miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DE LAS OCHO HORAS DE TRABAJO EN ESPAÑA

Reseña del libro de Ferrán Aisa (2019), La huelga de La Canadiense. La conquista de las ocho horas (Barcelona, Entre Ambos), publicado en el periódico CNT. Esta es la versión amplia de la reseña.

Puede que a mucha gente se le haya pasado por alto que en este año 2019 se conmemora el centenario de la conquista por ley de las ocho horas de trabajo en España. Un acontecimiento apenas conocido pero que marcó, de forma indeleble, la historia de nuestro país por la transcendencia del mismo. Y no tanto por el hecho de conseguir las ocho horas de trabajo sino por la forma en la que se llegó a este fin.
            Para poner un poco de luz a este acontecimiento, el historiador Ferrán Aisa i Pampols ha escrito un libro dedicado a la huelga que marcó el inicio de aquella conquista: la de la fábrica La Canadiense de Cataluña. Y para ello pone en el centro del protagonismo de la reivindicación a la organización que canalizó el sentimiento de protesta de la clase obrera en Cataluña y que se hizo extensivo a todo el territorio español: la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
            El esquema del libro de Aisa es sencillo pero esclarecedor para entender la dimensión del acontecimiento que aborda. Partiendo de los antecedentes de la organización en España, de la formación del sindicato CNT y de algunos debates organizativos que se dieron dentro del mismo, pasa a explicar de forma pormenorizada el conflicto que se desató en Cataluña y, más concretamente, en el área metropolitana de Barcelona que condujo a una huelga que durante 44 días dejó a Barcelona a oscuras y provocó un movimiento de trabajadores que puso en jaque a la patronal y al gobierno del país. El resultado fue forzar una negociación que acabó con la readmisión de los despedidos, la libertad de algunos presos y la consecución de la jornada de ocho horas de trabajo, reivindicación histórica del movimiento obrero internacional. Un conflicto que marcó la mayoría de edad de la CNT como organismo sindical, presentándose ante la opinión pública española como una organización que a partir de la acción directa era capaz de canalizar los sentimientos de lucha de los trabajadores. Esa posición de poder social y laboral que va a adquirir la CNT, y que la va a convertir en hegemónica en muchos lugares, significó también una reacción contra ella, en una auténtica guerra sucia y sin cuartel contra el sindicalismo. Algo que no era nuevo en la historia de España pero que adquiriría un carácter dramático abriendo las puertas a la dictadura de Primo de Rivera en 1923. El libro de Aisa no olvida esas consecuencias, y analiza ese periodo del pistolerismo y de crecimiento del anarcosindicalismo.
            Quizá, para los más avezados en la materia o especialistas en la historia del movimiento obrero español, lo que escribe Aisa en su libro no aporta gran cosa. Pero teniendo en cuenta que estamos hablando de un acontecimiento poco conocido en los manuales de secundaria, bachillerato y Universidad, y de una población que adolece, en gran parte, de una sólida formación histórica, el libro cumple a la perfección el cometido para el que se ha escrito, que no es otro que mostrar de forma sencilla un acontecimiento capital no solo en la historia del movimiento obrero sino en la historia general de España. Y refuerza el protagonismo de aquellos que lo hicieron posible y han quedado desdibujados por la historia en un mar de lugares comunes: los trabajadores, lo obreros afiliados y militantes de un sindicalismo de acción directa. Esta es la gran virtud del libro de Ferrán Aisa, que no es poco.
            Pero las aportaciones no se quedan ahí. Siguiendo la estela de historiadores actuales, Aisa pone en conexión las reivindicaciones del movimiento obrero español con el movimiento obrero internacional. Una dimensión a la que apenas se le presta atención y que es fundamental para entender muchas cosas. España no fue el primer país del mundo donde se aprobaron las ocho horas de trabajo, pero si fue el primer país de Europa que lo hizo. Igualmente, esa CNT que había nacido en 1910 bajo parámetros del sindicalismo revolucionario, poco a poco y al calor de los cambios de las estructuras económicas del país fue perfeccionando su organización, pasando de las viejas sociedades obreras de oficio a los especializados sindicatos únicos de ramo, modernizando el concepto del sindicalismo mucho antes que su rival UGT y haciéndose con la mayoría del movimiento obrero en muchas zonas. Ese cambio de estructuras iniciado en Sans en diciembre de 1918, es la piedra angular para entender la fuerza que la CNT va a mostrar en el conflicto de La Canadiense. Además, en los diversos comicios de la CNT ya se fue apuntando las estructuras que eclosionaría en las Federaciones Nacionales de Industrias, que si bien en 1919 no lograron ser aprobadas si lo serían en 1931.
            Además, el proceso que se había abierto en el movimiento obrero español en 1915 y 1916, que llevó a los primeros acercamientos de las centrales sindicales, marcaron una nueva tipología de practicas de lucha obrera, que como la huelga solidaria ejemplificaría el aumento del poder obrero y su influencia sobre los trabajadores. Algo que no pasó inadvertido a las autoridades y sectores conservadores de la sociedad española que pusieron todo su empeño en frenar aquel movimiento ante el temor del efecto dominó que podía provocar el triunfo de la Revolución rusa de 1917. Y aunque las prácticas obreras de España y de Rusia no eran iguales, lo cierto es que la victoria revolucionaria rusa espoleó al movimiento obrero internacional que vio la posibilidad de poder tomar las riendas de la situación.
            Igualmente, no se olvida el autor de la importancia que tuvieron en el proceso algunas personalidades, como fue Salvador Seguí o Simón Piera, entre otros. Aunque la movilización fue coral, los nombres propios también son importantes tenerlo en cuenta.          
            Todas estas cuestiones, junto a un pormenorizado desarrollo del conflicto de La Canadiense, están presentes en el libro de Aisa. Evidentemente, hay cuestiones que pueden ser sometidas a crítica, como en cualquier obra que se precie. Quizá el autor le da excesivo peso a un nacionalismo catalán que aunque en alguna de sus manifestaciones más avanzadas podía tener una simpatía hacía el movimiento huelguístico, en realidad no dejaba de ser un rival en el campo político y social donde las relaciones eran más tensas que amistosas.
            De la misma forma, en los antecedentes es imposible entender la jornada de ocho horas sin los orígenes de la Primera y la Segunda Internacional así como la huelga de Chicago de 1886, que llevó a una serie de anarquistas al patíbulo. Aunque el autor ubica a aquellos “Mártires de Chicago” en la organización IWW (Industrial Workers of the World), lo cierto es que dicho sindicato no nació en EEUU hasta 1905, algunos años después de los acontecimientos de Chicago. Por otra parte, y aunque es recurrente en varias obras, la complejidad de la Revolución rusa nos lleva en ocasiones a catalogar a algunos de sus personajes en grupos políticos a los que no pertenecían. Kerensky, jefe de uno de los gobiernos provisionales antes de la revolución de octubre, pertenecía realmente al Partido Trudovique (una especie de partido laborista). Aunque fue designado por los socialistas revolucionarios como su representante en el gobierno provisional, Kerensky ni era eserista ni mucho menos menchevique, donde estaría situado, en este último caso, personajes como Martov en su ala internacionalista o Feodor Dan en su rama más moderada. Una cuestión que podía haber quedado solventada con referencias a algunos de los libros que recientemente se han escrito sobre el proceso histórico al calor del centenario del movimiento revolucionario de 1917.
            En cualquier caso son cuestiones que no desmerecen la obra y el cometido para el que ha sido escrita, que no es otro que sacar del baúl del olvido un acontecimiento trascendental en la historia del movimiento obrero. Además, el autor, partiendo de su sólida formación histórica, se apoya sobre documentos de primera mano y prensa de la época, lo que hace de este libro una parada obligatoria, no solo porque este año sea el centenario de la huelga de La Canadiense sino porque es un acontecimiento que marcó el curso de la historia de nuestro país. Gran acierto su publicación y felicitación al autor del mismo.

