martes, 18 de febrero de 2014

Las bombas las carga el diablo. Antoni Gaudí y la bomba Orsini en la Sagrada Familia de Barcelona

Rescato este artículo de mi amigo y compañero Carles Sanz. Un hecho curioso y una historia desconocida sobre Antonio Guadí y la Sagrada Familia. Un artículo que ha sido publicado en el último número de periódico Solidaridad Obrera (Número 357 del 29 de enero de 2014)

Gaudí es actualmente un producto de consumo de millones de turistas en la ciudad de Barcelona. La venta de una ciudad, la denominada por sus promotores-comerciales “marca Barcelona”, sólo tiene importancia en tanto resulte rentable económicamente, eso sí, a corto plazo.
El movimiento artístico Modernismo, Art Nouveau en el resto de Europa, de finales del siglo XIX, supuso una ruptura con las formas académicas de la época y abarcó diferentes ámbitos: arquitectura, escultura, pintura, literatura, música, etc., inspirados en las ideas estéticas de Willian Morris que proponía democratizar la belleza o socializar el arte, en el sentido de que hasta los objetos más cotidianos tuvieran valor estético y fueran accesibles a toda la población. Fue un movimiento artístico de signo burgués olvidado durante el franquismo. En Barcelona en estos últimos años ha pasado a ser consumo de masas donde lo más importante es hacerse la foto delante de la casa Batlló, Milà, la escalinata del Parc Güell, ahora también de pago aunque sea un parque público, o delante de las famosísimas torres de la Sagrada Familia.
Antoni Gaudí fue primero catalogado de loco en su época, luego de genio, posteriormente de divino y actualmente está siendo elevado a los altares, ya en proceso de beatificación por parte del Vaticano. En estos momentos podemos encontrar “estampas” con el título de “Gaudí el arquitecto de Dios”. Un generoso y exhuberante folleto en papel satinado y a todo color, editado por “Barcelona Turisme” (Ayuntamiento y Cámara de Comercio), se regala a los turistas que llegan a la ciudad con el título de “Barcelona: Gaudí is waiting for you”. Sobran las palabras.
Todo este prolegómeno es para constatar lo que todos sabemos, nos gusta nuestra ciudad pero no precisamente la que nos han montado única y esclusivamente para el turismo y de espaldas a sus habitantes. Sólo hay sitio para el consumo, los servicios brillan por su asusencia en la mayoria de lugares. Un lema sobresale por encima de todos: “Barcelona la botiga més gran del món”. Ale, a consumir.
Hablar del arquitecto Antoni Gaudí no es cosa baladí, personalmente admiro algunas de sus obras desde el punto de vista artístico, no tanto como modernismo sino por la propia obra gaudiniana inspirada en la naturaleza y con formas geométricas que desafian las líneas rectas. Por ejemplo la casa Batlló, me parece un poema de cristales multicolores y cerámicas rotas o bien la casa Milà, un mundo fantástico de salidas de escaleras y chimeneas que no parecen de este planeta. Juan Marsé y yo mismo, hemos disfrutado de jóvenes de la simbología de un parque Güell prácticamente vacio. ¿Me pregunto que arquitecto ha hecho desde entonces obras tan imaginativas?
Pero estas apreciaciones han variado con el tiempo. Actualmente Gaudí está siendo más valorado por su vertiente espiritual y religiosa que por la artística. Su profunda religiosidad, sobretodo en los últimos años de su vida, ha arrastrado a historiadores e investigadores de su obra hacia un análisis de la arquitectura gaudiniana rallando únicamente lo mistico. La Sagrada Familia es su estandarte.
Retrocedamos en el tiempo. Gaudí se trasladó a vivir a Barcelona desde su ciudad natal, Reus, en 1869 para iniciar estudios de arquitectura. En esos primeros años en la ciudad condal trabó relación con el movimiento obrero. Así, desde 1873, colaboró con la cooperativa La Obrera Mataronesa, que fue la primera fábrica de propiedad obrera en España, aunque fracasó años después. De Gaudí sólo ha quedado una sala de blanqueo con arcos catenáreos y un pabellón de servicios, pero su relación con la cooperativa no fue únicamente profesional sino también romántica. En efecto, Gaudí estuvo enamorado de la maestra de la escuela Pepita Moreu, un idilio que no llegó a noviazgo; parece ser porque tardó en decidirse en la solicitud.
Todas las relaciones de Gaudí con los anarquistas han sido prácticamente borradas de su biografia. Por ejemplo, su relación con Salvador Pagés, gerente de la cooperativa mataronense e impulsor de la línea cooperativista de la AIT, fue muy intensa, hasta el punto de que le construyó su propia casa. Gaudí había leido libros sobre los problemas de la clase trabajadora, así en 1878 redactó un proyecto para viviendas pareadas para obreros, de las que sólo se construyeron dos. Desgraciadamente no queda ninguna en pie, aunque por el proyecto sabemos que eran casitas de planta baja muy sencillas pero interesantes por la novedad que representaba mejorar las condiciones higiénicas de la clase trabajadora.
