miércoles, 16 de junio de 2021

JUAN GÓMEZ CASAS O EL ANARCOSINDICALISMO. CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE JUAN GÓMEZ CASAS

 


Artículo publicado en El Obrero

Este 2021 esta siendo un año de muchas conmemoraciones. Hace unos días se recordaba el 90 aniversario de la Segunda República. También este año es el centenario del desastre de Annual que marcaba el inicio del fin de la Restauración.

Como hitos del movimiento obrero, este 2021 se cumplen 150 años de la Comuna de París, el centenario de la Comuna de Kronstadt o el centenario de la muerte de Piotr Kropotkin. No son datos menores y es labor del historiador recuperarlos y situarlos en su contexto histórico. Numerosos actos, dentro de esta situación complicada que nos ha tocado vivir, se están realizando en esta línea.

Pero este año 2021 también se cumple 100 años del nacimiento de uno de los personajes que marcó la vida de la CNT en los duros años de la dictadura y en la Transición democrática. No puede pasar desapercibido que el 16 de abril de 1921 nacía Juan Gómez Casas, el que fuese el primer secretario general de la CNT tras la legalización en 1977 y que marcó toda una época en un momento de crisis del anarcosindicalismo español. Además, el destino quiso que su vida se apáguese en 2001, por lo que este año también se cumple veinte años desde su fallecimiento. Valgan estas líneas para comprobar la importancia de Gómez Casas y su labor fundamental en la reconstrucción de la CNT.

Una vida dedicada al movimiento obrero

                Juan Gómez Casas nació en Burdeos, el 16 de abril de 1921. Hijo de la emigración, su familia que se tuvo que trasladar al país vecino para buscar mejor suerte. Ya entonces, el padre de Gómez Casas era un activo militante de la CNT, lo que hace que desde muy temprano la vida se vincule al movimiento obrero.

                Con la proclamación de la Segunda República en abril de 1931, gran parte de la emigración y exilio libertario regresó a España, entre ellos la familia de Gómez Casas. Siendo joven se afilia a la CNT y pasa también a formar parte de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, organización juvenil anarquista fundada en 1932. En ambas organizaciones Juan Gómez Casas sería un destacado militante.

                Al producirse el golpe de Estado contra la República, Gómez Casas es aun menor de edad por lo que no puede pasar a engrosar las filas del ejército republicano. Aun así, tuvo una actividad protagonista en las industrias socializadas y participó de proceso revolucionario que se abrió en diversos lugares de la retaguardia republicana. Fue en 1938 cuando fue movilizado en la 39 Brigada Mixta, siendo uno de los integrantes de la llamada “quinta del biberón”.

                Al finalizar el conflicto, Gómez Casas evitó la cárcel por su minoría de edad, pero eso no le impidió lanzarse a la lucha clandestina contra el franquismo, siendo uno de los que reconstruye las estructuras del movimiento libertario en la clandestinidad. Esa actividad que mantendría durante años finalizó con su detención y encarcelamiento en 1948, en el contexto del Trienio del Terror del franquismo, donde casi la totalidad de las estructuras clandestinas de los organismos de izquierda fueron desarticuladas.

                Aunque evitó la pena de muerte, Gómez Casas fue condenado a 30 años de prisión, pasando por distintos penales, algunos de ellos los más duros del franquismo: San Miguel de los Reyes, Ocaña, Burgos. Aquel largo tiempo en prisión sirvió como escuela para Gómez Casas. La prisión de Burgos era considera una “universidad” para los opositores políticos al franquismo. Allí Gómez Casas conoció a diversos personajes de las mas variadas ideologías y siguió forjando su pensamiento libertario. Incluso en el interior de las ergástulas del franquismo Gómez Casas no dejó de reconstruir los organismos libertarios.

