martes, 31 de marzo de 2020

JULES VALLÈS EN "LE CRI DU PEUPLE"

Traducción del artículo de Jules Vallès en el periódico Le cri du peuple el 30 de marzo de 1871, en pleno desarrollo de la Comuna de París.
Publicado en el periódico El Obrero

Le Cri du Peuple, 30 de marzo de 1871

El periodista y revolucionario Jules Vallès, fundador del periódico Le Cri du Peuple (El Grito del Pueblo), escribió este artículo el 30 de marzo de 1871 para celebrar la proclamación de la Comuna de París. Vallès fue una figura de primer orden en la literatura y periodismo de la época, autor de obras de amplio calado como Los refractarios (recopilación de parte de su obra periodística) o obras autobiográficas como L’enfant (El niño), Le Bachelier (El Bachiller) y L’Insurgé  (El insurgente)

¡La Comuna ha sido proclamada!
Salió de las urnas, triunfante, soberano y armado. Los representantes elegidos por el pueblo entraron en el antiguo Ayuntamiento, que escuchó el tambor de Santerre y el disparo del 22 de enero, en esta plaza donde la sangre de las víctimas del honor nacional y la dignidad parisina acaba de ser limpiada por el polvo levantado en este día festivo tras las huellas de los batallones victoriosos.
Ya no oiremos el tamborileo de Santerre; las armas ya no brillarán en las ventanas del Hotel Comunal y la sangre ya no manchará la Plaza de Grève si así lo deseamos. Y lo haremos, ¿verdad, ciudadanos?
La Comuna ha sido proclamada. La artillería de los muelles tronó sus salvas al sol que doraban el humo gris de la plaza. Detrás de las barricadas, donde se encontraba la multitud: hombres saludando con sombreros, mujeres saludando con pañuelos, la procesión triunfal, los cañones bajando sus bozales de bronce, humildes y pacíficos, temiendo amenazar a la alegre multitud.
Frente a la fachada oscura, cuyo cuadrante ha sonado tantas horas que ya tienen siglos, y a la luz de tantos acontecimientos que ya son historia, bajo estas ventanas pobladas por respetuosos asistentes, la Guardia Nacional pasó con los vítores de su tranquilo y orgulloso entusiasmo. El busto de la República, que se destacaba en blanco sobre el telón rojo, observaba impasible como se vislumbraba la cosecha de brillantes bayonetas, en medio de las cuales temblaban las banderas y el manillar de brillantes colores, mientras que el zumbido de la ciudad, los sonidos del cobre y de la piel de burro, las salvas y los vítores se elevaban en el aire.
La Comuna fue proclamada en un día de fiesta revolucionaria y patriótica, pacífica y alegre, de embriaguez y solemnidad, de grandeza y alegría, digna de los que vieron a los hombres del 93 y consoladora de veinte años de imperio, seis meses de derrotas y traiciones. El pueblo de París, en pie de guerra, proclamó la Comuna, que les ahorró la vergüenza de la rendición, el escándalo de la victoria prusiana y que los liberará como si fuera una victoria.
¡Lo que se proclamó el 31 de octubre!
¡Qué importa! ¡Ustedes que murieron en Buzenval, víctimas del 22 de enero, ahora están vengados!
La Comuna ha sido proclamada.
Los batallones que espontáneamente, desbordando las calles, los muelles, los bulevares, haciendo sonar el aire con las bandas de música de las cornetas, haciendo rugir los ecos y latiendo los corazones con los golpes de tambor, vinieron a aclamar y a saludar a la Comuna, para darle esta soberana promulgación de la gran revista cívica que desafía a Versalles, y levantaron las armas sobre sus hombros hacia los suburbios, llenando de rumores la gran ciudad, la gran colmena.
La Comuna ha sido proclamada.
Hoy es la fiesta nupcial de la idea y la revolución.
Mañana ciudadano-soldado para fecundar la Comuna aclamada y casada el día anterior, será necesario recuperar, siempre orgulloso, ahora libre, su lugar en el taller o en el mostrador.
Después de la poesía del triunfo, mi prosa de trabajo

