viernes, 22 de agosto de 2014

LA ENCRUCIJADA DEL MOVIMIENTO OBRERO ANTE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Tercera entrega sobre la Primera Guerra Mundial. El artículo de Julián Vadillo sobre el movimiento obrero ante la Gran Guerra.

Cuando en 1918 finalizó la Primera Guerra Mundial, el mapa europeo cambió radicalmente a aquel que había visto nacer el conflicto en 1914. Y algo parecido le sucedió al movimiento obrero que cuando finalizó la Guerra Mundial había cambiando sustancialmente su taxonomía.
            De cara a como el movimiento obrero analizó y actuó durante la guerra habría que distinguir  entre la actitud que mantuvieron los socialdemócratas y la que mantuvieron los anarquistas, que en esos momentos eran los movimientos obreros más importantes y organizados a nivel internacional.
            La posición de los socialistas antes la guerra nunca fue clara. Si bien desde sus medios emitían proclamas contra la guerra entre los pueblos habían disparidad de opiniones de como afrontar las campañas contra la guerra. Como ejemplos el socialismo español al estallar la guerra de Cuba salió con el lema ¡O todos, o ninguno!, queriendo denunciar que a la guerra solo iban los hijos de los trabajadores que no tenían suficiente capacidad económica para librarse. El Congreso de Copenhague de 1910 dejó muy clara las diferencias entre los socialistas franceses que tenía una importante influencia del sindicalismo revolucionario y optaban por la proclamación de la huelga general en caso de conflicto bélico, y los socialistas austriacos y alemanes que consideraban contraproducente esa opción ya que podían ser perseguidos en sus países por traidores. Esa división se fue acrecentado con el tiempo en el seno de los propios partidos.
            Las voces contra la guerra en Francia las alzaron socialistas como Jean Jaurès o sindicalistas revolucionarios como Alphonse Merrheim. La mentalidad antimilitarista de Merrheim le llevó a condenar las leyes que el gobierno de Millerand introdujo. El el Congreso de Marsella la posición quedó clara: “El congreso declara que es preciso, desde el punto de vista internacional, instruir a los trabajadores, a fin de que en caso  de guerra entre potencias, respondan a la declaración de guerra con una declaración de huelga general revolucionaria”.
            De esta misma opinión era el dirigente socialista Jean Jaurès que condenó la Guerra desde el principio y apoyaba la idea de una huelga general ante la misma. Sin embargo Jaurès fue asesinado el 31 de julio de 1914 por un fanático ultranacionalista, Raoul Villain, poniendo fin a una de las carreras más brillantes del socialismo internacional.
            La división del socialismo era tan evidente que mientras unos pedían la paz y la huelga general otros votaron los créditos de guerra en sus países, como los socialdemócratas alemanes y austriacos. Algunos como Jules Guesde formaron parte del gobierno de concentración nacional francés presidido por René Viviani. El socialismo italiano se dividió por las mismas circunstancias.
            El caso del anarquismo fue mucho más homogéneo. Su postura había quedado muy clara en los decenio anteriores así como en el Congreso de Ámsterdam de 1907. Salvo algunas excepciones como el caso de Kropotkin, Grave, Mella o Malato que apoyaron a los aliados en declaración expresa en el “Manifiesto de los 16”, la posición general y mayoritaria fue la de la condena a la guerra. Errico Malatesta tuvo intervenciones brillantes contra la guerra y en crítica a los libertarios que si apoyaron al bando aliado.

            Aunque España fue un país neutral durante la guerra, las consecuencias de la misma se dejaron sentir pues muchos empresarios españoles se beneficiaron de la venta de armas. Y el movimiento obrero dio su respuesta. Si los socialistas fueron aliadófilos, en propias palabras de Pablo Iglesias, la CNT y el movimiento libertario se opusieron en bloque a la guerra, considerándola un conflicto imperialista y capitalista.  Incluso en abril de 1915 se llegó a convocar un Congreso por la Paz en Ferrol, impulsado por los anarquistas, que fue prohibido por el gobierno.  Allí acudieron una buena parte los libertarios españoles, portugueses y de otras nacionalidades.
            Los beneficios económicos de los empresarios españoles llevaron a anarquistas y socialistas a oponerse a la política del gobierno español y a la convocatoria de una huelga general revolucionaria en agosto de 1917, cristalizando así el primer gran pacto entre la CNT y la UGT, las dos grandes centrales sindicales españolas.
            El final de la Guerra Mundial significó una fractura social en España y el inicio de un ciclo de conflictividad que llevó al movimiento obrero a las mayores cotas de movilización y a una dura represión por parte del gobierno.
            Lo quedó claro con el estallido de la Guerra fue que la II Internacional nacida en París en 1889 había quedado rota y herida de muerte. Los intentos de conciliación de las distintas posiciones del socialismo fueron inútiles. La reunión de la Oficina Socialista Internacional el 29 de julio de 1914 no hizo sino mostrar las divisiones.
            Ante esta división en la ciudad de Zimmerwald (Suiza) se reunieron una serie de socialistas y sindicalistas opuestos a la guerra. Allí las disputas fueron otras. O constituir una nueva internacional como proponía Lenin o intentar mantener la II Internacional vaciándola de los elementos “chovinistas”. Esta “II Internacional y media” vino a mostrar a un movimiento revolucionario ruso que ganaba influencia frente a otras posiciones. Lenin sacó la clara conclusión de que solo la revolución podía parar la guerra.
            El gran hito del movimiento obrero en aquellos años fue el estallido y triunfo de la Revolución rusa de 1917. El gobierno de los bolcheviques firmo la paz con Alemania en Brest-Litovsk perdiendo un tercio del territorio ruso y saliendo Rusia de la Guerra, que ya estaba inmersa en una guerra civil.
            Al finalizar la guerra el movimiento obrero estaba dividido entre una socialdemocracia que había apoyado el conflicto y que participó de la reconstrucción reformista de algunos países europeos, una parte de la izquierda socialista que paulatinamente fueron constituyendo los partidos comunistas y participaron de intentonas revolucionarias como en Alemania en 1918 o en Hungría en 1919 y un movimiento anarquista fuerte en España que participó junto a sus homólogos europeos en la reconstrucción de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La Segunda Guerra de los Treinta Años (1914-1945)