                Catorce años estuvo Gómez Casas en prisión, hasta que fue liberado en 1962. A partir de entonces, Juan Gómez Casas inicia varias actividades. Siguió en la clandestinidad participando de la reconstrucción de los organismos del movimiento libertario, manteniendo contacto con las estructuras del exilio y oponiéndose a iniciativas como las del cincopuntismo. Por otra parte, y junto a su trabajo de pintor de brocha gorda, se convierte en uno de los intelectuales más importantes del campo del obrerismo. Después de su liberación, Gómez Casas escribe Cuentos carcelarios, donde recuerda su vida en el interior de la cárcel. Igualmente, para ganarse la vida escribe diversas obras que no puede firmar con su nombre, actuando a veces con el seudónimo de Jacques de Gaulle. Algo usual en la época, pues muchos periodistas y escritores se ganaban la vida escribiendo con seudónimos o escribiendo para otros (un ejemplo fue también Eduardo de Guzmán). Sus conocimientos de idiomas, hace que Gómez Casas realicé también traducciones para algunas editoriales, como Zero ZYX o, incluso la Editora Nacional, cuando en 1977 traduce y prologa la obra de Proudhon El principio federativo.

                En la década de 1970, cuando se establece que la CNT se tiene que reconstruir, Gómez Casas participa de varias iniciativas como la creación y desarrollo en Madrid del grupo Anselmo Lorenzo, que sería uno de los embriones de la futura reconstrucción del anarcosindicalismo madrileño. En esta reconstrucción su nombre es fundamental, junto a de otros militantes de la época como Fidel Gorrón, Pedro Barrios o Luis Andrés Edo.

                La actividad de Gómez Casas en aquellos años de estertores del franquismo político es fundamental. Participó de numerosas asambleas y mítines, destacando el que se realizó el 27 de marzo de 1977 en la localidad de San Sebastián de los Reyes, primer acto público masivo del movimiento libertario desde le final de la Guerra, o el también importante mitin de Valencia. SU participación en actos en Francia también fue muy importante.

                La foto más famosas de la época de Gómez Casas, fue la que se realizó junto a Pedro Barrio cuando el 7 de mayo de 1977 depositaban los estatutos de la CNT en el registro de asociaciones y ponían fin a 39 años de clandestinidad del anarcosindicalismo. Gómez Casas pasaría a ser el primer secretario general de la CNT en esta nueva etapa.

                Su labor sindical es fundamental para entender aquellos años del anarcosindicalismo donde Gómez Casas vio que el proyecto planteado comenzaba a resquebrajarse con motivo de las escisiones de 1979 y 1983 y al calor de sucesos como el Caso Scala y las consecuencias que tuvo, si bien esto último no es el único factor determinante en la crisis del anarcosindicalismo.

                En aquella época, como en otras, una mente sindicalista como la de Gómez Casas establecía, establecía tres tendencias dentro del organismo sindical. Una “izquierdista” que hablaba de una CNT global y anarquista, una de “derechas”, que hablaba de la CNT como un organismo meramente sindical vaciado de contenido ideológico y una anarcosindicalista, que él mismo defendía, donde la CNT era concebida como un organismo de defensa de los trabajadores en busca de la mejora de sus condiciones materiales, pero sin dejar de lado el futuro revolucionario, partiendo de las bases fundacionales y estructurales de una organización libertaria.

                Fue un personaje con las ideas claras y un interlocutor preciado no solo por la CNT sino por otros personajes de la época. Intento mediar en todo momento entre los distintos sectores de la CNT para que la organización no se rompiese, pues era consciente que, en todos los momentos históricos, la CNT tuvo diversidad de opiniones y eso enriqueció el debate. Sin embargo, en esta ocasión, las posiciones fueron enconadas, el choque y ruptura generacional del franquismo se dejó sentir, y la CNT acabó escindida. Igualmente, como sindicalista, Gómez Casas no desdeñó hablar y dialogar con otras organizaciones sindicales para establecer acuerdos puntuales. Su relación con Nicolás Redondo, líder de la UGT, fue cordial.

                Sin embargo, las escisiones de 1979 y 1983 redujeron la influencia de la CNT, que prácticamente quedó en cuadro en la travesía de los ochenta. Gómez Casas siguió en la organización, participando de sus estructuras y de numerosos actos, hasta que su salud se fue debilitando. Falleció en Madrid el 27 de agosto de 2001.