viernes, 14 de junio de 2019

RESEÑA. Un acercamiento histórico a la Segunda República española (1931-1936).


La particularidad que tiene nuestro país es que todavía existen clichés y lugares comunes que hace complicado acercarse a nuestro pasado más reciente. Esto provoca que cuando vas a hablar de la Segunda República, de la Guerra Civil o del franquismo se levantan todas las alarmas. Lo más curioso de esta anomalía es que llega un momento que casi todo el mundo tiene algo que decir al respecto y corrigen de forma insistente a los profesionales de la Historia cuando hablan de este tema. No quiere esto decir que los únicos autorizados para hablar de esta parte de la historia sean los historiadores, pero bien es cierto que en mayoría de las ocasiones las “correcciones” al profesional se hacen en base a lugares comunes que entroncan con los años de propaganda franquista y que, a día de hoy, muchos publicistas y revisionistas históricos siguen alimentando. A veces las respuestas a estas cuestiones no son las mejores, por lo que la historiografía fundamentada y bien estructurada del periodo queda desdibujada en un mar de opiniones y debates donde lo que sobran son bocas y lo que faltan son historiadores.
            Afortunadamente, el campo historiográfico cada vez goza de un mayor número de profesionales que en base a la documentación y el contraste de las fuentes ha conseguido establecer una aproximación muy certera a lo que fueron los años republicanos para colocar a la Segunda República en lo que en realidad fue: la primera experiencia democrática en España en el siglo XX y el primer intento serio de establecimiento de un sistema de libertades colectivas tras el fracaso del Sexenio Democrático (1868-1874) en el siglo XIX. El panorama historiográfico español se ha ido nutriendo de obras que han trabajado este periodo de forma muy seria, y en los últimos tiempo han aparecido dos obras que, a mi juicio, son en este momento las que mejor plasman el periodo republicano entre 1931 y 1936. La primera es la obra coral escrita por los historiadores Eduardo González Calleja, Francisco Cobo Romero, Ana Martínez Rus y Francisco Sánchez Pérez con el título La Segunda República, publicada en 2015 por la editorial Pasado & Presente. Una monumental obra de más de 1000 páginas que nos hace un recorrido por los cinco años de República y centrándose en aspectos concretos. Una magna obra que es parada obligatoria para hablar y escribir sobre el periodo y que esta escrita por los que, quizá, sean los mejores conocedores de ese terreno en la actualidad. Algunos de ellos profesores que vienen de la escuela de Julio Aróstegui (DEP) o Ángel Bahamonde, historiadores con enorme peso en el panorama historiográfico español mas reciente.
            Sin embargo, la obra que quiero reseñar aquí brevemente, es la que publicó no hace muchas fechas el profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha, Ángel Luis López Villaverde, con el título La Segunda República (1931-1936). Las claves de la primera democracia española del siglo XX, publicada por la editorial Silex y con un prólogo de Ángel Viñas. El trabajo del profesor López Villaverde tiene una serie de virtudes que hacen de esta obra muy recomendable para aquellos que quieran aproximarse a la historia de la Segunda República española por primera vez o a aquellos que quieran dar una vuelta a las visiones comunes que sobre ella pesan.
            El libro de López Villaverde esta divido en dos partes. En la primera parte, compuesta por cuatro capítulos, nos aproximamos a lo que es la evolución histórica de la Segunda República, desde su proclamación en abril de 1931 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. En segundo lugar se habla del relato que se ha legado de la Segunda República, como se nos ha trasmitido la misma y el peso que ha tenido y tiene la Guerra Civil y el franquismo sobre las lecturas que se dan al proceso. Los dos últimos capítulos de esta primera parte abordan los protagonistas del periodo y las culturas políticas que se movieron en el mismo.
            La segunda parte de la obra, compuesta también de cuatro capítulos, desentraña cuestiones de mucho interés para la República, desde como se va a desarrollar el poder republicano hasta las reformas que se van a articular en el periodo no olvidando la conflictividad y el trágico final del sistema republicano con el golpe de Estado de 1936. Un bloque que nos muestra los esfuerzos de modernización de un país, el intento de extensión democratizadora, pero también los retos y dificultades a los que se tuvo que enfrentar, en ocasiones propiciado por agentes externos y otras por la dificultad de desarrollar una legislación que no iba a convencer a todos.
            Como el autor establece en su introducción, el libro es completo pero se puede leer de forma desordenada. Lo podemos leer de principio a fin o bien solo un capítulo porque nos interese y todo tiene comprensión e hilo conductor. Además aborda todas las cuestiones de interés del periodo (laicismo, movimiento obrero, reforma agraria, reforma social, feminismo y participación de la mujer, conflictividad, etc.). Muy interesante y sugerente me ha resultado como ha abordado las culturas políticas y el papel de la religión y la Iglesia católica en el periodo. Rompiendo esos clichés de la Iglesia monolítica, el autor marca muy bien el compromiso que gran parte de ella adquiere contra la República, pero también como otra parte, aunque fuese minoritaria, siempre tendió al dialogo cuando no a la propia fidelidad al régimen republicano, que les llegó a costar el exilio. Algo de lo que el autor habla con mucho conocimiento de causa, ya es que es especialista en conflictividad religiosa, y nos muestra a una Iglesia que siempre estuvo más apegada a los sectores más tradicionalistas y reaccionarios de la sociedad.
            Aunque López Villaverde pone encima de la mesa todas las corrientes de interpretación sobre el periodo estudiado, marca a la perfección los errores que la incipiente historiografía revisionista tiene respecto a la Segunda República y como esos historiadores en muchas ocasiones juegan con los datos para que les encaje una visión negativa tendente a justificar el golpe de Estado de 1936.
            Por otra parte, el autor tiene un dominio de las fuentes bibliográficas, que ha llevado al libro a que en su segunda edición se nutra de las obras más novísimas del periodo o de aspectos concretos del mismo. Se podrían debatir cuestiones del contenido, como en toda obra de historia, pero desde luego el profesor López Villaverde ha dado en la tecla a la hora de explicar el proceso.
            En la siempre difícil tarea, tanto investigadora como docente, de poder recomendar una obra sobre la Segunda República, actualmente la cosa esta mucho más clara. Los dos libros aquí citados son los mejores para conocer el periodo. El libro de Ángel Luis López Villaverde esta llamado a ser una obra referencia para iniciados y para aquellos que quieran ver varios prismas de la Segunda República. Además, esta muy escrito lo que hace que su lectura sea ágil y amena. Gran acierto de los editores de Silex de ofrecer a López Villaverde hacer esta obra. Esperamos ya una tercera edición con más cosas actualizadas.