Segundo de los artículos publicados en el cuadernillo especial del periódico Diagonal sobre la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto por Carlos José Márquez-Álvarez

La primera guerra general europea desde 1815 comenzó por los intereses de los ultraconservadores, término con el que agrupamos a unas clases dominantes que formaban latifundistas integrados en el sistema financiero internacional, que se reproducían socialmente por la herencia, y que tenían el dominio político en las sociedades europeas en 1914. La excepciones eran la clase dominante británica (formada por propietarios industriales) y la francesa (que competía por el dominio político con los demo-republicanos y los diversos socialismos). Pero ni Gran Bretaña ni Francia fueron el modelo de sistema político en Europa tras el ciclo revolucionario de 1848, sino las monarquías ultraconservadoras de Alemania, Austria-Hungría, y Rusia: un jefe de Estado tenía el poder ejecutivo y sin responsabilidad ante las instituciones legislativas (que en cualquier caso controlaban los ultraconservadores: monopolio de la cámara alta con derecho de veto sobre la baja cuyos miembros no se elegían por sufragio universal masculino en todos los estados europeos). Además, el jefe del Estado en tanto que comandante supremo usaba el ejército para mantener una paz sociopolítica asociada a la defensa de las jerarquías existentes, que se legitimaban por las iglesias regnícolas cristianas, y cuya constitución político-cultural era con clientes de los ultraconservadores y valores aristocráticos
Desde 1900 los ultraconservadores afrontaron una crisis potencial de su dominio. En la segunda mitad del siglo XIX los trabajadores fabriles aumentaron por la industrialización; las clases medias, por el incremento derivado de las necesidades administrativas. Ambos grupos sociales engrosaron los diversos socialismos, el demo-liberalismo y el demo-republicanismo, y los movimientos de liberación nacional. Para las monarquías ultraconservadoras, la crisis potencial amenazaba su existencia en tanto que supraestructuras políticas. Cuando un acto de terrorismo individual escaló diplomáticamente en una guerra general europea por la competencia imperialista, los ultraconservadores apoyaron a sus gobiernos para que la crisis potencial se superara por la movilización patriótica en una guerra internacional breve. 
Pero la guerra se prolongó tras el verano de 1914. La industrialización dio más potencia de fuego sin más movilidad a los ejércitos contendientes. En dos meses una guerra de movimientos se transformó en una guerra de posiciones, de desgaste y total. El impacto en las retaguardias e incluso en los frentes por las demandas humanas y materiales resultó en la extensión del cinismo político y del derrotismo. Cuando los movimientos de contestación a las monarquías ultraconservadoras los aprovecharon para disputar el dominio político comenzó el ciclo revolucionario de 1917, en el que una serie de conflictos civiles y de guerras de independencia se prolongó más allá de los armisticios paralelos de noviembre de 1918 y de los tratados de paz de París de 1919-1920 y hasta la Guerra Civil española.
Tras la Revolución Soviética el ciclo revolucionario de 1917 se caracterizó en un contexto de crisis económicas sucesivas por la polaridad política entre los ultraconservadores y los diversos socialismos. Estos se dividían en última instancia entre reformistas (aceptaban la propiedad privada pero sometida a su posible redistribución por el Estado) y revolucionarios (pretendían instituir la propiedad colectiva ya fuera justo tras la toma del poder político o en fases históricas sucesivas), pero ambos afirmaban el concepto ilustrado de modernización: realizar el interés objetivo universal por el desarrollo económico y la educación. 
Extinguido el sistema de monarquía ultraconservadora tras noviembre de 1918, en algunas sociedades europeas los ultraconservadores se aliaron con tránsfugas socialistas que proponían que la lucha de clases se superara por una movilización patriótica como la de 1914 y no por el establecimiento de un régimen de propiedad colectiva. Surgió una síntesis ideológica, el fascismo, que apelaba a las clases medias en riesgo de proletarización por las crisis económicas de posguerra con un concepto de modernización alternativo al ilustrado: realizar el interés subjetivo universal por la disolución de todos los intereses particulares en el interés del Estado. Hasta después de la Guerra Civil española la polarización política en Europa no fue entre el fascismo y el antifascismo. Este era una alianza entre los socialistas revolucionarios, los reformistas, y los demo-liberales o demo-republicanos (para los que el fascismo amenazaba la propiedad privada e incluso la cultura tradicional y las iglesias regnícolas en sentido similar a los socialismos pero de forma inmediata).
Los ultraconservadores no perdieron su poder político en toda Europa de forma definitiva hasta que hubo una nueva guerra general europea que a diferencia de la de 1914-1918 terminó con una derrota militar absoluta. Tras 1945 los partidos socialistas reformistas o revolucionarios accedieron al gobierno en el continente y aplicaron programas que se basaban en el concepto ilustrado de modernización. Fue la destrucción económica definitiva de los ultraconservadores. 
España fue la gran salvedad.

lunes, 18 de agosto de 2014

La Gran Guerra

Comenzamos una serie dedicada a la Primera Guerra Mundial, extrayendo los artículos publicados en el periódico Diagonal en su cuadernillo especial sobre el centenario del inicio este conflicto bélico.
Este primer artículo es el dedicado al contexto general de la Gran Guerra escrito por Iván Pascual Ocaña

