrático pero el franquismo tiene un origen antidemocrático y como consecuencia de una guerra. Algo que el profesor Fernando Hernández Sánchez ha dejado meridianamente claro en obras como El bulldozer negro del general Franco: historia de España en el siglo XX para la primera generación del XXI.  Esto no nos tiene que llevar, en ningún caso, a idealizar ningún sistema político, pues la República tuvo problemas estructurales importantes que no supo resolver de forma inmediata desde las instituciones del Estado y que se reflejó perfectamente en las fracturas sociales que se veía en los microespacios como Fuencarral. Eso generó conflictividad, pero no era superior o diferente a la de otros países de nuestro entorno. El corte brusco de un golpe de Estado, una guerra y una dictadura, que pone termino a ese proceso, no se puede equiparar. Tampoco se puede ser simplista y hablar de la República como un bloque monolítico, pues dentro de su estructura y al margen de ella existían y coexistían distintos proyectos sociales. Esa complejidad queda muy clara en la obra de Roberto.
            Por último, destacar una cuestión muy propia de las obras de Roberto y que se agradece sobremanera. Las reconstrucciones vitales de los protagonistas de esta historia. Quienes eran, donde militaban y como acaban. Algunas de esas biografías, que ocupan la parte final, son muy completas y otras apenas son unas pinceladas. Pero nos muestra a la perfección que detrás de todas esas organizaciones y todas esas acciones colectivas había individuos concretos, con una trayectoria y, algunos, con trágico final.
            Una nueva piedra la que ha colocado Roberto en la reconstrucción de una historiografía en la que le tenemos ya como referencia. Porque las obras de Roberto, y esta no es menos, tienen una cosa en común: están perfectamente trabajadas e investigadas a partir de fuentes primarias y contrastadas con secundarias.
            Disfruten de este buen libro de historia.

