lunes, 29 de septiembre de 2014

Que lo sepan ellos y no lo olvidemos nosotros. El inverosímil verano del 36 en Cataluña

Reseña del libro de Miquel Izard publicado en Germinal. Revista de Estudios Libertarios
Que lo sepan ellos y no lo olvidemos nosotros. El inverosímil verano del 36 en Cataluña (Virus, Barcelona 2012) 387 páginas.

A pesar de la mala suerte historiográfica que ha tenido el anarquismo a la hora de ser abordado, hay zonas de España que han sido objeto de una gran cantidad de trabajos acerca del desarrollo del mismo y del proceso revolucionario que se gestó entre 1936-1939. Cataluña, Levante y Aragón son zonas que, debido a la importancia del movimiento anarquista, han proliferado mayor número de estudios.
Si camináramos por una librería y viéramos este título que aquí reseñamos podríamos pensar que es uno más en la larga lista que trata la Guerra Civil y la Revolución en Cataluña. Pero sin embargo el libro de Miquel Izard tiene algo que lo hace distinto al resto.
Lo primero que habría que destacar es el propio autor. Si por algo se ha distinguido Miquel Izard a lo largo de su trayectoria profesional es por ser un reputado americanista. Un cuidadoso investigador de la esclavitud y la rebelión contra el colonialismo en América. Puede ser una de las personas que más haya investigado a las sociedades de los cimarrones, la relación entre los esclavos y los negreros, etc. Algo a lo que dedicó la gran parte de su vida académica. Pero también ha sido un investigador de los orígenes del industrialismo y de la respuesta revolucionaria que los trabajadores dieron al capitalismo.
Pero como el propio Miquel Izard ha expresado, una vez que sus tareas académicas no fueron tan exigentes ha podido dedicar tiempo a investigar algo que le apasionó desde siempre. Lo que sucedió en Cataluña en el verano de 1936. Lo que los trabajadores consiguieron al frenar la sublevación militar de julio de ese año. Y el producto de esa investigación es la obra Que lo sepan ellos y no lo olvidemos nosotros.
La obra que nos presenta Miquel Izard esta muy bien estructurada. Lo primero porque explica perfectamente los antecedentes del proceso revolucionario de 1936. Sería imposible entender lo que sucedió en el verano de aquel año si no se tiene en cuenta la importancia del movimiento obrero organizado, mayoritariamente anarquista. Ese movimiento obrero que había conseguido fraguar toda una cultura política y social se presentó en ese verano de 1936 como una de las fuerzas no solo con capacidad para derrotar la sublevación contra la República y el avance revolucionario sino también para construir un modelo de sociedad distinto. Es la razón que explica que una vez sofocada la sublevación en Barcelona (como en otros puntos de España) la clase obrera tuviese una capacidad organizativa de reconstrucción, de defensa y de nuevo orden social.
Otro mérito de esta obra es que Izard rompe con la visión general de la historia del obrerismo, de presentar un movimiento obrero bueno, representado por socialistas y también en gran medida por comunistas, frente a un movimiento obrero malo representado por el movimiento libertario. Maniqueísmo que leyendo las páginas de la obra de Izard cae por su propio peso al comprobar que los trabajadores libertarios eran cualquier cosa menos desorganizados.
El introducir la palabra “olvido” en el título no es para nada baladí. Porque para Izard el olvido sobre lo sucedido en aquel verano de 1936 en Cataluña ha sido completamente intencionado. Fue provocado por la represión franquista. Una represión de corte inquisitorial. Una dictadura forjada en el terror que impuso un manto de olvido sobre el anarquismo. Pero ese olvido también fue provocado por una historiografía distorsionada que como la liberal o la marxista tendieron a olvidar igualmente la capacidad organizativa de los trabajadores.
Hay dos cuestiones que destacaría de este libro:
-La primera son los ejemplos que pone Izard para ejemplificar la capacidad constructiva de la clase obrera. No son grandes estructuras como nos ofrecen otras obras. Son pequeños ejemplos, minúsculos martillazos sobre lo que sucedió en distintos lugares. Esto hace que al dejar a un lado los grandes debates del obrerismo en aquel momento, nos haga tener una idea más cercana de cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos.
-La segunda es el tratamiento que da a la represión en la retaguardia republicana. Con un estilo sencillo, Izard rompe los lugares comunes que ponen al movimiento libertario como el vector fundamental de la represión. Es común culpar al anarquismo de los hechos delictivos y de la represión. Pero Izard nos acerca a casos y contrarresta toda una historiografía que ha surgido en este sentido.
La parte que menos me ha gustado, y que menos justicia le hace a la obra, es el prólogo que se ha incluido (por lo tanto nada que ver con el autor). En él se intenta mostrar una revolución catalana separada de la revolución española. Una visión que está encontrando acomodo en muchos sectores y que está sirviendo para desfigurar igualmente el proceso revolucionario del verano de 1936. Porque ese proceso no fue exclusivo de Cataluña. En Levante y en Aragón también se desarrolló. Pero en diversas zonas de las Castillas, en Andalucía, etc., también. Porque el sujeto revolucionario no lo marcó la nacionalidad sino la condición de clase. Fue una revolución impulsada por la clase obrera. Si negamos esta cuestión estaremos estableciendo un debate que no existió en la época. Estaremos desgajando un movimiento como el anarquista que si se caracterizó por algo fue por su componente internacionalista. Y porque era un movimiento articulado a escala nacional. Lo que sucedió en Cataluña ese verano no se diferenció mucho de las colectividades que se desarrollaron en Cuenca o en Madrid.
Una obra la de Izard que con un estilo sencillo nos muestra la dimensión que significó la revolución de 1936. Que rompe con muchos tabúes y lugares comunes. Una obra que tiene al movimiento libertario como actor principal y que le ha sucedido otra que narra los últimos quince días de guerra en Cataluña con el título Entre la ira, la inquietud y el pánico (Plataforma Historia, Barcelona 2012), también altamente recomendable.

lunes, 15 de septiembre de 2014

LOS ANARQUISTAS ANTE LA GRAN GUERRA

Artículo publicado en el último número del periódico CNT. Seguimos con la Primera Guerra Mundial