En el verano de 1914 Europa era un polvorín a la espera de una excusa con la que saltar por los aires y arrastrar consigo al mundo entero. Las tensiones entre los estados eran de tal magnitud, que se podría afirmar que los disparos con los que Gavrilo Princip puso fin a la vida del Archiduque Francisco Fernando, heredero de la Corona Austro-Húngara, nacía el sangriento siglo XX. Fue la chispa que provocó la Primera Guerra Mundial y que prendió la llama de la revolución rusa. El conflicto que encumbró a los EEUU como la gran potencia mundial y que marcó el declive europeo y la pérdida de sus imperios coloniales. El triunfo del nacionalismo y el nacimiento del fascismo en las trincheras. Una guerra que provocó 30 millones de víctimas entre muertos y heridos, así como la destrucción de cuatro imperios: el alemán, el austrohúngaro, el otomano y el ruso, y de cuyos escombros emergerían toda una serie de nuevos conflictos. Una guerra de una capacidad destructiva inimaginable tan solo unas décadas antes.

Cuesta creer que semejante conflicto pudiera surgir de una forma casi inesperada. Y es que pocos podían imaginar que el asesinato del Archiduque pudiera desembocar en una guerra mundial. Una guerra global que se combatiría por tierra, mar y aire. Desde los campos de Flandes a las llanuras polacas y de las selvas de Tanzania a los desiertos de Arabia. Y si inesperado fue su comienzo, su finalización fue casi igual de repentina, con el desmoronamiento por agotamiento de las potencias centrales.

Grandes eran las tensiones que corroían Europa. La rivalidad germano-francesa y el deseo de ésta de vengar la derrota de 1870. Las ansias expansionistas alemanas y su conversión en una potencia mundial, lo que era visto con temor por sus vecinos. El conflicto balcánico, donde tres grandes imperios se disputaban la influencia: el austro-húngaro, el ruso y el otomano. El deseo de Serbia de unir bajo su égida a los eslavos del sur, lo que entraba en colisión directa con Austria. La competencia colonial en África y Asia, continentes sometidos casi en su totalidad al dominio europeo. Un nacionalismo agresivo que infectaba a todos y cada uno de los estados europeos. Todo ello había ido provocando la formación de dos grandes bloques de poder. De un lado la Triple Alianza, formada por el imperio Austro-Húngaro, el Reich alemán e Italia. Del otro lado la Triple Entente, formada por Francia, Rusia y Gran Bretaña, potencias hasta hacía poco rivales, unidas ahora ante la amenaza alemana. Este sistema en teoría garantizaba la paz en Europa, ya que entrar en conflicto con una de ellas, comportaba el riesgo de entrar en guerra con todas las demás.

Con el asesinato del Archiduque, Austria tenía la excusa para ajustarle las cuentas a Serbia. Sin embargo había miedo a la reacción rusa. Lo que parecía tan solo un nuevo conflicto local en los Balcanes dio un peligroso giro cuando Austria consiguió el apoyo incondicional del Kaiser alemán para una intervención contra Serbia. El peligroso juego de las alianzas se había puesto en marcha. A partir de ese momento todo se precipitó. Ultimátum de Viena a Belgrado, solicitud de ayuda de Serbia a Rusia. ¿La respuesta del Zar?: movilización general. A partir de ahí se entró en el punto de no retorno. Uno tras otro los estados europeos se fueron declarando la guerra. Para el 5 de agosto, la Triple Entente estaba en guerra con la Triple Alianza (con la excepción de Italia, que lo haría del lado aliado en 1915). Las masas, deslumbradas por el nacionalismo, se lanzaron entusiasmadas a una guerra que se preveía de corta duración.

Al iniciarse el conflicto, la situación de las potencias centrales era peor que la de los aliados. Escasas de materias primas y prácticamente rodeadas, su única salvación consistía en derrotar rápidamente a alguno de sus rivales y así romper el cerco. La elegida para recibir el primer golpe fue Francia, mediante un ataque relámpago a través de la neutral Bélgica. La jugada sin embargo salió mal. No solo no se derrotó a Francia, sino que además se ganaron al peor de los enemigos posibles: el Imperio Británico, con acceso prácticamente ilimitado a los recursos naturales y dotado con la marina más poderosa del mundo, con la que puso rápidamente en marcha un bloqueo marítimo con que ahogarlas económicamente. Con la entrada de los turcos en la guerra del lado de las potencias centrales, su situación estratégica mejoró ligeramente, pero esto no podía ocultar el hecho de que a pesar de que se contara con un nuevo aliado y a pesar de que se hubieran infligido dolorosas derrotas a rusos y franceses, la victoria en una guerra de desgaste era imposible. Por ello las potencias centrales tratarán de romper el dogal que se cernía sobre ellas, causando catastróficas derrotas a rusos y franceses, para forzarlas a firmar la paz. También minaron el dominio británico sobre su imperio, fomentando rebeliones internas (como la Yihad en los dominios musulmanes o el apoyo al movimiento independentista irlandés), además de tratar de ahogarla económicamente mediante la guerra submarina indiscriminada. Solo a principios de 1918 consiguieron romper el cerco mediante la firma del tratado de Brest-Litovsk con la Rusia soviética, nacida de la revolución de octubre. Pero la victoria en el este llegaba demasiado tarde, los imperios centrales estaban exhaustos y con claros síntomas de derrumbe. Además, la guerra submarina no solo no había conseguido asfixiar a Gran Bretaña, sino que había provocado la entrada en la guerra de otro enemigo aún más poderoso: los EEUU.


