miércoles, 18 de septiembre de 2019

“CÚMPLASE LA VOLUNTAD NACIONAL”. Una biografía de Baldomero Espartero


Breve reseña de libro de Adrián Shubert, Espartero, el Pacificador (Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2018)

Uno de los lugares comunes que la historia reciente de España ha formado, y donde el franquismo tiene una responsabilidad enorme, es el papel del ejército en la historia del país. Que las armas en la Guerra Civil (1936-1939) fueran favorables a los elementos más reaccionarios y antiliberales del ejército, determinó un modo de entender el mismo. El franquismo nutrió la idea de un Ejército formado sobre los valores del tradicionalismo más atrasado y retrógrado, vinculando todas las acciones del mismo con esas ideas y lanzando al sumidero de la historia a otra parte del ejército que quedó desdibujado, manipulado o prácticamente desconocido para las generaciones venideras. La historiografía progresista tampoco fue, en líneas generales, generosa con el ejército, centrándose en los procesos más ominosos del mismo (guerras de Marruecos, represión ejercida por los militares contra el movimiento obrero, etc.) y dejando en un segundo plano el papel del ejército en el desarrollo de numerosos procesos revolucionarios. A pesar de ello, han existido grandes historiadores que, como Gabriel Cardona o Carlos Blanco Escolá, han tenido mucho empeño en recuperar una parte muy desconocida de los militares.
                Quizá en esto no hay culpas que valgan. Ciertamente, una parte del ejército participó de forma activa en los procesos más ominosos de la historia de España reciente, sus actuaciones en lugares como Filipinas o Cuba fueron de nefasto recuerdo, las guerras en Marruecos tiene episodios de crueldad inusitada y sirvieron para que un grupo de militares tomaron privilegios dentro del ejército (los africanistas) y, para rematar, los militares fueron los protagonistas de dos dictaduras que ha sufrido España en el siglo XX, siendo la de Franco especialmente virulenta y represiva. Fueron este grupo de militares los que imprimieron una visión unilateral de lo que era el Ejército y, por extensión, de España.
                Sin embargo, esos largo años de dictadura ocultó la faceta del ejército más liberal, aquella que sirvió como contraparte y, en muchas ocasiones, como apoyo para las trasformaciones progresivas de la sociedad española. Hoy apenas son conocidas las facetas que militares como Nicolás Estévanez dieron a la causa republicana. O como el general Villacampa, junto a la política desarrollada por Ruiz Zorrilla, intentaron proclamar la República en España. Tampoco como militares como Tomás de la Llave, expulsado incluso del cuerpo de ejército, promovió en el interior del mismo las juntas de suboficiales en el periodo de crisis iniciado en 1917 y que llegó a vincularse con el movimiento republicano e, inclusive, anarquista. Como ese ejército, descontento con la dictadura de Primo de Rivera, pactó con los republicanos y los anarquistas la necesidad de expulsar del país al dictador y al propio rey Alfonso XIII. No olvidemos que Fermín Galán y Ángel García Hernández eran militares que fueron fusilados por intentar proclamar la República en España en diciembre de 1930. Lean la obra de Galán Nueva creación y verán como ese militar tenía unas ideas enormemente avanzadas. También es justo rescatar que la sublevación de 1936 la hizo una parte del Ejército, porque otra se mantuvo leal a la República, que crearon organismo como la UMRA (Unión Militar Republicana y Antifascista) y que algunos de esos militares, como Juan Perea Capulino o Enrique Pérez Farrás, estuvieron con las milicias libertarias y muy cerca de la CNT. Sin hablar de personajes como Vicente Rojo o José Miaja, o, incluso, ya en las postrimerías de la dictadura franquista, la existencia y la represión contra la UMD (Unión Militar Democrática) de la que todavía se espera un restablecimiento. Muchos de estos militares pagaron con su vida, con el exilio o el ostracismo su lealtad republicana y su visión diferente de la sociedad.
                Esta tradición liberal del ejército parte del siglo XIX. Allí existieron personajes como Juan Prim y, sobre todo, Baldomero Espartero. Espartero es, con diferencia, el personaje más importante y trasversal de la política española del siglo XIX. Y gracias a la obra del historiador Adrián Shubert se ha recuperado la figura de Espartero poniéndola en su justa medida en la historia de España del siglo XIX.
                El libro de Shubert es muy completo y muy trabajado, haciendo una biografía total del personaje en cuestión, desde su nacimiento en el manchego pueblo de Granátula de Calatrava en 1793 hasta su muerte en Logroño en 1879. Pero Shubert no solo que queda en una historia lineal y una biografía al uso, sino que incluye al personaje en su época, haciendo un ejercicio prosopográfico con nota.
                De Espartero conocíamos muchos aspectos, pero Shubert ha logrado darle la dimensión que realmente tuvo. Su origen militar, su participación en las guerras en América, el ascenso de su popularidad con las guerras carlistas y la derrota de los tradicionalistas, su posición influyente de poder en el interior de la monarquía y su forma particular de entender las cosas. Un militar que fundamenta el progresismo liberal político, que siempre fue monárquico (era lo que tocaba en la época) pero que respeto la proclamación de la República en 1873. A pesar de sus exilios, Espartero se convirtió en un auténtico héroe nacional y su figura circulaba por distintos lugares de España con el sobrenombre de “El pacificador”. Un verdadero culto a la personalidad en el siglo XIX que valió a Espartero a ser comparado con George Washington o Napoleón Bonaparte. Pero también alabado, como cuando supo que poco podía hacer por la nación se retiro cual Cincinato a Logroño, donde se le seguía consultando y tentando. Un defensor acérrimo de la constitución y del liberalismo progresista que no dudó en afear a los suyos cuestiones en las que no estaba de acuerdo (especiales polémicas con Salustiano Olózaga), ya tuviera o no razón. Autor de medidas populares y también impopulares, que le granjearon fama de duro y autoritario (como el bombardeo de Barcelona, el de Sevilla o el fusilamiento de Diego de León). Un personaje que consiguió que fuese reclamado por monárquicos, republicanos e inclusive por socialistas como Fernando Garrido que veían en él, a pesar de su oposición, la única persona capaz de poner orden en el país antes de acometer transformaciones más profundas. Además, Espartero fue acumulando títulos y menciones a lo largo de su trayectoria (Duque de la Victoria, Príncipe de Vergara, etc.), convirtiéndose en uno de los pocos españoles que tuvo la denominación de príncipe sin pertenecer a ninguna dinastía reinante junto a Manuel Godoy, que también la tuvo. Y eso que rechazó en varias ocasiones la corona española. Nunca quiso ser Rey o Presidente de la República.
                Pero Shubert no solo ha rescatado la figura de Espartero en el contexto político. Al tener acceso al archivo particular del personaje, ha logrado reconstruir su vida privada y ha podido comprobar la enorme importancia que tuvo para Espartero su mujer Jacinta Martínez de Sicilia y Santa Cruz, de la que estaba profundamente enamorado. Jacinta, además, era una perfecta conocedora de la política de la época, culta y leída, que daba consejos y despachaba con las personalidades más influyentes de la época. Pocos meses separaron la muerte de Jacinta de la de Espartero.
                A esta obra magnífica de Shubert solo le pondría alguna matización sin importancia. La primera es que en los momentos que Espartero está en Cádiz (en plenos debates de las Cortes durante la Guerra de la Independencia), los datos de su vida son menores, y el autor vincula muchos supuestos de donde pudo estar Espartero en aquello momentos. Por otro, que al calor de algunos acontecimientos como el bombardeo de Barcelona de 1842 o las movilizaciones de la revolución de 1854 (tanto en las causas como en las consecuencias) el papel del movimiento obrero apenas es abordado, y tuvo una participación fundamental en el mismo. Dos apreciaciones sin importancia.
                Igualmente, Shubert realiza un necesario ejercicio de memoria histórica y nos muestra como la memoria de Espartero ha sido borrada de muchos lugares. El franquismo tuvo mucho que ver en ello, ya que un personaje como Franco no estaba cómodo con otro como Espartero, vencedor del tradicionalismo (al que Franco se sentía vinculado) y principal protagonista de la derrota del carlismo (grupo que apoyó a Franco durante la Guerra Civil y la dictadura). Se puso en relieve personajes como Tomás de Zumalacárregui frente a Espartero.  También por las distintas maneras de afrontar el final de una guerra civil. Frente al Abrazo de Vergara de Espartero, la política represiva sin límites de Franco. El dictador y su grupo más cercano siempre criticaron esa forma de acabar una guerra. Su objetivo era exterminar a su enemigo. Además, se popularizo la leyenda urbana errónea de que Espartero dijo una frase que jamás pronunció: “Hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. Al final la impronta que quedó de Espartero en el siglo XX, plagado de dictaduras militares, fue desdibujada, falseada y manipulada.
                Si tienen ocasión no se pierdan la biografía de Espartero de Adrián Shubert. No se van a arrepentir. Bien trabajada, muy investigada y contrastada en la línea de un gran historiador como siempre ha sido Shubert. Yo la he disfrutado.