Los disparos de Gavrilo Princip que acabaron con la vida del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio de 1914 iban a variar muchas cosas. No solo iba a ser el pistoletazo de salida para una de las guerras más crueles de la historia (algo que las crisis balcánicas y del norte de África ya apuntaba), donde se conjugó los modelos de guerra tradicional hasta entonces (el cuerpo a cuerpo) con una guerra de posiciones y desgaste con material bélico sofisticado, el inicio de la guerra aérea y de la guerra química. La Primera Guerra Mundial también significó un profundo debate en el seno del movimiento obrero internacional y, como no, en el anarquismo. Una encrucijada en la que se vio el movimiento obrero del que iba a salir con otra fisionomía.
El socialismo internacional, salvo excepciones, se posicionaron con sus respectivos países durante el conflicto. La socialdemocracia alemana que tenía una importante fuerza en el movimiento obrero, no dudó en votar a favor de los créditos de guerra. Le siguió los pasos el socialismo del Imperio Austro-Húngaro. Muchos más críticos fueron los socialistas italianos y franceses. Los italianos en un principio condenan la guerra, pero pronto un grupo se desgaja apoyando la intervención italiana en el conflicto. Entre ellos se encontraba un personaje, Benito Mussolini, que fundó un periódico, Il popolo d'Italia y hace concebir el embrionario fascismo. Los franceses por su parte tuvieron en la figura de Jean Jaurès el mejor opositor a la guerra. Pero el asesinato de éste por el ultranacionalista Raoul Villain el 31 de julio de 1914 enterraba el posicionamiento de este sector del socialismo francés. La constitución de un gabinete de concentración nacional en Francia contó con el apoyo de los socialistas que tomaron varios ministerios. En el caso español, ante la neutralidad del país, el socialismo aunque crítico la guerra mostró inclinación por los aliados, a los que consideraba defensores de la democracia frente al autoritarismo de los imperios centrales. Quizá fue el socialismo ruso quien sacó mejor partido, ya que su táctica de oposición a la guerra les llevó al triunfo de la Revolución en 1917 y a la toma del poder por parte del Partido Bolchevique.

¿Y el anarquismo?

El movimiento anarquista había sido muy claro en sus posturas desde sus orígenes ante la guerra. Consideraba como una herramienta más de Estados y capitalistas, los anarquistas se opusieron a cualquier tipo de conflicto que enfrentara a pueblos y trabajadores. La guerra era la social, entre explotadores y explotados. Unos posicionamientos que quedaron reforzados tras la Congreso de Ámsterdam de 1907 y donde se vislumbraba ya el horizonte que se teñía sobre Europa.
Sin embargo la Primera Guerra Mundial si generó un pequeño debate en las filas libertarias, pues alguno de los pensadores más destacados del anarquismo mantuvieron posiciones distintas a las defendidas hasta el momento. Si para la inmensa mayoría del movimiento libertario internacional la guerra seguía siendo una herramienta al servicio del poder, para personajes como Kropotkin, Malato o Cornelissen, la situación era distinta. Sobre todo fue Kropotkin quien inició una fuerte campaña en favor de las potencias aliadas. En una carta dirigida a James Guillaume en septiembre de 1914 Kropotkin hace una disertación sobre la brutalidad de los imperios centrales y la necesidad de apoyar a los aliados como única salida para conquistar el socialismo. Kropotkin incluso llegó a escribir en La Bataille Syndicaliste que la oportunidad para el socialismo era inmejorable, incluso haciendo alusión que si Marx quería que triunfase el “socialismo alemán” ellos tendría que luchar por la necesidad de triunfo del “socialismo francés”. 

No dejó de causar consternación en el entorno anarquista que una personalidad de la influencia de Kropotkin se posicionase así. Pero lejos de generar un debate extenso en el movimiento libertario las voces anarquistas fueron contrarias a la guerra. Además personalidades de la talla de Errico Malantesta o Emma Goldman tuvieron brillantes intervenciones contra el conflicto bélico. En marzo de 1915 se emite un comunicado firmado por personajes como Alexander Berkman, Errico Malatesta, Ferdinand Domela Nieuwenhuis, Emma Goldman, Alexander Shapiro o Pedro Vallina, donde se condena la guerra, el capitalismo y el Estado. Los enemigos no son los pueblos sino aquellos que ordenaba a los trabajadores matarse entre ellos por objetivos que les eran ajenos. Así lo expresa en un momento del comunicado: “La propaganda y la acción anarquista deben dirigirse con preferencia a debilitar y desintegrar los diversos Estados, a cultivar el espíritu de rebeldía y a desarrollar el descontento en los pueblos y los ejércitos. A los soldados de todos los países que combaten por la justicia y por la libertad, debemos explicarles cómo su heroísmo y su valor no servirán más que para perpetuar el odio, la tiranía y la miseria. A los obreros de las ciudades, debemos recordarles que el fusil que hoy empuñan sirvió otras veces para fusilarlos en ocasiones de huelga y de legítima revuelta, y que una vez la guerra concluya se volverá contra ellos para obligarlos a sufrir la explotación. A los campesinos, mostrarles que después de la guerra se verán forzados a encorvarse otra vez bajo el yugo para labrar las tierras de sus señores y alimentar a los ricos. A todos los parias, que no deben soltar sus fusiles sin haber ajustado cuentas con sus opresores y tomado posesión de los campos y las fábricas. A las madres, compañeras e hijas, víctimas de la miseria en exceso y de las privaciones, decirles quiénes son los verdaderos responsables de sus dolores y del asesinato de sus padres, hijos y maridos.”
Por su parte, en febrero de 1916 el reducido grupo de anarquistas “aliadófilos” firman un manifiesto donde responsabilizan de todo al Imperio Alemán. Es el conocido como “Manifiesto de los 16”, que tuvo una influencia escasa y que tuvo una respuesta de Errico Malatesta en Freedom, acusándolos de “anarquistas pro-gobierno”.

El anarquismo español ante la guerra

España permaneció neutral durante la Gran Guerra si bien las industrias de guerra generaron un enorme beneficio a la clase capitalista del país que se lucró con la venta de armamento de forma oficial a los aliados y de forma soterrada a los imperios centrales. Este beneficio económico no repercutió en una mejora para la clase obrera cuyas condiciones fueron cada vez peor y se generó todo un ciclo de fractura social y movilización.
Cuando estallo la Guerra Mundial la CNT volvía a la legalidad tras tres años proscrita. Y curiosamente volvía con más militantes que cuando fue ilegalizada por el gobierno. Y aunque el sindicalismo revolucionario francés estuvo en su mayoría por la paz, fue la CNT la única organización del movimiento obrero que se opuso en bloque al conflicto bélico.
Aunque en España también hubo algún debate entre anarquistas pacifista y anarquistas “aliadófilos”, lo cierto es que los primero tenían aplastante mayoría. Tan solo la voz solitaria de Ricardo Mella apoyó las tesis de Kropotkin que en España no tuvieron la más mínima influencia.
Incluso fue en España donde se organizó y desarrolló un Congreso Internacional por la Paz en la ciudad de Ferrol los días 29 y 30 de abril de 1915. La organización del Congreso la asumió el Ateneo Sindicalista de Ferrol destacando la figura de José López Bouza,. El congreso estaba asumido e impulsado por la CNT y contó con el apoyo de las figuras más importantes del momento: Eusebio Carbó, Ángel Pestaña, Antonio Loredo, Mauro Bajatierra, etc. Al mismo estaban convocados diversos organismos y personalidades internacionales. La prensa anarquista española y portuguesa se hicieron eco del evento desde meses antes.
Pero el gobierno español prohíbe la celebración del mismo, al que considera una reunión de “peligrosos anarquistas”. Aun con todo se celebraron dos sesiones, donde participaron delegados españoles, portugueses y franceses. Al congreso se adhieren organizaciones y personalidades anarquistas de Gran Bretaña, Francia, Italia, Argentina, Brasil, etc. La policía procede a la detención y expulsión del país de los delegados extranjeros. La paz fue el tema principal así como la necesidad de organización de una Internacional anarquista y de la reorganización de la CNT. Se tomó el acuerdo de que si España decidiese entrar en Guerra se convocaría una huelga general.
Poco más dio de sí dicho congreso, si bien las consecuencias del mismo marcó el devenir del movimiento libertario. Apenas un año después la CNT y la UGT llegan a un acuerdo por las condiciones de la clase obrera y deciden ir a la huelga. Huelga que se convierte en revolucionaria en agosto de 1917 y que tiene los ecos de la Revolución rusa de fondo.
La fractura social que generó el final de la guerra y las carestías generadas a la clase obrera fue el inicio de un ciclo huelguístico que tiene en la huelga de la Canadiense de 1919 y la conquista de las ocho horas de trabajo el punto álgido.
La guerra finalizó en 1918 y durante años se debatieron los tratados de paz. El mapa del movimiento obrero internacional había variado. El socialismo se había roto y había surgido un nuevo actor, el comunismo. El anarquismo, a pesar de alguna excepción, se había mantenido firme respecto a la guerra. Fue el triunfo de la Revolución rusa lo que generó mayor debate en el seno del anarquismo. Pero es otra historia.