jueves, 26 de marzo de 2020

EUGÈNE VARLIN EN EL ANIVERSARIO DE LA COMUNA DE PARÍS

Artículo publicado en el diario digital El Obrero


Si bien sobre la Comuna de París se conocen muchas cuestiones y se ha trabajando, en el caso de España, sobre la repercusión que ejerció sobre nuestro país, un poco más difuminado queda la participación de algunos protagonistas del mismo. Si bien conocemos el nombre de muchos de ellos, algunas de trascendencia internacional como Louise Michel, otros quedan más desdibujados. Es el caso de Eugène Varlin.
            Varlin fue uno de lo representante más dinámicos y activos del movimiento obrero francés en el periodo que media entre la proclamación del Segundo Imperio de Luis Napoleón Bonaparte y el final de la Comuna de París en mayo de 1871.
            Obrero encuadernador, fundó en la década de 1850 una Sociedad de Socorros Mutuos de Encuadernadores y fue un firme partidario de la igualdad hombre-mujer. En el concepto mutualista del obrerismo francés, Varlin fue impulsor de la cooperativa La Ménagère y del restaurante cooperativo La Marmite. Iniciativas muy usuales en el obrerismo francés para paliar la situación de los trabajadores y extender el concepto de solidaridad de clase.
            Lejos de quedarse en el desarrollo del movimiento obrero de su país, Varlin se afilió desde muy temprano a la Asociación Internacional de los Trabajadores, desarrollando una importante sección que se extendió, gracias a la labor de Varlin, a zonas como Lille o Lyon, además de París.
            Firme partidario de una salida revolucionaria para Francia y defensor de la Guardia Nacional, Varlin fue uno de los principales protagonistas de la Comuna de París, participando de las actuaciones en la Place Vendôme el 18 de marzo de 1926. Como integrante del Comité Central de la Guardia Nacional fue uno de los firmantes del llamamiento a las elecciones que provocó la proclamación de la Comuna en París, siendo elegido como diputado en representación de varios distritos.
            Siguiendo los postulados internacionalistas muy cercanos a Bakunin, Varlin fue un firme opositor al establecimiento del Comité de Salud Público que pedían insistentemente los blanquistas y los jacobinos en el París sitiado por los versalleses y los prusianos.
            Su compromiso revolucionario con la Comuna le llevó a combatir durante las jornadas de la Semana Sangrienta del 21 al 28 mayo, hasta que ese último día fue identificado, arrestado, linchado y fusilado.
            Aunque es complicado ubicar ideológicamente a Varlin en un grupo concreto, lo cierto fue que en interior de la Internacional se mostró mucho más cercano a las posiciones de Bakunin que a las de Marx. En el movimiento obrero francés, aunque discutió con parte de los postulados de Proudhon, también se hizo eco de muchos de ellos, teniendo en cuenta que el movimiento obrero francés tuvo una fuerte impronta proudhoniana hasta el estallido de la Comuna de París.
            Lo que no cabe ninguna duda es que Varlin influyó en el desarrollo del posterior sindicalismo revolucionario, desde las aportaciones de Joseph Jean-Marie Tortelier hasta Fernand Pelloutier o Émile Pouget como principales representante, fundado la Federación de Bolsas de Trabajo y la Confederación General del Trabajo respectivamente.
            La prematura y trágica muerte de Varlin privó al obrerismo francés e internacional de una figura que aportó cuestiones organizativas de mucho peso y calado para el posterior movimiento obrero.

domingo, 8 de marzo de 2020

La importante aportación a la reconstrucción de la historia de la provincia de Madrid