jueves, 5 de septiembre de 2019

LA IMPORTANCIA DEL FEMINISMO EN LA SOCIEDAD

Breve reseña del libro de Juan Sisinio Pérez Garzón Historia del feminismo (Los libros de La Catarata, Madrid, 2018)

            Entre las numerosas lecturas que tenía pendiente y he podido hacer este verano, se encontraba la obra del profesor Juan Sisinio Pérez Garzón Historia del feminismo, prologado por la profesora Amelia Valcárcel y editado por Los Libros de La Catarata.
            Era un texto al que tenía muchas ganas de hincar el diente por varias razones. La primera de ella por la temática, pues la historia del feminismo era algo que había analizado en algún trabajo, aunque centrándolo en la parte del obrerismo. En segundo lugar porque creo que es necesario que existan libros sencillos que nos acerquen a la complejidad de la historia. Y en tercer lugar porque de la pluma de Juan Sisinio Pérez Garzón, uno de los mejores conocedores del siglo XIX español, el trabajo tenía que ser necesariamente interesante.
            Ninguno de los anteriores ingredientes deja de estar en la obra citada. El profesor Pérez Garzón hace todo un repaso general a la historia del feminismo desde los albores de la modernidad hasta la actualidad, y consigue poner a la mujer en el eje central de la Historia. Una Historia, que de manera caprichosa y tendenciosa, expulsó a las mujeres de los procesos históricos a pesar de haber tenido una participación protagonista en el mismo. Y eso es precisamente lo que hace Pérez Garzón, situar a la mujer en el papel que tuvo.
            Por las páginas de este libro pasan mujeres como Olimpia de Gouges, Mary Wollstoncraft, Harriet Taylor, Flora Tristán, Emmeline Pankhurst, Simone de Beauvoir, Donna Haraway, etc. Una evolución de un pensamiento y una lucha, de distintas formas de entender de la realidad a lo largo de tres siglos de historia. Nos desentraña el autor como el discurso sobre la mujer va a cambiando, pero no por una benevolencia de los gobiernos y los Estados sino como producto de años de lucha donde las mujeres se fueron haciendo un hueco.
            El libro responde a la perfección a las necesidades que se le exige. Si alguien muy leído en el tema se acerca a él, quizá no le aporte grandes cosas pero le puede servir como base para poder explicar de forma ordenada todo un proceso. Si alguien no esta muy leído en el tema, este libro es excepcional para un acercamiento a cada una de las etapas del feminismo y puede ser punta de base de una investigación más exhaustiva del tema. Por sus páginas pasan liberales, socialistas, demócratas, etc., donde vemos la complejidad cada vez mayor de su discurso e, incluso, la animadversión que encontraron en sus propias filas.
            Recomendar Historia del feminismo de Juan Sisinio Pérez Garzón es recomendar un buen libro, sencillo, directo, divulgativo, didáctico y muy bien escrito sobre una de las cuestiones nodales de la historia contemporánea en el mundo. Para alumnos de Bachillerato o para asignaturas que aborden estos temas en la Universidad, el libro tiene que estar en las bibliografías. Eso sí, es una historia general, y aunque cita cuestiones relacionadas con España, no se detiene en ellas. Para eso hay otros libros que abordan de forma particular el caso español.
            Hay que felicitar al autor y a la editorial por la iniciativa de esta obra.

viernes, 23 de agosto de 2019

Refugiados. Una historia del exilio de 1939

Reseña publicada en Germinal. Revista de Estudios Libertarios del libro: Pimentel, Josep, Refugiados. Una historia del exilio de 1939, Calumnia edicions, Palma de Mallorca, 2019