jueves, 4 de septiembre de 2014

EL COLOFÓN INESPERADO DE UNA GRAN TRAYECTORIA Julio Aróstegui Sánchez. Largo Caballero. El tesón y la quimera (Debate, Barcelona, 2013)

Hace tiempo que escribí esta reseña para la revista Germinal. Revista de Estudios Libertarios sobre la la última obra de Julio Aróstegui Sánchez Largo Caballero. El tesón y la quimera. Un homenaje para este gran historiador. Como Germinal es una revista especializada en cuestiones del movimiento libertario se ha destacado la parte de la obra que trata precisamente el movimiento libertario

Tengo que reconocer la desazón que me provoca escribir estas líneas. Y las razones son estrictamente personales. Conocía a Julio Aróstegui en trato personal desde hacía bastantes años. Tanto que en un momento dado se me ocurrió pedirle que dirigiera mi tesis doctoral sobre el movimiento obrero en Alcalá de Henares. Todavía recuerdo aquella petición. Y con esa amabilidad que le caracterizaba me citó para otro día (estábamos entonces en congreso) para charlar del asunto.  Cuando le expuse el trabajo no dudó en dirigirlo. Le presenté documentos en bruto e ideas aproximadas sobre lo que quería. Aróstegui me hizo trabajar duro y perfilar lo que fue el trabajo de tesis. Desgraciadamente ese empeño que puso en la misma no lo pudo ver materializado. Tres días antes de la lectura Aróstegui fallecía de forma casi repentina. Y con su fallecimiento la historiografía dejó un hueco que va a ser difícil (por no decir imposible) poder rellenar.
Cuando me pongo a escribir esta reseña de su último libro, recuerdo las largas conversaciones que mantenía con él. De Aróstegui se puede destacar varias cosas. A nivel profesional estamos ante uno de los mejores conocedores del carlismo, su tema inicial de investigación. De hecho su tesis doctoral es sobre el carlismo en Álava (1870-1876). Pero después se acercó a la España de la década de 1930, al estudio pormenorizado de la Segunda República española, de la Guerra Civil, del desenvolvimiento del movimiento obrero en ese contexto y de la represión franquista. Libros como La Junta de Defensa de Madrid: noviembre 1936-abril 1937 escrito junto a Jesús Martínez, Por qué el 18 de julio...  y después, La república de los trabajadores: la Segunda República y el mundo del trabajo, Guerra Civil: mito y memoria, Franco: la represión como sistema etc. Algunos en solitario, otros en conjunto, algunas como coordinador, etc. Incluso hizo incursiones en la figura de Juan de Borbón y también sobre la Transición en España. También fue autor de manuales de historia para poder preparar las asignaturas. 
Pero no solo destacó Aróstegui en la recuperación de la historia con obras monotemáticas sobre sus temas de investigación. Julio fue también un teórico de la historia y el método de la misma. Aquí hay que destacar su magnífica obra La investigación histórica: teoría y método. Incluso en los últimos tiempos, y junto a su equipo de investigación, se hicieron estudios sobre cuestiones de genocidio, prácticas genocidas e imposición por el terror. Seminarios interesantísimos impulsados desde la Cátedra de Memoria Histórica del siglo XX que el mismo dirigía. Toda una vida dedicada a la historia y a la historiografía. Muchos son los nombres de grandes historiadores que han trabajado los mismos temas (Paul Preston, Gabriel Cardona, Ángel Viñas, Anthony Beevor, etc.), pero el de Julio Aróstegui destaca con diferencia. Él ha sido el mejor representante de una corriente historiográfica iniciada por Manuel Tuñón de Lara que se fue perfeccionando con el paso de los años.
Pero junto a esta faceta profesional de gran relieve había una parte de Julio menos conocida. La faceta humana. Bien podría haber sido un típico profesor que marca distancia con el que tiene enfrente. Pero Aróstegui era ante todo un maestro. Maestro porque tenía muy claro que los conocimientos son para extenderlos. Y cuando hablabas con él lo hacía de igual a igual. La razón es simple. Quien conoce bien la profesión de profesor, de enseñante, sabe que lo mismo puedes enseñar que puedes aprender. Quien no tiene claro eso no va a ser nunca buen profesor. Y Julio enseñaba y aprendía. Con el “Don” que nos ponía a cada uno delante del nombre para no hacer de menos a nadie. Julio era un gran profesional cuando le escuchabas en sus cursos. Pero era también una gran persona cuando te tomabas un café o un refresco con él y hablabas de forma mas distendida.
Todas estas razones son las que llevaron a hacerle dos homenajes en vida. Uno patrocinado por AMESDE. Un documental con testimonios de los más cercanos amigos y colaboradores de Julio. Y un libro excepcional con el título El valor de la historia. Homenaje al profesor Julio Aróstegui tras el homenaje tributado en 2009. Porque el legado de Aróstegui es muy amplio. Como dijimos Sergio Gálvez Biesca y yo mismo en el obituario que hicimos para el periódico El Mundo, Aróstegui ha sido maestro de dos generaciones de historiadores. Y eso no todos lo pueden decir.
Y es que el repentino final de Julio Aróstegui vino precedido unos días antes de la salida a la  luz de su última obra: Largo Caballero. El tesón y la quimera. Una figura la del líder de la UGT y del PSOE que no era nueva en el trabajo del profesor Aróstegui. En 1990 había publicado la obra Francisco Largo Caballero: la última etapa de un líder obrero (Fundación Francisco Largo Caballero, Madrid, 1990). Y con la reedición de las obras completas de Largo Caballero que Aurelio Martín Nájera estaba llevando a cabo, Aróstegui también tuvo un papel destacando presentando algunos de los volúmenes. 
Era una figura en la que llevaba trabajando desde hacía mucho tiempo. Y se convierte con ello en el mejor conocedor de su figura, superando a todos estudios anteriores sobre la misma (escasos, por otra parte). 
Francisco Largo Caballero fue la generación intermedia de militantes obreros entre los iniciadores de la andadura de la Internacional en España (Anselmo Lorenzo, Pablo Iglesias, Tomás González Morago, Francisco Mora, etc.) y la generación que se fraguó durante la Segunda República. Nacido en el madrileño barrio de Chamberí fue un obrero concienciado de su clase desde muy temprano, adquiriendo el trabajo de estuquista (muy especializado para la época y tras pasar por otros empleos) y afiliándose a la Unión General de Trabajadores en 1890 y a la Agrupación Socialista Madrileña en 1894. Era Largo Caballero un obrero alejado de la formación intelectual, aunque quedó constancia de su lectura a Marx y los marxistas. Seguidor de Jules Guesde, Aróstegui lo pone como el mejor continuador de la tradición pablista en el seno del socialismo. Es decir, tener una visión societaria y obrerista de la organización. Y aquí Aróstegui rompe con la tradicional visión que se ha tenido al respecto de poner a Julián Besteiro como el mejor continuador de Pablo Iglesias. No es Besteiro sino Caballero ese mejor continuador. Aróstegui define a Caballero a la perfección como “Societario, sindicalista y reformista”, poniendo al sindicalismo como un molde esencial para fijar la conciencia obrera.
Largo Caballero tuvo en sus manos casi todos los cargos de las organizaciones socialistas y muchas responsabilidades de representatividad. Su participación en el Instituto de Reformas Sociales, su concejalía en Madrid en 1905, sus cargos en el PSOE y la UGT, su acta de diputado en 1918, su cargo de Consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera, Ministro de Trabajo durante el primer bienio republicano (con todas las leyes que puso en práctica), presidente del gobierno durante la Guerra Civil, etc. Todo esta relatado a la perfección por Aróstegui en un minucioso trabajo de investigación sobre su figura.
Pero si algo interesa es la relación que Largo Caballero tuvo con el movimiento libertario, al ser uno de los máximos dirigentes de la otra pata del movimiento obrero español que rivalizó con el anarquismo. Largo Caballero buscó desde 1916 la unidad del proletariado español. La búsqueda de unificación fue uno de los grandes temas. Pero es una unificación complicada. Se llegó a los pactos de 1916 y de 1917. Largo Caballero habló e intercambió correspondencia con la CNT y con los representantes del anarcosindicalismo (Salvador Seguí, Salvador Quemades, Ángel Pestaña, Manuel Buenacasa, etc.). Todo en medio de una crisis política y económica que azotaba al país, que ponía la unidad sindical como parte fundamental de la transformación. Fue el momento en el que el propio Largo Caballero fue nombrado Secretario General de la UGT. Cargo que ostentó durante 20 años. Una búsqueda de unidad de la que tampoco fue ajena la propia CNT, que ya en su Primer Congreso ordinario en 1911 aprobó un dictamen en esa línea y que en 1936 tras el Congreso de Zaragoza volvió a reiterar y perfeccionar.
La crisis de 1918 y la ofensiva patronal contra el movimiento obrero (sobre todo contra el anarcosindicalismo) hizo que Largo Caballera denunciara en la OIT esa persecución delante de los líderes del sindicalismo socialdemócrata.
Las distintas visiones sobre la utilización de la huelga general siempre fueron fundamentales para cualquier pacto UGT-CNT. A pesar de ello en 1920 se llegó a un pacto de mínimos entre ambas organizaciones que duró poco. Solo tras el fracaso de este pacto y el problema generado por los terceristas en el seno del movimiento socialista se puede hablar abiertamente de la corriente caballerista en el socialismo.
