jueves, 8 de abril de 2021

DOS COMUNAS EN LA MEMORIA


 Artículo publicado en el número 381 del periódico Tierra y Libertad

En este año 2021 se conmemora dos acontecimientos que marcaron un antes y un después en la historia del movimiento obrero en general y del anarquismo en particular. La historia de dos movimientos revolucionarios que cambiaron la forma entender algunos procesos políticos y sociales, que marcaron las diferencias entre revolucionarios y que iniciaban, en todas sus variables, momentos diferentes. Ambos se produjeron con 50 años de diferencia, en espacios geográficos alejados, pero compartían muchas similitudes así como sus diferencias: la Comuna de París de 1871 y la rebelión de los marinos de Kronstadt en 1921. Han pasado 150 y 100 años respectivamente de ambos acontecimientos. Sin embargo, su memoria indeleble sigue estando presente y es objeto de debate.

Cuando en París estalló la revolución

                Si algo distinguió a Francia desde el final del siglo XVIII y a lo largo del XIX fue que se presentó como un laboratorio de ideas y movimientos que eran vistos con admiración y temor por el resto del continente y del mundo. Si la Revolución Francesa iniciada en 1789 significó la puesta en práctica de gran cantidad de teorías políticas que habían mostrado su oposición al Antiguo Régimen así como la irrupción de las masas obreras en los procesos revolucionarios también fueron derrotadas por la fuerza de las armas por diversas circunstancias. El poso dejado por aquellos revolucionarios no fue desechado por sus defensores en el siglo XIX. Si en 1830 Francia conquistó sus derechos liberales en 1848 hizo lo mismo con los democráticos. Y aunque se produjeron flujos y reflujos en el proceso, lo cierto fue que aquellas jornadas la conciencia del obrerismo incipiente fue conformando todo un movimiento que se preparaba para el asalto.

                La fundación de la Primera Internacional bajo parámetros franceses e ingleses posibilitó al movimiento obrero francés conformar una herramienta supranacional que articulase y estructurase sus actividades. La figura de Proudhon fue capital en todo aquel proceso.

                Pero Europa estaba dirimiendo un conflicto entre potencias que estaba conformando el futuro mapa político que llevó al mundo a la Primera Guerra Mundial. Uno de esos episodios fue el enfrentamiento abierto entre la Francia de Napoleón III y la Prusia de Bismarck y el Kaiser Guillermo. La guerra franco-prusiana de 1870 y la derrota en Sedan de las fuerzas imperiales francesas abrió un escenario en Francia que intentó en muchos puntos retomar el proceso que se había abierto en 1848. Mientras algunos reivindicaron la vuelta a la República otros consideraron que aquella moderada tenía que ser superada por una social. Con un movimiento obrero mejor estructurado, muchas ciudades francesas se lanzaron a la constitución de organismo revolucionarios que pusieran en práctica los modelos de democracia directa. Lyon fue la primera pero donde más trascendencia tuvo el acontecimiento fue en la ciudad de París.

                Con una Francia sitiada por las fuerzas del Kaiser, un gobierno nacional que buscaba una capitulación y que veía mayor peligro en las fuerzas revolucionarias del interior del país, los revolucionarios parisinos se hicieron con el control de la ciudad, la Guardia Nacional controló los cañones del Montmartre y neutralizó a las fuerzas del gobierno de Thiers. Unos días después celebraron unas elecciones donde la victoria fue sin paliativos para las fuerzas partidarias de proclamar a París en Comuna, estableciendo un autogobierno de la ciudad, la supresión de los consejos de guerra, la amnistía para los presos políticos y la libertad de prensa. Un movimiento encabezado por trabajadores e intelectuales, con representación de todas las escuelas del socialismo y de las ideas más avanzadas. Allí había proudhonianos o bakuninistas como Benoît Malon, Eugène Varlin, Jules Vallès o Charles Longuet. Había blanquistas (seguidores de Auguste Blanqui) como Théophile Ferré o Raoul Rigalt. Jacobinos como Charles Delescluze o Gustav Flourans. O marxistas como Leo Frankel o Auguste Serrailler.