Que el final de la Guerra Civil en el año 1939 provocó la salida al exilio de un número ingente de personas por sus ideas políticas y huyendo de una represión inquisitorial es un hecho conocido por muchos, aunque determinada historiografía quiera negarlo o minusvalorarlo. La historia de las grandes organizaciones o biografías de personajes de primera línea han rescatado el éxodo español, que todavía nos sorprende con nuevos estudios y aportaciones al respecto.
            Sin embargo, de lo que adolecemos son de libros que nos hablen de las vivencias y del día a día de gente anónima. Las vivencias de militantes que tuvieron que pasar por la peregrinación de un exilio que para muchos de ellos fue definitivo y no pudieron volver a su tierra. La represión franquista tuvo muchas aristas y esta fue una de las más crueles.
            El historiador Josep Pimentel, en un libro sencillo, bien escrito y directo nos rescata algunas de esas historias. Un muestreo y un elenco que no deja de ser un granito de arena en el desierto por las miles y miles de voces que aun quedan por rescatar. Una obra que obtiene una nota alta por el mundo difícil y complejo que intenta abarcar. Además, es un libro pertinente, pues nos encontramos en la conmemoración del 80 aniversario del exilio español, donde están apareciendo multitud de obras de interés que nos acercan a lo que supuso el final de la Guerra Civil y el inicio de una larga dictadura, las consecuencias de una derrota que marco la historia reciente de nuestro país.
            Quizá una de las cuestiones que habría que aclarar es que la obra de Pimentel no es un libro del exilio al uso. Si lo que el lector busca en la historia de las organizaciones, de los personajes carismáticos, de los grandes debates del exilio, no lo van a encontrar aquí. Tampoco es un libro de un solo grupo político, pues todas las familias políticas derrotadas en la Guerra Civil tienen cabida en la obra, si bien el autor lanza más guiños a los libertarios de los que han encontrado muchas más referencias por los fondos con los que ha trabajado.
            El libro de Josep Pimentel es un libro de dimensión humana del primer exilio de los españoles. Además, el autor centra su atención sobre un área concreta de ese exilio, como fue Francia, el sur francés más concretamente, pues la obra no tiene testimonios ni historias del exilio en el norte de África, Inglaterra, América Latina o la Unión Soviética. El sur de Francia fue donde se produjo el exilio más numeroso y donde la historia fue más terrible, en parte, para los españoles.
            Igualmente, el libro de Pimentel es un mosaico y cada una de las historias que cuenta sería una tesela de ese mosaico. En realidad nos encontramos ante pequeñas historias de personajes anónimos, algunos con hilo conductor a través de los diferentes capítulos. Muchas de esas historias solo son un párrafo, una referencia que nos ha permitido que no caiga en el olvido. Otras son más largas y duraderas en el tiempo. Y como se ha afirmado son gente y militantes apenas conocidos o desconocidos para el gran público. Los más avezados en las lecturas de ese exilio si reconocerán a algunos de los personajes, que como Ana Delso o José Fortea, militantes de la CNT, aparecen en sus páginas.
            Josep Pimentel, en esta elección de personajes, solo hace una excepción, pues en la obra aparece el conocido poeta Antonio Machado. La razón de ello es simple, pues para Pimentel de entre todos aquellos personajes más conocidos, solo Machado renunció a determinados privilegios que podía haber disfrutado y falleció poco después, el 22 de febrero de 1939, en los inicios del exilio. También aparece citada, aunque de pasada, una mujer excepcional como fue Soledad Gustavo (Teresa Mañé) que falleció con el profundo dolor de una derrota que la condenó, posteriormente, a un ostracismo histórico.
            La estructura del libro de Pimentel es muy sencilla. Comienza por el final de la Guerra Civil continuando con el exilio y la represión. En todo momento la impronta que nos deja es que el exilio no fue fácil para miles de españoles, pues la salida del país tuvo numerosos inconvenientes y dificultades. No todos lo consiguieron. El libro nos muestra a la perfección distintos escenarios donde fueron protagonistas los exiliados. Escenarios de la derrota y de la humillación, del hambre y de la muerte. Retratos de una frontera que, como dice el profesor Fernando Hernández Sánchez en su último libro, fue salvaje. Los escenarios de los campos de concentración de sur de Francia (Argelers, Saint Cyprien, Barcarès, Vernet, Bram, etc. Hubo muchos más) donde los españoles encontraron el maltrato y la humillación donde esperaban compresión y apoyo en su causa. Aquí cabría introducir un elemento central en el campo de la historia y es la actitud que la República francesa tuvo con los españoles. El abandono que sufrió la República española durante la guerra por su homologa francesa y el desdén y maltrato a los españoles una vez que finalizó. Luego llegó Vichy y Pétain, abiertos colaboradores con los nazis y con Franco. Y aunque Francia ha trabajado de forma muy distinta sus políticas de la memoria, debido a que fue una de las ganadores de la Segunda Guerra Mundial, el trato a los españoles no deja de ser una de las vergüenzas de su pasado traumático. Y es que a pesar de la importancia del antifascismo francés, fundamental para entender la derrota nazi, los españoles tuvieron un papel protagonista en la resistencia y el combate contra el nazismo en el territorio vecino y sus colonias. Igualmente, el libro de Pimentel no deja la oportunidad de recordar que en el castillo fortaleza de Colliure, las torturas y crímenes de los franceses contra los españoles fue usual. Unos criminales que no fueron juzgados tras el conflicto mundial.
            El modo de elaborar el libro por parte de su autor ha sido el de los testimonios orales recuperados por su propio trabajo o a través de los archivos del Centro de Estudios Libertarios Federica Montseny de Badalona. Junto a ello, este trabajo lo apoya con sólida bibliografía de historiadores que han trabajado el exilio español. Fuentes secundarias imprescindibles de la historiadora Alicia Alted o de Miquel Izard, entre otros. Y aunque el libro puede dar una sensación de caos al leerlo en realidad es algo hecho a conciencia. Porque la salida de los españoles del país, el exilio de miles y miles de personas no dejó de ser una desbandada caótica que huía de la represión y de la miseria. Esa caravana nazarena que nos mostró Ángel Samblancat, que no era sino la trasmisión del dolor de un pueblo derrotado. Pimentel ha rescatado 78 testimonios de más de 500000 de exiliados. Un granito de arena que sirve para construir.
            Por último quedaría apuntar lo acertado del título. “Refugiados”, una palabra que hoy circula mucho por la prensa mundial. Los conflictos actuales también generan esos refugiados que son rechazados por las políticas racistas y xenófobas de muchos países ante la pasividad de unas instituciones internacionales que no imponen una política de solidaridad. Justamente, eso mismo, pasó en España hace ochenta años. Pimentel nos pone encima de la mesa una cuestión fundamental: la memoria es muy corta y no aprendemos de la Historia.

viernes, 16 de agosto de 2019

Los campos de concentración de la España franquista al descubierto


Carlos Hernández de Miguel, Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas, Ediciones B, 2019