En cuanto a las estrategias aliadas durante la guerra, oscilaron entre la inglesa, más proclive a practicar una guerra de desgaste que provocara el colapso de Alemania, y la francesa y la rusa, mucho más agresiva y partidaria de encontrar una solución militar. La postura británica era comprensible, ya que se sentía segura gracias a su insularidad y al poder que le otorgaba poseer la mayor marina del mundo, que le permitía un acceso casi total a los recursos de su vasto imperio. Rusos y franceses por el contrario habían visto como el enemigo ocupaba amplias zonas de su territorio y veían amenazada su existencia, de ahí su mayor deseo de encontrar una solución militar. En la práctica se alternaron ambas posturas. Por un lado se fue minando la capacidad de resistencia alemana mediante el bloqueo económico. Y por otro se la sometió a continuos ataques con los que minar su capacidad militar: Batalla de Tannenberg, Yprès, Somme, Cambrai...
Rusia, corroída por sus continuos fracasos en el frente, se derrumbó, aupándose al poder los comunistas, los cuales se apresuraron a salir de la guerra. Con ese acto las potencias centrales rompieron por fin el cerco. Pero ya era demasiado tarde. Gracias al tremendo potencial americano la situación aliada seguía siendo muchísimo más favorable. Poco a poco fueron obligando a retroceder a los alemanes. Al final, unas potencias centrales agotadas y exhaustas, desmoralizadas y con el miedo siempre latente a la revolución, fueron solicitando una tras otra el armisticio, el cual se firmaría finalmente con Alemania el 11 de noviembre de 1918. La guerra más mortífera de la historia había terminado.


Este no es un tratado de paz, sino un armisticio de veinte años”. Mariscal Ferdinand Foch.

Con estas palabras profetizaba el Mariscal la Segunda Guerra Mundial. En Versalles Alemania firmaba su sumisión económica y política. Millones de alemanes, y entre ellos un joven cabo austríaco, lo vieron como una afrenta y la prueba de que el mundo entero estaba en contra suya. Al fin y al cabo no habían sufrido grandes derrotas, los aliados no habían entrado en suelo patrio y en el este se había ganado la guerra. ¿Por qué entonces semejante trato? Muchas fueron las voces que se opusieron, pero al final no pudieron hacerse valer. El nacionalsocialismo, nacido en el fango de las trincheras, encontraría en un breve plazo, oídos bien dispuestos para su semilla de odio y revanchismo.

A partir de diciembre de 1918 los soldados empezaron a regresar a sus hogares, y entre ellos, hombres que el mundo no conocía aun: Rommel, Paulus, De Gaulle, Mussolini, Goering... y el más insignificante de ellos: Adolf Hitler. En poco tiempo el mundo empezaría a oir hablar de ellos.

jueves, 31 de julio de 2014

Jaurès o la coherencia socialista

Artículo publicado en la edición digital del periódico Diagonal con motivo del centenario del asesinato del socialista francés Jean Jaurès

En estos días de fastos en el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial hay una fecha que va a pasar desapercibida. Consecuencia del estallido de la guerra y del enconado debate que el socialismo internacional tenía en su seno, el 31 de julio de 1914 era asesinado en París Jean Jaurès. Teniendo en cuenta la importancia de Jaurès para el socialismo internacional, para el socialismo francés, para el movimiento obrero y para la historiografía, no podía dejar pasar hacer una semblanza biográfica suya.
            Jean Jaurès nació en Castres en 1859. Perteneció a la segunda generación de socialistas en el seno del movimiento obrero que toma la herencia dejada por la Comuna de París de 1871. A él le precedieron pensadores como Proudhon o Blanqui o militantes de primer orden como Varlin o Eudes, en otros muchos. Jaurès comenzó su militancia política en las filas del republicanismo. Imbuido por la Revolución francesa de 1789, Jaurès vio en la República la consagración de sus ideales sociales. Sin embargo al estallar las huelgas mineras en Carmaux y la durísima represión que la Tercera República ejerció sobre los trabajadores hace considerar a Jaurès que esa República no es la soñada por él. Y más teniendo en cuenta que el propietario de las minas era un reconocido monárquico. Esa huelga y la represión consiguiente llevó también al anarquista Emile Henry a atentar contra las oficinas de la empresa de minas de Carmaux en París. La bomba de Henry acabó estallando en la comisaría de la Rue de Bons Enfants.
            El impacto de estos acontecimientos así como los estudios que Jean Jaurès estaba realizando sobre el socialismo le llevó vincularse definitivamente en las filas del movimiento obrero. Sin embargo Jaurès difería bastante del pensamiento de los líderes del socialismo marxista francés. Sobre todo de Jules Guesde. El guesdismo venía dominando el socialismo francés desde el final de la Comuna de París. Con una fuerte impronta obrerista, el POF (Parti Ouvrier Français-Partido Obrero Francés) consideraba negativa cualquier tipo de alianza con otras corrientes del movimiento obrero y mucho menos con los republicanos, a los  que responsabilizaba del fracaso de la Comuna y de la represión del movimiento obrero. Una posición que compartía también los socialistas españoles de Pablo Iglesias. En el caso español fue fundamental la influencia que tanto José Mesa como Paul Lafargue había ejercido sobre el grupo marxista español. Lafargue, con diferencias con Guesde, también era otra de las grandes figuras del socialismo francés del momento. El yerno de Marx ofreció un amplio contenido ideológico y de debate al socialismo. Sus aportaciones tanto al POF como a las páginas de L'Egalité son fundamentales para entender el desarrollo del socialismo francés.
            Pero Jaurès introduce novedades en el seno del socialismo. No cierra la puerta al contacto y posible acuerdo con otras fuerzas de izquierdas y obreras. Anarquistas españoles como Anselmo Lorenzo, se entrevistaron con Jaurès en su exilio y sacaron una grata impresión del dirigente socialista. Curiosamente en España los textos de Jaurès se conocen gracias a los canales de los libertarios y no de los marxistas, que en esos momentos están fuertemente influenciados por las posiciones de Guesde. Jaurès polemiza y debate con el resto de las fuerzas marxistas. Con Lafargue tuvo unos interesantes debates sobre la historia y el idealismo.
            La influencia de Jaurès creció. Su acceso como diputado hace que desde la tribuna parlamentaria defienda los intereses de la clase obrera.
            A finales del siglo XIX Francia se dividió por el llamado “Caso Dreyfus”. Alfred Dreyfus, oficial del ejército francés, fue acusado de espionaje, juzgado, degradado y condenado durante más de 12 años. La sociedad francesa se dividió entre aquellos que defendían a Dreyfus y los que consideraban que era un traidor. La condena contra el oficial tuvo una importante carga de antisemitismo (Dreyfus era judío) que fue la razón fundamental de la condena. Mientra la extrema derecha católica francesa y los monárquicos hicieron campaña contra Dreyfus, la izquierda se dividió. Desde personajes como Zola que en su famoso texto Yo, acuso (J'accuse) hizo una defensa del oficial francés, hasta socialistas como Guesde que considero que el caso era simplemente un problema de la burguesía capitalista. Jaurés tomó partido por Dreyfus, considerando injusto las acusaciones contra él. En 1898 Jaurès publicó Las pruebas, donde el dirigente socialista francés defiende la inocencia de Alfred Dreyfus. Para Jaurès el problema no estribaba si Dreyfus era un explotador. Contra Dreyfus se estaba cometiendo una injusticia y el socialismo tenía que condenar cualquier tipo de injusticia. Aquí Jaurès marcó bien su linea de socialismo humanista. 
            Este último acontecimiento hizo concebir a Jaurès la idea de que la República francesa estaba seriamente erosionada. La represión contra el movimiento obrero, los casos de antisemitismo y algunas cuestiones más hacen ver a Jaurès de la necesidad de unificar las fuerzas socialistas. En 1904 fundó el periódico L'Humanité. Es sus páginas Jaurès comenzó a defender la idea de crear un partido socialista unificado. Y este acontecimiento se produjo solo un año después. En 1905 los máximos dirigentes del socialismo francés consideran de necesidad unificar las fuerzas. Jules Guesde, Edouard Vaillant, Paul Lafargue y Jean Jaurés, junto a otros muchos, fundan la SFIO (Section Française de l'International Ouvrier-Sección Francesa de la Internacional Obrera) o PSU (Partido Socialista Unificado). Tan solo un año después de su fundación la SFIO consiguió 51 diputados.
            Pero la capacidad y contribución de Jean Jaurès no solo fue en una línea estrictamente política. Jaurès fue un profundo conocedor de la historia y su contribución de la historiografía es fundamental. Destaca su Historia socialista de la Revolución francesa, La revolución rusa de 1905, etc. Gran polemista en las páginas de distintos periódicos no dudó en debatir con otras tendencias del obrerismo, pero siempre tendente a la convergencia.
           