                Aquel grupo diverso dio como resultado una serie de medidas que fueron inéditas en la historia de la Francia y del movimiento revolucionario internacional. Lo primero que aplicaron los comuneros parisinos fue una política de representación federal, donde cada arrondisement (distritos) tenía su comité y sus órganos decisorios.  Un federalismo que bebía directamente del modelo de Pierre Joseph Proudhon.

                La Comuna optimizó los recursos de primera necesidad creando comedores populares al estilo de las clásicas Marmitas. Se vació de contenido político al funcionariado parisino y se estableció que serían de designación directa por el pueblo de París y con cargo revocables. Las condiciones de vida de la clase obrera fueron mejoradas, con el establecimiento de la jornada de 8 horas y la regulación del trabajo, en influencia directa de la Primera Internacional. Se reconoció el matrimonio civil y las uniones libres, dando carta de naturaleza jurídica los hijos que naciesen de estas uniones en igualdad de condiciones. Igualmente, impulsados por personajes como Édouard Vaillant o Louise Michel, se aprobó un modelo educativo laico, dando carta de naturaleza a la separación total entre la Iglesia y el Estado, con el fomento de la educación obligatoria, las formaciones profesionales y la coeducación de sexos.

                Durante las jornadas de la Comuna, la mujer tuvo una participación activa. Proliferaron clubs y asociaciones de mujeres, al frente de las cuales estaban Louise Michel, Nathalie Lemel, André Leó o Elisabeth Dmitriev. Las mujeres tuvieron un papel protagonista en la formación política y en la defensa de la ciudad París. Por ello pasaron a la historia con el apelativo peyorativo de las petroleuses (las petroleras) en resonancia a las tricoteuses de la Revolución de 1789.

                La Comuna de París abolió el culto obligatorio de la Iglesia aunque dejó libertad a cada habitante de profesar la religión que quisiera. Igualmente, abolieron la pena de muerte, con la destrucción simbólica de guillotinas a los pies del filósofo y escritor Voltaire. Retomaron el calendario de la revolución y algunos monumentos simbólicos, como la Columna Vendôme o la casa de Thiers fueron destruidas como inicio de una nueva era.

                Los organismos de gobierno estaban basados en la democracia directa, con la proliferación de clubs de todas las ideologías, así como que la defensa de la Comuna correspondió a la Guardia Nacional. Se fomentó las artes y la cultura, lo que hizo que artistas de primer nivel como Gustav Courbet participasen de forma activa.

                Sin embargo, la Comuna tuvo tres elementos en contra que determinó su derrota. El primero que el movimiento no se extensivo a todo el territorio francés y los intentos de articulación de comunas similares en lugares como Marsella, Lyon. Narbonne, etc., fracasaron. Por otra parte, Francia estaba en guerra con los prusianos, y para estos los ideales de la comuna tenían que ser derrotados. Y, por último, en consonancia con los prusianos, el gobierno que había salido de París hacia Versalles también quería la derrota total del movimiento revolucionario. Thiers desde el gobierno, Gallifet y MacMahon al frente del ejército emprendieron una ofensiva contra el París revolucionario que liquidó la experiencia en la llamada “Semana Sangrienta”, y donde perdieron la vida un gran número de comuneros. EL 28 de mayo de 1871, las ultimas resistencia de la Comuna de París en el cementerio de Pere Lachaise sucumbían.

                La represión contra la Comuna se saldó con 30000 fusilados, miles de encausados, condenados a distintas penas y deportados a las colonias francesas. Durante muchos años hablar de la Comuna estuvo prohibido en Francia, aunque sus ecos, sus simbologías y su trascendencia marcó el dinamismo del movimiento revolucionario internacional.

La flor y nata de la Revolución rusa. Kronstadt


                La historia quiso que cuando se conmemoraba el 50 aniversario de la Comuna de París que había sido antorcha de muchos movimientos, se produjera el trágico final de otro intento de hacer variar el curso de la revolución.