Intelectual de la brocha y la pluma. Gómez Casas como historiador obrero

                Ya se ha remarcado la impronta intelectual que Gómez Casas va a desplegar una vez que salió de prisión en 1962. Sin embargo, su labor va a ser ingente y sus obras de carácter histórico se van a convertir en referencia para el estudio del movimiento obrero en la historia de España. Esa labor de Gómez Casas tampoco era nueva, pues lo que hizo fue seguir la estela de otros militantes obreros que hicieron historia obrera para la clase obrera. Así, Gómez Casas se enmarca en la tradición que abrió Anselmo Lorenzo con El proletariado militante, Manuel Buenacasa con El movimiento obrero español, 1886-1926 o José Peirats con La CNT en la Revolución española, entre otras muchas obras históricas de estos autores. Todos ellos tienes unas características básicas: utilizan las fuentes históricas para componer sus obras. No son memorias, sino que intentan justificar sus conclusiones a partir de los documentos y experiencias. Gómez Casas siguió los mismos recursos en su ingente obra. Y la muerte de Gómez Cosas rompió esa línea de historiadores obreros que se había iniciado en el siglo XIX.

                Numerosas fueron las obras que Gómez Casas aportó, algunas de ellas fundamentales para el entendimiento del movimiento obrero en general y del anarquista en particular. Junto a España 1970, La Primera Internacional (1974), Los anarquistas en el gobierno (1977) o Nacionalimperialismo y movimiento obrero en Europa hasta la Segunda Guerra Mundial (1985) hay que destacar tres obras clave: Historia del anarcosindicalismo español (1968), Historia de la FAI (1977) y Relanzamiento de la CNT (1984).

                Historia del anarcosindicalismo español e Historia de la FAI se convierten en dos obras clave. La primera porque reconstruyó el movimiento que dio como fruto el nacimiento de la CNT hasta el final de la Guerra. Y la segunda porque hasta hace poco era la única monografía dedicada a la organización anarquista específica. Aun hoy estas obras siguen siendo referencia, lo que llevó a que en 2006 se reeditase la primera y en 2002 a que se reimprimiese la segunda. Es evidente que hay cuestiones en estas obras que a nivel historiográfico o están superadas o no se sostienen, pero son de una rigurosidad impecable, gran parte de sus conclusiones son clave para entender el movimiento anarquista en España y en el caso de la obra de la FAI nos encontramos ante una obra ecuánime sobre esta organización, alejada de lugares comunes.

                Además, a pesar de que se ha querido minusvalorar sus aportaciones calificando estas obras como “historia militante”, lo cierto es que muchas de ellas cumplen los criterios básicos de la historia científica, con un riguroso tratamiento de las fuentes primarias, muchas de las cuales son desconocidas aun hoy en algunas historias generales del anarquismo. Y eso estructura una cohesionada historiografía obrera, donde también entrarían algunos nombres propios del campo del socialismo o del comunismo.

                No se podía dejar pasar la oportunidad de recordar a Juan Gómez Casas en el centenario de su nacimiento y en el veinte aniversario de su muerte. Un personaje central en la historia del anarcosindicalismo cuyas aportaciones en distintos aspectos son indelebles a la historia obrera en España.


jueves, 8 de abril de 2021

DOS COMUNAS EN LA MEMORIA


 Artículo publicado en el número 381 del periódico Tierra y Libertad

En este año 2021 se conmemora dos acontecimientos que marcaron un antes y un después en la historia del movimiento obrero en general y del anarquismo en particular. La historia de dos movimientos revolucionarios que cambiaron la forma entender algunos procesos políticos y sociales, que marcaron las diferencias entre revolucionarios y que iniciaban, en todas sus variables, momentos diferentes. Ambos se produjeron con 50 años de diferencia, en espacios geográficos alejados, pero compartían muchas similitudes así como sus diferencias: la Comuna de París de 1871 y la rebelión de los marinos de Kronstadt en 1921. Han pasado 150 y 100 años respectivamente de ambos acontecimientos. Sin embargo, su memoria indeleble sigue estando presente y es objeto de debate.