viernes, 28 de febrero de 2020

La “Escuela de rebeldía” del Noi del Sucre

Artículo publicado en el periódico digital El Obrero


Unos días después del asesinato, a manos de pistoleros de la patronal, de Salvador Seguí salió publicado un pequeño texto escrito por él con el título Escuela de rebeldía. Era habitual que algunos militantes obreros tuvieran también una actividad literaria y plasmarán parte de sus inquietudes e idearios a partir de novelas cortas. En base a ello se entiende muchos proyectos editoriales que los anarquistas desarrollaron en España para dar a conocer sus ideas y donde las plumas más famosas del movimiento libertario participó: Soledad Gustavo, Federico Urales, Federica Montseny, Mauro Bajatierra, etc. Salvador Seguí, aunque menos ducho en estas cuestiones, también participó de ello.
            Escuela de rebeldía es la historia de un inmigrante andaluz en Barcelona, Juan Antonio Pérez Maldonado. En la capital catalana conoce el amor y las luchas sociales, a las que se vincula con una marcada ideología libertaria de transformación social. Como un alter ego del propio Seguí, Pérez Maldonado piensa que para cambiar la sociedad es la disposición de las mentes lo que hay transformar primero. Reforzando el movimiento obrero, nutriendo a los sindicatos con hombres conscientes que desarrollen un ideal alternativo a la sociedad capitalista que les explotaba. Esa lucha enconada por el cambio de las mentes a través de la lucha obrera le iba a costar la vida a Juan Antonio, como también le pasó a Salvador Seguí en una especie de macabra predicción.
            La novela no es sino un reflejo de las luchas sociales que en aquellos momentos se realizaba en Barcelona. Y su autor no podía ser pluma más autorizada, pues Salvador Seguí era por aquel entonces uno de los más prestigiosos sindicalistas. Su ideario fue base para que la CNT alcanzase la mayoría de edad. Su participación en el primer pacto con la UGT en 1917 y en la huelga de agosto del mismo, en el Congreso de Sans en 1918 y el nacional de Madrid de 1919 fueron clave. El desarrollo de los sindicatos únicos y de la huelga solidaria es eje fundamental para entender luchas como la huelga de La Canadiense que llevó a la paralización total de Barcelona y a presionar para la consecución de la jornada de ocho horas de trabajo.
            El pintor de brocha gorda Salvador Seguí había sido clave para todos estos hitos y recordado fue el mitin que efectuó en Las Arenas una vez que la patronal cedió ante las reivindicaciones obreras tras La Canadiense.
            Seguí, defendiendo un ideario libertario, basaba su pensamiento en el refuerzo del sindicalismo como base de la transformación social, buscando en todo momento la unidad de acción de la clase obrera que les condujese a cuotas de bienestar social y al control de los medios de producción y consumo. Su estrategia era la acción directa, contraria a la acción delegada, aunque en ningún momento Seguí renunció a la posibilidad de acuerdos puntuales y reivindicativos con otras fuerzas sociales del momento, como eran republicanos y socialistas.
            Su pragmatismo sindical y su enorme prestigio hizo que muchos trabajadores se adhirieran a la CNT, que se convirtió en la referencia sindical en muchos rincones de España. Aunque partidario de la acción directa no lo era para nada de la actuación que los grupos de acción anarquistas venían desarrollando contra los pistoleros de la patronal y del Sindicato Libre. El creciente poder de la CNT en el campo sindical llevó a una reacción de patronos, políticos y rompehuelgas que iniciaron una campaña violenta contra los efectivos sindicalistas por la cual fueron asesinados los más prestigiosos militantes de anarcosindicalismo y sus defensores legales, como el republicano Francesc Layret. A la cabeza de esta represión policías como Bravo Portillo, militares como Severiano Martínez Anido o Miguel Arlegui y Bayonés. A esta violencia patronal e institucional, algunos grupos anarquistas respondieron con la misma estrategia pero en la que proporcionalmente y por potencialidad eran inferiores.
            Este estado de violencia no fue apoyado en ninguno momento por Salvador Seguí y otros sindicalistas de la época, que como Ángel Pestaña o Juan Peiró, eran partidarios del refuerzo sindical. Aun así, Seguí se convirtió en el objetivo número uno de la patronal. Muchos sindicalistas cayeron bajo las balas homicidas o víctimas de la “Ley de Fugas”. Entre ellos Evelio Boal, secretario general de la CNT asesinado en 1921. Por poco salvó su vida Ángel Pestaña, víctima de un atentado en Sabadell en 1922. Pero no tuvo la misma suerte Salvador Seguí, cuando el 10 de marzo de 1923 era tiroteado en la calle de la Cadena de Barcelona junto a su compañero y amigo Francisco Comes “Perones”. Sus asesinos pistoleros a sueldo de la patronal entre los que se encontraba un excenetista que profesaba especial odio contra Seguí: Inocencio Feced.
            Conocer la historia del sindicalismo de la década de 1910 e inicios de 1920 es acercarse a la vida de Salvador Seguí, el “Noi del Sucre”.

viernes, 31 de enero de 2020

Las mujeres en el movimiento obrero español. Los orígenes

Artículo publicado en El Obrero


A pesar que siempre se ha achacado a España un atraso respecto a otros países, lo cierto es que nuestro país fue pionero en muchas ocasiones sobre cuestiones de igualdad en el movimiento obrero. Al finalizar el Trienio Liberal en 1823, donde ya habían destacado mujeres importantes como Mariana Pineda, el exilio liberal español tomó contacto en el exterior con las corrientes más avanzadas del liberalismo y del primer socialismo.
            Muchos de esos exiliados conocieron y trajeron a España las concepciones políticas de Owen, de Saint-Simon, de Fourier, de Cabet, etc. Son los casos de Joaquín Abreu, Narciso Monturiol o más tarde Fernando Garrido y Pi i Margall. Al calor de las corrientes fourieristas nació el periódico El nuevo pensil de Iberia. En sus páginas podemos leer los primeros manifiestos en defensa de los derechos de las mujeres en los escritos de Margarita Pérez de Celis siendo uno de los primeros ejemplos de vinculación de los derechos de la mujer con el socialismo.
            Sin embargo la España de la época era eminentemente machista, donde la posición de la mujer se reducía a “ángel del hogar”. Una perspectiva que vino a romper la irrupción del movimiento obrero.
            La introducción de la Internacional en España trajo consigo de la mano el triunfo de las ideas bakuninistas, y con ellas su concepción sobre el papel de la mujer en el movimiento obrero y revolucionario. Tanto en el Primer Congreso obrero celebrado en Barcelona en 1870 como, sobre todo, en el Segundo Congreso Obrero de Zaragoza de 1872, se aprobaron dictámenes donde se declaraba de forma abierta la igualdad del hombre y la mujer, animando también a las mujeres a la afiliación a los organismos obreros. El dictamen del Congreso de Zaragoza decía así:

“La mujer es un ser libre e inteligente, y como tal responsable de sus actos, lo mismo que el hombre; pues si esto es así lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades. Ahora bien; si relegamos a la mujer exclusivamente a las faenas domésticas es someterla, como hasta aquí, a la dependencia del hombre, y por tanto, quitarle su libertad”.

            Este dictamen no solo supuso una ruptura con la sociedad del momento sino también un acercamiento a las concepciones de Bakunin que estaban muy alejadas, respecto a la mujer, de las de Proudhon. Además, desde muy temprano las mujeres participaron del movimiento obrero y se afiliaron a la Internacional. En España tenemos el caso de Guillermina Rojas y Orgis, nacida en 1849, y de la que Anselmo Lorenzo nos legó algunos pasajes en su libro El proletariado militante.
            Las bases sentadas por la Internacional posibilitaron un mayor desarrollo del anarquismo en el seno del movimiento obrero. Por ello el anarquismo español se convirtió en el primer baluarte de la lucha femenina. En las filas del anarquismo del último tercio del siglo XIX, comenzaron a militar mujeres tanto del campo intelectual como del campo obrero. El primer punto interesante es comprobar como paulatinamente la mujer iba accediendo a trabajos de corte intelectual. Comenzaron a aparecer maestras de formación que en muchos casos se vincularon a las pioneras escuelas laicas que iban surgiendo en España. Un ejemplo de ello fue la figura de Teresa Mañé (1865-1939). Nacida en Cubelles, se formó en el magisterio y comenzó a ejercer en la escuela laica de Vilanova i la Geltrú. Se unió sentimentalmente a Juan Montseny, con el que inicio proyectos educativos como la escuela laica de Reus o proyectos periodísticos como La Revista Blanca. Teresa Mañé escribió numerosos textos y artículos, algunos con su seudónimo de Soledad Gustavo. En ellos ya dejaba plasmado su lucha por la emancipación de la mujer, por el amor libre y por una sociedad libre de carácter anarquista. Algo completamente revolucionario a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX.
            En esa misma lucha se inscribiría la figura de Belén Sárraga (1874-1951), propagandista, autora de numerosos escritos, que recorrió varias ciudades de España exportando las nuevas ideas de carácter socialista para la emancipación de la mujer.
            Inscritas en la misma época, y participantes de movimientos comunes, habría que destacar a mujeres como Amalia Domingo Soler, Rosario de Acuña o Ángeles López de Ayala. Muchas de estas mujeres eran republicanas, masonas, teósofas, espiritistas, etc., movimientos de la época que pretendía la secularización y laicización de la sociedad. Algunas se hacían eco de movimientos como la teosofía que a nivel internacional tuvo a importantes mujeres a su cabeza como Helena Petrovna Blavatsky o Annie Besant.
            Pero el anarquismo no solo contribuyó en el campo intelectual. Obreras conscientes comenzaron a desarrollar sus actividades en el seno de las sociedades obreras e incluso fundaron y potenciaron sociedades obreras propias. Destacamos el caso de Teresa Claramunt (1862-1931). Inscrita en la segunda generación de militantes obreros del anarquismo, Teresa Claramunt fundó en 1891 la Agrupación de Trabajadoras de Barcelona. El objetivo de Teresa Claramunt era doble. Por una parte organizar a las mujeres en una sociedad obrera que defendiese sus derechos en un trabajo que era mayoritariamente femenino. Por otra crear conciencia y potenciar las organizaciones de género frente a una sociedad machista. Fue el primer ejemplo obrero solo y exclusivamente integrado por mujeres.
            A pesar de la corta experiencia de muchas de estas iniciativas, las bases para el posterior desarrollo del obrerismo femenino y del feminismo socialista estaban sentadas.