Otro aspecto desconocido de Gaudí y que dio lugar a nuevos contactos con anarquistas fue su afiliación a la Associació Catalanista d’Excursions Científicas. En efecto, Gaudi, un estudioso del paisaje, en 1879 se afilió a esta entidad y también a la Associació d’Excursions Catalana, donde ocupó puestos directivos en la primera y cuyo fundador y presidente era el anarquista Eudald Canivell, tipógrafo y posteriormente bibliotecario de la Biblioteca Arús. Según Eduardo Rojo, Gaudí tuvo influencias de Eliseo Reclús, geografo anarquista “que gozó de gran ascendencia entre los primeros excursionistas y anarquistas catalanes”.
En 1883 cuando Gaudí asumió la dirección de las obras del templo de la Sagrada Familia sólo contaba con 31 años. Un arquitecto joven para la magnitud de la obra encomendada, pero como indica Joan Bassegoda, quizá la persona que más conoce al arquitecto, el reto le incentivó de tal manera que “renació el arquitecto medieval constructor de catedrales”. Dedicó 43 años de su vida a una sola obra, los últimos diez en dedicación exclusiva. Parece ser que el concepto general del templo siempre lo había tenido en su cabeza, según dejó expuesto en 1891.
Gaudí intentaba crear un templo que fuera un símbolo, una obra de arte y que reflejara la época que vivia. Fue su obra magna y como el mismo dejó escrito: “única y principal razón del templo es ser casa de Dios, y por lo mismo de oración y recogimiento. Sin embargo, el arte... podrá encontrar también lugar en él y su entorno”. Es decir, unir espiritualidad y arte. ¿Pero cómo era la sociedad a finales del siglo XIX?, pues realmente muy injusta y en donde la mayoria de la población vivía en condiciones infrahumanas. Eso bien lo sabía Gaudí, y Barcelona, para su desgracia, era una de las ciudades con más focos de resistencia anarquista en lucha contra las injusticias, algunos de ellos bien conocidos del arquitecto.
Los anarquistas terriblemente represaliados se defendían de la violencia estatal y de los poderes fácticos como buenamente podían. El anarquismo individualista recorría toda Europa. Así, el 24 de noviembre de 1893 Paulino Pallás lanzó una bomba contra el general Martínez Campos, en la Gran Via de Barcelona, aunque sin demasiado éxito. Pallás fue ejecutado y para vengar su muerte otro anarquista, Santiago Salvador, lanzó dos bombas en la platea del teatro Liceo. Fallecieron 22 personas y hubo más de 35 heridos. La burguesía catalana quedó tocada, quizá en su local más representativo como clase social. A partir de entonces la ciudad empezó a ser conocida como “la ciudad de las bombas”.
Las bombas lanzadas, denominadas Orsini, eran artefactos esféricos que en lugar de activarse mediante espoleta o reloj, lo hacian por contacto mediante unos resaltes llenos de fulminato de mercurio. La bomba lleva el apellido de quién la inventó en 1857, Felice Orsini, un revolucionario italiano que lanzó tres de ellas en 1858 contra la carroza imperial de Napoleón III, atentando fallido pero que mató a 8 personas y dejó heridas a unas 150.
Las sociedad burguesa catalana, propietaria de los medios de comunicación, lanzó entonces una campaña para que se identificará a los anarquistas como terroristas. Sabiendo que el anarquismo representaba un peligro para su estatus, desde entonces no han cejado en el empeño por tal de confundir a la sociedad para que las palabras violencia y anarquismo aparezcan siempre juntas.
Antoni Gaudí, que había conocido bien a algunos anarquistas, interpretó los hechos desde su religiosidad como obra del diablo. Dos años después del atentado del Liceo Gaudí esculpió, en el pórtico de la Virgen del Rosario, en la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia, una escultura artística haciendo un paralelismo entre los anarquistas y el mal.
La escultura lleva por título “La tentación del hombre” y simboliza a un obrero anarquista recibiendo una bomba orsini a través de la garra de un ser diabólico y maquiavélico. Para Gaudí los anarquistas no son culpables de esa violencia sino producto de la maldad del diablo. Ya sabemos que las armas las carga el diablo. Asimismo y junto a esta escultura Gaudí también reflejó el tema de la prostitución, otro de los males de la sociedad según sus creencias. La escultura representa la tentación con una bolsa de dinero que alguién entrega a una mujer.
Bien, seguramente para Gaudí era una manera de representar la parte oscura del alma humana. Ni el templo ni los rezos en más de un siglo han solucionado el enfrentamiento de clases ni tan siquiera la crueldad de una burguesía que sigue explotando a la clase trabajadora como entonces. El templo se construyó y sigue contruyéndose para redimir los pecados del hombre. Parece ser que para el Dios al que adoran, ni templos, ni rezos, ni limosnas son suficientes.