Cuando en París estalló la revolución

                Si algo distinguió a Francia desde el final del siglo XVIII y a lo largo del XIX fue que se presentó como un laboratorio de ideas y movimientos que eran vistos con admiración y temor por el resto del continente y del mundo. Si la Revolución Francesa iniciada en 1789 significó la puesta en práctica de gran cantidad de teorías políticas que habían mostrado su oposición al Antiguo Régimen así como la irrupción de las masas obreras en los procesos revolucionarios también fueron derrotadas por la fuerza de las armas por diversas circunstancias. El poso dejado por aquellos revolucionarios no fue desechado por sus defensores en el siglo XIX. Si en 1830 Francia conquistó sus derechos liberales en 1848 hizo lo mismo con los democráticos. Y aunque se produjeron flujos y reflujos en el proceso, lo cierto fue que aquellas jornadas la conciencia del obrerismo incipiente fue conformando todo un movimiento que se preparaba para el asalto.

                La fundación de la Primera Internacional bajo parámetros franceses e ingleses posibilitó al movimiento obrero francés conformar una herramienta supranacional que articulase y estructurase sus actividades. La figura de Proudhon fue capital en todo aquel proceso.

                Pero Europa estaba dirimiendo un conflicto entre potencias que estaba conformando el futuro mapa político que llevó al mundo a la Primera Guerra Mundial. Uno de esos episodios fue el enfrentamiento abierto entre la Francia de Napoleón III y la Prusia de Bismarck y el Kaiser Guillermo. La guerra franco-prusiana de 1870 y la derrota en Sedan de las fuerzas imperiales francesas abrió un escenario en Francia que intentó en muchos puntos retomar el proceso que se había abierto en 1848. Mientras algunos reivindicaron la vuelta a la República otros consideraron que aquella moderada tenía que ser superada por una social. Con un movimiento obrero mejor estructurado, muchas ciudades francesas se lanzaron a la constitución de organismo revolucionarios que pusieran en práctica los modelos de democracia directa. Lyon fue la primera pero donde más trascendencia tuvo el acontecimiento fue en la ciudad de París.

                Con una Francia sitiada por las fuerzas del Kaiser, un gobierno nacional que buscaba una capitulación y que veía mayor peligro en las fuerzas revolucionarias del interior del país, los revolucionarios parisinos se hicieron con el control de la ciudad, la Guardia Nacional controló los cañones del Montmartre y neutralizó a las fuerzas del gobierno de Thiers. Unos días después celebraron unas elecciones donde la victoria fue sin paliativos para las fuerzas partidarias de proclamar a París en Comuna, estableciendo un autogobierno de la ciudad, la supresión de los consejos de guerra, la amnistía para los presos políticos y la libertad de prensa. Un movimiento encabezado por trabajadores e intelectuales, con representación de todas las escuelas del socialismo y de las ideas más avanzadas. Allí había proudhonianos o bakuninistas como Benoît Malon, Eugène Varlin, Jules Vallès o Charles Longuet. Había blanquistas (seguidores de Auguste Blanqui) como Théophile Ferré o Raoul Rigalt. Jacobinos como Charles Delescluze o Gustav Flourans. O marxistas como Leo Frankel o Auguste Serrailler.

                Aquel grupo diverso dio como resultado una serie de medidas que fueron inéditas en la historia de la Francia y del movimiento revolucionario internacional. Lo primero que aplicaron los comuneros parisinos fue una política de representación federal, donde cada arrondisement (distritos) tenía su comité y sus órganos decisorios.  Un federalismo que bebía directamente del modelo de Pierre Joseph Proudhon.