Diferenciándose de otros socialistas, Jean Jaurès mantuvo una estrecha relación con los sindicalistas revolucionarios franceses. A pesar de que estos estaban en una gran parte influenciados por el anarquismo y alejados de las posiciones parlamentarias, para Jaurès era necesario crear convergencias sociales y no solo estrictamente electorales. Algo con lo que discutía con otros marxistas de la época que negaban la capacidad revolucionaria y transformadora del sindicalismo revolucionario. De ahí que Jaurès tuviera buenas relaciones con personajes como Pelloutier (fallecido en 1901) o Merrheim.
            El último gran debate en el que participa Jaurés es en relación a la inminente guerra que se avecinaba sobre Europa. Mientras el movimiento anarquista mantiene su posición de “guerra a la guerra” considerando los conflictos bélicos un problema que sufren los pueblos y benefician al capitalismo, el socialismo se divide entre aquellos que comparten esa crítica y los que consideran contraproducente oponerse a la guerra. Jaurès se sitúa en el primer grupo y comparte la visión de los sindicalistas revolucionarios. Si estalla la guerra había que convocar una huelga general.
            Cuando el 28 de junio Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo, Jean Jaurès comienza una campaña por la paz. Para los elementos ultranacionalistas esas campañas eran equivalentes a enemigo de la patria. Y así fue como el 31 de julio de 1914, en el café Le Croissant de la calle Montmatre de París, Raoul Villain, un ultraderechista fanático, lo asesinó. Con esto se completaba toda una campaña orquestada desde las posiciones ultras contra Jaurès. Y también despejaba el camino para que una parte del socialismo francés entrara a formar parte de un gobierno de concentración nacional al que Jaurès se hubiese opuesto. Su asesino, Villain, fue encarcelado y salió de prisión en 1919. Se estableció en Mallorca y al estallar la Guerra Civil en 1936 fue reconocido y asesinado por milicianos anarquistas.
            Así se ponía fin a una de las figuras más representativas del socialismo internacional. Francia le recuerda estos días. En el resto de lugares el centenario de muerte pasará desapercibido. Pero su figura merece un recuerdo.