Bibliografia personal sobre Gaudí
Bassegoda Nonell, Juan. Gaudí la arquitectura del espíritu, Salvat Editores, Barcelona, 2001. Libro serio, sin alardes y riguroso, escrito por quien lleva la Catedra Gaudi de Aquitectura. Recomendable.
Rojo Albarrán, Eduardo. Antonio Gaudí, ese desconocido: el park Güell. Los Libros de la Frontera, Barcelona, 1987. Una visión diferente de Gaudí con aspectos desconocidos del arquitecto. El prólogo a cargo del estimado Miguel Izard. 

lunes, 10 de febrero de 2014

LA GESTA DE “LA NUEVE” EXPLICADA DE MANERA SENCILLA

No soy, ni mucho menos, un experto en cómic (o novela gráfica, como se quiera llamar). Tan solo alguien que le gusta leer algunos de esos TBO´s.
            Pero desde que vi que Paco Roca había sacado un cómic de La Nueve me entusiasme con la idea de leerlo. Conocía la obra de Paco Roca. Había ojeado Arrugas. No lo he leído ni vi la película, pero me resulto interesante la temática y las pocas páginas que pude leer en una librería. Y el tema de la Guerra Civil no era nuevo para Paco Roca. Ya lo había tratado en El Faro, una pequeña aventura gráfica que cuenta la historia de un soldado republicano que huye de la represión y conoce a un farero con el que entabla una bonita relación. Un cómic corto pero que me pareció lo suficientemente interesante como para tener en cuenta a Paco Roca.
            Mis cómic favoritos sobre Guerra Civil han sido los de Giménez con Todo 36-39 o ya de la posguerra Paracuellos o El arte de volar de Antonio Altarriba dibujado por Kim.
            Pero hace pocas fechas mi hice con Los surcos del azar, un cómic donde se iba a tratar una de las cosas que mas me ha apasionado en los últimos tiempo. La participación de los españoles en la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y su llegada a París. Sobre todo desde que en año 2011 estuve en agosto en París y pude asistir a uno de los actos de celebración de la liberación de la ciudad el 26 de agosto. Y una obra de este estilo bajo los siempre ojos críticos de un historiador que en muchas ocasiones somos muy exigentes con las obras.
            Tengo que decir que la obra no me ha defraudado. Porque puede que la participación española en la llamada “La Nueve” (La Neuf en francés) fuese pequeña. Pero estamos hablando de un puñado de hombres que salieron derrotados de la Guerra Civil española, que partieron al exilio y que fueron tratados de la peor de la maneras. Pero que nunca perdieron la cara a combatir al fascismo. Y cuando pudieron volvieron a la carga. Porque para los españoles luchar contra Hitler y Mussolini era luchar contra Franco. El problema es que para las potencias aliadas en la Segunda Guerra Mundial eso no estuvo tan claro. Sobre todo para estadounidenses y británicos. Aunque sea anecdótico que los primeros carros de combate que desfilan por París llevaran el nombre de “Guadalajara”, “Teruel”, “Madrid”, y enarbolaran la bandera republicana era un pequeño premio a tanta derrota. Derrota que no tardaría en volver a materializarse.
            Pero lo mismo que se ha logrado rescatar la vida de muchos de esos españoles, también hay que decir que la mayoría de los componentes españoles de La Nueve eran anarquistas. Eran militantes de la CNT. Y hay que reconocer su militancia libertaria. Porque para un anarquista luchar contra el fascismo era una obligación moral.
            Aun así los españoles participaron en muchas más batallas de la Segunda Guerra Mundial. Narvik, Bir Harkeim, etc. Para muchos de esos españoles la derrota de nazis y fascistas no significó el fin de las hostilidades. Y muchos de ellos se embarcaron en la lucha contra el franquismo. Héroes de la Segunda Guerra Mundial fueron asesinados por el franquismo (como Cristino García Granda). Otros, como Francisco Ponzán, fueron asesinados en su lucha contra los nazis en Toulouse. En el mes de abril del pasado año 2013 tuve la oportunidad de dar una conferencia en Limoges sobre la resistencia libertaria contra el nazismo y el franquismo.
            Pero volviendo al cómic, Paco Roca nos narra la historia de uno de esos españoles desde que sale del Puerto de Alicante, hasta que llega a París. Un anarquista. A través de una entrevista que le hace un joven escritor, el viejo anarquista recuerda todo lo sucedido. Por las páginas de Los surcos del azar desfilan los nombres de Raymond Dronne, dirigente de La Nueve, Amado Granell, Charles De Gaulle, Philippe Leclerc, el anarquista Luis Royo, etc. Las esperanzas, las ilusiones, las victorias, las derrotas, etc. Todos unos sentimientos encontrados en palabras de un anciano condenado al anonimato. Muchas veces yo mismo hago un ejercicio de empatía e intento sentir lo que esos españoles pensaron cuando sus carros de combate entraban por Port d’Italie y París era liberado. La historia les burló que la siguiente parada tenía que haber sido Madrid.
            Si queremos dar un repaso y un homenaje a ese puñado de españoles que siempre creyeron en la libertad el cómic de Paco Roca es fundamental. Si queremos profundizar más en lo que significó La Nueve, recomiendo el libro de Evelyn Mesquida La Nueve, los españoles que liberaron París. También El hombre que liberó París de Rafael Torres, Más allá de la muerte y el exilio de Louis Stein o diversos libros de Eduardo Pons Prades. Todos ellos, por cierto, citados por Paco Roca.

            Para terminar me quedo con una última frase que dice el viejo protagonista de la historia: “Un ideal es siempre inalcanzable. Acabamos con el fascismo de Hitler y Mussolini. Aunque por una carambola histórica no pudimos acabar también con Franco”. Ellos acariciaron ese ideal. Hoy nos queda su ejemplo y toda la lucha por delante.

viernes, 7 de febrero de 2014

LAS ARISTAS DE LA REPRESIÓN

La dictadura suprimió los derechos y libertades de todos los españoles durante cuarenta años; sin una utilización extrema de la violencia es impensable su mantenimiento tan prolongado. La paralización de los adversarios fue el objetivo mejor conseguido por el franquismo”