                La Comuna optimizó los recursos de primera necesidad creando comedores populares al estilo de las clásicas Marmitas. Se vació de contenido político al funcionariado parisino y se estableció que serían de designación directa por el pueblo de París y con cargo revocables. Las condiciones de vida de la clase obrera fueron mejoradas, con el establecimiento de la jornada de 8 horas y la regulación del trabajo, en influencia directa de la Primera Internacional. Se reconoció el matrimonio civil y las uniones libres, dando carta de naturaleza jurídica los hijos que naciesen de estas uniones en igualdad de condiciones. Igualmente, impulsados por personajes como Édouard Vaillant o Louise Michel, se aprobó un modelo educativo laico, dando carta de naturaleza a la separación total entre la Iglesia y el Estado, con el fomento de la educación obligatoria, las formaciones profesionales y la coeducación de sexos.

                Durante las jornadas de la Comuna, la mujer tuvo una participación activa. Proliferaron clubs y asociaciones de mujeres, al frente de las cuales estaban Louise Michel, Nathalie Lemel, André Leó o Elisabeth Dmitriev. Las mujeres tuvieron un papel protagonista en la formación política y en la defensa de la ciudad París. Por ello pasaron a la historia con el apelativo peyorativo de las petroleuses (las petroleras) en resonancia a las tricoteuses de la Revolución de 1789.

                La Comuna de París abolió el culto obligatorio de la Iglesia aunque dejó libertad a cada habitante de profesar la religión que quisiera. Igualmente, abolieron la pena de muerte, con la destrucción simbólica de guillotinas a los pies del filósofo y escritor Voltaire. Retomaron el calendario de la revolución y algunos monumentos simbólicos, como la Columna Vendôme o la casa de Thiers fueron destruidas como inicio de una nueva era.

                Los organismos de gobierno estaban basados en la democracia directa, con la proliferación de clubs de todas las ideologías, así como que la defensa de la Comuna correspondió a la Guardia Nacional. Se fomentó las artes y la cultura, lo que hizo que artistas de primer nivel como Gustav Courbet participasen de forma activa.

                Sin embargo, la Comuna tuvo tres elementos en contra que determinó su derrota. El primero que el movimiento no se extensivo a todo el territorio francés y los intentos de articulación de comunas similares en lugares como Marsella, Lyon. Narbonne, etc., fracasaron. Por otra parte, Francia estaba en guerra con los prusianos, y para estos los ideales de la comuna tenían que ser derrotados. Y, por último, en consonancia con los prusianos, el gobierno que había salido de París hacia Versalles también quería la derrota total del movimiento revolucionario. Thiers desde el gobierno, Gallifet y MacMahon al frente del ejército emprendieron una ofensiva contra el París revolucionario que liquidó la experiencia en la llamada “Semana Sangrienta”, y donde perdieron la vida un gran número de comuneros. EL 28 de mayo de 1871, las ultimas resistencia de la Comuna de París en el cementerio de Pere Lachaise sucumbían.

                La represión contra la Comuna se saldó con 30000 fusilados, miles de encausados, condenados a distintas penas y deportados a las colonias francesas. Durante muchos años hablar de la Comuna estuvo prohibido en Francia, aunque sus ecos, sus simbologías y su trascendencia marcó el dinamismo del movimiento revolucionario internacional.

La flor y nata de la Revolución rusa. Kronstadt


                La historia quiso que cuando se conmemoraba el 50 aniversario de la Comuna de París que había sido antorcha de muchos movimientos, se produjera el trágico final de otro intento de hacer variar el curso de la revolución.

                A muchos kilómetros de París, en la isla de Kotlin, frente a Petrogrado (hoy San Petersburgo), unos marinos revolucionarios quisieron continuar con el legado aportado por la Revolución de octubre de 1917 y fueron aplastados por ello.

                Hay que ponerse en situación. En Rusia, en octubre de 1917, las fuerzas revolucionarias se habían hecho con el control pero la reacción contra las mismas hizo que estallase una larga Guerra Civil (1918-1921). La ciudad de Kronstadt era una de las plazas fuertes del Báltico, donde los marinos a ella adscrita había participado de todos los movimientos revolucionario desde inicios del siglo XX.