martes, 30 de abril de 2019

LA HUELGA DE LA CANADIENSE. LA CONQUISTA DE LAS OCHO HORAS DE TRABAJO EN ESPAÑA

En vísperas del Primero de Mayo, que mejor manera de recordar la lucha obrera que llevó aparejada la conquista de derechos laborales y colectivos. Reproducimos los artículos publicados en el periódico "El Salto" con motivo del centenario de la huelga de La Canadiense de 1919, escritos por los historiadores Juan Pablo Calero Delso, Chris Ealham y Julián Vadillo Muñoz

La azarosa lucha de las ocho horas de trabajo (Por Julián Vadillo Muñoz. Historiador)

                Una de las consecuencias que tuvo el desarrollo de la sociedad industrial fue la conformación del movimiento obrero como organismos de defensa de los trabajadores para mejorar sus condiciones de vida. Y aunque el movimiento obrero fue diverso estuvo básicamente conformado, desde el último tercio del siglo XIX, por organizaciones de carácter marxista o anarquista, dependiendo del lugar del desarrollo y la influencia de dichas ideologías.
                Desde la constitución de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en 1864 una de las medidas que van a unir a todos los trabajadores del mundo es la petición de disminución de la jornada laboral, que en algunos sectores podían alcanzar hasta las 17 horas de trabajo diario. Unos trabajadores sin ningún tipo de derechos colectivos que vieron en esas sociedades obreras el mejor vehículo para optimizar sus condiciones de vida. La llegada de la Internacional a España en 1868 vendrá aparejada con esas reivindicaciones que poco a poco, a través de los distintos congresos obreros se iban a hacer populares.
                Sin embargo, fue un acontecimiento internacional lo que iba a posibilitar la popularización del lema “8 horas de trabajo, 8 horas de descanso. 8 horas de ocio”, que ya había anticipado Robert Owen a inicios del siglo XIX. En el marco de una huelga convocada en mayo de 1886 en Chicago donde se pedían las ocho horas de trabajo, una bomba estalló acusando a una serie de anarquistas de cometer el atentado, lo que les llevó al patíbulo. Su muerte fue entendida como la respuesta que las autoridades daban a la petición de mejora de las condiciones del obrero, lo que generó un movimiento de carácter internacional para reivindicar la reducción de la jornada laboral y que iba a tener al Primero de Mayo (día de aquella huelga en Chicago) como la fecha simbólica.
                En España esas manifestaciones del Primero de Mayo se celebraron a finales del siglo XIX y supusieron una diferenciación de reivindicación entre los socialistas y los anarquistas para una misma finalidad.
                Teniendo en cuenta la dificultad de representatividad de los obreros en la España de la Restauración, la política de los anarquistas de plantar batalla en los centros de trabajo a partir de la huelga general como eje de lucha se popularizo. Un primer acontecimiento en esta reivindicación lo marco el ciclo huelguístico que se vivió en España entre 1901 y 1902 y que tuvo como una de sus reivindicaciones básica la reducción de la jornada laboral, subiendo los salarios e intentado crear un pleno empleo ante la acuciante situación de paro en el país.
                Aunque algunos sectores consiguieron reducciones de jornada laboral (y en algunos sitios del mundo incluso se consiguió las ocho horas), habría que esperar en España a que la influencia del sindicalismo revolucionario eclosionara en la fundación primero de Solidaridad Obrera y luego de la CNT, que tuvieron en sus congresos un eje central de la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas. Aunque la movilización obrera hizo que el gobierno cediese en algunos aspectos, habría que esperar a la huelga general revolucionario de 1917 y al ciclo de huelgas de 1918-1919 para ver materializada en ley la jornada de ocho horas de trabajo.