Julián Vadillo Muñoz
             

lunes, 21 de julio de 2014

78 aniversario del golpe de Estado

Artículo publicado en la edición digital de Diagonal el pasado 18 de julio

El 18 de julio de 1936 un grupo de militares con apoyo de algunos sectores civiles y una gran parte de la Iglesia deciden dar un golpe de Estado contra la República española. Algunas tropas ya se había sublevado el día 17, sobre todo en las zonas del protectorado de Marruecos. Otras tardaría algún día, como en Barcelona y en Madrid.
            El golpe de Estado no fue un hecho espontáneo. Fue un proceso larvado que comenzó a fraguar en la mente de sus protagonistas desde el propio 14 de abril de 1931. Incluso se realizó en agosto de 1932 una frustrada intentona golpista en la persona del general Sanjurjo, que se sublevó en julio de 1936 y falleció por accidente de aviación pocas horas después.
            Lo curioso de este golpe de Estado no es el proceso que llevó al mismo. El problema fue el desenlace y toda la mitología que se fraguó por los años de dictadura y de los sucesivos.
            Lo primero porque se presentó la guerra como algo inevitable. Presentaron a la República como un sistema caótico que conducía al desastre y que un grupo de militares salva la situación. El golpe de Estado y la Guerra Civil se equipara a algo parecido a un terremoto o a una tormenta. Algo natural que no podía ser de otra manera.
            Valoraciones partidistas y cualitativas que caen por su propio peso al acercarse a la historia de la Segunda República. Cierto que existió violencia política, como en cualquier otro sistema. No podemos olvidar los enormes problemas estructurales que la República heredó. Además las fuerzas republicanas en España siempre estuvieron muy divididas y el advenimiento de la República en 1931 vino de la mano, principalmente, del movimiento obrero. Un movimiento obrero que una vez proclamada la República exigió resultados. Y esos resultados no fueron satisfactorios para todos los sectores obreristas lo que generó una quiebra entre República y movimiento obrero. Primeramente la extrema izquierda republicana y el anarcosindicalismo que no vieron colmadas sus aspiraciones con la República. Posteriormente la izquierda socialista, que con la salida del PSOE del gobierno de coalición, tiene un acercamiento al anarcosindicalismo. La victoria de la derecha en las elecciones de 1933 y la promulgación de una regresión general de los derechos conquistados hace que el movimiento obrero se vuelva a movilizar e intente buscar una unidad complicada entre las distintas tendencias.
            Sin embargo, y basándonos en datos de distintos estudios, se concluye que la mayoría de las víctimas que se producen por esa violencia política no es ni mucho del Estado republicanos y de las organizaciones obreras contra las derechas. Más bien es el resultado del enfrentamiento de unas fuerzas de orden público que en muchas ocasiones no obedecían las ordenes contra las izquierdas. No hubo casos de enfrentamientos entre fuerzas del orden público y manifestaciones derechistas. Las razones son evidentes: 1. La derecha no utilizaba la movilización como herramienta y 2. Cuando lo hacía había connivencia entre esas fuerzas y las fuerzas derechistas. Muchos de esas fuerzas, tanto de orden público y civil, se sublevan contra la República en julio de 1936.
            Aunque en España no había ningún tipo de peligro comunista, como quiso plasmar la propaganda golpista y franquista, lo cierto es que la Revolución de octubre de 1934 metió el miedo en el cuerpo a la burguesía. Por primera vez se desplazaron tropas del protectorado de Marruecos para reprimir un movimiento huelguístico. Y a la cabeza de dicha represión esta Franco. Amplios sectores del ejército, de la Iglesia y de las clases acomodadas y conservadores de la sociedad tenían pavor al avance del movimiento obrero. Igualmente no hay que olvidar que desde antes de julio de 1936 las fuerzas monárquicas de Renovación Española de Calvo Sotelo estaba en contacto con la Italia fascista y firmando contratos de armamento para perpetrar el golpe de Estado. Lo mismo que diversos políticos derechistas y fascistas de España había visitado Italia y Alemania en los meses precedentes. Los casos de José María Gil Robles y José Antonio Primo de Rivera son paradigmáticos. Dos países, Italia y Alemania, que dieron su apoyo total al golpe franquista. Y una República que navegó en la completa soledad salvo alguna excepción.
            Y la mejor manera de intentar justificar ese golpe de Estado fue establecer una política de tensión contra las organizaciones de izquierdas y obreras. Tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936 los grupos de extrema derecha se lanzan a la calle para generar un clima de violencia. Los datos estadísticos nos muestran que las agresiones y crímenes de los grupos de extrema derecha (punto que lleva incluso a la ilegalización de Falange) son inumerables. La respuesta generada por los grupos de izquierda no fue como la planteó el franquismo y mantiene hoy muchos historiadores cercanos a esas posiciones. Gracias a trabajos como el del profesor González Calleja se van esclareciendo muchos puntos. Lejos quedan las visiones de planes trazados de antemano para exterminar al enemigo. Incluso a tener de la bandera de la Iglesia. El anticlericalismo se ha mostrado siempre como ese elemento esencial en las izquierdas para justificar el golpe de Estado. Sin embargo los episodios de violencia anticlerical durante la República son escasos. Y durante la Guerra Civil habría que saber discernir que fue represión política y que fue represión religiosa.
            Lo mismo cabe hablar un poco de los que consideran que todos fueron responsables, que se asesino igual en las dos zonas. Muchas de estas afirmaciones vienen por personajes que incluso justifican el golpe de Estado. ¿Es igual la represión en la retaguardia republicana que en la retaguardia franquista? La respuesta en no. La represión de la retaguardia republicana se centró en las primeras semanas de la Guerra. Una represión provocada por la reacción frente al golpe de Estado. Sin embargo la zona republicana se reestructuró. Y montó todo un sistema garantista jurídico. La institucionalización de los Tribunales Revolucionarios puso fin a los llamados consejillos que dictaban sentencias arbitrarias. Los Tribunales Revolucionarios estaban conforme al derecho, siempre en un escenario de Guerra. García Oliver al frente del Ministerio de Justicia, avalado por reconocidos profesionales del derecho como Eduardo Barriobero Herrán y Eduardo Ortega y Gasset, montó todo un sistema jurídico. Así se mantuvo, con variantes, hasta el final de la Guerra Civil en marzo de 1939. Sin embargo en la retaguardia franquista se impuso el terror y el exterminio para poder hacerse con el poder. Una dirección que ya marcaba el general Emilio Mola cuando se sublevaron en julio de 1936. El discurso manido de Paracuellos para los historiadores neofranquistas cada vez encaja menos. Y mucho menos unas visiones que se desarrollan desde una supuesta “equidistancia” que no hace sino justificar las bases del discurso histórico franquista. Es curioso como varios trabajos y tesis doctorales que tratan estos temas parten de la Causa General como fuente de documentación sin molestarse en contrastar dichos datos con otros como los de los registros civiles (ahora privatizados por gracia del gobierno de Rajoy), los archivos obreros o la propia documentación del gobierno de la República.
            La malidicencia del franquismo que aun hoy perdura llega a tal grado que hace que las responsabilidades se hayan invertido. Es fácil escuchar discursos, incluso entre las propias víctimas del franquismo, donde hablan de la responsabilidad de sus propios familiares asesinados a la hora de la ejecución. Esto es producto de una machacona propaganda que así quiso que fuese. Lo que se pasa por alto en estos discurso es que entre 1931 y 1939 ser afiliado a un partido político de izquierdas o a un sindicato obrero no era un delito. Fue el franquismo quien convierte eso en delito y con una aberración jurídica como el carácter retroactivo de dicho delito. La Ley de Responsabilidades Políticas de febrero de 1939 hace delito ser integrante de determinadas organizaciones desde 1934. Una ley que aun se mantiene en su esencia lo mismo que las generadas del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo o del Tribunal de Orden Público. Al no haber declarado ilegales los juicios del franquismo las sentencias siguen vigentes. Juicios donde no se tenía las mínimas garantías de defensa y el reo tenía la presunción de culpabilidad, nunca la de inocencia. 
            Un punto poco tratado por la historia es analizar que liquida el golpe de Estado, la Guerra Civil y la posterior dictadura. El golpe del 18 de julio no fue solo contra la forma de Estado republicana. En el marco de la República se venían desarrollando distintas experiencias políticas y sociales que en muchos casos querían superar a esa propia República. Las distintas redes de Ateneos, escuelas, sindicatos, orfeones, bibliotecas, cooperativas, grupos excursionistas, etc., estaban generando una cultura distinta. La cultura obrera que se venía fraguando en España desde la introducción de la Internacional en 1868. Distintos modelos sociales movían a muchos de sus integrantes. Desde los que defendían una profundización y perfeccionamiento democrático hasta los que quería una República Democrática y Social pasando por aquellos que defendían la Revolución Social y el establecimiento de una sociedad libertaria. Aunque durante la Guerra Civil se postergaron algunas de estas aspiraciones la finalidad en sus defensores siguió intacta. Incluso en la retaguardia republicana se vivieron experiencias de transformación social. Los trabajadores llegaron a dirigir la economía en el campo y en la industria a través de las colectivizaciones y las explotaciones obreras. Un dato que ejemplificaba lo avanzada que estaba la clase obrera española. Unas conquistas canalizadas, en su gran mayoría, por el movimiento libertario español. El golpe de Estado pulveriza cualquier opción de transformación progresiva de la sociedad española. Toda la red que el movimiento obrero había tejido desde su fundación quedo aniquilado. Y hoy apenas se recuerda. Ese es otro de los grandes “triunfos” del franquismo. Haber condenado al ostracismo y al olvido multitud de personajes y de experiencias.