                Kronstadt había tenido unas características peculiares y aquella plaza era un hervidero de ideas. El soviet de Kronstadt se caracterizó por su pluralidad: bolcheviques, socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas y un largo etcétera. Durante la Revolución de febrero, Kronstadt actuó como una república independiente, pues no reconocía al gobierno provisional y presionaba a la revolución socialista. Un marino anarquista, Efim Yarchuk, formado en la ciudad de Bialystok era uno de sus más dinámicos impulsores. La revolución de octubre no habría sido posible sin esos marinos de Kronstadt como tampoco su resistencia numantina cuando la revolución fue atacada por las tropas blancas. Fue un también un marino anarquista de Kronstadt, Anatoli Zhelezniakov, quien puso fin a las actividades de la efímera Asamblea Constituyente Rusa.

                El objetivo de los marinos Kronstadt al igual que los comuneros parisinos, era una democracia obrera directa. Pero la guerra civil impidió cualquier intento o desarrollo de debate entre las escuelas revolucionarias, cuestión que fue aprovechada por los bolcheviques para reforzar su poder en el gobierno soviético.

                Cuando la Guerra Civil tocaba a su fin, esos marinos que habían estado tres años combatiendo a los blancos y muchos de ellos habían perdido la vida, creyeron que era el momento de volver a plantear el modelo de revolución que se tenía que implementar. Además, habían denunciado que la política bolchevique había actuado en muchas ocasiones en contra de los intereses de los obreros. Eso hizo que los bolcheviques de Kronstadt fuesen perdiendo influencia o bien se posicionasen en los sectores críticos al gobierno.

                Las políticas gubernamentales y el modelo revolucionario hicieron que los marinos de Kronstadt emitiesen en febrero de 1921 un documento con una serie de reivindicaciones, amparándose en la potestad del plural soviet de su zona de influencia. Los marinos de Petropavloks y del Sebastapol pedían libertad de expresión para todas las corrientes de la izquierda, soviets libres sin control de ningún partido político y corrección de la política económica impulsada por el comunismo de guerra. No dejaban de ser reivindicaciones en consonancia con otros movimientos como el de Majnó en Ucrania o el de Antonov en la región de Tambov.

                Al frente de aquellos marineros estaba un antiguo militante del Partido Bolchevique que la había abandonado por divergencias con la dirección del partido: Stepan Petrichenko. Junto a él, un simpatizante del anarquismo: Perepelkin.

                La rebelión de los marinos de Kronstadt no es una revuelta de ninguna ideología en concreto y lo fueron de todas que criticaban desde la izquierda la política de los bolcheviques. A pesar de la propaganda de la prensa gubernamental, que trataba de vincular el movimiento de Kronstadt a las fuerzas blancas y contrarrevolucionarias, el gobierno de Lenin era consciente que aquello era otra cosa. Era una revuelta de la izquierda revolucionaria, pedían la vuelta al modelo plural de octubre de 1917 y no se sentían identificados con la dictadura de un solo partido. Si la idea era la negociación, aquello tenía visos de extenderse demasiado en el tiempo y se podía poner en peligro el poder de los bolcheviques. A pesar de los intentos de mediación, la opción gubernamental fue la represión contra los marinos de Kronstadt. Zinoviev, Trotsky y Tujachevsky encabezaron el ataque que en apenas una semana liquidó la resistencia del Comité Revolucionario del Petropavlosk.

                La idea de una Tercera Revolución de aquellos marinos, que conformaban una puzzle y caleidoscopio de ideas y iniciativas, fracasó por la fuerza de las armas. Anarquistas, socialistas revolucionarios o bolcheviques de izquierdas acabaron juzgados y presos por su apoyo a Kronstadt. Trostky, que había definido Kronstadt como “la flor y nata de la revolución” varió su visión para catalogarla en 1921 como “la canalla contrarrevolucionaria”. Esos bolcheviques que reprimieron a Kronstadt fueron víctimas unos años después de las persecuciones estalinistas: Trostsky, Zinoviev, Piatakov, Tujachevsky, Dybenko, etc.