La efectividad de la acción directa. La Huelga de La Canadiense y sus consecuencias (Por Chris Ealham. Historiador)

La consecuencia de la Primera Guerra Mundial para la patronal en España fue tener frente a ellos a un movimiento obrero bien organizado y un sindicalismo capaz de triunfar en huelgas perfectamente diseñadas. Los conflictos se expandieron por diversos puntos de la Península lo que generó una profunda crisis en la Restauración. En ese momento, la CNT coordinaba las hasta entonces aisladas acciones colectivas rurales con la protesta urbana. Tal y como escribió entonces un industrial catalán, aquellos eran “tiempos de pesadilla”.
                La inquietud de las élites se centraba sobre todo en Cataluña, donde la CNT tenía más de 400.000 afiliados en 1919, lo que representaba casi la mitad de su militancia, un tercio de los cuales se encontraban en la zona barcelonesa.  Este poder de los Sindicatos Únicos de Barcelona quedó patente cuando en 1919 con la huelga en la empresa Riegos y Fuerza del Ebro Sociedad Anónima, una compañía anglo-canadiense conocida localmente como La Canadiense. El conflicto comenzó a comienzos de 1919, con el despido de un grupo de trabajadores administrativos afiliados a la CNT. Los trabajadores sindicados de la empresa, tanto obreros como empleados, abandonaron sus trabajos y llamaron a la solidaridad de la CNT local. De este modo, un conflicto en principio insignificante se convirtió en una lucha titánica entre una amplia coalición que integraba, por un lado, a las autoridades locales y estatales y al capital nacional e internacional, y por otro, a la CNT de Barcelona. El gobierno movilizó a sus fuerzas represivas; se aplicó la ley marcial y, dada la militarización de los servicios básicos, los soldados reemplazaron a los trabajadores; alrededor de 4.000 trabajadores fueron encarcelados. Aún así, los cortes en los suministros de energía paralizaron la industria de la provincia de Barcelona durante 44 días. En medio de la escasez de alimentos, los cortes de electricidad y las antorchas encendidas por las patrullas del Ejército durante la noche, la capital de Cataluña se parecía a una ciudad en guerra. Finalmente, el primer ministro, el Conde de Romanones, trató de calmar la situación enviando un emisario, José Morote, para llegar a un acuerdo entre los sindicatos y la patronal. Tras la presión de Morote, la dirección de La Canadiense cedió a las reclamaciones de la CNT, lo que incluía un aumento de salarios, el pago de los salarios perdidos a los huelguistas y una amnistía total de los piquetes. En un intento de evitar nuevos conflictos de clase, el gobierno de Madrid fue el primero de Europa en aprobar la jornada de ocho horas en la industria. A pesar de la oposición de algunos sectores de la CNT, Seguí anunció las medidas a los militantes en un mitin monstruo el 17 de marzo de 1919. Este triunfo anunció la madurez de la CNT, convirtiéndose actor principal en el mundo del trabajo.
                Sin embargo, el conflicto de La Canadiense había polarizado el contexto social, desencadenando procesos clave que iban a marcar la Restauración. La autoritaria “Federación Patronal de Barcelona”, que representaba a los elementos más activos de la élite industrial, había sellado una alianza con los elementos más extremistas del Ejército en la región.  En un flagrante acto de rebeldía contra el gobierno, el entonces capitán general de Barcelona, el general Joaquín Milans del Bosch, respaldó a una agrupación de oficiales de infantería, los llamados junteros, y azuzado por la Federación Patronal, se negó a liberar a los miembros de la CNT en custodia militar, en un intento de echar por tierra el acuerdo de La Canadiense y provocar un enfrentamiento con los sindicatos. Las posiciones intermedias se desvanecieron. La nueva situación parecía dar la razón a los sectores reacios de la CNT, que el 24 de marzo lanzó una huelga general para lograr la liberación de los encarcelados. El gobierno Romanones reprimió el movimiento, declarando la ley marcial en Barcelona y suspendiendo las libertades civiles en toda España. Ante las acaloradas críticas de la Federación Patronal y el ruido de sables de la guarnición de Barcelona, el desacreditado gobernador civil y el jefe de policía huyeron a Madrid, donde Romanones dimitió.
                El año 1919 fue el ejemplo de como las cuestiones laborales era tomada por una gran parte de las autoridades como un problema de orden público. Aunque republicanos y socialistas intentaron canalizar el descontento a partir de los acuerdos internacionales sellados en la Organización Internacional del Trabajo, la hostilidad de los capitalistas a la intervención del estado en la industria, así como el endurecimiento de las posturas autoritarias de los grupos más reaccionarios de la sociedad española hicieron fracasar cualquier intentona. La evidencia se volvió a comprobar en septiembre cuando el ala sindicalista de la CNT de Barcelona y los elementos más liberales de la burguesía accedieron a someter sus diferencias a la “Comisión Mixta”, un comité de arbitraje patrocinado por el estado. No obstante, sus esperanzas se vieron frustradas ante la erupción de un conflicto social y laboral después de que la Federación Patronal de Barcelona declarase 84 días de cierre patronal que afectó a 300.000 obreros, y que duró desde el 3 de noviembre de 1919 al 26 de enero de 1920.    
                Este creciente poder de los Sindicatos Únicos de la CNT hizo crecer la influencia de una Federación Patronal que pretendió destruir al anarcosindicalismo reivindicando su derecho ilimitado a fijar las condiciones de trabajo. Los capitalistas comenzaron a distanciarse del Estado de la Restauración y el sentimiento de los miembros de la patronal era que las autoridades de Madrid carecían de la voluntad política de enfrentarse a los sindicatos y que el poder central no defendía sus intereses. Para algunos grupos de la burguesía la salvación pareció residir en el Ejército, que comenzaría a actuar de forma autónoma frente al gobierno central, alcanzando una libertad de maniobra que culminaría con el golpe de septiembre de 1923.

Salvador Seguí: el chico que hizo madurar al sindicalismo (Por Juan Pablo Calero. Historiador)