                A muchos kilómetros de París, en la isla de Kotlin, frente a Petrogrado (hoy San Petersburgo), unos marinos revolucionarios quisieron continuar con el legado aportado por la Revolución de octubre de 1917 y fueron aplastados por ello.

                Hay que ponerse en situación. En Rusia, en octubre de 1917, las fuerzas revolucionarias se habían hecho con el control pero la reacción contra las mismas hizo que estallase una larga Guerra Civil (1918-1921). La ciudad de Kronstadt era una de las plazas fuertes del Báltico, donde los marinos a ella adscrita había participado de todos los movimientos revolucionario desde inicios del siglo XX.

                Kronstadt había tenido unas características peculiares y aquella plaza era un hervidero de ideas. El soviet de Kronstadt se caracterizó por su pluralidad: bolcheviques, socialistas revolucionarios, mencheviques, anarquistas y un largo etcétera. Durante la Revolución de febrero, Kronstadt actuó como una república independiente, pues no reconocía al gobierno provisional y presionaba a la revolución socialista. Un marino anarquista, Efim Yarchuk, formado en la ciudad de Bialystok era uno de sus más dinámicos impulsores. La revolución de octubre no habría sido posible sin esos marinos de Kronstadt como tampoco su resistencia numantina cuando la revolución fue atacada por las tropas blancas. Fue un también un marino anarquista de Kronstadt, Anatoli Zhelezniakov, quien puso fin a las actividades de la efímera Asamblea Constituyente Rusa.

                El objetivo de los marinos Kronstadt al igual que los comuneros parisinos, era una democracia obrera directa. Pero la guerra civil impidió cualquier intento o desarrollo de debate entre las escuelas revolucionarias, cuestión que fue aprovechada por los bolcheviques para reforzar su poder en el gobierno soviético.

                Cuando la Guerra Civil tocaba a su fin, esos marinos que habían estado tres años combatiendo a los blancos y muchos de ellos habían perdido la vida, creyeron que era el momento de volver a plantear el modelo de revolución que se tenía que implementar. Además, habían denunciado que la política bolchevique había actuado en muchas ocasiones en contra de los intereses de los obreros. Eso hizo que los bolcheviques de Kronstadt fuesen perdiendo influencia o bien se posicionasen en los sectores críticos al gobierno.

                Las políticas gubernamentales y el modelo revolucionario hicieron que los marinos de Kronstadt emitiesen en febrero de 1921 un documento con una serie de reivindicaciones, amparándose en la potestad del plural soviet de su zona de influencia. Los marinos de Petropavloks y del Sebastapol pedían libertad de expresión para todas las corrientes de la izquierda, soviets libres sin control de ningún partido político y corrección de la política económica impulsada por el comunismo de guerra. No dejaban de ser reivindicaciones en consonancia con otros movimientos como el de Majnó en Ucrania o el de Antonov en la región de Tambov.

                Al frente de aquellos marineros estaba un antiguo militante del Partido Bolchevique que la había abandonado por divergencias con la dirección del partido: Stepan Petrichenko. Junto a él, un simpatizante del anarquismo: Perepelkin.

                La rebelión de los marinos de Kronstadt no es una revuelta de ninguna ideología en concreto y lo fueron de todas que criticaban desde la izquierda la política de los bolcheviques. A pesar de la propaganda de la prensa gubernamental, que trataba de vincular el movimiento de Kronstadt a las fuerzas blancas y contrarrevolucionarias, el gobierno de Lenin era consciente que aquello era otra cosa. Era una revuelta de la izquierda revolucionaria, pedían la vuelta al modelo plural de octubre de 1917 y no se sentían identificados con la dictadura de un solo partido. Si la idea era la negociación, aquello tenía visos de extenderse demasiado en el tiempo y se podía poner en peligro el poder de los bolcheviques. A pesar de los intentos de mediación, la opción gubernamental fue la represión contra los marinos de Kronstadt. Zinoviev, Trotsky y Tujachevsky encabezaron el ataque que en apenas una semana liquidó la resistencia del Comité Revolucionario del Petropavlosk.