                Kronstadt no fue una revuelta antibolchevique, como pudo ser la de Antonov. Lo que buscaron aquellos marinos fue articular una nueva base de poder revolucionario y continuar con el proceso que se abrió en 1917. Sus resultados fueron catastróficos.

                Mismo final para dos comunas, la de París y la de Kronstadt, que creyeron en todo momento en la necesidad de un movimiento revolucionario plural y donde el anarquismo tuvo un papel protagonista.

martes, 6 de abril de 2021

NOVEDAD EDITORIAL: Historia de la FAI. El anarquismo organizado

 

La Federación Anarquista Ibérica fue fundada en 1927 como una confluencia de grupos anarquistas portugueses y españoles (algunos de ellos en el exilio), constituyendo la principal organización específica del anarquismo en la península ibérica. Desde sus inicios estuvo ligada a la CNT y a los movimientos obreros y sindicales, en los que desempeñó un papel fundamental. En este libro Julián Vadillo realiza un exhaustivo recorrido por la historia de la FAI, desde sus antecedentes y sus orígenes durante la dictadura de Primo de Rivera hasta la época de la Segunda República y la Guerra Civil, destacando la influencia que tuvieron en su fundación acontecimientos como la Primera Guerra Mundial o la Revolución rusa, así como la importancia de los numerosos debates ideológicos y congresos organizados por grupos anarquistas desde principios de siglo. Se analizan también en detalle la repercusión que tuvieron publicaciones como Tierra y Libertad o Solidaridad Obrera, destinadas a promulgar el pensamiento anarquista.

PRÓLOGO por Juan Pablo Calero

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1. Los antecedentes de una organización específica. De la Alianza de la Democracia Socialista a la Organización Anarquista de la Región Española (1868-1900)

CAPÍTULO 2. De la dispersión de grupos a la unión en una federación. Los debates del anarquismo en España (1900-1923)

CAPÍTULO 3. Los grupos anarquistas en la dictadura de Primo de Rivera. La fundación de la FAI

CAPÍTULO 4. Los senderos de la revolución. La FAI durante la Segunda República (1931-1936)

CAPÍTULO 5. La FAI en la guerra y la revolución. Cambio de estructura y paradigma.

EPÍLOGO. Del franquismo liberticida a la Transición y la Democracia en España.


lunes, 8 de marzo de 2021

DE COMO EL FASCISMO LLEGÓ AL PODER EN ITALIA. Lectura de “M. El hijo del siglo” de Antonio Scurati

 


Artículo publicado en El Obrero 

Hay muchas maneras de acercarnos a la historia del fascismo en Italia y muchos y buenos libros que lo hacen. Desde el punto de vista histórico o de las ideas, las obras sobre el mismo son innumerables. Un libro bien armado que siempre me gusta mucho es el de Robert Paxton Anatomía del fascismo. Muy completo y trabajo. Más sencillo, aunque con cuestiones discutibles, es el pequeño texto de Emilio Gentile Quién es fascista, donde a través de preguntas y respuestas se resume la llegada de Mussolini al poder y que similitudes tiene que los movimientos de la ultraderecha actual. La lista sería interminable, pues habría que pararse en Linz, Preston y un largo etcétera.

                Este verano he terminado de leer un libro que merece la pena acercarse para entender ese nacimiento del fascismo en Italia y la llegada de Mussolini al poder. En este caso, no se trata de un ensayo histórico sino de una biografía novelada, escrita por Antonio Scurati, con el título de M. El hijo del siglo, publicada por la editorial Alfaguara.

                En un voluminoso libro de más de 1300 páginas, Scurati nos hace un recorrido desde el año 1919 hasta 1924, donde el autor poniendo el protagonismo en distintos personajes recorre la historia de Italia que llevó al fascismo al poder. Como bien advierte el autor al inicio, aunque esta novelado y hay cuestiones que son propias de su pluma, la trama, la historia, los hechos, están documentos por distintas fuentes. Y hay que dar fe, desde el punto de vista historiográfico, que es así.