            Tengo que reconocer que tenía muchas ganas de leer el libro de Carlos Hernández y más teniendo en cuenta el buen sabor de boca que me dejó Los últimos españoles de Mauthaussen. Lo que más me atraía de la obra es la capacidad de investigación de su autor, que no deja puntada sin hilo y sabe hilvanar a la perfección una investigación de este calibre. Los campos de concentración de Franco no defrauda en este sentido.
            El libro que hoy nos ocupa tiene bastantes virtudes que merecen ser rescatadas y que, en mi modesta opinión, la convierten desde ya en una obra de referencia para el estudio de la represión del franquismo.
            El tema de los campos de concentración durante el franquismo ha sido trabajado en otras obras, pero no con el suficiente interés o en un estudio monográfico que pedía desde hace tiempo. No es un tema sencillo, porque hay que saber discriminar muy bien que es y que no es un campo de concentración, cuestión que el autor pasa con nota al diferenciar las distintas tipologías concentracionarias en la dictadura franquista (campo de concentración, batallones de trabajadores, etc.). Por otra parte, estamos bajo la espada de Damocles de todo lo que aconteció con los campos de concentración nazi o, inclusive, por el gulag soviético, lo que hace que la represión franquista se la considere menor o menos dura. Algo completamente falso a tenor de los resultados obtenidos en diversos estudios, incluido el que hoy nos atañe. Y este último punto es algo que el propio Carlos Hernández también aborda. La barbarie nazi no puede ocultar o disminuir lo que provocó la barbarie franquista pues muy por el contrario numerosos asesores nazis y fascistas dieron las teclas suficientes al régimen de Franco para instituir toda una red de campos de concentración que asoló el territorio español. Ahí esta el caso de Paul Winzer, entre otros muchos.
            En un ejercicio de profesionalidad y de deontología, el autor aborda también temas que pueden parecer espinosos, como la existencia durante la República de campos de concentración. Denominación que aclara el propio autor y donde, sin negar su existencia y dureza, marca las diferencias de peso entre lo que fueron las prácticas de un sistema de carácter democrático a las prácticas crueles y sanguinarias de un régimen dictatorial.
            El libro de Carlos Hernández esta lleno de listas de personas, de testimonios personales, de fuentes secundarias y de fuentes primarias. El autor ha recorrido multitud de archivos municipales, provinciales, regionales y nacionales para desgranar todos los campos de concentración que existieron en España. Y lo importante del mismo es que se deja la investigación abierta pues hay dudas respecto a algunos de ellos (no contabilizados por el autor) por falta de referencias o fuentes y que necesitarían de un estudio más exhaustivo.
            Y es que la España que se inauguró con el golpe de Estado de julio de 1936 y que se confirmó con la victoria militar de Franco en abril de 1939 se llenó de campos de concentración para todos los gustos. Los hubo de corta vida, los hubo de larga duración (como el de Miranda de Ebro), lo hubo exclusivos de brigadistas internacionales que vinieron a España (como el de San Pedro de Cardeña), etc. Lo interesante de todo este proceso es que lo que en un principio fueron medidas transitorias al final se convirtió en una política del régimen franquista, con la creación de instituciones que reglamentaban y estructuraban los campos de concentración.
            Pero no solo fue una institucionalización sino que la vida en esos campos fue penosa y muchos de sus integrantes perdieron la vida por malos tratos, fusilamientos, jornadas laborales extenuantes o el hambre y las enfermedades que los asolaron. Lugares donde se institucionalizaba también la muerte “legal”, la masificación, etc.
            Lo que hace el autor es un recorrido por muchos de ellos, con evolución cronológica, con inclusión de historias personales y documentos de primera mano donde las propias autoridades reconocían la situación. El peso de la victoria franquista fue un revulsivo para unos vencedores que se emborracharon de victoria y provocaron una represión inquisitorial contra sus enemigos seculares. Sin embargo, en ese ambiente atroz, de represión y de miseria humana también surgía lo mejor del ser humano y los lazos de solidaridad entre los presos, donde la ayuda mutua se convertía en el último baluarte de supervivencia.
            No se olvida tampoco de una opinión de los gobierno a nivel internacional que a pesar del conocimiento de estas prácticas callaron o hicieron poco en favor de los presos que esos lugares penaban.
            Por la proximidad que tengo, el autor cita el campo de concentración de Alcalá de Henares, donde miles de presos se hacinaron al final de la Guerra Civil. Me permito aquí hacerle al autor algunas sugerencias para ampliar el conocimiento de dicho campo. En realidad, el campo de concentración de Alcalá de Henares surgió al calor de las jornadas del golpe de Casado en Madrid, y allí ubicaron a muchos militantes comunistas que se habían opuesto al movimiento casadista. Como campo casadista poco duró, porque pocas semanas después la guerra finalizaba con la victoria militar franquista y a esos presos comunistas se le fueron uniendo los de otras ideologías. De hecho, no hace muchos años, apareció una fosa en las proximidades donde era difícil dilucidar si aquellos cadáveres que aparecieron fueron de represión casadista o de represión franquista de primera hora. Lo cierto fue que el Campo de Concentración de Caño Gordo fue reutilizado por el franquismo y se conoció en su interior los peores de los horrores de la dictadura. Sobre su origen algo hablé en mi tesis doctoral El movimiento obrero en Alcalá de Henares y en algunos otros trabajos en los que analizo la primera represión franquista en la ciudad.
            Sin duda alguna estamos ante uno de los libros que viene a marcar un antes y un después en la investigación sobre el franquismo y lo concerniente a su maquinaria represiva. El libro nos descubre lugares completamente desconocidos para muchos historiadores, investigadores o curiosos sobre el tema y por lo tanto cumple la principal misión de una obra: aprendemos mucho con ella. Un libro que ya no puede faltar en la bibliografía básica del franquismo y de la represión. Y, además, abre las puertas a continuar con este estudio.
            Quien tenga la oportunidad que lea Los campos de concentración de Franco del periodista Carlos Hernández de Miguel. Lectura obligatoria y, en mi caso, ya está consignada en la bibliografía de los cursos que imparto.

miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DE LAS OCHO HORAS DE TRABAJO EN ESPAÑA

Reseña del libro de Ferrán Aisa (2019), La huelga de La Canadiense. La conquista de las ocho horas (Barcelona, Entre Ambos), publicado en el periódico CNT. Esta es la versión amplia de la reseña.