                La idea de una Tercera Revolución de aquellos marinos, que conformaban una puzzle y caleidoscopio de ideas y iniciativas, fracasó por la fuerza de las armas. Anarquistas, socialistas revolucionarios o bolcheviques de izquierdas acabaron juzgados y presos por su apoyo a Kronstadt. Trostky, que había definido Kronstadt como “la flor y nata de la revolución” varió su visión para catalogarla en 1921 como “la canalla contrarrevolucionaria”. Esos bolcheviques que reprimieron a Kronstadt fueron víctimas unos años después de las persecuciones estalinistas: Trostsky, Zinoviev, Piatakov, Tujachevsky, Dybenko, etc.

                Kronstadt no fue una revuelta antibolchevique, como pudo ser la de Antonov. Lo que buscaron aquellos marinos fue articular una nueva base de poder revolucionario y continuar con el proceso que se abrió en 1917. Sus resultados fueron catastróficos.

                Mismo final para dos comunas, la de París y la de Kronstadt, que creyeron en todo momento en la necesidad de un movimiento revolucionario plural y donde el anarquismo tuvo un papel protagonista.

martes, 6 de abril de 2021

NOVEDAD EDITORIAL: Historia de la FAI. El anarquismo organizado

 

La Federación Anarquista Ibérica fue fundada en 1927 como una confluencia de grupos anarquistas portugueses y españoles (algunos de ellos en el exilio), constituyendo la principal organización específica del anarquismo en la península ibérica. Desde sus inicios estuvo ligada a la CNT y a los movimientos obreros y sindicales, en los que desempeñó un papel fundamental. En este libro Julián Vadillo realiza un exhaustivo recorrido por la historia de la FAI, desde sus antecedentes y sus orígenes durante la dictadura de Primo de Rivera hasta la época de la Segunda República y la Guerra Civil, destacando la influencia que tuvieron en su fundación acontecimientos como la Primera Guerra Mundial o la Revolución rusa, así como la importancia de los numerosos debates ideológicos y congresos organizados por grupos anarquistas desde principios de siglo. Se analizan también en detalle la repercusión que tuvieron publicaciones como Tierra y Libertad o Solidaridad Obrera, destinadas a promulgar el pensamiento anarquista.

PRÓLOGO por Juan Pablo Calero

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1. Los antecedentes de una organización específica. De la Alianza de la Democracia Socialista a la Organización Anarquista de la Región Española (1868-1900)

CAPÍTULO 2. De la dispersión de grupos a la unión en una federación. Los debates del anarquismo en España (1900-1923)

CAPÍTULO 3. Los grupos anarquistas en la dictadura de Primo de Rivera. La fundación de la FAI

CAPÍTULO 4. Los senderos de la revolución. La FAI durante la Segunda República (1931-1936)

CAPÍTULO 5. La FAI en la guerra y la revolución. Cambio de estructura y paradigma.

EPÍLOGO. Del franquismo liberticida a la Transición y la Democracia en España.


lunes, 8 de marzo de 2021

DE COMO EL FASCISMO LLEGÓ AL PODER EN ITALIA. Lectura de “M. El hijo del siglo” de Antonio Scurati

 


Artículo publicado en El Obrero 

Hay muchas maneras de acercarnos a la historia del fascismo en Italia y muchos y buenos libros que lo hacen. Desde el punto de vista histórico o de las ideas, las obras sobre el mismo son innumerables. Un libro bien armado que siempre me gusta mucho es el de Robert Paxton Anatomía del fascismo. Muy completo y trabajo. Más sencillo, aunque con cuestiones discutibles, es el pequeño texto de Emilio Gentile Quién es fascista, donde a través de preguntas y respuestas se resume la llegada de Mussolini al poder y que similitudes tiene que los movimientos de la ultraderecha actual. La lista sería interminable, pues habría que pararse en Linz, Preston y un largo etcétera.

                Este verano he terminado de leer un libro que merece la pena acercarse para entender ese nacimiento del fascismo en Italia y la llegada de Mussolini al poder. En este caso, no se trata de un ensayo histórico sino de una biografía novelada, escrita por Antonio Scurati, con el título de M. El hijo del siglo, publicada por la editorial Alfaguara.