                Aunque el eje central de la obra es Benito Mussolini, el maestro, hijo de un herrero de Predappio, son innumerables los personajes que circulan por la obra. Fascistas como Amerigo Dùmini, Ítalo Balbo, Roberto Farinacci, etc.., junto a otros como Margherita Sarfatti, una de las amantes de Mussolini, socialistas como Filippo Turati o Giacomo Matteotti, comunistas como Amadeo Bordhiga, Nicola Bombacci o Antonio Gramsci, anarquistas como Malatesta o Fabbri, y un largo etcétera.

                La obra parte de la creación en la piazza de San Sepolcro de los Fascios de Combate y como poco a poco se fue conformando un movimiento que impuso la dictadura. Junto a la trama, el autor entre capítulo y capítulo incluye documentos reproducidos de la época que refuerzas lo explicado.

                A lo largo de las páginas vemos como un movimiento, fundado en la violencia que fue eje articulador, se va haciendo con el poder, con el apoyo de los grandes capitalistas italianos. Como, aunque el movimiento obrero y revolucionario, espoleado por las consecuencias de la Revolución rusa de 1917, no logró doblegar al Estado monárquico italiano. La división de ese movimiento y la “union” que liberales y otras tendencias políticas tenían en contra del mismo sirvió para que el fascismo fuese visto como una tabla de salvación. Intelectuales como Giovanni Gentile, Filippo Tomaso Marinetti, Gabriele D’Annunzio, Curzio Malaparte, Luigi Pirandello, Francesco Ercole, etc., también apoyaron al fascismo. D’Annunzio, que es uno de los protagonsitas del libro, es quizá el personaje más curioso con su toma irredenta de Fiume (actual Rijeka) y su distanciamiento del propio Mussolini.

                Destacaría varias cuestiones de la obra, pero voy a señalar dos. La primera es como de forma pormenorizada y exhaustiva, el autor del libro nos lleva a la preparación de la marcha sobre Roma de octubre de 1922, que hizo que Mussolini que se hiciese con el poder. Un Partido Nacional Fascista en minoría, que con el beneplácito del Rey Víctor Manuel III, se hizo con el control del poder e impuso la dictadura con el apoyo u omisión de los liberales. Como se volteó una ley electoral que permitió al fascismo hacerse con el control. Un golpe de Estado maquinado y auspiciado por muchos sectores.

                Otro hecho a destacar es el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti en 1924, perpetrado por pistoleros fascistas en esa estrategia de imposición del terror y la violencia. Mussolini quiso separar el acontecimiento de su persona, cosa imposible, pero al final nuevamente las circunstancias y el apoyo de las instituciones del Estado salvó al fascismo y significó la imposición de una dictadura totalitaria. Matteotti, muy molesto para los fascistas, se había convertido en el principal opositor al régimen de Mussolini, denunciado la violencia y la naturaleza criminal del fascismo (su libro Un año y medio de dominación fascista así lo atestigua), del que él mismo acabó siendo una víctima.

                Si tenemos que poner alguna puntualización al libro de Scurati sería su tratamiento del movimiento obrero. Ciertamente, existió un trasvase de militantes desde las distintas escuelas del socialismo al fascismo, siendo el propio Mussolini uno de ellos. Sin embargo, muchas veces queda una nebulosa y los márgenes del movimiento obrero no quedan bien marcados, pareciendo que el sindicalismo revolucionario fue una cuna del fascismo, en esa confusión o mal entendimiento que se llega en la lectura de Sorel, o los giros ideológicos que dieron algunos personajes de la Italia de finales de la década de 1910 e inicios de 1920. Algo que, por ejemplo, Emilio Gentile también deja en el aire.

                Quitando algunos aspectos, la obra de Scurati es muy recomendable y de lectura fácil y agradable, a pesar de su extensión. Merece la pena volver una y otra vez para comprobar como un país se lanzó al abismo.