Esta es una frase que puede resumir perfectamente la obra de Santiago Vega Sombría La política del miedo. El papel de la represión en el franquismo (Crítica, 2011). Una obra que trabaja de forma pormenorizada y sencilla todas las facetas que la represión franquista desarrolló desde el mismo origen del golpe de Estado de julio de 1936 hasta la muerte de Franco en noviembre de 1975.
A Santiago Vega le conocí hace muchos años. Fue en unas jornadas que el Centro Social Ocupado “El Barrio” (en la zona del Alto de Extremadura en Madrid) realizó sobre la República, la Guerra Civil y el franquismo. Tras el interesante debate que hubo, Santi me regaló un catálogo de exposición que estaban haciendo en Segovia sobre la Segunda República. Posteriormente coincidimos en otros actos y hemos compartido el mismo director de tesis, el hoy desaparecido Julio Aróstegui. Además Santiago tiene un compromiso con la recuperación histórica no solo como historiador profesional sino a través de la Federación Estatal de Foros por la Memoria, de la que ambos somos integrantes.
Cuando hace pocas fechas presenté mi libro Abriendo brecha. Los inicios de la lucha de la mujeres por su emancipación. El ejemplo de Soledad Gustavo en la Librería LaMalasteta, vino Santi he hicimos un intercambio de cromos. Yo le pasé mi libro y el me pasó el suyo. Tras haber leído esta obra tengo que decir que Santiago Vega ha hecho un gran trabajo y una gran aportación para el conocimiento de la represión franquista.
El libro, prologado por el especialista en represión Francisco Espinosa, es un compendio de todas las aristas que la represión franquista ha tenido. Parte de un análisis de la historiografía. Como a lo largo del tiempo se ha forjado toda una historiografía justificativa del golpe de Estado y de la represión. En una parte fomentada por el franquismo. Y en otra por un olvido intencionado. Pero tambien se aborda como surgen nuevos estudios que nos está aproximando a lo que significó la represión. Nuevos enfoques que sirven para continuar con una labor académica y social necesaria. A este cometido se han venido a unir asociaciones de memoria que rellenan el vacío dejado por una administración que no se interesa por un pasado que le resulta incómodo.
Una parte importante del libro es cuando aborda como se ha legitimado el golpe de Estado y la represión. A base de una machacona propaganda y la extensión del terror se ha llegado a justiticar el golpe de estado de julio de 1936 y la represión posterior. La imagen de caos que se presentaba de la España de la República caló y sigue calando en amplios bloques de la sociedad. Incluso las propias familia de las víctimas llegaban a justificar la represión al considerar que su familiar se había significado, que no se tenía que haber vinculado a la política. La culpa pasaba a la víctima y exoneraba al verdugo. El fascismo no fue el culpable. Y esa pretensión estaba desde los orígenes mismo de un golpe que se concibió con la intención de crear el mayor terror posible (las directrices del Mola o las actuaciones de Queipo de Llano en Andalucía son ejemplo gráficos).
Y para mostrar toda la realidad y crueldad de la represión Santiago Vega los analiza de la siguiente forma:
1. En primer lugar los asesinatos. Como se legaliza el asesinato arbitrario en la retaguardia franquista. Frente a una zona republicana donde se legisló la represión de guerra dando garantías jurídicas a los detenidos a través de los Tribunales Revolucionarios, en la retaguardia franquista partida de falangistas y bajo el amparo de los militares rebeldes efectuaron una política de exterminio a los adversarios políticos. El carácter de retroactividad en las condenas eran auténticas aberraciones jurídicas permitidas. Algo que se extendió durante el franquismo.
2. Otra forma de represión es la prisión. Encarcelar y condenar al ostracismo a tus enemigos políticos. Y lejos de dejarlo solo en una detención se estigmatizaba al preso, que cuando recuperaba su libertad se veía excluido por ser un “rojo”. Él y su familia. Una forma de represión que no se ha estudiado tanto.
3. La expropiación de los bienes de los defensores de la República fue otro de los puntos. A través de leyes como la de Responsabilidad Políticas se incautaban de bienes que pasaban a manos ajenas. Un robo legal en toda regla que hizo que mucha gente se enriqueciera bajo el paraguas del franquismo. Es el botín de guerra.
4. La represión a maestros, profesores y personal de la administración es algo estudiado pero que no deja de sorprender. Los golpistas y el franquismo puso especial énfasis en la represión del cuerpo de maestro al que consideró el mayor culpable de la situación de España (junto al movimiento obrero). Santiago Vega le concede mucha importancia a este aspecto, teniendo en cuenta que él mismo es del gremio de profesores.

Todas estas aristas se suman a una coacción psicológica. Ese es el gran “triunfo” del franquismo. El introducir el miedo en la propia psicología de las personas provocó la paralización total de la sociedad. Junto a ello la machacona propaganda contra los enemigos de la España eterna: comunismo y masonería. Porque el franquismo aglutinaba en comunismo a todos sus enemigos: los propios comunistas, los anarquistas, los socialistas, los republicanos, etc.
No olvida Santiago Vega dos aspectos importante. Por una parte el papel de la Iglesia, que sirvió como puntal del régimen franquista. La inmensa mayoría del clero bendijo las armas y apoyó sin fisuras el régimen franquista. Por otra parte la represión que recae sobre las mujeres. Ser mujer, de izquierdas y concienciada era demasiado delito en el franquismo. La ridiculización de la mujer y su persecución es un elemento del franquismo que en parte hoy se mantiene.
Y dijo Galileo Galilei que “a pesar de todo se mueve”, Santiago Vega demuestra que a pesar de todo hubo oposición al franquismo. Tanto en el interior como en el exterior. Aunque hay libros mucho más especializados para ello no hay que dejar de pasar la oportunidad de esbozar esa oposición.
Todos estos aspectos Santiago lo adereza con los ejemplos que dio la provincia de Segovia, territorio sobre que el que trabajo su tesis doctoral. Datos interesantes que nos vale para poner en comparación con otras provincias y ver la magnitud de la represión franquista.

  Estamos pues ante un libro bien trabajo. Y sobre todo bien planteado y divulgativo. Algo que es necesario con los tiempos que corren.

martes, 4 de febrero de 2014

ARMAND GUERRA, RENACIENDO DE LA METRALLA

Esta es la primera vez que publicamos en está bitácora un artículo por encargo. Siempre se han colgado artículos de otros medios de otros autores, pero por encargo nunca. La cuestión estriba en las conversaciones que en más de una ocasión he tenido con mi amigo Canichu sobre la figura de Armand Guerra y la película "Carne de fieras". En vista de ser un tema interesante le propuse que escribiese algo al respecto. Y escribir algo de Armand Guerra es remitirse a su obra A través de la metralla. Le presté la obra, un documental sobre la vida de Armand Guerra, visionó la película,  y se documentó sobre el cineasta y el cine de la época. 
Aquí está el resultado. Muchas gracias Canichu

El nacimiento del neorrealismo italiano en el cine es adjudicado a los italianos tras haber vivido la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial y, en medio de ella, el desvanecimiento y la desilusión de un mundo ideal dentro del ideario fascista. Se le suele adjudicar, por otra parte, a cineastas cercanos al Partido Comunista de Italia. Sin embargo, España, que normalmente no suele defenderse muy bien en lo internacional de estos calibres, tiene un “no obstante” que decir y que ya han dicho algunos pocos estudiosos de la Historia del cine.