Hace 10 años, en octubre de 2009, se presentó en Colmenar Viejo un libro que, al leerlo, me generó una sensación  de tener delante de mí una obra que aportaba cosas muy importantes. El libro era la culminación de varios meses de investigación por parte de dos conocedores de la zona, Fernando Colmenajero García y Roberto Fernández Suárez. Los primeros proletarios. Los sucesos de la Huelga de Octubre de 1934 en Colmenar Viejo, fue la primera pieza de una gran historia que se estaba fraguando. En aquel momento, en el proceso de elaboración de aquella obra, fue cuando conocí a Roberto. Yo trabajaba en la Fundación Anselmo Lorenzo como archivero y Roberto acudió a consultar fuentes de primera mano a los archivos allí depositados. Por entonces, me encontraba también en plena elaboración de mi tesis doctoral sobre el movimiento obrero en Alcalá de Henares, y al leer las aportaciones de Roberto me daba cuenta de las grandes conexiones que existían entre los dos núcleos de población. Esto venía a confirmar unas de mis tesis, que era la importancia que la historia local (y no el localismo) tiene para la historiografía. Roberto, muy amablemente, me ofreció en aquella ocasión epilogar su obra, cosa que hice que todo el placer del mundo.
            Diez años después volvemos a escribir unas palabras para introducir la obra de Roberto, y nos damos cuenta que hay cosas que permanecen pero muchas otras han cambiado. En estos diez años se ha reforzado el desarrollo de una historia local de calidad, que se pone en conexión con la historia general para tratar de ver las semejanzas y las diferencias que hay entre ambas. Esto no quiere decir que haya contradicciones pero si nos muestra peculiaridades distintas dependiendo de la zona, de las circunstancias y de las necesidades. En este tiempo, Roberto ha seguido trabajando sobre la historia de Colmenar y toda la sierra norte de Madrid, lo que ha generado una serie de trabajos de calidad. Destacar su magnífico La sierra convulsa. Segunda República, Guerra Civil y primer franquismo al norte de Madrid donde ejerció como coordinador de un equipo extraordinario (Fernando Colmenajero, Juan Ignacio Vasco, Antonio Corona y Carmen Saez) o el trabajo realizado para la reconstrucción de los bombardeos sublevados sobre Colmenar Viejo durante la Guerra Civil, también como trabajo colectivo y que dio como resultado un documental.
            Siguiendo el esquema ofrecido en La sierra convulsa, Roberto Fernández nos vuelve a adentrar en la historia de esas zonas de Madrid que no han sido trabajadas y que tan necesarias son para el entendimiento de la historia y de la acción colectiva. El trabajo que aquí presentamos lleva por título Convulsiones en las puertas de Madrid. Fuencarral durante la Segunda República, la Guerra Civil y el primer franquismo. Fuencarral, hoy parte de la gran urbe madrileña, fue población independiente y en ese deseo de Roberto de abarcar todo el norte madrileño se nos presenta en las puertas de Madrid para hablarnos de un periodo de enorme trascendencia.
            Y trascendencia por muchas cuestiones, aunque destacaré algunas. La primera es las semejanzas y diferencias que presenta el caso de Fuencarral en el periodo estudiado con el de otras zonas de Madrid. A los trabajos de Roberto, que intenta abarcar una generalidad más amplia en microespacios, hay que unir los trabajos que en los últimos años han aportado cuestiones de enorme valor e interés y que han roto los moldes de la historiografía más clásica. Desde que en 2004, Sandra Souto Kustrín con su Y ¿Madrid? ¿Qué hace Madrid? Movimiento revolucionario y acción colectiva, 1933-1936 nos mostrara que había otra manera de plantear la historia local a partir de fuentes primarias no utilizadas por casi nadie, el mundo historiográfico madrileño se ha ido agitando. Desde los grupos de investigación que desde la Universidad Complutense de Madrid han ido dando salidas a tesis doctorales sobre la ciudad hasta los trabajos más generales que han puesto también a Madrid como eje del marco explicativo. Pero Roberto, y aquí la segunda aportación, no hace un remedo de lo que desde algunos lugares investigan para trasladarlo al núcleo urbano en el que se centra. Nos descubre los enormes vasos comunicantes que existen entre zonas y los lazos de sociabilidad que el movimiento obrero de la época desarrolló. La cercanía de ese norte madrileño con barrios de enorme implantación obrerista como Cuatro Caminos o pueblos como Tetuán de las Victorias, cuna del anarcosindicalista Cipriano Mera, no es baladí.
            Poco a poco, esas teselas de la historia que vamos rescatando entre todos, están conformado un mosaico que nos muestra la complejidad organizativa no solo de la capital sino la importancia de sus alrededores. Lo pude comprobar con mis trabajos de Alcalá de Henares y lo compruebo cada vez que leo una aportación nueva, de las cuales las de Roberto están en un lugar privilegiado.
            Porque sin desgranar lo más mínimo el contenido del libro, la secuencia del mismo es clásica pero con la complejidad que nos quiere mostrar. Los antecedentes son importantes para saber de lo que estamos hablando y a ello se dedica Roberto en la primera parte del libro, pues no dejaba de ser Fuencarral un eje central de los proyectos de ensanche de ciudad que Madrid pretendía. Igualmente, nos muestra como con la llegada de la Segunda República en 1931 y su proyecto democratizador y modernizador, Fuencarral intentó salir de un letargo para desarrollarse. Pero al mismo tiempo se produce toda una fase de conflictividad donde los tiempos para el desarrollo de esa modernización serán claves para entenderla. Todas las partes del periodo republicano están perfectamente reflejadas en el libro.
            Sin embargo, merced a la mayor cantidad de fuentes, la Guerra Civil es el periodo más amplio. Y aquí Roberto no deja puntada sin hilo. Habla de la Guerra pero, sobre todo, de la retaguardia. Como se organizó una zona como Fuencarral en pleno periodo bélico. Como una zona, donde el frente y el asedio del ejército sublevado estaban tan cercanos, se reconstruyó. Cual fue el papel del movimiento obrero en esa reconstrucción, los controles obreros y las colectividades, etc. No olvida tampoco que en un contexto de guerra existió una represión en la retaguardia, reconstruyéndola de forma pormenorizada. Los acuerdos y desacuerdos, los conflictos entre las distintas escuelas que estaban en el lado de la República son los protagonistas hasta el desplome definitivo y la llegada de los sublevados a la zona.
            A partir de ese momento la correlación de fuerzas cambia, y el triunfo de franquismo inaugurará un periodo donde todas las conquistas generadas en los años democráticos o, inclusive, en los duros años de la guerra van a ser pulverizadas. Pulverizadas porque fueron proyectos diametralmente opuestos, pero también porque la represión va a tener unas características exterminadoras que va a devastar todo el tejido creado en los años precedentes.
            Y aquí engancho con algo que hay que saber diferenciar bien, porque el peligro de la historiografía revisionista, muy en boga en algunos círculos, tiende a unas equiparaciones imposibles o a un reparto de responsabilidades que no casan con la realidad. Es imposible comparar la República con el franquismo porque es comparar la democracia con una dictadura. Si la Guerra Civil se produjo fue, precisamente, porque hubo un golpe de Estado contra las instituciones democráticas que existían en España en 1936. Por ello hay que hacer una diferenciación clara entre lo que es la explicación de la Segunda República y lo que fue la Guerra Civil y el franquismo. El primero es un sistema democrático pero el franquismo tiene un origen antidemocrático y como consecuencia de una guerra. Algo que el profesor Fernando Hernández Sánchez ha dejado meridianamente claro en obras como El bulldozer negro del general Franco: historia de España en el siglo XX para la primera generación del XXI.  Esto no nos tiene que llevar, en ningún caso, a idealizar ningún sistema político, pues la República tuvo problemas estructurales importantes que no supo resolver de forma inmediata desde las instituciones del Estado y que se reflejó perfectamente en las fracturas sociales que se veía en los microespacios como Fuencarral. Eso generó conflictividad, pero no era superior o diferente a la de otros países de nuestro entorno. El corte brusco de un golpe de Estado, una guerra y una dictadura, que pone termino a ese proceso, no se puede equiparar. Tampoco se puede ser simplista y hablar de la República como un bloque monolítico, pues dentro de su estructura y al margen de ella existían y coexistían distintos proyectos sociales. Esa complejidad queda muy clara en la obra de Roberto.
            Por último, destacar una cuestión muy propia de las obras de Roberto y que se agradece sobremanera. Las reconstrucciones vitales de los protagonistas de esta historia. Quienes eran, donde militaban y como acaban. Algunas de esas biografías, que ocupan la parte final, son muy completas y otras apenas son unas pinceladas. Pero nos muestra a la perfección que detrás de todas esas organizaciones y todas esas acciones colectivas había individuos concretos, con una trayectoria y, algunos, con trágico final.
            Una nueva piedra la que ha colocado Roberto en la reconstrucción de una historiografía en la que le tenemos ya como referencia. Porque las obras de Roberto, y esta no es menos, tienen una cosa en común: están perfectamente trabajadas e investigadas a partir de fuentes primarias y contrastadas con secundarias.
            Disfruten de este buen libro de historia.