Puede que a mucha gente se le haya pasado por alto que en este año 2019 se conmemora el centenario de la conquista por ley de las ocho horas de trabajo en España. Un acontecimiento apenas conocido pero que marcó, de forma indeleble, la historia de nuestro país por la transcendencia del mismo. Y no tanto por el hecho de conseguir las ocho horas de trabajo sino por la forma en la que se llegó a este fin.
            Para poner un poco de luz a este acontecimiento, el historiador Ferrán Aisa i Pampols ha escrito un libro dedicado a la huelga que marcó el inicio de aquella conquista: la de la fábrica La Canadiense de Cataluña. Y para ello pone en el centro del protagonismo de la reivindicación a la organización que canalizó el sentimiento de protesta de la clase obrera en Cataluña y que se hizo extensivo a todo el territorio español: la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
            El esquema del libro de Aisa es sencillo pero esclarecedor para entender la dimensión del acontecimiento que aborda. Partiendo de los antecedentes de la organización en España, de la formación del sindicato CNT y de algunos debates organizativos que se dieron dentro del mismo, pasa a explicar de forma pormenorizada el conflicto que se desató en Cataluña y, más concretamente, en el área metropolitana de Barcelona que condujo a una huelga que durante 44 días dejó a Barcelona a oscuras y provocó un movimiento de trabajadores que puso en jaque a la patronal y al gobierno del país. El resultado fue forzar una negociación que acabó con la readmisión de los despedidos, la libertad de algunos presos y la consecución de la jornada de ocho horas de trabajo, reivindicación histórica del movimiento obrero internacional. Un conflicto que marcó la mayoría de edad de la CNT como organismo sindical, presentándose ante la opinión pública española como una organización que a partir de la acción directa era capaz de canalizar los sentimientos de lucha de los trabajadores. Esa posición de poder social y laboral que va a adquirir la CNT, y que la va a convertir en hegemónica en muchos lugares, significó también una reacción contra ella, en una auténtica guerra sucia y sin cuartel contra el sindicalismo. Algo que no era nuevo en la historia de España pero que adquiriría un carácter dramático abriendo las puertas a la dictadura de Primo de Rivera en 1923. El libro de Aisa no olvida esas consecuencias, y analiza ese periodo del pistolerismo y de crecimiento del anarcosindicalismo.
            Quizá, para los más avezados en la materia o especialistas en la historia del movimiento obrero español, lo que escribe Aisa en su libro no aporta gran cosa. Pero teniendo en cuenta que estamos hablando de un acontecimiento poco conocido en los manuales de secundaria, bachillerato y Universidad, y de una población que adolece, en gran parte, de una sólida formación histórica, el libro cumple a la perfección el cometido para el que se ha escrito, que no es otro que mostrar de forma sencilla un acontecimiento capital no solo en la historia del movimiento obrero sino en la historia general de España. Y refuerza el protagonismo de aquellos que lo hicieron posible y han quedado desdibujados por la historia en un mar de lugares comunes: los trabajadores, lo obreros afiliados y militantes de un sindicalismo de acción directa. Esta es la gran virtud del libro de Ferrán Aisa, que no es poco.
            Pero las aportaciones no se quedan ahí. Siguiendo la estela de historiadores actuales, Aisa pone en conexión las reivindicaciones del movimiento obrero español con el movimiento obrero internacional. Una dimensión a la que apenas se le presta atención y que es fundamental para entender muchas cosas. España no fue el primer país del mundo donde se aprobaron las ocho horas de trabajo, pero si fue el primer país de Europa que lo hizo. Igualmente, esa CNT que había nacido en 1910 bajo parámetros del sindicalismo revolucionario, poco a poco y al calor de los cambios de las estructuras económicas del país fue perfeccionando su organización, pasando de las viejas sociedades obreras de oficio a los especializados sindicatos únicos de ramo, modernizando el concepto del sindicalismo mucho antes que su rival UGT y haciéndose con la mayoría del movimiento obrero en muchas zonas. Ese cambio de estructuras iniciado en Sans en diciembre de 1918, es la piedra angular para entender la fuerza que la CNT va a mostrar en el conflicto de La Canadiense. Además, en los diversos comicios de la CNT ya se fue apuntando las estructuras que eclosionaría en las Federaciones Nacionales de Industrias, que si bien en 1919 no lograron ser aprobadas si lo serían en 1931.
            Además, el proceso que se había abierto en el movimiento obrero español en 1915 y 1916, que llevó a los primeros acercamientos de las centrales sindicales, marcaron una nueva tipología de practicas de lucha obrera, que como la huelga solidaria ejemplificaría el aumento del poder obrero y su influencia sobre los trabajadores. Algo que no pasó inadvertido a las autoridades y sectores conservadores de la sociedad española que pusieron todo su empeño en frenar aquel movimiento ante el temor del efecto dominó que podía provocar el triunfo de la Revolución rusa de 1917. Y aunque las prácticas obreras de España y de Rusia no eran iguales, lo cierto es que la victoria revolucionaria rusa espoleó al movimiento obrero internacional que vio la posibilidad de poder tomar las riendas de la situación.
            Igualmente, no se olvida el autor de la importancia que tuvieron en el proceso algunas personalidades, como fue Salvador Seguí o Simón Piera, entre otros. Aunque la movilización fue coral, los nombres propios también son importantes tenerlo en cuenta.          
            Todas estas cuestiones, junto a un pormenorizado desarrollo del conflicto de La Canadiense, están presentes en el libro de Aisa. Evidentemente, hay cuestiones que pueden ser sometidas a crítica, como en cualquier obra que se precie. Quizá el autor le da excesivo peso a un nacionalismo catalán que aunque en alguna de sus manifestaciones más avanzadas podía tener una simpatía hacía el movimiento huelguístico, en realidad no dejaba de ser un rival en el campo político y social donde las relaciones eran más tensas que amistosas.
            De la misma forma, en los antecedentes es imposible entender la jornada de ocho horas sin los orígenes de la Primera y la Segunda Internacional así como la huelga de Chicago de 1886, que llevó a una serie de anarquistas al patíbulo. Aunque el autor ubica a aquellos “Mártires de Chicago” en la organización IWW (Industrial Workers of the World), lo cierto es que dicho sindicato no nació en EEUU hasta 1905, algunos años después de los acontecimientos de Chicago. Por otra parte, y aunque es recurrente en varias obras, la complejidad de la Revolución rusa nos lleva en ocasiones a catalogar a algunos de sus personajes en grupos políticos a los que no pertenecían. Kerensky, jefe de uno de los gobiernos provisionales antes de la revolución de octubre, pertenecía realmente al Partido Trudovique (una especie de partido laborista). Aunque fue designado por los socialistas revolucionarios como su representante en el gobierno provisional, Kerensky ni era eserista ni mucho menos menchevique, donde estaría situado, en este último caso, personajes como Martov en su ala internacionalista o Feodor Dan en su rama más moderada. Una cuestión que podía haber quedado solventada con referencias a algunos de los libros que recientemente se han escrito sobre el proceso histórico al calor del centenario del movimiento revolucionario de 1917.
            En cualquier caso son cuestiones que no desmerecen la obra y el cometido para el que ha sido escrita, que no es otro que sacar del baúl del olvido un acontecimiento trascendental en la historia del movimiento obrero. Además, el autor, partiendo de su sólida formación histórica, se apoya sobre documentos de primera mano y prensa de la época, lo que hace de este libro una parada obligatoria, no solo porque este año sea el centenario de la huelga de La Canadiense sino porque es un acontecimiento que marcó el curso de la historia de nuestro país. Gran acierto su publicación y felicitación al autor del mismo.

viernes, 14 de junio de 2019

RESEÑA. Un acercamiento histórico a la Segunda República española (1931-1936).