                En un voluminoso libro de más de 1300 páginas, Scurati nos hace un recorrido desde el año 1919 hasta 1924, donde el autor poniendo el protagonismo en distintos personajes recorre la historia de Italia que llevó al fascismo al poder. Como bien advierte el autor al inicio, aunque esta novelado y hay cuestiones que son propias de su pluma, la trama, la historia, los hechos, están documentos por distintas fuentes. Y hay que dar fe, desde el punto de vista historiográfico, que es así.

                Aunque el eje central de la obra es Benito Mussolini, el maestro, hijo de un herrero de Predappio, son innumerables los personajes que circulan por la obra. Fascistas como Amerigo Dùmini, Ítalo Balbo, Roberto Farinacci, etc.., junto a otros como Margherita Sarfatti, una de las amantes de Mussolini, socialistas como Filippo Turati o Giacomo Matteotti, comunistas como Amadeo Bordhiga, Nicola Bombacci o Antonio Gramsci, anarquistas como Malatesta o Fabbri, y un largo etcétera.

                La obra parte de la creación en la piazza de San Sepolcro de los Fascios de Combate y como poco a poco se fue conformando un movimiento que impuso la dictadura. Junto a la trama, el autor entre capítulo y capítulo incluye documentos reproducidos de la época que refuerzas lo explicado.

                A lo largo de las páginas vemos como un movimiento, fundado en la violencia que fue eje articulador, se va haciendo con el poder, con el apoyo de los grandes capitalistas italianos. Como, aunque el movimiento obrero y revolucionario, espoleado por las consecuencias de la Revolución rusa de 1917, no logró doblegar al Estado monárquico italiano. La división de ese movimiento y la “union” que liberales y otras tendencias políticas tenían en contra del mismo sirvió para que el fascismo fuese visto como una tabla de salvación. Intelectuales como Giovanni Gentile, Filippo Tomaso Marinetti, Gabriele D’Annunzio, Curzio Malaparte, Luigi Pirandello, Francesco Ercole, etc., también apoyaron al fascismo. D’Annunzio, que es uno de los protagonsitas del libro, es quizá el personaje más curioso con su toma irredenta de Fiume (actual Rijeka) y su distanciamiento del propio Mussolini.

                Destacaría varias cuestiones de la obra, pero voy a señalar dos. La primera es como de forma pormenorizada y exhaustiva, el autor del libro nos lleva a la preparación de la marcha sobre Roma de octubre de 1922, que hizo que Mussolini que se hiciese con el poder. Un Partido Nacional Fascista en minoría, que con el beneplácito del Rey Víctor Manuel III, se hizo con el control del poder e impuso la dictadura con el apoyo u omisión de los liberales. Como se volteó una ley electoral que permitió al fascismo hacerse con el control. Un golpe de Estado maquinado y auspiciado por muchos sectores.

                Otro hecho a destacar es el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti en 1924, perpetrado por pistoleros fascistas en esa estrategia de imposición del terror y la violencia. Mussolini quiso separar el acontecimiento de su persona, cosa imposible, pero al final nuevamente las circunstancias y el apoyo de las instituciones del Estado salvó al fascismo y significó la imposición de una dictadura totalitaria. Matteotti, muy molesto para los fascistas, se había convertido en el principal opositor al régimen de Mussolini, denunciado la violencia y la naturaleza criminal del fascismo (su libro Un año y medio de dominación fascista así lo atestigua), del que él mismo acabó siendo una víctima.

                Si tenemos que poner alguna puntualización al libro de Scurati sería su tratamiento del movimiento obrero. Ciertamente, existió un trasvase de militantes desde las distintas escuelas del socialismo al fascismo, siendo el propio Mussolini uno de ellos. Sin embargo, muchas veces queda una nebulosa y los márgenes del movimiento obrero no quedan bien marcados, pareciendo que el sindicalismo revolucionario fue una cuna del fascismo, en esa confusión o mal entendimiento que se llega en la lectura de Sorel, o los giros ideológicos que dieron algunos personajes de la Italia de finales de la década de 1910 e inicios de 1920. Algo que, por ejemplo, Emilio Gentile también deja en el aire.