viernes, 28 de febrero de 2020

La “Escuela de rebeldía” del Noi del Sucre

Artículo publicado en el periódico digital El Obrero


Unos días después del asesinato, a manos de pistoleros de la patronal, de Salvador Seguí salió publicado un pequeño texto escrito por él con el título Escuela de rebeldía. Era habitual que algunos militantes obreros tuvieran también una actividad literaria y plasmarán parte de sus inquietudes e idearios a partir de novelas cortas. En base a ello se entiende muchos proyectos editoriales que los anarquistas desarrollaron en España para dar a conocer sus ideas y donde las plumas más famosas del movimiento libertario participó: Soledad Gustavo, Federico Urales, Federica Montseny, Mauro Bajatierra, etc. Salvador Seguí, aunque menos ducho en estas cuestiones, también participó de ello.
            Escuela de rebeldía es la historia de un inmigrante andaluz en Barcelona, Juan Antonio Pérez Maldonado. En la capital catalana conoce el amor y las luchas sociales, a las que se vincula con una marcada ideología libertaria de transformación social. Como un alter ego del propio Seguí, Pérez Maldonado piensa que para cambiar la sociedad es la disposición de las mentes lo que hay transformar primero. Reforzando el movimiento obrero, nutriendo a los sindicatos con hombres conscientes que desarrollen un ideal alternativo a la sociedad capitalista que les explotaba. Esa lucha enconada por el cambio de las mentes a través de la lucha obrera le iba a costar la vida a Juan Antonio, como también le pasó a Salvador Seguí en una especie de macabra predicción.
            La novela no es sino un reflejo de las luchas sociales que en aquellos momentos se realizaba en Barcelona. Y su autor no podía ser pluma más autorizada, pues Salvador Seguí era por aquel entonces uno de los más prestigiosos sindicalistas. Su ideario fue base para que la CNT alcanzase la mayoría de edad. Su participación en el primer pacto con la UGT en 1917 y en la huelga de agosto del mismo, en el Congreso de Sans en 1918 y el nacional de Madrid de 1919 fueron clave. El desarrollo de los sindicatos únicos y de la huelga solidaria es eje fundamental para entender luchas como la huelga de La Canadiense que llevó a la paralización total de Barcelona y a presionar para la consecución de la jornada de ocho horas de trabajo.
            El pintor de brocha gorda Salvador Seguí había sido clave para todos estos hitos y recordado fue el mitin que efectuó en Las Arenas una vez que la patronal cedió ante las reivindicaciones obreras tras La Canadiense.
            Seguí, defendiendo un ideario libertario, basaba su pensamiento en el refuerzo del sindicalismo como base de la transformación social, buscando en todo momento la unidad de acción de la clase obrera que les condujese a cuotas de bienestar social y al control de los medios de producción y consumo. Su estrategia era la acción directa, contraria a la acción delegada, aunque en ningún momento Seguí renunció a la posibilidad de acuerdos puntuales y reivindicativos con otras fuerzas sociales del momento, como eran republicanos y socialistas.
            Su pragmatismo sindical y su enorme prestigio hizo que muchos trabajadores se adhirieran a la CNT, que se convirtió en la referencia sindical en muchos rincones de España. Aunque partidario de la acción directa no lo era para nada de la actuación que los grupos de acción anarquistas venían desarrollando contra los pistoleros de la patronal y del Sindicato Libre. El creciente poder de la CNT en el campo sindical llevó a una reacción de patronos, políticos y rompehuelgas que iniciaron una campaña violenta contra los efectivos sindicalistas por la cual fueron asesinados los más prestigiosos militantes de anarcosindicalismo y sus defensores legales, como el republicano Francesc Layret. A la cabeza de esta represión policías como Bravo Portillo, militares como Severiano Martínez Anido o Miguel Arlegui y Bayonés. A esta violencia patronal e institucional, algunos grupos anarquistas respondieron con la misma estrategia pero en la que proporcionalmente y por potencialidad eran inferiores.
            Este estado de violencia no fue apoyado en ninguno momento por Salvador Seguí y otros sindicalistas de la época, que como Ángel Pestaña o Juan Peiró, eran partidarios del refuerzo sindical. Aun así, Seguí se convirtió en el objetivo número uno de la patronal. Muchos sindicalistas cayeron bajo las balas homicidas o víctimas de la “Ley de Fugas”. Entre ellos Evelio Boal, secretario general de la CNT asesinado en 1921. Por poco salvó su vida Ángel Pestaña, víctima de un atentado en Sabadell en 1922. Pero no tuvo la misma suerte Salvador Seguí, cuando el 10 de marzo de 1923 era tiroteado en la calle de la Cadena de Barcelona junto a su compañero y amigo Francisco Comes “Perones”. Sus asesinos pistoleros a sueldo de la patronal entre los que se encontraba un excenetista que profesaba especial odio contra Seguí: Inocencio Feced.
            Conocer la historia del sindicalismo de la década de 1910 e inicios de 1920 es acercarse a la vida de Salvador Seguí, el “Noi del Sucre”.