La particularidad que tiene nuestro país es que todavía existen clichés y lugares comunes que hace complicado acercarse a nuestro pasado más reciente. Esto provoca que cuando vas a hablar de la Segunda República, de la Guerra Civil o del franquismo se levantan todas las alarmas. Lo más curioso de esta anomalía es que llega un momento que casi todo el mundo tiene algo que decir al respecto y corrigen de forma insistente a los profesionales de la Historia cuando hablan de este tema. No quiere esto decir que los únicos autorizados para hablar de esta parte de la historia sean los historiadores, pero bien es cierto que en mayoría de las ocasiones las “correcciones” al profesional se hacen en base a lugares comunes que entroncan con los años de propaganda franquista y que, a día de hoy, muchos publicistas y revisionistas históricos siguen alimentando. A veces las respuestas a estas cuestiones no son las mejores, por lo que la historiografía fundamentada y bien estructurada del periodo queda desdibujada en un mar de opiniones y debates donde lo que sobran son bocas y lo que faltan son historiadores.
            Afortunadamente, el campo historiográfico cada vez goza de un mayor número de profesionales que en base a la documentación y el contraste de las fuentes ha conseguido establecer una aproximación muy certera a lo que fueron los años republicanos para colocar a la Segunda República en lo que en realidad fue: la primera experiencia democrática en España en el siglo XX y el primer intento serio de establecimiento de un sistema de libertades colectivas tras el fracaso del Sexenio Democrático (1868-1874) en el siglo XIX. El panorama historiográfico español se ha ido nutriendo de obras que han trabajado este periodo de forma muy seria, y en los últimos tiempo han aparecido dos obras que, a mi juicio, son en este momento las que mejor plasman el periodo republicano entre 1931 y 1936. La primera es la obra coral escrita por los historiadores Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez con el título La Segunda República, publicada en 2015 por la editorial Pasado & Presente. Una monumental obra de más de 1000 páginas que nos hace un recorrido por los cinco años de República y centrándose en aspectos concretos. Una magna obra que es parada obligatoria para hablar y escribir sobre el periodo y que esta escrita por los que, quizá, sean los mejores conocedores de ese terreno en la actualidad. Algunos de ellos profesores que vienen de la escuela de Julio Aróstegui (DEP) o Ángel Bahamonde, historiadores con enorme peso en el panorama historiográfico español mas reciente.
            Sin embargo, la obra que quiero reseñar aquí brevemente, es la que publicó no hace muchas fechas el profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, Ángel Luis López Villaverde, con el título La Segunda República (1931-1936). Las claves de la primera democracia española del siglo XX, publicada por la editorial Silex y con un prólogo de Ángel Viñas. El trabajo del profesor López Villaverde tiene una serie de virtudes que hacen de esta obra muy recomendable para aquellos que quieran aproximarse a la historia de la Segunda República española por primera vez o a aquellos que quieran dar una vuelta a las visiones comunes que sobre ella pesan.
            El libro de López Villaverde esta divido en dos partes. En la primera parte, compuesta por cuatro capítulos, nos aproximamos a lo que es la evolución histórica de la Segunda República, desde su proclamación en abril de 1931 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. En segundo lugar se habla del relato que se ha legado de la Segunda República, como se nos ha trasmitido la misma y el peso que ha tenido y tiene la Guerra Civil y el franquismo sobre las lecturas que se dan al proceso. Los dos últimos capítulos de esta primera parte abordan los protagonistas del periodo y las culturas políticas que se movieron en el mismo.
            La segunda parte de la obra, compuesta también de cuatro capítulos, desentraña cuestiones de mucho interés para la República, desde como se va a desarrollar el poder republicano hasta las reformas que se van a articular en el periodo no olvidando la conflictividad y el trágico final del sistema republicano con el golpe de Estado de 1936. Un bloque que nos muestra los esfuerzos de modernización de un país, el intento de extensión democratizadora, pero también los retos y dificultades a los que se tuvo que enfrentar, en ocasiones propiciado por agentes externos y otras por la dificultad de desarrollar una legislación que no iba a convencer a todos.
            Como el autor establece en su introducción, el libro es completo pero se puede leer de forma desordenada. Lo podemos leer de principio a fin o bien solo un capítulo porque nos interese y todo tiene comprensión e hilo conductor. Además aborda todas las cuestiones de interés del periodo (laicismo, movimiento obrero, reforma agraria, reforma social, feminismo y participación de la mujer, conflictividad, etc.). Muy interesante y sugerente me ha resultado como ha abordado las culturas políticas y el papel de la religión y la Iglesia católica en el periodo. Rompiendo esos clichés de la Iglesia monolítica, el autor marca muy bien el compromiso que gran parte de ella adquiere contra la República, pero también como otra parte, aunque fuese minoritaria, siempre tendió al dialogo cuando no a la propia fidelidad al régimen republicano, que les llegó a costar el exilio. Algo de lo que el autor habla con mucho conocimiento de causa, ya es que es especialista en conflictividad religiosa, y nos muestra a una Iglesia que siempre estuvo más apegada a los sectores más tradicionalistas y reaccionarios de la sociedad.
            Aunque López Villaverde pone encima de la mesa todas las corrientes de interpretación sobre el periodo estudiado, marca a la perfección los errores que la incipiente historiografía revisionista tiene respecto a la Segunda República y como esos historiadores en muchas ocasiones juegan con los datos para que les encaje una visión negativa tendente a justificar el golpe de Estado de 1936.
            Por otra parte, el autor tiene un dominio de las fuentes bibliográficas, que ha llevado al libro a que en su segunda edición se nutra de las obras más novísimas del periodo o de aspectos concretos del mismo. Se podrían debatir cuestiones del contenido, como en toda obra de historia, pero desde luego el profesor López Villaverde ha dado en la tecla a la hora de explicar el proceso.
            En la siempre difícil tarea, tanto investigadora como docente, de poder recomendar una obra sobre la Segunda República, actualmente la cosa esta mucho más clara. Los dos libros aquí citados son los mejores para conocer el periodo. El libro de Ángel Luis López Villaverde esta llamado a ser una obra referencia para iniciados y para aquellos que quieran ver varios prismas de la Segunda República. Además, esta muy escrito lo que hace que su lectura sea ágil y amena. Gran acierto de los editores de Silex de ofrecer a López Villaverde hacer esta obra. Esperamos ya una tercera edición con más cosas actualizadas.

martes, 30 de abril de 2019

LA HUELGA DE LA CANADIENSE. LA CONQUISTA DE LAS OCHO HORAS DE TRABAJO EN ESPAÑA

En vísperas del Primero de Mayo, que mejor manera de recordar la lucha obrera que llevó aparejada la conquista de derechos laborales y colectivos. Reproducimos los artículos publicados en el periódico "El Salto" con motivo del centenario de la huelga de La Canadiense de 1919, escritos por los historiadores Juan Pablo Calero Delso, Chris Ealham y Julián Vadillo Muñoz

La azarosa lucha de las ocho horas de trabajo (Por Julián Vadillo Muñoz. Historiador)