Para profundizar en estos aspectos y ver la visión que Caballero tuvo de todos estos procesos, junto al libro de Aróstegui, se puede también consultar la propia obra de Largo Caballero Presente y futuro de la Unión General de Trabajadores escrito en 1925.
Cuando ya durante la Segunda República Largo Caballero alcanzó el Ministerio del Trabajo, la polémica con la CNT estuvo servida. No por lo que se podía entender como una política de beneficio de la UGT sobre la CNT, al ser el Secretario General de la primera el propio ministro, sino por las propias políticas que desde el Ministerio hizo Largo Caballero. Caballero pretendió desarrollar todo un programa político que llevase el mundo el trabajo al corazón mismo del Estado. El desarrollo de leyes garantistas que no fueron del agrado de todo el mundo. El empresariado porque las consideró un peligro y una antesala de la pérdida de sus derechos. Y para los anarcosindicalistas medidas insuficientes que no abordaban los problemas reales de la clase obrera.
Sin embargo, a pesar de todo ello, Largo Caballero nunca fue un entusiasta de la República burguesa. Como marxista y seguidor de Pablo Iglesias, la democracia burguesa daba de sí hasta cierto punto y una vez amortizada había que buscar la transformación. Es la razón por la que Largo Caballero se alejó en aquellos momentos de los republicanos burgueses y optó por una vía más revolucionaria para perfeccionar la República. Y eso teniendo siempre como meta la unificación del proletariado, de las fuerzas obreras. Y Aróstegui demuestra perfectamente como el socialismo se vio embarcado en un proceso del que no estaba preparado y del que por su trayectoria no estaba capacitado. Había surgido el mito del “Lenin español” que Aróstegui coloca por primera vez en un mitin en Azuaya (Badajoz) en 1933 y que después fue fomentado de forma interesada por sectores ajenos al propio caballerismo. Para Aróstegui la pretensión de Largo Caballero de conseguir una República socialista en octubre de 1934 era una de las quimeras del dirigente socialista.
Aun así la unidad del proletariado estuvo siempre en el primer punto de su agenda. Tras el fracaso de Octubre, el besteirismo salió derrotado del seno del socialismo. Y la disputa se centró entre prietistas y caballeristas. Fue un momento en el que los caballeristas tuvieron acercamientos a los comunistas en lo político y siempre mirando a los cenetistas en lo sindical. La alianza electoral que se propuso desde la izquierda para poder concurrir a las elecciones de febrero de 1936 fue aceptada por Largo Caballero pero siempre con el componente de la petición de amnistía, nunca con la idea de volver a formar parte de un gobierno con los republicanos. Estos debates rompieron al socialismo, que en vísperas del golpe de Estado estaba seriamente erosionado.
En la campaña electoral Largo Caballero dio un apoyo a la coalición pero bajo un programa de mínimos y dando instrucciones de gobernabilidad a los republicanos, nunca con la participación obrera en el mismo. Aquí nos encontramos con una de las grandes aportaciones de Aróstegui a la figura de Caballero. Con documentos y datos en la mano desmitifica la idea de un Caballero “guerracivilista” que tanto ha fomentado la historiografía derechista y parte de la liberal. También en la no elección de Prieto como presidente del gobierno en el momento que eligieron a Casares Quiroga y por el cual siempre se responsabilizó a Caballero.
Hasta el estallido de la Guerra Civil los grandes temas de debate en la Ejecutiva socialista fueron la unificación del proletariado (PCE, JSU y CNT) y la Revolución social como composición finalista.
El inicio de la Guerra Civil cambió la posición de Largo Caballero que comenzó a buscar la formación de un Frente Popular antifascista. Desde muy temprano hubo sectores del antifascismo que acusaron a la UGT y a la CNT de pretender un golpe de fuerza para hacerse con el control de la situación. Sin embargo Aróstegui demuestra completamente que esto no fue así.
Con la formación del gobierno de Largo Caballero en septiembre de 1936, por primera vez en la historia accedieron al mismo los comunistas. Y Largo Caballero vio fundamental la participación de la CNT. El anarcosindicalismo ya participaba en el gobierno de la Generalitat de Cataluña. Al principio fueron partidarios de entrar en el gobierno de Caballero. Luego dieron respuesta negativa y propusieron la creación de un Consejo Nacional de Defensa formado por organizaciones antifascistas. Finalmente el 5 de noviembre de 1936 la CNT entró a formar parte del gobierno con cuatro ministros. La unidad antifascista estaba conseguida, pero su base fue realmente débil. Caballero nunca tuvo un gobierno fácil. Los comunistas insistían en su permanencia al frente de la Presidencia pero dejando la dirección de guerra en el Ministerio. Un extremo que no contemplaba Caballero, pero que se afianzó con las pérdidas de Toledo y Málaga a pesar de las victorias en Jarama y Guadalajara.
Pero esta unidad antifascista vino también acompañada de un intento de Largo Caballero de frenar las experiencias colectivistas de la retaguardia, defendidas sobre todo por los anarquistas. Este extremo le enfrentó en parte al movimiento libertario mientras los comunistas decían que no actuaba con la suficiente contundencia. A pesar de ello, con la crisis de gobierno la CNT fue la más defensora de la continuación de Caballero al frente del mismo.
La crisis de mayo de 1937 fue entendida por Largo Caballero como un problema de orden público en Cataluña. Algo que demostraba la poca visión que Caballero tuvo sobre el problema. Además se unió en un momento donde había un claro divorcio de Caballero con los comunistas y con los diplomáticos soviéticos. Algo que completaba la propia división del socialismo donde las figuras de Prieto y de Juan Negrín (Ministro de Hacienda en el gobierno caballerista) fueron opositores al propio presidente. Aun así Caballero fue firme cuando se le planteó la ilegalización del POUM. Ninguna organización obrera iba a ser ilegalizada mientras él fuera presidente. Todos estos acontecimientos fueron malformados con el paso del tiempo, tal como también demuestra Aróstegui.
La caída de Caballero del gobierno fue el principio del fin del caballerismo. Siguió buscando la unidad sindical llegando a acuerdos con la CNT. El caballerismo controlaba la Agrupación Socialista Madrileña (ASM) y muchas sociedades de la UGT.  El pacto con la CNT era fundamental para seguir manteniendo el control de la economía de retaguardia como baluarte de las propias disputas entre antifascistas. Pero sin embargo este acuerdo llegó en el peor de los momentos pues la UGT estaba seriamente erosionada. A partir del otoño de 1937 la UGT tuvo dos ejecutivas, una dirigida por Caballero y otra disidente dirigida por González Peña y Rodríguez Vega. A pesar de todos los intentos orgánicos de deshacerse de los disidentes, el caballerismo quedó derrotado. Solo la ASM tuvo un papel importante hasta el final de la Guerra y participó en el movimiento de Casado de marzo de 1939. Pero Caballero ya no tuvo un papel fundamental hasta el final del conflicto.
El exilio fue la parte más trágica para Largo Caballero. Su partida a París, sus intentos infructuosos de llegar a México y las múltiples idas y venidas lo caracterizaron. A punto estuvo de ser extraditado a España en una petición conjunta de las autoridades franquistas junto a Federica Montseny. La suerte de ambos era clara: sus ejecuciones como había sucedido con Luis Companys o Juan Peiró. Finalmente la orden de extradición no se aprobó. Pero la parte más dura fue su captura por los nazis y su internamiento en el campo de concentración de Sacheshaussen en 1943 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Un hecho que terminó por deteriorar la ya de por sí débil salud de Caballero.
En los últimos momentos de su vida Caballero debatió y opinó sobre la unidad de las fuerzas antifascistas en el exilio, donde dio un giro respecto a su posición respecto a los comunistas y consideró necesaria su participación. No vio con buenos ojos la constitución del gobierno de la República en el exilio, considerándolo más una rémora, y defendió la posibilidad de un plebiscito en España para expulsar a Franco y a los falangistas del poder. Incluso llegó a hablar de manera informal con algún monárquico sobre el tema. En un momento donde las tendencias del socialismo desaparecieron y el único problema fue el negrinismo, Caballero se acercó a Prieto, coincidiendo en muchos aspectos.
Una intensa actividad junto a su más fiel seguidor, Rodolfo Llopis, y el distanciamiento de otros, como Luis Araquistain. Cuestiones a debate que no dejaron de tener polémicas posteriores a su muerte ante posibles manipulaciones de terceros poniendo en boca de Caballero cuestiones que ya no había tratado. 
Su vida se extinguió el 23 de marzo de 1946 en París, tras unas complicaciones renales que le llevó incluso a perder una pierna días antes. Su entierro fue una gran manifestación de duelo de todo el obrerismo. Representantes de todas las organizaciones del exilio y del obrerismo francés hicieron acto de presencia. Su  muerte fue un punto de inflexión en el movimiento obrero socialista.