viernes, 31 de enero de 2020

Las mujeres en el movimiento obrero español. Los orígenes

Artículo publicado en El Obrero


A pesar que siempre se ha achacado a España un atraso respecto a otros países, lo cierto es que nuestro país fue pionero en muchas ocasiones sobre cuestiones de igualdad en el movimiento obrero. Al finalizar el Trienio Liberal en 1823, donde ya habían destacado mujeres importantes como Mariana Pineda, el exilio liberal español tomó contacto en el exterior con las corrientes más avanzadas del liberalismo y del primer socialismo.
            Muchos de esos exiliados conocieron y trajeron a España las concepciones políticas de Owen, de Saint-Simon, de Fourier, de Cabet, etc. Son los casos de Joaquín Abreu, Narciso Monturiol o más tarde Fernando Garrido y Pi i Margall. Al calor de las corrientes fourieristas nació el periódico El nuevo pensil de Iberia. En sus páginas podemos leer los primeros manifiestos en defensa de los derechos de las mujeres en los escritos de Margarita Pérez de Celis siendo uno de los primeros ejemplos de vinculación de los derechos de la mujer con el socialismo.
            Sin embargo la España de la época era eminentemente machista, donde la posición de la mujer se reducía a “ángel del hogar”. Una perspectiva que vino a romper la irrupción del movimiento obrero.
            La introducción de la Internacional en España trajo consigo de la mano el triunfo de las ideas bakuninistas, y con ellas su concepción sobre el papel de la mujer en el movimiento obrero y revolucionario. Tanto en el Primer Congreso obrero celebrado en Barcelona en 1870 como, sobre todo, en el Segundo Congreso Obrero de Zaragoza de 1872, se aprobaron dictámenes donde se declaraba de forma abierta la igualdad del hombre y la mujer, animando también a las mujeres a la afiliación a los organismos obreros. El dictamen del Congreso de Zaragoza decía así:

“La mujer es un ser libre e inteligente, y como tal responsable de sus actos, lo mismo que el hombre; pues si esto es así lo necesario es ponerla en condiciones de libertad para que se desenvuelva según sus facultades. Ahora bien; si relegamos a la mujer exclusivamente a las faenas domésticas es someterla, como hasta aquí, a la dependencia del hombre, y por tanto, quitarle su libertad”.

            Este dictamen no solo supuso una ruptura con la sociedad del momento sino también un acercamiento a las concepciones de Bakunin que estaban muy alejadas, respecto a la mujer, de las de Proudhon. Además, desde muy temprano las mujeres participaron del movimiento obrero y se afiliaron a la Internacional. En España tenemos el caso de Guillermina Rojas y Orgis, nacida en 1849, y de la que Anselmo Lorenzo nos legó algunos pasajes en su libro El proletariado militante.
            Las bases sentadas por la Internacional posibilitaron un mayor desarrollo del anarquismo en el seno del movimiento obrero. Por ello el anarquismo español se convirtió en el primer baluarte de la lucha femenina. En las filas del anarquismo del último tercio del siglo XIX, comenzaron a militar mujeres tanto del campo intelectual como del campo obrero. El primer punto interesante es comprobar como paulatinamente la mujer iba accediendo a trabajos de corte intelectual. Comenzaron a aparecer maestras de formación que en muchos casos se vincularon a las pioneras escuelas laicas que iban surgiendo en España. Un ejemplo de ello fue la figura de Teresa Mañé (1865-1939). Nacida en Cubelles, se formó en el magisterio y comenzó a ejercer en la escuela laica de Vilanova i la Geltrú. Se unió sentimentalmente a Juan Montseny, con el que inicio proyectos educativos como la escuela laica de Reus o proyectos periodísticos como La Revista Blanca. Teresa Mañé escribió numerosos textos y artículos, algunos con su seudónimo de Soledad Gustavo. En ellos ya dejaba plasmado su lucha por la emancipación de la mujer, por el amor libre y por una sociedad libre de carácter anarquista. Algo completamente revolucionario a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX.
            En esa misma lucha se inscribiría la figura de Belén Sárraga (1874-1951), propagandista, autora de numerosos escritos, que recorrió varias ciudades de España exportando las nuevas ideas de carácter socialista para la emancipación de la mujer.
            Inscritas en la misma época, y participantes de movimientos comunes, habría que destacar a mujeres como Amalia Domingo Soler, Rosario de Acuña o Ángeles López de Ayala. Muchas de estas mujeres eran republicanas, masonas, teósofas, espiritistas, etc., movimientos de la época que pretendía la secularización y laicización de la sociedad. Algunas se hacían eco de movimientos como la teosofía que a nivel internacional tuvo a importantes mujeres a su cabeza como Helena Petrovna Blavatsky o Annie Besant.
            Pero el anarquismo no solo contribuyó en el campo intelectual. Obreras conscientes comenzaron a desarrollar sus actividades en el seno de las sociedades obreras e incluso fundaron y potenciaron sociedades obreras propias. Destacamos el caso de Teresa Claramunt (1862-1931). Inscrita en la segunda generación de militantes obreros del anarquismo, Teresa Claramunt fundó en 1891 la Agrupación de Trabajadoras de Barcelona. El objetivo de Teresa Claramunt era doble. Por una parte organizar a las mujeres en una sociedad obrera que defendiese sus derechos en un trabajo que era mayoritariamente femenino. Por otra crear conciencia y potenciar las organizaciones de género frente a una sociedad machista. Fue el primer ejemplo obrero solo y exclusivamente integrado por mujeres.
            A pesar de la corta experiencia de muchas de estas iniciativas, las bases para el posterior desarrollo del obrerismo femenino y del feminismo socialista estaban sentadas.