                Quitando algunos aspectos, la obra de Scurati es muy recomendable y de lectura fácil y agradable, a pesar de su extensión. Merece la pena volver una y otra vez para comprobar como un país se lanzó al abismo.

miércoles, 24 de febrero de 2021

El zapatero Gabriel Buades

 


Artículo aparecido en El Obrero

Gabriel Buades era un zapatero, nacido en el pueblo de Inca (Mallorca) en 1903. Perteneció a ese grupo de trabajadores, que desde muy temprano adquirió una conciencia obrera, una conciencia de clase y a través de su afiliación e impulso de las sociedades de oficio dinamizó un movimiento obrero combativo. Pero Buades no solo se quedó en lo estrictamente societario. Buades era anarquista. Vio en el ideal libertario la necesaria idea de transformación social que necesitaba la sociedad si quería justicia e igualdad.

                Gabriel Buades fue un autodidacta. Su escuela fue su oficio, sus ideas y su actividad. Durante la dictadura de Primo de Rivera se tuvo que exiliar, retornando a su Inca natal con la proclamación de la República. Allí impulso el sindicato de zapateros “La Justicia”, dinamizó los grupos anarquistas de la zona y participó activamente en el desarrollo cultural de las ideas libertarias a través del Ateneo Cultural Inquer.

                Como buen autodidacta y culto obrero, participó en los periódicos de su época, analizando el momento histórico y haciendo una defensa de las ideas anarquistas. Fueron muy importantes sus aportaciones a Cultura Obrera de Palma de Mallorca y Fructidor de Mahón. Con ello, Buades trazaba una buena línea continuista del obrerismo insular abierta desde los orígenes de la Internacional por militantes como el albañil Francisco Tomás.

                Pero Buades se encontró en julio de 1936 con un golpe de Estado que iba a quebrar su vida. En 1938, un falangista le asesinó poniendo fin a la vida de uno de los militantes más destacados y ejemplares del anarquismo balear.

                Hoy conocemos la vida y parte de la obra de Buades por la labor llevada a cabo por la editorial Calumnia y el Grup d’Estudis Llibertaris Els Oblidats. La labor de recuperación de las figuras del obrerismo balear, dando un sesgo distinto al que siempre se le ha conferido con el catalán ha sido un campo de batalla historiográfico perfectamente planteado por Jordi Maíz y Albert Herranz.

Hoy nos recuperan un breve pero intenso libro que recupera artículos de Gabriel Buades, donde nos muestra el conocimiento de este zapatero anarquista para adentrarse en cuestiones como la religión, el Estado, el desarrollo de los ateneos o la Revolución social. Un pequeño texto de apenas 80 páginas que merece la pena leerlo. Un tiempo donde todo fue posible. Un tiempo donde el fascismo quebró las esperanzas del pueblo español.

jueves, 21 de enero de 2021

EL SINDICALISMO REVOLUCIONARIO


 Artículo publicado en El Obrero y reproducido en el portal SinPermiso.net

El sindicalismo, entendido como grupo de resistencia al capital y de defensa de los intereses obreros, ha tenido muchas manifestaciones y formas de organización. Una de las más extendidas ha sido el sindicalismo revolucionario, que si bien tiene su epicentro en Francia en el último tercio del siglo XIX, tuvo una importante difusión por muchos países, siendo España uno de los fundamentales. Además, sobre la base de ese sindicalismo revolucionario se producirá el desarrollo del anarcosindicalismo, base del movimiento obrero español y de otros entornos europeos.