Nos encontramos ante una de las biografías más acabadas de un personaje político de la edad de oro del movimiento obrero español. Una prosopografía, la historia del personaje en su época. Y Largo Caballero es uno de esos personajes. Su relación con el movimiento libertario es secundaria en el libro, pero importante en la búsqueda de unidad del movimiento obrero. Julio Aróstegui ha puesto el mejor colofón, inesperado, a su gran trayectoria como historiador y formador de historiadores. Una obra maestra y de amplio calado. Julio, gracias por haber existido.

Julián Vadillo Muñoz

viernes, 29 de agosto de 2014

EL DÍA QUE LAS BALAS FUSILARON A LAS PALABRAS

Nueva entrega sobre la Primera Guerra Mundial. El artículo sobre como ha sido tratada la guerra en algunas obras literarias. Por Daniel López-Serrano “Canichu”
 

"(...) Esta porra que ve aquí ha matado muchos hombres franceses, italianos, húngaros, ... Tengo la lista en mi casa.(...)". Así amenazó Cristobita al padre de su prometida en Los títeres de cachiporra, según lo escribió García Lorca en 1923. Cristobita era claramente un germanófilo español durante la Gran Guerra (1914-1918). Unamuno, Pío Baroja o Blasco Ibáñez fueron los que más en serio se lo tomaron. Escribieron reflexiones y relatos desde un país en paz que se beneficiaba de los negocios de guerra. Si la Guerra Mundial iba a suponer el paso del siglo XIX al XX, España aún tendría que esperar su calamidad.