Salvador Seguí Rubinat, que fue popularmente conocido como “el noi del sucre” -el chico del azúcar- fue también, paradójicamente, uno de los principales responsables de llevar al sindicalismo a su etapa de plena madurez. La ciudad de Barcelona fue escenario entre 1902 –fecha de la huelga general convocada por las sociedades obreras anarquistas- y 1919 –el año de la huelga de la Canadiense- de un intenso proceso de evolución del sindicalismo en general y del anarquista en particular; y Seguí fue tanto uno de los mejores exponentes del resultado final de este proceso como uno de sus más destacados protagonistas. Se ha acusado repetidamente al movimiento obrero español de no contar con una nutrida lista de teorizantes, pero se olvida que siempre estuvo a la vanguardia en fórmulas de organización y ámbitos de sociabilidad; y en esos terrenos su aportación resultó indispensable.
Nació Salvador Seguí en 1886 en el seno de una familia campesina de la provincia de Lleida que, al año siguiente, emigró a Barcelona -epicentro de una industrialización española desigual e insuficiente- para ofrecer a sus hijos una vida mejor. Quizás fuese esa condición de emigrante, aunque viniese de la Cataluña interior, que compartió con los miles de trabajadores que por entonces llegaban a esa ciudad desde todos los rincones del país, la que le alejó de un nacionalismo catalán que, en su opinión, “antepone sus intereses de clase, es decir los intereses del capitalismo, a todo interés o ideología”.
Acudió a la escuela pero, como tantos hijos de familias obreras, la abandonó a los doce años para aprender el oficio de pintor –el mismo que tuvo Juan Gómez Casas, otro de los imprescindibles- con el que se ganó la vida hasta el final de sus días. Tres años más tarde abría sus puertas en la capital catalana la Escuela Moderna de Francisco Ferrer Guardia, mostrando con rotundidad tanto el peso específico que tenía la cultura en el seno del movimiento libertario como las simpatías que éste despertaba entre muchos intelectuales. Naturalmente, Seguí no acudió a sus aulas, pero se formó culturalmente en la vasta red de ateneos y bibliotecas libertarias que en aquellos años salpicaban el mapa de Barcelona y sus contornos, hasta el punto de convertirse en un excelente orador y polemista y en escritor de varias obras sobre sindicalismo, de una novela corta –Escuela de rebeldía- y de incontables artículos en cabeceras de distinta orientación.
En 1907 perteneció a la comisión organizadora de Solidaridad Obrera, la federación de sociedades de trabajadores que nacía como contrapunto obrerista a Solidaritat Catalana, una alianza de todas las corrientes ideológicas –desde los carlistas a los federales- que reconocían la personalidad política de Cataluña. Aún compartiendo el rechazo al asfixiante régimen de la Restauración, este primer congreso de Solidaridad Obrera demostraba que los trabajadores barceloneses se sentían con fuerza suficiente como para confrontarse con el catalanismo y afirmar que “como clase obrera sólo podemos tener un fin común: la defensa de nuestros intereses y sólo un ideal puede unirnos, nuestra emancipación económica”.
Estas dos ideas -la cultura como palanca de liberación personal y el sindicato como herramienta de liberación colectiva-, moldearon el ideario de Seguí y los frutos de su labor no tardaron en llegar: en 1908 Solidaridad Obrera ampliaba su ámbito de actuación a toda Cataluña, en 1910 fue la base de la Confederación Nacional del Trabajo, y en 1918 la regional catalana de la CNT celebró en Sans un congreso en el que daba el paso desde las sociedades de oficio a los sindicatos únicos de ramo –anticipando las federaciones de industria-, un salto cualitativo que dotó a la CNT de una capacidad de respuesta extraordinaria ante los retos que se le presentaban: crisis económica, represión policial y pistolerismo patronal.
Este acuerdo, impulsado por Seguí, permitió al anarquismo obrerista pasar de una estrategia de resistencia al capital a postular una sociedad basada exclusivamente en sindicatos capaces de organizar todos los aspectos de la producción económica y de la vida social. Y esa sociedad futura se hacía presente a través de una amplia red de espacios de sociabilidad y de formación para los trabajadores: ateneos y escuelas, grupos de teatro y orfeones, sociedades excursionistas y deportivas… donde desarrollar el apoyo mutuo, la pedagogía libertaria, el naturismo o el higienismo.
La última lección la dio Seguí con su muerte; los instigadores del crimen, la patronal Fomento del Trabajo Nacional, y los autores del asesinato, los pistoleros del Sindicato Libre –que no era ni una cosa ni la otra-, comprobaron que la red sindical que él había impulsado era mucho más fuerte que su liderazgo personal y que se había forjado una generación de obreros capaces de sostener con aprovechamiento su herencia. En julio de 1936, trece años después de su muerte en las calles del Raval, demostraron que llevaban un mundo nuevo en sus corazones.

jueves, 18 de abril de 2019

La desconocida Guerra del Ifni (1957-1958)

Ordoño Marín, Gustavo Adolfo, La Guerra de Ifni. Cuando la Guardia Mora abandonó a Franco, Almuzara, Córdoba, 2018. 157 págs.