Un conjunto de cineastas españoles se habían adentrado ya en la cinematografía que exploraba nuevos caminos para contar historias, que era los caminos que iban a llevar al neorrealismo. Lo hizo en los años 1930, pero lamentablemente durante los años de la guerra civil española de 1936 a 1939. El conflicto bélico evita la difusión y la publicidad dentro y fuera de las fronteras españolas. Dentro porque el fenómeno se realizó en zona republicana, fuera, porque la industria cinematográfica española no estaba en esos momentos para distribuciones y promociones. Además, sus realizadores eran gente anarquista, lo que podría haber puesto más en guardia contra su distribución a países aparentemente cercanos a la causa republicana, como Francia o Reino Unido, temerosos de que en lugar de una revolución fascista triunfara otra comunista en la península Ibérica. Fueron pocas, eso sí, las películas de ficción que llegaron a realizar y hay que decir que no eran películas anarquistas, pero sí llevaban parte de su mensaje social al ser buena parte de sus cineastas anarquistas. Terminada la guerra, con la victoria de la dictadura del general Franco, estos metrajes durmieron el sueño de los justos y el olvido, apenas alterado ocasionalmente en algún momento puntual de los años 1970 y 1980-1990. Su devolución al conocimiento del público y de los ciudadanos se produjo más bien en torno al año 2010, cuando en el 100º aniversario del sindicato anarquista CNT se hizo un trabajo conjunto con la Filmoteca Española para su recuperación y restauración en una edición muy cuidada donde colaboraron diversos historiadores. Hablamos de largometrajes de Pedro Puche, Fernando Mignoni, Antonio Sau y Valentín R. González, si acaso se podrían estos enlazar a cierto mediometraje documental muy conocido de Luis Buñuel, sin que el tal mediometraje sea exactamente ni de ideales anarquistas ni de realizador anarquista.

Hubo una de aquellas producciones cuyo resurgimiento fue anterior al 2010, fue el 15 de septiembre de 1992, en los Cines Elíseos, en la Filmoteca de Zaragoza, con una película sonora en blanco y negro de 71 minutos de duración en proyección, de formato en 35 milímetros. Se trataba de “Carne de fieras”, rodada en julio de 1936, coincidiendo con los primeros días del estallido de la guerra civil. Su director era conocido como Armand Guerra, terminó su rodaje pero jamás se montó, para ello hubo que esperar cincuenta y seis años, cuando se encontraron los rollos originales y se dieron a la labor una serie de entusiastas del cine y de lo que hoy llamaríamos la memoria histórica. El asunto atrajo incluso como para rodarle documentales televisivos, pese a que bien es cierto que en los años 1980 en los ámbitos minoritarios de la cultura anarquista española la película se conocía a través de un mal intento (aunque loable) de montaje y restauración en sistema de video. Pero, ¿quién era Armand Guerra y qué era esa película?

Armand Guerra puede pasar hoy para mucha gente, incluso para muchos que se consideran grandes conocedores del cine español, como alguien desapercibido. Sin embargo, este hombre se había formado en el cine mudo con franceses tan conocidos como Sebastián Faure, Jean Grave, André Girard, Laisant, Pierre Martín, Yves Bidamant o Marcel Martinet, en la década de 1910, y también con los alemanes Murnau, Fritz Lang, Hans Newmann, Werckmeister, Alexander Granach, Erich Mühsam y el anarquista Rudolf Rocker, en la década de 1920, en los mismísimos estudios de cine berlineses UFA, que eran el Hollywood de Europa en aquella época. También trabajó en los años 1930 con Imperio Argentina, con José Luis Gutiérrez, de Filmófono, con el productor español Ferrán Alberich, Daniel Parilla, Beringola, Marlène Grey, y otros, estos últimos por ejemplo en “Carne de fieras”.

Pero, siempre hay “peros” nefastos en las biografías desconocidas de las personas más brillantes, a pesar de que desempeñó todo tipo de trabajos en el cine, no sólo el de director de cine, también hizo de guionista, actor, director de carteles de diálogo, traductor, productor, tramoyista, etcétera, sólo conservamos de él diez películas conocidas, algunas sólo como actor o con otro oficio que no es el de director. Cuatro de ellas son francesas, y se han logrado restaurar tres, otras tres son alemanas, alguna se conserva, seis son españolas, se ha logrado conservar una de las españolas, todo sea que alguien nos dé algún día una sorpresa a modo de hayazgo. Son: en Francia, “Un grito en la selva” (1913, en la cual él era, según él mismo, el único actor, director y argumentista español en París en esos momentos), “Les misères de l'aiguille” (1913), “Le vieux Docker” (1913) y “La Commune” (1913-1914); en un primer momento en España, “El crimen del bosque azul” (1918), “La zarpa del paralítico” (1918) y “La maldición de la gitana” (1918); en Alemania, desde 1920 hizo de guionista para la UFA pero no firma, al menos de manera reconocible, por lo que no se sabe cuáles fueron sus guiones, hizo “Sommersnachtstraum” (1924, que es "El sueño de una noche de verano"), “Luis Candelas, el bandido de Madrid” (1926, que fue española y que la hizo intentando presentar –sin éxito- en España un invento suyo para crear cine sonoro, no olvidemos que el sonoro comenzó en 1927, y que en España no fue posible hasta 1930), “Batalla de damas” (1927, que fue codirigida por él con Werckmeister, que haría una segunda versión en 1928) y “Die geschenkte loge” (1928); de regreso a España de nuevo, en 1930 se hizo cargo pese a su disgusto de la producción y dirección de “El amor solfeado” (con Imperio Argentina, cuya fama y belleza pudo ser lo que hizo que aceptara), y definitivamente, “Carne de fieras” (1936), posteriormente intentó hacer una serie de reportajes bélicos que se malograron.