martes, 31 de diciembre de 2019

ANARQUISTA, PERIODISTA, PANADERO Y MASÓN. MAURO BAJATIERRA MORÁN

Artículo publicado en el periódico digital El Obrero

Existen algunas personalidades y figuras de la historia contemporánea en España que han caído en el ostracismo a pesar de la importancia que tuvieron en el momento histórico que les tocó vivir. La razón fundamental de este olvido intencionado fueron los largos años de dictadura que no solo provocaron la eliminación física de sus oponentes sino que los borró de la historia.
            Un ejemplo de ello es la figura de Mauro Bajatierra Morán. Este madrileño nacido en el año 1884 se convirtió con el paso del tiempo en una de las figuras clave del movimiento obrero madrileño y del anarquismo. Panadero de profesión (su padre, Ramón Bajatierra, era dueño de una tahona) desde muy temprano, a inicios del siglo XX, ya localizamos su pluma en periódicos denunciando la situación de la clase obrera. Por la conciencia de clase que tenía, Bajatierra se afilió a la sociedad de obreros panaderos de la UGT madrileña, si bien su actividad política y sindical también estuvo en la fundación del Ateneo Sindicalista de Madrid en 1913 y en la representación que se le confirió a entidades como la Federación de Obreros Peones y Braceros de España de la FNOA (Federación Nacional de Obreros Agricultores) o en la Unión Tranviaria. Porque Bajatierra fue un militante incansable del movimiento obrero de su época. Como militante de la UGT asistió al XII Congreso de la misma, donde pidió de forma expresa la separación de la entidad sindical de la tutela del PSOE. No era un hecho aislado el militar en la UGT a pesar de tener ideas libertarias. En aquellos lugares donde no había capacidad para desarrollar los sindicatos de la CNT, los obreros libertarios se adherían a las sociedades obreras de su oficio aunque fuesen de la central rival.
            Su actividad en aquella década de 1910 no se ciñó solo en el movimiento obrero sindical. Bajatierra fue el fundador e impulsor de grupos anarquistas como Los Iguales, base sobre la que en 1927 se fundó la Federación Anarquista Ibérica, de la que Bajatierra fue fundador. Igualmente, su militancia también estuvo en la masonería, e ingresó en la logia La Cantoniana con el nombre simbólico de “Justicia” alcanzando el Grado 3 de Maestro.
            La personalidad de Bajatierra, su múltiple militancia y su prestigio entre los círculos obreros, fue una de las razones por las que se le intentó vincular con el atentado contra Eduardo Dato que acabó con su vida en 1921. Se acusó a Bajatierra de haber comprados las armas del atentado en Eibar y de haber dado cobertura a Pedro Mateu, Luis Nicolau y Ramón Casanellas, que fueron quien ejecutaron al presidente del Gobierno. Tras un sonado juicio, fue absuelto de todo cargo, siendo su abogado el republicano Pedro Rico, que posteriormente sería alcalde de Madrid.
            Durante los años de la dictadura de Primo de Rivera, Bajatierra se exilia a Francia y desde allí participa de las numerosas conspiraciones y acuerdos para acabar con la dictadura y con la monarquía de Alfonso XIII. Partidario de llegar a una inteligencia con los republicanos para derrocar el régimen, Bajatierra fue incluso designado para ofrecer a Miguel de Unamuno la presidencia de la República en caso del triunfo insurreccional. Política que se repitió un poco más adelante cuando el también anarquista Manuel Buenacasa se la ofreció a Santiago Ramón y Cajal. Expulsado de Francia por sus actividades políticas, fue recibido en Bélgica gracias a la colaboración de sus hermanos masones.
            Con la proclamación de la República en 1931, Bajatierra volvió a España. Participó de las actividades sindicales en la UGT y siguió activo dentro de la CNT, compartiendo una doble militante (la primera puramente sindical y la segunda más ideológica). A pesar de su participación en la llegada de la República, las disposiciones del gobierno republicano-socialista fueron duramente criticadas por el anarcosindicalismo y la extrema izquierda republicana. Bajatierra escribió encendidos artículos, primero en La Tierra coincidiendo junto al republicanismo federal, y luego desde el CNT cuando se fundó en 1932, contra las políticas del gobierno y denunciando la represión que se había dado en lugares como Alto Llobregat o Casas Viejas.
            La victoria de la derecha en noviembre de 1933 sirvió para que Bajatierra se alineara con la posición de reorganización y unidad del movimiento obrero y de llegar a acuerdos y entendimientos que allanaran un camino revolucionario. Escribió en ese tiempo numerosos folletos, entre los que destaca su posición sobre el comunismo libertario en Hacia la República social.  Durante este tiempo, Bajatierra se enfrentó a distintas penas por delitos de prensa y por actividades políticas.
            Con la victoria del Frente Popular, Bajatierra participó de numerosos mítines y movilizaciones Destacaríamos el que participó en Tenerife con motivo del Primero de Mayo de 1936.
            El golpe de Estado y el inicio de la Guerra Civil sorprendieron a Bajatierra en Madrid. Desde ese momento se convirtió en uno de los cronistas de guerra más populares de la zona republicana gracias a las crónicas diarias que realizaba para el periódico CNT. Con un estilo propio y mordaz, las crónicas de Bajatierra fueron de las más peculiares y apreciadas en la época y muchas de ellas eran reproducidas en otros periódicos.
            Su muerte se produjo cuando las tropas franquistas ocuparon la capital de España el 28 de marzo de 1939. Sobre su muerte existen varias versiones. La más romántica que esperó en la puerta de su casa a los falangistas y militares que venían a por él. Otras hablan que al no querer abandonar la ciudad, Bajatierra regresó a su casa y allí le estaban esperando los que le ejecutaron. Sea como fuere, su cadáver fue encontrado en un garaje cercano a su domicilio en la madrileña calle de Torrijos, en el barrio de la Guindalera. Días después fue enterrado en una sepultara de cuarta en el cementerio municipal de Madrid. Su certificado de defunción es un ejemplo de cómo trató el franquismo a las víctimas que provocó. Aunque fue acribillado en el certificado pone que murió de un “síncope”.
            A su figura oronda, con sus bigotes prominentes y su presencia siempre sensible, Bajatierra unió una pasión por la escritura que se plasmó en centenares de artículos periodísticos desde inicios del siglo XX y en una amplía obra de carácter político social donde plasmó su ideario anarquista. No solo utilizó la prensa y la obra política. Bajatierra fue también un novelista, autor de numerosos títulos de novela corta editados la mayoría de ellos en la colección “La Novela Ideal”, impulsada por la familia Montseny. También se lanzó al campo teatral, con algunas piezas literarias estrenadas en numerosos lugares de España así como una serie de cuentos morales e infantiles. Durante su exilio en la dictadura de Primo de Rivera, militó en una logia masónica francesa con el nombre de Plus Ultra. Mismo nombre que le dio a un proyecto editorial que el mismo desarrolló.
            Un personaje peculiar y trascendental en su época, militante obrero y escritor, panadero y periodista, masón y anarquista, cuyo asesinato con la llegada del fascismo a Madrid lo enterró también en el ficticio “Panteón de Hombres y Mujeres Olvidados”.