Hace unos días, en un debate electoral de esos que ahora se dan con frecuencia en periodo electoral, el diputado del PNV, Aitor Esteban, recordaba que en España no se ha acometido todavía una reforma para el tema de los secretos oficiales del Estado y que eso dificulta el trabajo de los historiadores. Un problema que no solo afecta a las cuestiones inmediatas o nuestro pasado más reciente, sino que se produce también para aspectos fundamentales del siglo XIX. Una cuestión que hace de España un país peculiar y con considerable retraso respecto a los países de su entorno, dificultando la tarea y el trabajo de la investigación histórica.
            Sin entrar en las cuestiones relacionadas con lo que apuntaba el diputado Esteban, aunque con mucho en común con ello, hace poco acabé un libro al que tenía muchas ganas de hincar el diente desde que vi su publicación el pasado año. El periodista e historiador Gustavo Adolfo Ordoño Marín me obsequió con un ejemplar de su libro La guerra de Ifni. Cuando la Guardia Mora abandonó a Franco, donde hace un repaso desde una perspectiva de la memoria histórica a un acontecimiento completamente olvidado por nuestra historia y que tiene una trascendencia fundamental.
            Desde hace un tiempo la cuestión de Marruecos me viene interesando, no solo por la importancia que tuvo desde el último tercio del siglo XIX, sino porque se me cruzaba constantemente en mis investigaciones sobre el movimiento obrero, al ser un factor de movilización de la clase obrera consciente por su oposición a la guerra y las movilizaciones de soldados que generaba conflictividad social y política en el interior del país. Para entender bien esa oposición había que entender el acontecimiento y eso me llevó a estudiar de forma más o menos profunda el conflicto, entendiendo también bien las diferenciaciones en el interior del ejército entre la casta “africanista” y los “peninsulares”.
            Sin embargo, si bien hasta el final de la Guerra Civil la cuestión de Marruecos es latente, durante el periodo franquista la cuestión se diluyó más y los estudios sobre el mismo se disipan. Gustavo Ordoño ha venido a poner un poco de luz a uno de esos episodios tardíos de la guerra de Marruecos, con la Guerra del Ifni. Pero no lo hace desde un punto de vista de las operaciones militares, que de eso si que hay bibliografía. Lo hace desde el punto de vista de la memoria y de aspectos poco trabajados hasta la fecha, como el origen del mismo conflicto y las relaciones de España con Francia, con Marruecos y la posición que España intentó jugar en la zona durante la dictadura franquista.
            El libro hace un repaso cohesionado a distintos aspectos de un conflicto largo en el tiempo. Desde la conquista del territorio con la ocupación por la Paz de Wad Ras en 1860, a los acuerdos de 1912 que hacían del protectorado español un elemento más del control del protectorado francés en la zona y la posición de Ifni como una zona de pesquería que al final se entendió como otra cuestión. No olvida el autor la toma del coronel Capaz de la zona de Ifni ya en la República en 1934 y de la que Abel Paz también hizo referencia en su libro La cuestión de Marruecos y la República española. Como la posición antifrancesa de España, mostrandose al mundo como un puente con el mundo árabe se dinamitó en pleno proceso de descolonización en la década de 1950 (no olvidemos la importancia de la Conferencia de Bandung de 1955), cuando fueron los marroquíes quienes quisieron ser ese elemento en base a los acuerdos firmados con EEUU. Además, la renuncia de Francia sobre el territorio marroquí en plena guerra con Argelia, dejaba a España en una posición de inferioridad y descolocada ante la actitud de sus “aliados moros” en otro tiempo. Una muestra de la sinrazón y el enanismo político a nivel internacional y diplomático de una dictadura como la de Franco.
            Pero lo verdaderamente importante del libro de Ordoño Marín estriba en el tratamiento que hace de la memoria, de cómo esta guerra fue olvidada, como sus muertos no son reconocidos (salvo raras excepciones) y fue un episodio que la dictadura ocultó y pasó por alto. Como tras la muerte del dictador el acontecimiento no fue tratado como debería de haberlo sido y como las sucesivas leyes han condenado al ostracismo a las víctimas. La Ley de Memoria Histórica tampoco les ampara y las distintas propuestas en el Parlamento no ha aclarado la situación. Una cuenta pendiente más de España con su pasado no abordada con seriedad.
            A título personal me ha parecido un libro esclarecedor y muy bien llevado. Su lectura sirve para aprender mucho del tema. Incluso a nivel anecdótico salen personajes con lo que me he cruzado en distintas investigaciones. Tomás Pallás Sierra, como jefe de la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares, o el teniente Ortiz de Zárate, hijo del golpista de Guadalajara en 1936.
            Desde luego un libro recomendable y que esclarece cosas que hasta ahora quedaban en punto muerto. Todavía quedan muchas cosas que desgranar de Marruecos.

martes, 2 de abril de 2019

CALENDARIO DE PRESENTACIONES MESES DE ABRIL Y MAYO

Tras la buena acogida que ha tenido el libro Historia de la CNT. Utopía, pragmatismo y revolución, en las presentaciones de la librería LaMalatesta, Traficantes de Sueños, Diógenes (Alcalá de Henares) y La Pantera Rossa (Zaragoza), en los meses de abril y mayo ya hay cerrada algunas presentaciones, a esperar de confirmar otras.

Miércoles 10 de abril, 19:30. Presentación en la sede de la CNT de Valladolid (Calle Juan Bravo, 10-12): http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/41474 

Jueves 25 de abril, 19:30. Presentación en la sede del Ateneo Libertario de Vallecas (Calle Párroco Emilio Franco, 58. Metro Nueva Numancia)

Jueves 9 de mayo, 19:00. Presentación en la Feria del Libro de Guadalajara. Organizado por la sección de la Fundación Anselmo Lorenzo.

Además, con fecha aun por confirmar, habrá firma de libros en la caseta de Los Libro de la Catarata durante la Feria del Libro de Madrid (31 de mayo al 16 de junio en el Parque de El Retiro)


martes, 5 de marzo de 2019

La CNT en el golpe de Segismundo Casado

Aprovechando el 80 aniversario del golpe de Segismundo Casado, extracto la parte del libro Historia de la CNT. Utopía, pragmatismo y revolución (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2019), en la que se aborda, de forma breve, el papel de la CNT en los momentos finales de la Guerra Civil española. Con toda seguridad la página más amarga de todas las organizaciones del obrerismo español.

Estos enfrentamientos continuaron, aunque atenuados, hasta el final de la Guerra Civil, donde en el naufragio final de la nave republicana las diferencias volvieron a aflorar de forma sangrienta. Con el reconocimiento internacional del gobierno de Franco por parte de potencias como Inglaterra o Francia, la empresa del presidente Juan Negrín de implicar a estas potencias en el conflicto, que habían firmado un Pacto de No Intervención desde 1936, se diluían definitivamente. Cataluña había pasado a manos rebeldes y las zonas de influencia republicana se circunscribía a la zona central y Levante. Para algunos la única opción que podía manejar la República era mantener la lucha hasta que estallase un conflicto europeo que deparase mejor suerte a las armas republicanas. Para otros la guerra estaba finiquitada y no había capacidad de resistencia y solo cabía la búsqueda de una paz honrosa para reorganizar las fuerzas y emprender la lucha cuando fuese preciso. Sin desdeñar un ápice los movimientos que los servicios secretos ingleses tuvieron sobre la decisión final, lo cierto fue que el 5 de marzo de 1939 el coronel Segismundo Casado lideró un golpe contra el gobierno de Juan Negrín[1]. Aunque las motivaciones de Casado era liquidar la guerra de forma rápida aprovechó esos conflictos de la retaguardia republicana para apoyarse en sectores algunos sectores del republicanismo, del socialismo y de la CNT, argumentando el control que los comunistas tenían sobre el gobierno de Negrín. Es evidente que el pensamiento final de Casado no era compartido ni por caballeristas ni por la parte de la CNT que apoya su movimiento, pero vieron en aquellas circunstancias la posibilidad de desquitarse de lo sucedido en Mayo de 1937. Estalló en Madrid una guerra civil dentro de la Guerra Civil en lo que se conoció como la “Semana del duro” (porque los enfrentamientos duraron cinco días) y en el que el PCE fue desalojado de su posición de poder con el protagonismo de la CNT madrileña y la UGT. Unos enfrentamientos que provocaron unos días después el desplome definitivo de la República y la ocupación de Madrid por las tropas franquistas.
            El proyecto revolucionario que había defendido con tanto ahínco la CNT quedaba triturado por la victoria militar de Franco. Un modelo de sociedad diametralmente opuesta se imponía en España y todos los acuerdos, discusiones y avances que había tenido como protagonista a la CNT desde su fundación quedaban sepultados. A los militantes cenetistas se les ofreció a partir de ese momento un duro y trágico destino: la resistencia al franquismo y sus métodos de represión inquisitorial, el exilio, la cárcel, el ostracismo y los pelotones de fusilamiento.