Un checo que combatió por el Imperio Austrohúngaro, Jaroslav Hašek, escribió Las aventuras del buen soldado Svejk. En su obra podemos comprender perfectamente cómo el Imperio Austrohúngaro estaba totalmente enfermo y desunido socialmente, lo que explica su derrota y desaparición tras la guerra. Nos reiremos, la novela es una comedia. Se escribió de 1920 a 1923, pero la terminó otro escritor amigo suyo, Hašek murió joven. La Literatura nos da claves que la Historia científica roza.

Pero si queremos leer la realidad más cruda de la guerra, entonces el mejor reflejo de ella lo dio un subteniente inglés llamado Wilfred Owen. Una herida de mortero le llevó cerca de la muerte. Pasó un largo tiempo en un hospital militar. En este periodo escribió poemas en los que dio salida a todos los horrores de la guerra que le atormentaban. Son poemas claramente antibelicistas, pero en su día gozaron de un éxito instantáneo que hizo que le publicaran en varias revistas militares como si sus temáticas fueran para animar a las tropas. Su estilo es muy directo y descriptivo. Toda situación atroz que se pueda imaginar pasa por sus manos. Concreta en metáforas y pocas palabras toda una serie de imágenes, emociones y conceptos. Lamentablemente murió durante la última semana de guerra alcanzado de un disparo en la cabeza. 

Sin generosidad poética, ni ricos recursos literarios y con un estilo muy seco, pero muy efectivo, estarían los libros de los alemanes Remarque y Jünger, ambos combatientes. 

Erich Maria Remarque se llamaba Erich Paul Remark. Tenía ascendentes franceses y no sentía especialSin novedad en el frente. Es una descripción muy ajustada a las vivencias del soldado raso en las trincheras. Marca la guerra como algo ajeno al combatiente. Critica la formación en los cuarteles e incluso la falta de preparación en las escuelas para enfrentarse a la vida real. El libro no fue muy apreciado por los nazis en los años 1930. Fue acusado de descendiente de judíos. Se fue del país. 
aprecio al origen alemán de la guerra, de ahí el cambio de nombre. Escribió en 1929 la novela

Ernst Jünger fue voluntario al estallar la guerra. Sus vivencias las relató en forma de novela en Tempestades de acero (1920), Fuego y sangre (1925), El bosquecillo 125 (1925) y El estallido de la guerra de 1914 (1934). El primer libro citado trataba de sus propias experiencias bélicas. Ascendió por méritos y obtuvo varias medallas por héroe de guerra. Muchos de sus recuerdos describían al detalle los atroces efectos de bombas y balas sobre los cuerpos humanos. El libro fue escrito gracias a los diarios que escribió en combate, es su evolución personal y emocional. Algunos capítulos son repetitivos. A él le pareció que ensalzaba el belicismo y lo retocó en 1922 y en 1924 para hacerlo más humano. Abrazó el nacionalismo alemán, pero no al nazismo. Para dejarlo claro y para impedir que los nazis siguieran utilizando Tempestades de acero, volvió a cambiarlo en 1934. Pese a todo hizo la II Guerra Mundial del lado alemán como militar destinado en París. Volvió a retocar su libro en 1961 para dejarlo definitivamente con un toque antibelicista a través de pequeños giros de algunas frases clave en varios capítulos. 

Uno de los libros más famosos fue escrito en 1929 por Ernest Hemingway. Es Adiós a las armas. El libro tuvo hasta cuarenta y siete finales alternativos antes de que el autor se decantara por uno. El periodista americano estuvo presente en esta guerra como oficial y conductor de ambulancias de la Cruz Roja en el ejército italiano. En buena parte el libro cuenta con innumerables vivencias reales de su paso por la contienda, es difícil discernir qué pasajes corresponden a su vida real y cuáles son invención. En todo caso no es un libro de memorias, es una novela con una trama muy determinada. Su punto de vista es antibelicista desde la visión de un oficial miembro de la Cruz Roja militar, como él. Contiene un pasaje memorable dedicado a la retirada italiana ante el derrumbamiento del frente por un ataque austrohúngaro. La deshumanización ante la derrota alcanza en este libro unas cotas emocionales muy altas. Incluso predijo motivos para la próxima Gran Guerra.

Todos estos textos son relatos que desde la ficción fueron enriquecidos por las vivencias personales de sus autores. Son vitales para conocer emocionalmente la guerra. Después de ella, toda realidad romántica bélica murió en el mismo barro donde estos autores encontraron tibias colgando de jirones de carne. El siglo XX.

martes, 26 de agosto de 2014

MUJERES EN GUERRA

Cuarta entrega de los artículos relacionados con la Primera Guerra Mundial. La situación y papel de la mujer en la Guerra, por Laura Vicente Villanueva

Vivir y luchar, la misma cosa son…

Ese vivir y luchar, escrito para un himno sufragista por la feminista Cicely Hamilton, sintetiza la actitud con la que las mujeres afrontaron los cambios que propició la Iª Guerra Mundial en la condición femenina. Cuando se fundaron los movimientos sufragistas en el siglo XIX, la estructura patriarcal mostraba una figura monolítica sancionada por los siglos y con convicciones inamovibles: la certeza de la superioridad masculina y la natural subordinación de las mujeres. Gracias a la influencia de las feministas de finales del XIX y principios del XX, el sistema patriarcal empezó a resquebrajarse.
El año 1914 podría haber sido el de las mujeres, por la gran movilización feminista que se producía en aquellos momentos, pero fue el año de la guerra que colocó a cada sexo en su sitio. La contienda bélica separó radicalmente los sexos y marcó una tregua cuando las sufragistas abandonaron la lucha a favor del voto para dedicarse a la guerra. Sin duda alguna, las feministas, al igual que las clases populares, participaron de la fiebre nacionalista y suspendieron sus reivindicaciones para cumplir con sus deberes y dar pruebas de respetabilidad. Pero cuando en otoño de 1914 quedó claro que la guerra no sería breve, y que requería de sostén en la retaguardia y del concurso de las mujeres, no hubo dudas a la hora de movilizarlas.
El patriotismo rompió los compromisos de solidaridad internacional, apoyando de forma incondicional la guerra, excepto una minoría que luchó por impulsar la paz. Las pocas feministas pacifistas, que rechazaron abiertamente la guerra y desarrollaron un nexo entre feminismo y pacifismo, fueron acusadas de traidoras a la patria y ridiculizadas. Pese a ello, en 1915 apareció “La Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad”, y ese mismo año se celebró en La Haya el Congreso Internacional de Mujeres por la Paz. Estas heterodoxas feministas fueron vistas con desconfianza por las otras minorías pacifistas que, en general, rechazaron el vínculo entre guerra y virilidad, fueron hostigadas y censuradas por sus respectivos gobiernos y rechazadas por las grandes organizaciones feministas.
La Gran Guerra supuso para los combatientes una terrible experiencia y una masacre masiva. Las bajas militares fueron considerables: cerca de 9 millones de muertos. Un país como Serbia perdió la cuarta parte de sus movilizados; Francia, 1,3 millones de hombres (el 10 % de su población activa masculina y más del 3 % de su población); Alemania cerca del 3 %, con 1,8 millones de hombres, e Italia y el reino Unido, alrededor de 750.000 soldados cada uno. Se trataba en su mayoría de hombres jóvenes. Las mujeres en cambio accedieron al espacio y a las responsabilidades públicas y se produjo una inversión de los roles que pudieron valorar como positivo pese a la guerra.
El conflicto bélico constituyó una experiencia de libertad y de responsabilidad sin precedentes. Las trabajadoras fueron conscientes de sus capacidades y de su independencia económica, el trabajo relacionado con la guerra, sobre todo en las fábricas de armamento, fue un trabajo bien pagado: doblando los salarios tradicionales en los sectores considerados femeninos. Para las mujeres de capas medias y acomodadas la guerra fue un periodo de intensa dedicación que hizo peligrar los encasillamientos sociales, como la rigidez de la moda o la sociabilidad burguesa. Sabemos poco de la naturaleza íntima de la guerra, sí conocemos del incremento de las tasas de ilegitimidad filial durante el conflicto o de la posterior explosión de divorcios una vez finalizado éste. Se produjo un aumento del deseo, merced al nuevo erotismo contenido en las tarjetas postales, en la prensa o en espectáculos de revista que mostraban libremente el adulterio y otras formas de amar. 