martes, 10 de diciembre de 2019

La mujer en el movimiento obrero

Artículo publicado en el periódico digital El Obrero


El desarrollo de las ideas socialistas significó un avance y un campo importante para la lucha de la emancipación femenina. A diferencia de otros movimientos políticos y filosóficos, el socialismo si reclamaba una participación decidida de todos los seres humanos en la emancipación social. Y en esa lucha la mujer encajaba perfectamente.
            Aun así esto no quiere decir que no hubiese distintas escuelas dentro del propio socialismo. No hay que dejar de pensar que muchos de aquellos primeros socialistas eran hijos de una época donde la situación de la mujer era de estar en un segundo lugar.
            Pero el desarrollo de ese primer socialismo, cuyos orígenes hay que rastrearlo en los albores de la Revolución francesa, sirvió para poner en primera línea del debate la situación de la mujer dentro de la sociedad. A medida que las teorías socialistas fueron perfeccionando su discurso y fueron fundando organizaciones de muy amplio alcance la participación de la mujer se tornó fundamental para entender su desarrollo.
            El denominado socialismo utópico por Marx, ya comenzó a trabajar estos aspectos. Charles Fourier, Saint Simon, Cabet, etc., ya comenzaron a hablar de sociedades igualitarias, en lugares ficticios o reales, donde la cooperación entre todos los integrantes era fundamental. La mujer pasaba a tener un protagonismo que hasta entonces no había conocido, pero todavía quedaba mucho camino por recorrer. Sin ir más lejos esas sociedades ideales tenían que ser un ejemplo de cómo el sistema capitalista era injusto. No hablaban de una organización que derribase el modelo económico capitalista con lo que para socialistas posteriores muchas de estas propuestas se quedaron cortas. La cuestión no era solo demostrar que el capitalismo era injusto. El objetivo era una transformación social a gran escala donde la emancipación femenina era parte imprescindible del programa revolucionario.
            En estas últimas cuestiones irrumpió una mujer que imbuida por esas corrientes socialistas incipientes y marcando la impronta de lo que será el posterior desarrollo del obrerismo, marcó un antes y un después en el proceso de toma de conciencia de la mujer y su vinculación al obrerismo militante. Flora Tristán nació en París en 1803. Aunque su padre no la reconoció como tal (un militar peruano), adoptó su apellido. La vida de Flora Tristán no fue sencilla. Se instaló con su madre en París y desde muy temprano comenzó a trabajar. Con apenas 17 años se casó con el dueño de la litografía donde trabajaba, André Chazal, con el que tuvo tres hijos. Debido a los malos tratos, Flora se separó de su marido. Nunca acepto esta situación su marido. Un juzgado determinó que el hijo varón de Flora se tenía que ir con el padre, quedando de esa manera ella completamente libre. Flora se quedó con su hija Aline, que será la madre del pintor Paul Gauguin. Otro de sus hijos había fallecido poco después de nacer.
            Tras un viaje a Perú, volvió a Francia y se entregó de lleno a la lucha obrera y por la emancipación de la mujer. En 1840 publicó su obra La Unión Obrera, uno de los programas más avanzados del socialismo, del que pensadores posteriores como Marx, Proudhon o Bakunin se basaron. Para Flora Tristán la emancipación del proletariado solo podía ir unida a la emancipación de la mujer. Solo de esa manera se conquistaría una sociedad socialista que de lo contrario quedaría incompleta. Sin embargo esta trayectoria de Flora Tristán se vio truncada cuando en 1844, con apenas 41 años de edad, falleció víctima del tifus.
            La figura de Flora Tristán ya marcó las pautas del comportamiento del socialismo en general con la cuestión de mujer. Las figuras de Karl Marx y Friedrich Engels vieron en el programa de Flora Tristán uno de los antecedentes para aplicar a su propia ideología. Sin embargo el marxismo entendía la lucha de las mujeres englobada en la lucha general del proletariado. No se detuvo de forma concreta en este aspecto salvo en algunos pasajes de sus obras. Una de estas obras que realiza una radiografía de la sociedad de la segunda mitad del siglo XIX y muestra la situación de la mujer, es la obra de Friedrich Engels Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado. Para Engels el modelo de familia estaba íntimamente relacionado con el modelo económico imperante. Los esquemas de la familia y del rol de la mujer en la misma eran producto del sistema de explotación capitalista y del modelo social que él legaba. Pero esta radiografía social del marxismo no iba acompañada de ninguna medida concreta por parte del análisis marxista. Tuvo que pasar un tiempo para que el marxismo fuese adquiriendo un discurso femenino propio con el desarrollo de grandes figuras en las organizaciones marxistas internacionales.