Entre medias Armand Guerra había desempeñado innumerables trabajos y tareas en innumerables metrajes en los que no consta en los créditos, por lo que son difíciles de rastrear o descubrir, más con el paso y la distancia del tiempo. Escribió para prensa de cine tanto francesa, como alemana, como española. También para la prensa anarquista, pues era anarquista y había participado de manifestaciones de manera destacada para los informes policiales contra él, y viajó en su juventud por toda Europa Oriental y Central, más Francia. Era conocido en los ámbitos anarquistas hasta el punto que solían poner policías secretos vigilando sus pasos por sus viajes, no sólo era conocido en el mundo del cine. Creó una cooperativa de cineastas obreros en Francia en sus años parisinos de 1910, y en 1917 creó su primera productora de cine, Cervantes Films. El nombre de su productora puede que no sea sólo por ser un nombre de referencia entre los creadores españoles y la lengua española, sino porque fue en la ciudad natal el escritor del siglo XVI, Alcalá de Henares, donde conoció a la que sería su mujer. Aquí ella trabajaba en una de las fábricas de la ciudad, y aquí él buscaba localizaciones que terminó usando en su primera película netamente española, “El crimen del bosque azul”, uno de los metrajes perdidos.

Armand Guerra era también José Silavitse cuando escribía en la prensa anarquista, pero su nombre real era José Estívalis Cabo. Lo de Armand Guerra fue una broma, lo adoptó como nombre artístico (y para despistar a la policía un poco) cuando en su etapa francesa iba a estallar la Primera Guerra Mundial; Armand[o] Guerra. Había nacido en Valencia en 1886 y desde luego, aunque de costumbres muy españolas, era un ciudadano del mundo muy acorde con los ideales fraternales del anarquismo. Para Armand Guerra la vida era algo pasional de la mano de sus ideales por un mundo diferente al establecido por las relaciones sociales a las que fuerza el capitalismo. Es algo que dejó muy claro, por ejemplo también, en algún libro que escribe, como el muy célebre “A través de la metralla. Escenas vividas en los frentes y en la retaguardia” (1937, reeditado en 2005 en Madrid por La Malatesta).

El rodaje de “Carne de fieras” sufrió accidentes. El principal, coincidió con las fechas de los primeros días de la guerra. El resto fueron derivados. El equipo se encontraba en Madrid. Armand Guerra, afiliado a la CNT, quiso abandonarlo todo y alistarse a la milicia o donde más falta hiciera. Sin embargo, el sindicato, pasados los primeros días, decidió que lo mejor era que prosiguiera con el rodaje con la intención de que los trabajadores implicados en su producción, y los futuros trabajadores de las salas de proyección, mantuvieran sus trabajos y con ellos sus sueldos, ya que se avecinaban tiempos de carestía de todo tipo de cosas. Además, haber triunfado en la capital los leales a la República, y con ellos buena parte de los revolucionarios de izquierdas, se quería emitir un mensaje de tranquilidad, normalidad y confianza en la victoria. Nada mejor para ello que hacer ver a la ciudadanía que se proseguía normalmente con la vida normal de la ciudad, tanto con el rodaje de una película como con su presumible posterior proyección. Pero era un hecho de que había en marcha diversas huelgas en sectores de oficios que las proclamaron para apoyar a las milicias. Además, los problemas y necesidades de toda guerra provocaron cortes del suministro eléctrico, por lo que los equipos de rodaje sufrieron subidas y bajadas de tensión que afectaron a varias tomas, aunque sorprendentemente apenas se tuvo que repetir escenas por motivos técnicos. El material cinematográfico se había transformado en difícil de conseguir, por lo que casi todo se rodó en primera toma, saliera como saliera. Los permisos de rodaje en la calle quedaban en vilo al surgir el nuevo ambiente bélico en la capital, por lo que estos debían hacerse valer mediante los permisos del sindicato y de la Junta de Defensa de Madrid. Los milicianos y los soldados, en todo caso, no se apartaron de la calle que servía de localización, lo que hizo que en el largometraje aparezcan de fondo milicianos y soldados auténticos por detrás de los protagonistas. No se sabe si Armand Guerra hubo de aceptar a la fuerza que no se fueran del plano o bien si no quiso quitarles para poder reflejar la realidad de una nueva sociedad nacida del pueblo en armas. En todo caso, la película no es bélica ni revolucionaria y los milicianos se transforman así en unos personajes extras que a un espectador ajeno a los pormenores del rodaje hará que se formule preguntas e hipótesis de su porqué. Una de las escenas más míticas es la llegada en coche de los protagonistas a una plazoleta donde hay una terraza de bar. Al bajarse uno de los protagonistas se despide de un miliciano que conducía con el saludo obrero del puño en alto. La escena quedó en el argumento de la película sin explicarlo, pero en realidad el actor había sido retenido por un puesto de guardia miliciano, al identificarse como actor de la CNT el miliciano le llevó en coche a la zona del rodaje, a donde llegó tarde. Armand Guerra le recibió rodando su llegada y esta se quedó plasmada en el argumento.

Otro de los pormenores era el de la falta de comida. Parte del equipo de actores era una compañía circense de Francia que se encontraba en Madrid. Los leones, personajes principales de la metáfora central de la historia a narrar, pasaban tanta o más hambre que las personas en el Madrid en guerra. El gremio de carniceros de la CNT de Madrid se ofreció para alimentarlos, pero aún así, su hambre hizo peligrar varias veces la vida de la actriz principal Marlène Grey. No murió devorada durante el rodaje, pero al año siguiente, en 1937, sí lo hizo durante una actuación, su muerte se produjo en un hospital español tras recibir las dentelladas y desgarros de uno de aquellos leones. Luego tenemos otras contingencias bélicas, como la de la actriz secundaria Tina de Jarque, que un año más tarde, en 1937 también, fue fusilada por la República acusada de espionaje y robo de joyas. Definitivamente, el rodaje sufrió el mayor de sus problemas: las ansias de Armand Guerra de participar de la guerra de otro modo. Cuando terminó el rodaje dejó todo lo rodado y los copiones de lo mismo preparados para su montaje, que abandonó a manos de Daniel Parrilla y Arturo Beringola. Estos marcaron las pautas de un premontaje, pero las cintas terminaron abandonadas en un almacén ya que Guerra y Beringola, por ejemplo, fueron requeridos para rodar una serie de documentales bélicos en torno a los frentes más cercanos a Madrid que levantaran la moral de la tropa y de los civiles, así como crearan confianza en los logros de las colectivizaciones. Buena parte de ese material acabó en manos de Franco, por ejemplo el abandonado por una huida precipitada cuando se tomó Toledo por parte de las tropas fascistas, el cual posiblemente se ha montado en noticiarios o documentales proclives a Franco, otra parte del material acabó perdido u olvidado en algún almacén, quizá a la espera de ser encontrado en alguna filmoteca o entre las propiedades personales de alguien.