            Cuando han pasado 78 años desde el golpe de Estado todavía quedan muchos lugares comunes ante el mismo y muchas lagunas que investigar. Pero sobre todo quedan muchas cunetas y fosas comunes que abrir, la prueba física de lo que significó el golpe de Estado para el progreso y para los que pensaban distinto. Un auténtico exterminio premeditado que según datos de organismo como Amnistía Internacional sitúan a España a la cabeza de desaparecidos forzosos. Y llama poderosamente la atención, incluso para la ONU, que desde el propio Estado no se haya hecho nada para poder encontrar y recuperar a los desaparecidos. El tan manido déficit democrático tiene su origen aquí
            Todavía queda mucho trabajo por delante.

Julián Vadillo Muñoz

jueves, 3 de julio de 2014

GOLES Y BANDERAS. FUTBOL E IDENTIDADES NACIONALES EN ESPAÑA

Pequeña reseña publicada en el cuadernillo de Culturas del periódico Diagonal, con motivo del Mundial de fútbol de Brasil 2014. 

¿Quién dijo que el fútbol no era importante? ¿Quién considera que solo es un pan y circo para atontar a las masas? Nada más lejos de la realidad. El fútbol es muchas cosas. Un deporte, un espacio de relación entre individuos, un espacio que genera una comunidad, etc.
El historiador Alejandro Quiroga nos sorprende y agrada con un libro que ha titulado Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España. Y como el mismo reconoce en la introducción en el mundo académico investigar estas cuestiones se convierte en algo poco serio. Sin embargo nos encontramos con un trabajo de enorme profundidad y que pone encima de la mesa una cuestión apenas conocida y nada trabajada de cara a la sociedad. Como el concepto de nacionalidad de la que nos dotamos, la identidad de esa nación (ya sea dominante o que quiere dominar) tiene en el fútbol un baluarte para su propia formación.
El libro hace un repaso histórico a como a como se ha ido montando un mensaje nacionalista y una identidad nacional a través de la selección española desde su origen en 1920 y el surgimiento del termino “la furia española” hasta los triunfantes años de “la Roja” en las Eurocopas del 2008 y 2012 y el Mundial de Sudáfrica de 2010. Como el franquismo y la democracia ha trabajado los aspectos de la identidad nacional a través del fútbol. Alejandro lo pone también en relación con otras identidades que como en País Vasco o Cataluña también intentan hacerse hegemónicas frente a la identidad española. Tema importante de profundo calado político.
Los ejes del trabajo de Alejandro han sido tres
1. Una narrativa nacional determinada por el contexto histórico en el que se genera. Fundamental para entenderla en su justa medida
2. Una narrativa surgida de la imagen futbolística de España en la prensa española y en la internacional.
3. Un paralelismo entre lo que sucede en España y en el resto del mundo.
  Tres ejes interesantes e interesantes que completan una obra recomendable e imprescindibles para los amantes del fútbol.