                Una de las consecuencias que tuvo el desarrollo de la sociedad industrial fue la conformación del movimiento obrero como organismos de defensa de los trabajadores para mejorar sus condiciones de vida. Y aunque el movimiento obrero fue diverso estuvo básicamente conformado, desde el último tercio del siglo XIX, por organizaciones de carácter marxista o anarquista, dependiendo del lugar del desarrollo y la influencia de dichas ideologías.
                Desde la constitución de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en 1864 una de las medidas que van a unir a todos los trabajadores del mundo es la petición de disminución de la jornada laboral, que en algunos sectores podían alcanzar hasta las 17 horas de trabajo diario. Unos trabajadores sin ningún tipo de derechos colectivos que vieron en esas sociedades obreras el mejor vehículo para optimizar sus condiciones de vida. La llegada de la Internacional a España en 1868 vendrá aparejada con esas reivindicaciones que poco a poco, a través de los distintos congresos obreros se iban a hacer populares.
                Sin embargo, fue un acontecimiento internacional lo que iba a posibilitar la popularización del lema “8 horas de trabajo, 8 horas de descanso. 8 horas de ocio”, que ya había anticipado Robert Owen a inicios del siglo XIX. En el marco de una huelga convocada en mayo de 1886 en Chicago donde se pedían las ocho horas de trabajo, una bomba estalló acusando a una serie de anarquistas de cometer el atentado, lo que les llevó al patíbulo. Su muerte fue entendida como la respuesta que las autoridades daban a la petición de mejora de las condiciones del obrero, lo que generó un movimiento de carácter internacional para reivindicar la reducción de la jornada laboral y que iba a tener al Primero de Mayo (día de aquella huelga en Chicago) como la fecha simbólica.
                En España esas manifestaciones del Primero de Mayo se celebraron a finales del siglo XIX y supusieron una diferenciación de reivindicación entre los socialistas y los anarquistas para una misma finalidad.
                Teniendo en cuenta la dificultad de representatividad de los obreros en la España de la Restauración, la política de los anarquistas de plantar batalla en los centros de trabajo a partir de la huelga general como eje de lucha se popularizo. Un primer acontecimiento en esta reivindicación lo marco el ciclo huelguístico que se vivió en España entre 1901 y 1902 y que tuvo como una de sus reivindicaciones básica la reducción de la jornada laboral, subiendo los salarios e intentado crear un pleno empleo ante la acuciante situación de paro en el país.
                Aunque algunos sectores consiguieron reducciones de jornada laboral (y en algunos sitios del mundo incluso se consiguió las ocho horas), habría que esperar en España a que la influencia del sindicalismo revolucionario eclosionara en la fundación primero de Solidaridad Obrera y luego de la CNT, que tuvieron en sus congresos un eje central de la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas. Aunque la movilización obrera hizo que el gobierno cediese en algunos aspectos, habría que esperar a la huelga general revolucionario de 1917 y al ciclo de huelgas de 1918-1919 para ver materializada en ley la jornada de ocho horas de trabajo.

La efectividad de la acción directa. La Huelga de La Canadiense y sus consecuencias (Por Chris Ealham. Historiador)

La consecuencia de la Primera Guerra Mundial para la patronal en España fue tener frente a ellos a un movimiento obrero bien organizado y un sindicalismo capaz de triunfar en huelgas perfectamente diseñadas. Los conflictos se expandieron por diversos puntos de la Península lo que generó una profunda crisis en la Restauración. En ese momento, la CNT coordinaba las hasta entonces aisladas acciones colectivas rurales con la protesta urbana. Tal y como escribió entonces un industrial catalán, aquellos eran “tiempos de pesadilla”.
                La inquietud de las élites se centraba sobre todo en Cataluña, donde la CNT tenía más de 400.000 afiliados en 1919, lo que representaba casi la mitad de su militancia, un tercio de los cuales se encontraban en la zona barcelonesa.  Este poder de los Sindicatos Únicos de Barcelona quedó patente cuando en 1919 con la huelga en la empresa Riegos y Fuerza del Ebro Sociedad Anónima, una compañía anglo-canadiense conocida localmente como La Canadiense. El conflicto comenzó a comienzos de 1919, con el despido de un grupo de trabajadores administrativos afiliados a la CNT. Los trabajadores sindicados de la empresa, tanto obreros como empleados, abandonaron sus trabajos y llamaron a la solidaridad de la CNT local. De este modo, un conflicto en principio insignificante se convirtió en una lucha titánica entre una amplia coalición que integraba, por un lado, a las autoridades locales y estatales y al capital nacional e internacional, y por otro, a la CNT de Barcelona. El gobierno movilizó a sus fuerzas represivas; se aplicó la ley marcial y, dada la militarización de los servicios básicos, los soldados reemplazaron a los trabajadores; alrededor de 4.000 trabajadores fueron encarcelados. Aún así, los cortes en los suministros de energía paralizaron la industria de la provincia de Barcelona durante 44 días. En medio de la escasez de alimentos, los cortes de electricidad y las antorchas encendidas por las patrullas del Ejército durante la noche, la capital de Cataluña se parecía a una ciudad en guerra. Finalmente, el primer ministro, el Conde de Romanones, trató de calmar la situación enviando un emisario, José Morote, para llegar a un acuerdo entre los sindicatos y la patronal. Tras la presión de Morote, la dirección de La Canadiense cedió a las reclamaciones de la CNT, lo que incluía un aumento de salarios, el pago de los salarios perdidos a los huelguistas y una amnistía total de los piquetes. En un intento de evitar nuevos conflictos de clase, el gobierno de Madrid fue el primero de Europa en aprobar la jornada de ocho horas en la industria. A pesar de la oposición de algunos sectores de la CNT, Seguí anunció las medidas a los militantes en un mitin monstruo el 17 de marzo de 1919. Este triunfo anunció la madurez de la CNT, convirtiéndose actor principal en el mundo del trabajo.
                Sin embargo, el conflicto de La Canadiense había polarizado el contexto social, desencadenando procesos clave que iban a marcar la Restauración. La autoritaria “Federación Patronal de Barcelona”, que representaba a los elementos más activos de la élite industrial, había sellado una alianza con los elementos más extremistas del Ejército en la región.  En un flagrante acto de rebeldía contra el gobierno, el entonces capitán general de Barcelona, el general Joaquín Milans del Bosch, respaldó a una agrupación de oficiales de infantería, los llamados junteros, y azuzado por la Federación Patronal, se negó a liberar a los miembros de la CNT en custodia militar, en un intento de echar por tierra el acuerdo de La Canadiense y provocar un enfrentamiento con los sindicatos. Las posiciones intermedias se desvanecieron. La nueva situación parecía dar la razón a los sectores reacios de la CNT, que el 24 de marzo lanzó una huelga general para lograr la liberación de los encarcelados. El gobierno Romanones reprimió el movimiento, declarando la ley marcial en Barcelona y suspendiendo las libertades civiles en toda España. Ante las acaloradas críticas de la Federación Patronal y el ruido de sables de la guarnición de Barcelona, el desacreditado gobernador civil y el jefe de policía huyeron a Madrid, donde Romanones dimitió.
                El año 1919 fue el ejemplo de como las cuestiones laborales era tomada por una gran parte de las autoridades como un problema de orden público. Aunque republicanos y socialistas intentaron canalizar el descontento a partir de los acuerdos internacionales sellados en la Organización Internacional del Trabajo, la hostilidad de los capitalistas a la intervención del estado en la industria, así como el endurecimiento de las posturas autoritarias de los grupos más reaccionarios de la sociedad española hicieron fracasar cualquier intentona. La evidencia se volvió a comprobar en septiembre cuando el ala sindicalista de la CNT de Barcelona y los elementos más liberales de la burguesía accedieron a someter sus diferencias a la “Comisión Mixta”, un comité de arbitraje patrocinado por el estado. No obstante, sus esperanzas se vieron frustradas ante la erupción de un conflicto social y laboral después de que la Federación Patronal de Barcelona declarase 84 días de cierre patronal que afectó a 300.000 obreros, y que duró desde el 3 de noviembre de 1919 al 26 de enero de 1920.    
                Este creciente poder de los Sindicatos Únicos de la CNT hizo crecer la influencia de una Federación Patronal que pretendió destruir al anarcosindicalismo reivindicando su derecho ilimitado a fijar las condiciones de trabajo. Los capitalistas comenzaron a distanciarse del Estado de la Restauración y el sentimiento de los miembros de la patronal era que las autoridades de Madrid carecían de la voluntad política de enfrentarse a los sindicatos y que el poder central no defendía sus intereses. Para algunos grupos de la burguesía la salvación pareció residir en el Ejército, que comenzaría a actuar de forma autónoma frente al gobierno central, alcanzando una libertad de maniobra que culminaría con el golpe de septiembre de 1923.