(Págs. 260-261)



[1] Paul Preston, El final de la guerra. La última puñalada a la República, Debate, Barcelona, 2014; Ángel Bahamonde, Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado, Cátedra, Madrid, 2014; Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez, El desplome de la República, Crítica, Barcelona, 2009; Segismundo Casado, Así cayó Madrid, Ediciones 99, Madrid, 1977

EL TRÁGICO FINAL DE UNA TRAGEDIA

En el 80 aniversario del golpe de Segismundo Casado en Madrid, cuelgo en mi blog la reseña que hice hace unos años en el Bulletin d'Histoire Contemporaine de Aix-en-Provence, del libro de Paul Preston El final de la guerra. La última puñalada a la República (Debate, Barcelona, 2014)

El golpe de Estado contra la República del 17-18 de julio de 1936 fue la causa del estallido de la Guerra Civil. Casi tres años de batallas y combates que finalizó con la victoria de los golpistas y la imposición de una dictadura personificada en Francisco Franco que no tuvo piedad con los vencidos. Ese Golpe de Estado fue la causa primera de la Guerra Civil. La derrota de la República democrática se debió después a distintos factores unos con más peso que otros. 
            Analizar el final de la Guerra Civil, de las últimas semanas del conflicto, es acercarnos a alguno de esos otros factores. Quizá no el principal, pero si subsidiario y con suficiente peso como para merecer la atención de diversos historiadores.
            No hace muchas fechas el catedrático de historia contemporánea de la Universidad Carlos III de Madrid nos sorprendía con un interesante libro sobre este tema: Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra, Madrid, 2014). Un análisis el del profesor Bahamonde más centrado en los aspectos militares y en la figura de Segismundo Casado. También tendríamos que hacer mención aquí a la obra de Ángel Viñas y de Fernando Hernández Sánchez El desplome de la República (Crítica, Barcelona, 2009). Ambos libros se editaron cumpliéndose aniversarios concretos. Por el 75 aniversario del final de la Guerra Civil el primero y por el 70 aniversario el segundo.
            Sin embargo, cuando parecía que las obras en liza marcaban casi a la perfección aquellos trágicos días finales de la Guerra Civil, Paul Preston nos sorprende con una magnífica obra que analiza pormenorizadamente aquellos últimos días. La obra de Preston recorre desde las figuras fundamentales de aquel proceso (Juan Negrín, Segismundo Casado, Julián Besteiro, Cipriano Mera, etc.), hasta el posicionamiento de las distintas organizaciones en el conflicto.
            Como buen conocedor de la realidad española del momento, Preston analiza los antecedentes que llevaron al final de la Guerra. Las fuertes disputas que se dieron en el seno del campo republicano marcaron la pauta de aquellas semanas finales. Igualmente esta obra se convierte en un estudio mucho más profundo al analizar no solo el conflicto que surgió en la capital de la España republicana sino en otras zonas leales.
            La obra de Preston tiene tres protagonistas claros. Por una parte Juan Negrín, presidente del gobierno de la Segunda República. Para Paul Preston víctima de una conjura en la que participan distintos intereses que confluyen en ideas comunes. Por otra parte Segismundo Casado. Militar leal a la República pero al mismo tiempo ambicioso y fuertemente anticomunista que pretendía acaparar un protagonismo que no le correspondía. Y por último Julián Besteiro, una de las figuras más importantes del socialismo español que apenas jugó ningún papel en la Guerra Civil y que se quería presentar como una especia de reconciliación de dos modelos de entender la vida completamente irreconciliable.
            El libro de Preston es riguroso y completo. Y no es sencillo por lo complejo del tema. El final de la Guerra Civil es un cúmulo de factores diversos que solo un investigador ducho en el tema puede tener en cuenta. Un mapa en el que recomponer las distintas piezas para comprender que lleva a cada grupo o a cada persona a apoyar determinadas medidas.
            El golpe que Casado da en Madrid el 5 de marzo de 1939 tuvo distintas motivaciones tanto para los que lo apoyaron como para los que se opusieron. Porque no es lo mismo la motivación de un militar como Casado, que se veía relegado de lo que él mismo quería representar, de un militar que pretendía pasar a la historia de España como quien trajo la paz en la Guerra Civil, que las pretensiones de un ya viejo Besteiro que se veía como un factor de reconciliación entre los sublevados y los leales. No es lo mismo tampoco el presidente Juan Negrín, que sí había planteado la posibilidad de una salida dialogada en la Guerra pero siempre salvaguardando la vida de los leales, que los dirigentes del Partido Comunista de España que tenían una posición de resistencia numantina en la que febrero de 1939 nadie ya creía. Tampoco fueron iguales las motivaciones que llevaron tanto a socialistas caballeristas como a una parte del anarcosindicalismo a apoyar el golpe de Casado teniendo en cuenta la gran cantidad de querellas internas que habían acumulado contra Negrín los primeros y contra los comunistas los segundos.
            Siguiendo el libro de Preston nos damos cuenta que Negrín, como los libertarios, como los comunistas y los socialistas caballeristas no esperaban nada de Franco y los sublevados. El caso de los anarquistas es complejo. Su apoyo a Casado se debe exclusivamente para desalojar del poder a los comunistas que en mayo de 1937 les había desalojado a ellos. Pero tenían claro que frente a Franco solo cabía la resistencia. Una resistencia en la que no creía absolutamente para nada Casado. Cuestión que comprobamos no solo en el libro de Preston sino en las propias memorias de Cipriano Mera, el albañil anarquista que había tomado el mando del IV Cuerpo del Ejército Popular de la República. El peso del anticomunismo en un sector importante del anarquismo era más que evidente.
            Por otra parte la definición de Besteiro como “ingenuo” por parte de Preston no puede ser más acertada. El histórico dirigente ugetista, que durante la Guerra Civil apenas tuvo importancia, creyó tener la llave para negociar con Franco. Esa ingenuidad que le llevó a quedarse en la capital con la entrada de las tropas franquistas y que le llevó ante un Consejo de Guerra y al presidio en Carmona falleciendo apenas un año después. Con él también se quedó Melchor Rodríguez, el “Ángel Rojo”, uno de los representantes del anarquismo humanista, que salvó la vida de muchas personas y que también fue a la cárcel tras la guerra.