jueves, 26 de junio de 2014

OBJETIVO MUSSOLINI. LA INTERESANTE VIDA DE VIOLET GIBSON

Muchas veces nos hacemos ideas equivocadas de lo que es un magnicida. Se nos viene a la cabeza gente desesperada, fuera de lo normal que recurre a la violencia y al atentado personal contra un jefe de Estado o una autoridad para poder descargar su ira. Un lugar común en la historia que en muchas ocasiones ha impedido ver las motivaciones que llevaron a determinados magnicidas a cometer sus acciones. Un ejemplo de esto sería la figura de Mateo Morral. Denostado y solo recordado por intentar asesinar a Alfonso XIII el dái de su boda, se olvida y obvia que Morral fue uno de los personajes más importantes del anarquismo español de finales del siglo XIX e inicios del XX, uno de los introductores e impulsores en España del neomalthusianismo. Una persona formada y con conocimientos que ejerció un acto individual que le llevó a un trágico final.
            Hace pocas fechas terminaba de leer el libro de Frances Stonor Saunders La mujer que disparó a Mussolini. Una obra que cuenta la vida de Violet Gibson, una mujer proveniente de una acaudalada familia irlandesa que el 7 de abril de 1926 intentó asesinar al dictador italiano con varios disparos. Una acción fallida que pudo cambiar el curso de la historia.
            ¿Pero quién era Violet Gibson?. Tan solo conocía la existencia de esta mujer por los libros de historia del fascismo italiano que había leído. Los atentados que habían realizado Zaniboni, Lucetti o Zamboni habían llamado mucho más mi atención. Pero la periodista e historiadora Stonor Saunders hace justicia con la figura de Violet Gibson.
            Nacida el 31 de agosto de 1876, Violet Gibson pertenecía a una familia acaudalada irlandesa los Ashbourne. Su vida de joven discurrió como la de cualquier otra persona de su clase social. Pero pronto Violet comenzó a mostrar su cara más rebelde. No era algo ilógico en la época. Ella podría inscribirse en el grupo de mujeres que, como Virginia Wolf, se rebelaron contra las convenciones del momento. Mientras sus hermanas se “biencasaban” Violet se rebeleba. Aquí influyó tambiñén mucho al mentalidad y actividad de su hermano Willie Gibson. Mientras su padre era un unionista y defensor del imperialismo británico, su hermano se adhirió a las corrientes del nacionalismo irladés formando parte de la Liga Gaélica. Violet se sintió mucho más identificada con ello. Conoció la teosofía, el socialismo, etc.
            Pero la vida de Violet, a pesar de las dotaciones económicas que le dieron y que le permitieron vivir, no fue fácil. Su salud siempre fue débil. Sufrió un tumor que le hizo perder un pecho, lo que se destrozó el cuerpo (teniendo en cuenta la cirugía de la época). Parte del dinero que le legaron lo utilizó para dar limosna a los pobres. Violet no concebía la desigualdad social. Por eso vio en el socialismo una fuente de inspiración. Aunque fue el cristianismo lo que le situó en el campo de la lucha contra la pobreza. Un cristianismo católico que le hizo alejarse de su familia que era anglicana.
            Con el tiempo Violet se convirtió en una apasionada de Italia. La subida al poder de los fascistas en la persona de Benito Mussolini hizo concebir a Violet la necesidad de ayudar al pueblo italiano. Así es como decidió atentar contra la vida del dictador. Alojada en un convento de monjas se desplaza en la mañana del 7 de abril de 1926 hasta la plaza del Palazzo dei Conservatori. Allí cuando Mussolini se dispone a entrar Violet dispara dos veces sobre el dictador italiano, aunque el segundo disparo se encasquilla. Mussolini tuvo fortuna y la bala fallo demasiado. Violet es detenida y trasladada. Allí comenzó el verdadero suplicio.
            Durante años Violet estuvo encerrada. Al principio creían que el atentado correspondía a grupos de la resistencia antifascista. Estaba muy reciente la muerte del socialista italiano Giacomo Matteotti, que había impactado mucho a Violet. Pero Violet llegó un momento que fue tomada por una loca. Una especie de mística que había intentado matar a Mussolini. Además el régimen fascista no quería problemas con los británicos. Churchill y Chamberlain hicieron muchos favores a la Italia fascista. Incluso se sentían fascinados por ella. La corona y el gobierno británico tenía excelentes relaciones con los fascistas.
            Tras muchas gestiones Violet volvió a casa. Pero no a su vida normal. Fue internada y considerada una loca. Parte de la responsabilidad de ello la tuvo su propia familia que poco hizo por ayudarla al considerarla también una demente. Sin embargo, a pesar de la debilidad física y posteriormente mental de la propia Violet, siempre tuvo una chispa de clarividencia. Al estallar la Segunda Guerra Mundial se ofreció al propio gobierno para poder liquidar a Mussolini, su cuenta pendiente. Se ofreció para ayudar en las tareas bélicas que fuese necesarias. Nadie hizo caso a una internada en el sanatorio de Saint Andrew. A pesar de que ella pedía un traslado, vivir en un sitio que no le generará tanta angustía, nadie de su familia se hizo cargo de ello.
            Con la sola visita de su hermana Constance (una de las responsables de su internamiento de por vida) Violet se fue consumiendo poco a poco. El 2 de mayo de 1956 fallecía en el hospital de Saint Andrew, en Northaptom.

            Su figura, casi desconocida para la historia, ha quedado bien reflejada en la obra de Frances Stonor Saunder que tan acertadamente ha publicado la editorial Capitán Swing. Excepto algún pequeño inconveniente a la hora de tratar el fascismo italiano, la obra de Stonor Saunders está muy bien trabajada y documentada, recuperando una figura, la de Violet Gibson, que había quedado olvidada en el baúl negro de la historia.