            La otra gran corriente del movimiento obrero, el anarquismo, tuvo distintas visiones de este mismo asunto. Por una parte de situó la posición de Pierre-Joseph Proudhon. El padre del federalismo libertario y uno de sus más importantes pensadores dejó constancia de su visión de la mujer en su obra La pornocracia o la mujer en nuestros tiempos. Proudhon parte de un punto similar del aplicado anteriormente a la obra de Engels (teniendo en cuenta que la obra de Proudhon es previa). La sociedad capitalista mantiene a la mujer en una posición de inferioridad respecto al varón. Sin embargo, para Proudhon la mujer tiene que tener el rol de la compañera del revolucionaria en el proceso de emancipación. No le concede una posición de primer orden.
            Si bien las teorías de Proudhon en lo que se refiere a organización política y social tuvieron una gran acogida en el seno del anarquismo internacional, la posición de la mujer no fue la más seguida en el mismo. En este sentido las aportaciones de Mijail Bakunin y Piotr Kropotkin fueron decisivas. Para estos dos anarquistas el papel de la mujer era equivalente al del hombre. Incluso más teniendo en cuenta la posición de inferioridad social con la que parte en el seno del capitalismo. Para Bakunin y Kropotkin la mujer es un sujeto revolucionario al igual que el hombre. Su participación en las organizaciones de transformación social así como en el propio proceso revolucionario tiene que ser decisiva para conseguir su completa emancipación. De esta manera el anarquismo recogía toda la tradición legada desde la Revolución francesa por Olimpia de Gouges pasando por todas las aportaciones del feminismo anglosajón, sobre todo de la figura de Mary Wollstoncraft, o la de Flora Tristán.
            Pero el mejor ejemplo de este avance se comprobó en la participación de la mujer tanto en las organizaciones obreras emergentes, como la Asociación Internacional de los Trabajadores, o en procesos revolucionarios como la Comuna de París de 1871. En este último caso la participación de la mujer fue fundamental. Los nombres de Louise Michel o Nathalie Lemel destacaron por encima de muchos otros. La maestra Louise Michel nacida en 1830 comenzó a tomar contacto con los círculos revolucionarios parisinos desde muy temprano, sobre todo con la figura de Jules Vallès. Adscrita en un principio a las corrientes revolucionarias de Auguste Blanqui y unida sentimentalmente al también blanquista Theopile Ferré, participó activamente en la Comuna de París como propagandista, integrante del 61 Batallón, enfermera y asesora de instrucción y educación. Louise Michel combatió en las barricadas. Detenida fue juzgada y condenada por los versalleses a la pena de deportación perpetua en Nueva Caledonia. Su compañero Theopile Ferré fue fusilado en noviembre de 1871. En su deportación, Louise Michel aprendió la lengua de lo canacos, aborígenes de la zona donde estaba recluida y les animó a la iLe Libertaire. La “Virgen Roja” como era conocida, falleció en 1905 mientras realizaba una gira propagandistica a favor del anarquismo.
nsurrucción contra el colonialismo. A su regreso a Francia en 1880 comenzó a tomar contacto con los círculos anarquistas y fue nuevamente detenida tras la manifestación contra el paro y la carestía convocada en 1883. Liberada en 1886, fue objeto de un atentado en 1887 por parte de un reaccionario. Tras la participación en una revuelta en Vienne, Louise Michel fue detenida y tras su liberación se estableció en Londres. Regreso a Francia en 1895 para participar junto a Sebantian Faure en el periódico
            Nathalie Lemel fue una de las primeras mujeres afiliadas a la Internacional en 1866. Fue una de las impulsoras de la cooperativa “La Marmita” que distribuía alimentos entre las clases más necesitadas. Con el estallido de la Comuna de París, Nathalie Lemel fundó la Unión de Mujeres, y fue una de las defensoras más activas de los principios revolucionarios de la Comuna y una de sus últimas resistentes. Adscrita ideológicamente al anarquismo, Lemel fue detenida, juzgada y condenada a la deportación en Nueva Caledonia, al igual que Louise Michel. De regreso a Francia siguió participando de las actividades obreras hasta su fallecimiento en 1921.
            Pero la participación de las mujeres en la Comuna fue mucho más allá que alguno nombres. Durante las jornadas de la Comuna las mujeres participaron en igualdad de condiciones junto a los hombres en la defensa de París y en la construcción del modelo revolucionario. Fueron soldados, enfermeras, maestras, cocineras, doctoras, etc. Todos los servicios fueron representados también por mujeres. Pasaron a la historia las llamadas petroleras, que aunque se decía que su objetivo era quemar París, en realidad fueron grupos de obreras que defendieron los principios de la Comuna hasta sus últimos días de la Semana Sangrienta de mayo de 1871. Muchas de ellas fueron fusiladas en Père Lachaise. La Unión de Mujeres por la defensa de París y mujeres como Elisabeth Dimitriev pasaron a la historia del movimiento obrero.
            Con la represión de la Comuna de París, el movimiento obrero internacional mostró sus posibilidades reales de tomar el poder de forma efectiva. Y en ese primer ensayo las mujeres, que se habían ido vinculando a la Internacional y a los distintos organismos obreros de forma paulatina, tuvieron un papel destacado y protagonista.