Salvador Seguí: el chico que hizo madurar al sindicalismo (Por Juan Pablo Calero. Historiador)

Salvador Seguí Rubinat, que fue popularmente conocido como “el noi del sucre” -el chico del azúcar- fue también, paradójicamente, uno de los principales responsables de llevar al sindicalismo a su etapa de plena madurez. La ciudad de Barcelona fue escenario entre 1902 –fecha de la huelga general convocada por las sociedades obreras anarquistas- y 1919 –el año de la huelga de la Canadiense- de un intenso proceso de evolución del sindicalismo en general y del anarquista en particular; y Seguí fue tanto uno de los mejores exponentes del resultado final de este proceso como uno de sus más destacados protagonistas. Se ha acusado repetidamente al movimiento obrero español de no contar con una nutrida lista de teorizantes, pero se olvida que siempre estuvo a la vanguardia en fórmulas de organización y ámbitos de sociabilidad; y en esos terrenos su aportación resultó indispensable.
Nació Salvador Seguí en 1886 en el seno de una familia campesina de la provincia de Lleida que, al año siguiente, emigró a Barcelona -epicentro de una industrialización española desigual e insuficiente- para ofrecer a sus hijos una vida mejor. Quizás fuese esa condición de emigrante, aunque viniese de la Cataluña interior, que compartió con los miles de trabajadores que por entonces llegaban a esa ciudad desde todos los rincones del país, la que le alejó de un nacionalismo catalán que, en su opinión, “antepone sus intereses de clase, es decir los intereses del capitalismo, a todo interés o ideología”.
Acudió a la escuela pero, como tantos hijos de familias obreras, la abandonó a los doce años para aprender el oficio de pintor –el mismo que tuvo Juan Gómez Casas, otro de los imprescindibles- con el que se ganó la vida hasta el final de sus días. Tres años más tarde abría sus puertas en la capital catalana la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia, mostrando con rotundidad tanto el peso específico que tenía la cultura en el seno del movimiento libertario como las simpatías que éste despertaba entre muchos intelectuales. Naturalmente, Seguí no acudió a sus aulas, pero se formó culturalmente en la vasta red de ateneos y bibliotecas libertarias que en aquellos años salpicaban el mapa de Barcelona y sus contornos, hasta el punto de convertirse en un excelente orador y polemista y en escritor de varias obras sobre sindicalismo, de una novela corta –Escuela de rebeldía- y de incontables artículos en cabeceras de distinta orientación.
En 1907 perteneció a la comisión organizadora de Solidaridad Obrera, la federación de sociedades de trabajadores que nacía como contrapunto obrerista a Solidaritat Catalana, una alianza de todas las corrientes ideológicas –desde los carlistas a los federales- que reconocían la personalidad política de Cataluña. Aún compartiendo el rechazo al asfixiante régimen de la Restauración, este primer congreso de Solidaridad Obrera demostraba que los trabajadores barceloneses se sentían con fuerza suficiente como para confrontarse con el catalanismo y afirmar que “como clase obrera sólo podemos tener un fin común: la defensa de nuestros intereses y sólo un ideal puede unirnos, nuestra emancipación económica”.
Estas dos ideas -la cultura como palanca de liberación personal y el sindicato como herramienta de liberación colectiva-, moldearon el ideario de Seguí y los frutos de su labor no tardaron en llegar: en 1908 Solidaridad Obrera ampliaba su ámbito de actuación a toda Cataluña, en 1910 fue la base de la Confederación Nacional del Trabajo, y en 1918 la regional catalana de la CNT celebró en Sans un congreso en el que daba el paso desde las sociedades de oficio a los sindicatos únicos de ramo –anticipando las federaciones de industria-, un salto cualitativo que dotó a la CNT de una capacidad de respuesta extraordinaria ante los retos que se le presentaban: crisis económica, represión policial y pistolerismo patronal.
Este acuerdo, impulsado por Seguí, permitió al anarquismo obrerista pasar de una estrategia de resistencia al capital a postular una sociedad basada exclusivamente en sindicatos capaces de organizar todos los aspectos de la producción económica y de la vida social. Y esa sociedad futura se hacía presente a través de una amplia red de espacios de sociabilidad y de formación para los trabajadores: ateneos y escuelas, grupos de teatro y orfeones, sociedades excursionistas y deportivas… donde desarrollar el apoyo mutuo, la pedagogía libertaria, el naturismo o el higienismo.
La última lección la dio Seguí con su muerte; los instigadores del crimen, la patronal Fomento del Trabajo Nacional, y los autores del asesinato, los pistoleros del Sindicato Libre –que no era ni una cosa ni la otra-, comprobaron que la red sindical que él había impulsado era mucho más fuerte que su liderazgo personal y que se había forjado una generación de obreros capaces de sostener con aprovechamiento su herencia. En julio de 1936, trece años después de su muerte en las calles del Raval, demostraron que llevaban un mundo nuevo en sus corazones.