La gran novedad fue que la mujer tuvo que vivir sola, salir sola y asumir las responsabilidades familiares sola, algo que siempre fue considerado imposible y peligroso. Las llamadas mujeres del excedente tuvieron que aprender a sobrevivir y asumir su soltería. La numérica imposibilidad de matrimonio fue, en realidad, una liberación y una plataforma de despegue social. El matrimonio aún era una vía de realización personal, pero el retrato de boda, que parecía ser la meta para todas las mujeres, se desvanece y es sustituido por otro tipo de sueños y aspiraciones. El sueño del poder político y de la independencia económica, la aspiración de asumir un cargo de responsabilidad, alcanzar metas profesionales y personales o poder hablar y expresarse en público, son ejemplos que parecían entonces una utopía.
A corto plazo la guerra introduce pocos cambios en la relación entre los sexos, asombra la resistencia social ante la modificación de los roles, la persistente voluntad para encasillar a las mujeres en funciones de “sustitutas” y auxiliares que se emplean en consonancia a su “naturaleza” inmutable. Pero este inmovilismo se ve cuestionado a largo plazo, importantes retrocesos entre los empleos domésticos y el hundimiento de los oficios de la costura y de la industria a domicilio, aumentando la proporción de mujeres asalariadas en la gran industria moderna. Crecen los empleos del sector terciario ocupados por mujeres: comercio, banca, servicios públicos y profesiones liberales. Se instauran derechos femeninos aunque no de manera generalizada y en todos los países. Por último, la conquista más visible y general parece llegar de la mano de la libertad de movimiento y de la actitud que la mujer aprendió en soledad y con el ejercicio de responsabilidades: libres de corsés, de vestidos largos y ajustados, de sombreros imposibles e incluso de la melena, el cuerpo femenino recupera el movimiento, practica deportes, baila siguiendo ritmos importados, toma la calle, explora una sexualidad propia y decide sobre su propia vida.
Estos fueron los comienzos de imparables conquistas, su resplandor se proyecta hasta nuestros días.

viernes, 22 de agosto de 2014

LA ENCRUCIJADA DEL MOVIMIENTO OBRERO ANTE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Tercera entrega sobre la Primera Guerra Mundial. El artículo de Julián Vadillo sobre el movimiento obrero ante la Gran Guerra.

Cuando en 1918 finalizó la Primera Guerra Mundial, el mapa europeo cambió radicalmente a aquel que había visto nacer el conflicto en 1914. Y algo parecido le sucedió al movimiento obrero que cuando finalizó la Guerra Mundial había cambiando sustancialmente su taxonomía.
            De cara a como el movimiento obrero analizó y actuó durante la guerra habría que distinguir  entre la actitud que mantuvieron los socialdemócratas y la que mantuvieron los anarquistas, que en esos momentos eran los movimientos obreros más importantes y organizados a nivel internacional.
            La posición de los socialistas antes la guerra nunca fue clara. Si bien desde sus medios emitían proclamas contra la guerra entre los pueblos habían disparidad de opiniones de como afrontar las campañas contra la guerra. Como ejemplos el socialismo español al estallar la guerra de Cuba salió con el lema ¡O todos, o ninguno!, queriendo denunciar que a la guerra solo iban los hijos de los trabajadores que no tenían suficiente capacidad económica para librarse. El Congreso de Copenhague de 1910 dejó muy clara las diferencias entre los socialistas franceses que tenía una importante influencia del sindicalismo revolucionario y optaban por la proclamación de la huelga general en caso de conflicto bélico, y los socialistas austriacos y alemanes que consideraban contraproducente esa opción ya que podían ser perseguidos en sus países por traidores. Esa división se fue acrecentado con el tiempo en el seno de los propios partidos.
            Las voces contra la guerra en Francia las alzaron socialistas como Jean Jaurès o sindicalistas revolucionarios como Alphonse Merrheim. La mentalidad antimilitarista de Merrheim le llevó a condenar las leyes que el gobierno de Millerand introdujo. El el Congreso de Marsella la posición quedó clara: “El congreso declara que es preciso, desde el punto de vista internacional, instruir a los trabajadores, a fin de que en caso  de guerra entre potencias, respondan a la declaración de guerra con una declaración de huelga general revolucionaria”.
            De esta misma opinión era el dirigente socialista Jean Jaurès que condenó la Guerra desde el principio y apoyaba la idea de una huelga general ante la misma. Sin embargo Jaurès fue asesinado el 31 de julio de 1914 por un fanático ultranacionalista, Raoul Villain, poniendo fin a una de las carreras más brillantes del socialismo internacional.
            La división del socialismo era tan evidente que mientras unos pedían la paz y la huelga general otros votaron los créditos de guerra en sus países, como los socialdemócratas alemanes y austriacos. Algunos como Jules Guesde formaron parte del gobierno de concentración nacional francés presidido por René Viviani. El socialismo italiano se dividió por las mismas circunstancias.
            El caso del anarquismo fue mucho más homogéneo. Su postura había quedado muy clara en los decenio anteriores así como en el Congreso de Ámsterdam de 1907. Salvo algunas excepciones como el caso de Kropotkin, Grave, Mella o Malato que apoyaron a los aliados en declaración expresa en el “Manifiesto de los 16”, la posición general y mayoritaria fue la de la condena a la guerra. Errico Malatesta tuvo intervenciones brillantes contra la guerra y en crítica a los libertarios que si apoyaron al bando aliado.