            Pero los dos grandes protagonistas de aquellas jornadas fueron Casado por una parte y Negrín otra. Casado que a pesar de decir que pretendía una paz honrosa y salida pactada de la Guerra, pocas condiciones podía ofrecer a Franco en Burgos. Su famosa frase “La entrega se verificará en tales condiciones que no exista precedente en la historia y que será el asombro del mundo” era papel mojado teniendo en cuenta que Franco nada quería negociar ni pactar. Cuando las conversaciones de Gamonal fracasaron entre los emisarios de Casado (alguno de ellos integrante de la Quinta Columna) y los sublevados de Franco, los argumentos del coronel quedaron completamente anulados. Aquí estriba el punto de fricción entre Casado y su equipo de militares con los “casadistas”, esos apoyos circunstanciales de los que se dotó para que su golpe llegase a buen puerto. La idea de un “abrazo de Vergara” nunca se produjo.
            Juan Negrín, que había tomado el poder del ejecutivo tras la crisis de mayo de 1937 era partidario de una paz negociada desde 1938. Algo que no solo Preston platea sino también Gabriel Jackson planteó en su Juan Negrín. Médico, socialista y jefe del Gobierno de la II República española (Crítica, Barcelona, 2008). Lo que el presidente del Gobierno no iba a tolerar es una rendición sin condiciones, que era la idea de Franco. Los puntos débiles de Negrín era el escaso apoyo que contó en el seno del Frente Popular, muy dividido ya a finales de 1938, la nula comprensión del presidente de la República, Manuel Azaña, y el abandono definitivo y tácito de Francia e Inglaterra cuando en febrero de 1939 reconocieron al gobierno de Franco.
            La obra de Preston no solo plantea las divergencias políticas entre los distintos grupos del Frente Popular que desembocó en el golpe de marzo de 1939. También narra de forma pormenoriza los enfrentamientos tanto de Cartagena como de Madrid. El primero, menos conocido para la historiografía, presentó un panorama caótico en aquellas jornadas. Por una parte unos grupos falangistas y franquistas que ven en el caos generalizado de la ciudad la oportunidad de hacerse con el control. Por otra las fuerzas leales al gobierno de Negrín. Y por último, algunos republicanos no conformes con el negrisnismo que se sublevan contra su propio gobierno pero que combaten a los franquistas. Un ejemplo de cómo la Quinta Columna estaba organizada en esta ciudad mediterránea.
            La posición en Madrid fue distinta. La Quinta Columna estaba al tanto de los movimientos que Casado iba a hacer y no interviene directamente. Alguno de los militares más cercanos a Casado, como José Centaño de la Paz, eran integrantes de la Quinta Columna. Otros como Manuel Matallana tenían posiciones ambigüas. El triunfo del golpe en Madrid no se debió a los militares tibios que Casado tenía a su alrededor, sino a las fuerzas de los “casadistas” que lograron vencer las unidades leales a Negrín y que mayoritariamente eran de mandos adscritos al Partido Comunista. El IV Cuerpo de Ejército de Cipriano Mera fue fundamental para ello.
            Tras la victoria de Casado vino por una parte la represión contra las fuerzas derrotadas. Y por otra el desencanto de aquellos que esperaban que con su acción las circunstancias hubiesen discurrido por otros derroteros. Todo ello, unido a unas negociaciones imposibles fracasadas, provocó el final de la Guerra y la entrada de Franco en Madrid.
            Una cosa que Preston deja clara es que la represión actuó contra todos. Si bien algún alto cargo de Casado se pudo ver beneficiado por su labor ambigua el destino de muchos de ellos fue el presidio, el paredón o el exilio. Incluso tibios como Matallana tuvieron un periodo de prisión y nunca más volvieron a estar en el Ejército. Hay que recordar que una de las obsesiones de Casado es que el bando vencedor respetase los grados militares del Ejército republicano. Nada de eso sucedió. Otros casos fueron más llamativos. Julián Besteiro fue detenido, juzgado y condenado (se llegó a pedir la pena de muerte) a 30 años de prisión. Falleció un año después, en 1940, enfermo en la cárcel de Carmona. Cipriano Mera logró alcanzar Orán. Pero con el inicio de la Guerra Mundial fue detenido y extraditado a España. Juzgado fue condenado a muerte y se le conmutó la pena. Salió de prisión y continuó su lucha contra Franco hasta que se vio obligado a salir exiliado, muriendo en París en octubre de 1975. Melchor Rodríguez también fue detenido y condenado. Penó en muchas prisiones y al salir se ganó la vida como vendedor de seguros, falleciendo en Madrid en 1972. Otros como Mauro Bajatierra son asesinados con la llegada de las tropas rebeldes a Madrid en marzo de 1939. O Feliciano Benito fusilado en Guadalajara en octubre de 1940. Esto demostró que haber sido “casadista” no libraba a nadie de nada.
            Casado si que logró huir. Se estableció en Inglaterra un tiempo y luego fue a Venezuela. Aunque Casado tuvo contacto durante algún tiempo con personalidades del exilio, su objetivo era volver a España. En 1961 regresó a España. Por la petición de una pensión fue investigado y procesado por su pasado republicano. Intentó congraciarse re-escribiendo su libro de memorias Así cayó Madrid. Tal como Preston nos muestra la versión que publicó en Londres en 1939 a la que editó en España en 1967 poco tenían que ver. Falleció en 1968.
            El libro de Preston es completo, muy bien documentado y que nos acerca un poco más a lo que fueron aquellos últimos días. Un magnífico y excelente compendio tanto de las luchas intestinas como de alguna de las personalidades que jugaron un papel fundamental en aquella historia. Solo una cosa se me queda corta en esta obra. Si bien el libro se centra mucho más en las figuras antagónicas de Casado y Negrín, las razones de fondo y de peso que llevaron a apoyar el golpe a fuerzas como la Agrupación Socialista de Madrid (de corte caballerista) y el Movimiento Libertario Español quedan en un segundo plano que sabe a poco. Pero quizá eso ya de por sí podría ser una nueva obra. Quizá una idea para que uno de los mejores historiadores del momento, como Paul Preston, nos vuelva a sorprender.