Carne de fieras” muestra cosas del cine español que nos hacen preguntarnos a dónde hubiera podido evolucionar si la dictadura franquista y su ideología no lo hubiera interrumpido. El cine, como cualquier producto cultural, se ve afectado de las ideas de sus creadores, pero también de los límites o libertades que puedan gozar en la hora de su creación y exhibición. También es cierto que entre las primeras películas sonoras de Hollywood se habían visto obras con un alto nivel de palabras malsonantes, ateísmo, violencia, sexo y otras cuestiones que los vigilantes de la moral conservadora de Estados Unidos cortaron a los pocos años, incluso recurriendo a sanciones elevadas a las productoras hasta que cancelaron esos guiones. España no era Hollywood y nos llevaría un trabajo extenso, casi de tesis doctoral, hablar del panorama social, moral y cinematográfico en la península. Sin embargo, sí podemos obviar que la Segunda República permitió una mayor permisividad en muchos guiones que de otra manera no hubiera sido rodado. Por ejemplo, una de las escenas más llamativas es la que da sentido metafórico al metraje: el desnudo prácticamente integral de la actriz francesa bailando al ritmo del chasquido del látigo de un domador de leones dentro de una jaula de circo, mientras un público de todas las edades la observan. La película explora un ritmo nuevo para la época, que es el que preludia el neorrealismo y, repetimos, con su origen en España y no en Italia. Escenas a tiempo real, nada de sugerencias surrealistas (salvo la metáfora de la bailarina que por otro lado se nos muestra como algo plausible), diálogos sobre la realidad tangible, personajes de la vida común, pese a ser sacados de los márgenes de la sociedad convencional, costumbrismo… etcétera. Pero todo ello rebozado de un ideal de nueva sociedad sugerido, como el de los milicianos de fondo, o esa mujer “carne de fieras” que podrá seguir trabajando cuando se empareje porque así lo desea ella y, además, en el espectáculo. Trata del amor libre, de las familias perfectamente normales a pesar de no ser de modelo católico, de la libertad individual, etcétera. Todo parte de la separación y divorcio de un boxeador de su esposa porque esta le engaña, y de la nueva vida que este adquiere cuando adopta a un niño de la calle y a la vez conoce a una bailarina circense que realiza un baile erótico en una jaula todas las noches. Esa nueva vida corre paralela con una nueva sociedad de la que se habla en el guión en cada detalle visual y dialogado. La película puede tener algunos fallos, pero sin duda su intención era totalmente renovadora en su día.

Armand Guerra ha pasado en buena parte al olvido dado que su militancia anarquista le transformaron en una bestia negra para el franquismo, por lo que quedó altamente censurado y olvidado. No ayudó la muerte del cineasta en Francia en 1939, tras pasar por un campo de concentración. Su propia hija, ante el silencio de su madre, hubo de esperar a su orfandad total para poder indagar sobre su pasado paternal (cuyo final le había propiciado a su madre un gran dolor de por vida), esa horfandad no ocurrió hasta mediados de los años 1990. Su actuación durante la guerra y sus escritos habían dejado más claro que nunca su pertenencia anarcosindicalista. Su libro de memorias bélicas durante 1937 dejaba muy a las claras que su labor cinematográfica estaba en esos momentos íntimamente ligada al apoyo a las colectivizaciones y a las milicias, especialmente a las de CNT y a las de UGT. Su trabajo cinematográfico estaba plenamente comprometido en ese sentido. Rodó excesivamente cerca de las balas y los obuses. Su pasado era bien conocido, pero su presente del momento era bien patente.

A todo esto hay que sumar que en los años 1937 y 1938 cineastas de Cataluña, también cercanos o afiliados a la CNT, y no necesariamente sólo productores, habían iniciado la socialización de las salas de proyección y del trabajo de todas las labores del mundo del cine.

Armand Guerra se había iniciado en el cine desde su época dorada en el mudo trabajando con algunos de los más grandes cineastas del momento, como los citados Mornau y Lang. Las innovaciones y la vocación que demuestra en el periodo 1936 a 1937 nos muestran que es posible que si hubiera podido continuar hubiera dado la alternativa al surrealismo iniciado por Buñuel hacia un cine realista que sabía bien qué deseaba contar. Incluso si hubiera contado con más y mejores medios hubiera podido asentar su nombre de una manera más estable en las memorias de la gente que vivió la dictadura franquista, pese al silencio impuesto. No obstante había sido uno de los trabajadores de los estudios UFA en los años 1920, de donde han salido varios de los clásicos más renombrados del cine europeo. La recuperación física de las películas, su correcta conservación, los documentales realizados al respecto, en unión al trabajo realizado con el resto de largometrajes realizados por otros anarquistas de la época, son un camino correcto para volver a ubicarlo en su sitio dentro del cine español. Más aún, en 2011 los Premios Goya llegaron a nominar al documental El Cine libertario, de Almela y Vigil, lo que siempre sirve para el fomento cultural. La reedición del libro autobiográfico de Guerra es otro paso. Pero sin duda aún quedan muchas personas que no conocen este aspecto del cine que pudo ser y no fue, por lo que queda una labor amplia no sólo de difusión, sino probablemente también de cineforums y cineclubs, en definitiva: de proyección o de retransmisión de las obras referidas. No cambian la Historia que fue. El neorrealismo fue italiano. Pero sí cambia la perspectiva y las visiones actuales de una serie de tópicos que cuarenta años de dictadura han forjado con las censuras y los silencios. Estas películas además son un testimonio indirecto de otras formas de pensar alternativas a las de la cultura española más burguesa, oficial, tradicional o conservadora. Tampoco cambia la Historia del cine español, pero sí rellena y completa un aspecto de un cine que nos han negado que existiera, cuando en realidad sí existió.