                La aparición de este modelo sindical en Francia no se puede desgajar de las consecuencias por el fracaso y represión de la Comuna de París. La persecución que en su origen la Tercera República francesa sometió al obrerismo organizado impidió cualquier atisbo de reorganización revolucionaria. Aun así, ese movimiento obrero siguió presente en formulaciones varias como el Partido Obrero Francés (Parti Ouvrier Français) de Guesde y Lafargue, el Círculo de la Unión Sindical Obrera de Jean Barberet o las distintas facciones del marxismo y del anarquismo que siguieron presentes en la sociedad francesa post Comuna de París.

                Sin embargo, la consolidación paulatina del modelo republicano francés vino acompañada de las respuestas socialistas al modelo económico capitalista y al nacimiento de un nuevo modelo de carácter sindical. En este contexto de finales de la década de 1880 y 1890 surgió con fuerza la figura de Fernand Pelloutier y el impulso de la Federación de Bolsas de Trabajo. A pesar de que el modelo de organización de las Bolsas de Trabajo tiene su origen en las jornadas de la Revolución francesa de 1789 y tuvo manifestaciones posteriores como los proyectos de De Molinari en 1845 o los de Decoux durante la Revolución de 1848, sería los proyectos nacidos a finales del siglo XIX los que tuvieron fortuna.

                Las Bolsas de Trabajo impulsadas por Pelloutier tendrían la característica básica de desarrollar un modelo sindical independiente de cualquier organización política recogiendo la tradición revolucionaria del movimiento obrero francés, sobre todo del anarquismo en sus doctrinas. Aunque no se declaraban libertarios como tal, muchos de sus integrantes e impulsores defendieron el modelo libertario como finalidad. Además, criticaron la modalidad sindical que se impulsaba desde partidos como el POF y la Federación de Sindicatos y Grupos Corporativos de Francia.

                Aunque su origen se movió entre el paraguas oficial y la alternativa sindical, Pelloutier logró imprimir a las Bolsas de Trabajo un componente organizativo que pronto iba a ser el mayoritario entre la clase obrera francesa. La dinámica de organizativa federal, donde las distintas bolsas en todo el territorio tenían su autonomía, confería a su organización un federalismo de raíz proudhoniana que siempre fue muy del gusto del obrerismo francés. Además, su estrategia de huelga general bebía de las aportaciones realizadas por personajes como Tortelier, que también introducía en la lucha elementos como la lucha por una vivienda digna o críticas al patriotismo.

                El modelo de las Bolsas de Trabajo logró captar la atención del obrerismo francés y paulatinamente se hizo con fuertes sectores laborales, absorbiendo incluso a la Federación de Sindicatos y Grupos Corporativos de Francia. SI en 1895 el modelo de Pelloutier contaba con 34 bolsas y 606 sindicatos, en 1900 eran ya 57 bolsas y 1065 sindicatos.

                Junto a la estrategia de lucha obrera en los sectores laborales de implantación, las Bolsas de Trabajo se preocuparon también por la instrucción del obrero, por convertirse en una Oficina de Colocación y Estadística (se ofrecía la lista de sus afiliados para que los empresarios contratasen a personal sindicado) y se desarrollo el concepto de solidaridad a través de cajas de resistencia que podían mantener conflictos laborales más dilatados en el tiempo. El cooperativismo tampoco pasó desapercibido y desarrollaron un modelo cooperativo basado en la solidaridad alejado del reformismo de otros obreristas previos como Barberet.

                Sin embargo, las bolsas de trabajo tuvieron una base más local, a pesar de la Federación de la que se habían dotado. Los defensores del sindicalismo revolucionario estimaban que había desarrollar un organismo general en todo el territorio francés. En esa línea, y siguiendo los principios ya desarrollados por Pelloutier, comenzaron a destacar personas de primer orden como Émile Pouget o George Yvetot. Para estos teóricos y activistas del sindicalismo, la base de la organización era el sindicato y a partir de ahí se tenia que desarrollar su concepción obrera y revolucionaria. La base de ese sindicalismo tenía que ser apolítica, si bien cada trabajador podía tener las ideas que estimase. En ningún caso la estructura sindical tenía que estar bajo la supervisión o control de un partido político, aunque fuese socialista.