            Aunque España fue un país neutral durante la guerra, las consecuencias de la misma se dejaron sentir pues muchos empresarios españoles se beneficiaron de la venta de armas. Y el movimiento obrero dio su respuesta. Si los socialistas fueron aliadófilos, en propias palabras de Pablo Iglesias, la CNT y el movimiento libertario se opusieron en bloque a la guerra, considerándola un conflicto imperialista y capitalista.  Incluso en abril de 1915 se llegó a convocar un Congreso por la Paz en Ferrol, impulsado por los anarquistas, que fue prohibido por el gobierno.  Allí acudieron una buena parte los libertarios españoles, portugueses y de otras nacionalidades.
            Los beneficios económicos de los empresarios españoles llevaron a anarquistas y socialistas a oponerse a la política del gobierno español y a la convocatoria de una huelga general revolucionaria en agosto de 1917, cristalizando así el primer gran pacto entre la CNT y la UGT, las dos grandes centrales sindicales españolas.
            El final de la Guerra Mundial significó una fractura social en España y el inicio de un ciclo de conflictividad que llevó al movimiento obrero a las mayores cotas de movilización y a una dura represión por parte del gobierno.
            Lo quedó claro con el estallido de la Guerra fue que la II Internacional nacida en París en 1889 había quedado rota y herida de muerte. Los intentos de conciliación de las distintas posiciones del socialismo fueron inútiles. La reunión de la Oficina Socialista Internacional el 29 de julio de 1914 no hizo sino mostrar las divisiones.
            Ante esta división en la ciudad de Zimmerwald (Suiza) se reunieron una serie de socialistas y sindicalistas opuestos a la guerra. Allí las disputas fueron otras. O constituir una nueva internacional como proponía Lenin o intentar mantener la II Internacional vaciándola de los elementos “chovinistas”. Esta “II Internacional y media” vino a mostrar a un movimiento revolucionario ruso que ganaba influencia frente a otras posiciones. Lenin sacó la clara conclusión de que solo la revolución podía parar la guerra.
            El gran hito del movimiento obrero en aquellos años fue el estallido y triunfo de la Revolución rusa de 1917. El gobierno de los bolcheviques firmo la paz con Alemania en Brest-Litovsk perdiendo un tercio del territorio ruso y saliendo Rusia de la Guerra, que ya estaba inmersa en una guerra civil.
            Al finalizar la guerra el movimiento obrero estaba dividido entre una socialdemocracia que había apoyado el conflicto y que participó de la reconstrucción reformista de algunos países europeos, una parte de la izquierda socialista que paulatinamente fueron constituyendo los partidos comunistas y participaron de intentonas revolucionarias como en Alemania en 1918 o en Hungría en 1919 y un movimiento anarquista fuerte en España que participó junto a sus homólogos europeos en la reconstrucción de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La Segunda Guerra de los Treinta Años (1914-1945)

Segundo de los artículos publicados en el cuadernillo especial del periódico Diagonal sobre la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto por Carlos José Márquez-Álvarez

La primera guerra general europea desde 1815 comenzó por los intereses de los ultraconservadores, término con el que agrupamos a unas clases dominantes que formaban latifundistas integrados en el sistema financiero internacional, que se reproducían socialmente por la herencia, y que tenían el dominio político en las sociedades europeas en 1914. La excepciones eran la clase dominante británica (formada por propietarios industriales) y la francesa (que competía por el dominio político con los demo-republicanos y los diversos socialismos). Pero ni Gran Bretaña ni Francia fueron el modelo de sistema político en Europa tras el ciclo revolucionario de 1848, sino las monarquías ultraconservadoras de Alemania, Austria-Hungría, y Rusia: un jefe de Estado tenía el poder ejecutivo y sin responsabilidad ante las instituciones legislativas (que en cualquier caso controlaban los ultraconservadores: monopolio de la cámara alta con derecho de veto sobre la baja cuyos miembros no se elegían por sufragio universal masculino en todos los estados europeos). Además, el jefe del Estado en tanto que comandante supremo usaba el ejército para mantener una paz sociopolítica asociada a la defensa de las jerarquías existentes, que se legitimaban por las iglesias regnícolas cristianas, y cuya constitución político-cultural era con clientes de los ultraconservadores y valores aristocráticos
Desde 1900 los ultraconservadores afrontaron una crisis potencial de su dominio. En la segunda mitad del siglo XIX los trabajadores fabriles aumentaron por la industrialización; las clases medias, por el incremento derivado de las necesidades administrativas. Ambos grupos sociales engrosaron los diversos socialismos, el demo-liberalismo y el demo-republicanismo, y los movimientos de liberación nacional. Para las monarquías ultraconservadoras, la crisis potencial amenazaba su existencia en tanto que supraestructuras políticas. Cuando un acto de terrorismo individual escaló diplomáticamente en una guerra general europea por la competencia imperialista, los ultraconservadores apoyaron a sus gobiernos para que la crisis potencial se superara por la movilización patriótica en una guerra internacional breve. 
Pero la guerra se prolongó tras el verano de 1914. La industrialización dio más potencia de fuego sin más movilidad a los ejércitos contendientes. En dos meses una guerra de movimientos se transformó en una guerra de posiciones, de desgaste y total. El impacto en las retaguardias e incluso en los frentes por las demandas humanas y materiales resultó en la extensión del cinismo político y del derrotismo. Cuando los movimientos de contestación a las monarquías ultraconservadoras los aprovecharon para disputar el dominio político comenzó el ciclo revolucionario de 1917, en el que una serie de conflictos civiles y de guerras de independencia se prolongó más allá de los armisticios paralelos de noviembre de 1918 y de los tratados de paz de París de 1919-1920 y hasta la Guerra Civil española.
Tras la Revolución Soviética el ciclo revolucionario de 1917 se caracterizó en un contexto de crisis económicas sucesivas por la polaridad política entre los ultraconservadores y los diversos socialismos. Estos se dividían en última instancia entre reformistas (aceptaban la propiedad privada pero sometida a su posible redistribución por el Estado) y revolucionarios (pretendían instituir la propiedad colectiva ya fuera justo tras la toma del poder político o en fases históricas sucesivas), pero ambos afirmaban el concepto ilustrado de modernización: realizar el interés objetivo universal por el desarrollo económico y la educación. 
Extinguido el sistema de monarquía ultraconservadora tras noviembre de 1918, en algunas sociedades europeas los ultraconservadores se aliaron con tránsfugas socialistas que proponían que la lucha de clases se superara por una movilización patriótica como la de 1914 y no por el establecimiento de un régimen de propiedad colectiva. Surgió una síntesis ideológica, el fascismo, que apelaba a las clases medias en riesgo de proletarización por las crisis económicas de posguerra con un concepto de modernización alternativo al ilustrado: realizar el interés subjetivo universal por la disolución de todos los intereses particulares en el interés del Estado. Hasta después de la Guerra Civil española la polarización política en Europa no fue entre el fascismo y el antifascismo. Este era una alianza entre los socialistas revolucionarios, los reformistas, y los demo-liberales o demo-republicanos (para los que el fascismo amenazaba la propiedad privada e incluso la cultura tradicional y las iglesias regnícolas en sentido similar a los socialismos pero de forma inmediata).
Los ultraconservadores no perdieron su poder político en toda Europa de forma definitiva hasta que hubo una nueva guerra general europea que a diferencia de la de 1914-1918 terminó con una derrota militar absoluta. Tras 1945 los partidos socialistas reformistas o revolucionarios accedieron al gobierno en el continente y aplicaron programas que se basaban en el concepto ilustrado de modernización. Fue la destrucción económica definitiva de los ultraconservadores. 
España fue la gran salvedad.