                Émile Pouget desgranó los principios sobre los que se asentó el sindicalismo revolucionario:

a)       La acción directa: Entendida como lo contrario a la acción delegada, donde los trabajadores ejercerían de forma directa su representación en caso de negociación con el patrono. Se basaba en el principio de la Primera Internacional “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.”

b)      La huelga: entendida como la mejor arma de los trabajadores. La paralización de producción indicaba el poder del obrero y era la mejor medida de presión ante los patronos. La huelga era la mejor expresión de la lucha capital-trabajo.

c)       Boicot y label: Aquellas empresas que no cumpliese con las condiciones mínimas de derechos laborales podían ser boicoteadas mientras que aquellas que si lo hacían se podía marcar los productos (label) para que los trabajadores acudiesen a ella.

d)      Sabotaje: “A mala paga, mal trabajo”. Si el patrón no era capaz de introducir medidas de mejora a los obreros en lucha, la producción podía ser saboteada como medida de presión.

Sobre las bases de este modelo sindical, nació en el congreso de Limoges de 1895 la Confederación Genera del Trabajo (CGT), que tuvo un permanente contacto y simbiosis con la Federación de Bolsas de Trabajo.

Pouget, Yvetot, Griffuelhes o Berth fueron algunos de sus impulsores. También a este modelo sindical dio aportaciones doctrinales un personaje como George Sorel.

El éxito que el sindicalismo revolucionario iba a desarrollar en los años sucesivos llevó a que muchos dirigentes políticos se afiliasen a sus estructuras, lo que fue entendido por muchos como un intento de control por parte de los partidos obreros de la estructura sindical. En base a esta cuestión, el congreso de Amiens de 1906 dio como resultado la publicación de un manifiesto, la Carta de Amiens, donde se ratificaba los principios básicos de ese sindicalismo revolucionario, alejando a la estructura sindical de cualquier veleidad política. No se prohibía la afiliación a sus estructuras de integrantes de partidos políticos, pero si su intento de cooptación para arrastras al sindicato hacía el politicismo.

La CGT se convirtió en aquellos años en el modelo sindical a seguir. Su influencia procedía de la tradición obrera francesa pero también de los vasos comunicantes que habían tenido con el obrerismo español, entre otros. Por su parte, este modelo sindicalista revolucionario de Amiens sirvió como base para que en 1907 se fundase en Barcelona Solidaridad Obrera, embrión de la futura CNT.

SI bien la CGT mantuvo estas cuestiones durante muchos años, lo cierto es que paulatinamente sus estructuras fueron variando, y las distintas doctrinas políticas fueron provocando nuevos debates internos hasta la ruptura total de este organismo. Si la CGT se mantuvo, pero a partir de la década de 1920 vinculada a la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera – el Partido Socialista –), al calor de la Revolución rusa y los debates de la Tercera Internacional se escindió una CGTU (Confederación General del Trabajo Unitaria). La base libertaria, sobre la que había nacido la CGT en 1895, continuó con el desarrollo de la CGT-SR (Confederación General del Trabajo – Sindicalista Revolucionaria) que tuvo en Pierre Besnard durante la década de 1930 a uno de sus principales representantes.

El sindicalismo revolucionario fue base de muchos obrerismos de la época, pero no hay que confundirlos. Aunque la base de este modelo sindical hay que rastrearla en la visión obrera libertaria, en realidad sus organizaciones no se declaraban anarquistas, a pesar de que muchos de sus integrantes lo eran. Por ello hay que distinguir el sindicalismo revolucionario de otros modelos sindicales. El anarcosindicalismo, por ejemplo, nació o se desarrolló años después, y sobre la base organizativa de ese sindicalismo revolucionario si ponía como finalidad el trabajo de los sindicatos a una sociedad libertaria. La CNT fue la perfecta evolución del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo. Por su parte, mucho más doctrinario fue el sindicalismo anarquista, donde sobre una base federal, la afiliación se restringía a los trabajadores de ideas libertarias. El mejor ejemplo de este modelo sindical fue la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) que mantuvo una actividad sindical intensa desde inicios del siglo XX hasta finales de la década de 1930.