A los amantes del cine les gustará descubrir estos metrajes si no los conoce, y, ya que hablamos de Armand Guerra, en concreto “Carne de fieras” y su escena de la jaula, quizá la más depurada de todo el metraje y probablemente, si fuera un metraje más conocido, una escena tan emblemática de nuestra filmografía como la escena donde Buñuel corta un ojo femenino con una navaja de afeitar en “Un perro andaluz” (1929). Conocer a Guerra puede ayudar además a superar la infravaloración que los españoles solemos hacer de nuestras capacidades, sobre todo en cine. Se trata de un personaje muy atractivo en todos y cada uno de los aspectos de su vida, de los que aún hoy se deduce que fue una persona lleno de vitalidad, una persona que le gustaba vivir y le gustaba vivir para construir.

Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 3 de febrero de 2014

BIBLIOGRAFÍA

.- Armand Guerra, A través de la metralla. Escenas vividas en los frentes y en la retaguardia, ed. La Malatesta, Madrid, 2005.
.- Pierre Vilar, La guerra civil española, ed. Crítica, Barcelona, 1986.

FILMS DE REFERENCIA

.- Armand Guerra, Carne de fieras, 1936.
.- Ezequiel Fernández, Requiem por un cineasta español, Zangra Productions, 1998
.- José María Almela y Verónica Vigil, El cine libertario. Cuando las películas hacen Historia, 2010.
.- VV.AA., CNT 1936-1939, archivo cinematográfico de la revolución española, 5 volúmenes de documentales y largometrajes, ed. CNT, 2010.

jueves, 23 de enero de 2014

“Que tu sangre encienda la chispa de la libertad. COPEL”.

Artículo de César Lorenzo en el último número del periódico CNT a propósito de la publicación de su libro Cárceles en llamas. El movimiento de los presos sociales en la Transición

Escrito en una rudimentaria pancarta, este deseo encabezaba, junto al recuerdo de “Tus compañeros anarquistas”, la comitiva que trasladó el féretro de Agustín Rueda desde el Instituto Anatómico Forense hasta la plaza de Cibeles. Tres días antes, la madrugada del 14 de marzo de 1978, había fallecido víctima de los golpes de un grupo de funcionarios de Carabanchel. De esta forma tan brutal se volvía a poner de manifiesto que los muros de las prisiones a duras penas podían contener la lucha antagónica y sin reglas entre las ansías de libertad de los reos y la voluntad inmovilista de la administración y los carceleros por impedirlo.
Un año antes, en la misma prisión, se habían dado a conocer las siglas de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL). Desde su creación, esta plataforma se propuso erigirse en la representante de los olvidados tras las rejas. Sus miembros denunciaban la pervivencia de leyes, tribunales y funcionarios de indudable corte franquista, así como el deplorable régimen de vida a que estaban sometidos y, por encima de todo, la marginación de la amnistía tras la muerte del dictador. Aquellos hijos del extrarradio crecidos a la sombra del desarrollismo, vagos y maleantes que amenazaban el orden público a base de tirones de bolso y robo de vehículos a motor, habían conseguido dotarse de un discurso propio, fuertemente influenciado por la crítica antiautoritaria post-68 y la efervescencia política que se vivía en la calle. Se habían proclamado presos sociales (retomando una denominación que ya habían usado los presos anarquistas en los años veinte y treinta), para reivindicarse víctimas de la dictadura y, por tanto, con derecho al mismo trato que sus compañeros políticos de reclusión.
Para darse a conocer, los miembros de COPEL dirigieron centenares de instancias al Rey, redactaron manifiestos e informes a la prensa y se sentaron en los patios reclamando un interlocutor, pero la única respuesta que obtuvieron fue el silencio y la represión. Palizas, aislamiento y traslados no tardaron en empujarlos a los tejados en busca de la visibilidad que la Administración les negaba. Gracias a la dispersión que pretendía acabar con las protestas, las consignas de COPEL se dieron a conocer en la mayoría de prisiones, dónde a su vez otros presos formaron nuevos grupos que multiplicarían las revueltas. Sólo en 1977 hubo más de cincuenta motines, nueve de ellos con grandes destrozos e incendios, por toda la geografía española.
Mientras, en la calle, los Comités de Apoyo a COPEL de diversas ciudades o los miembros de la Asociación de Familiares y Amigos de Presos y Ex Presos (AFAPE), en Madrid, entre cuyos participantes la corriente libertaria era mayoritaria, gritaban “Presos a la calle, comunes también” (o en su versión más radical e irónica, “…políticos también”). El movimiento ácrata fue el principal apoyo organizado de los subidos a los tejados, si por la precaria y recién reconstituida CNT y sus grupos satélites podemos entender una organización más o menos estable. La postura oficial de la Confederación, favorable a una amnistía total, quedó recogida en declaraciones de sus líderes, como las expresadas en los mítines de Mataró (octubre 1976), San Sebastián de los Reyes y Montjuic (marzo y julio de 1977); la de sus militantes de base, en la actividad cotidiana de sus comités pro presos, encargados de la defensa y el apoyo a los muchos simpatizantes (con y sin carné) que cayeron detenidos –a menudo acusados sin pruebas sólidas–, pero también a presos sociales que no tenían más que una relación muy circunstancial con la organización.
La muerte de Agustín Rueda volvió a evidenciar este apoyo, no exento de tensiones internas, y aprovechado por el Estado para ahondar en la criminalización del movimiento libertario. Que Rueda era anarquista se supo la noche del 14, pero faltaba saber si era miembro del sindicato. Además, sus compañeros de infortunio, golpeados como él tras el descubrimiento del túnel en el que trabajan para fugarse, eran todos presos sociales sin ideología política conocida. Un cóctel altamente inflamable cuya deflagración no tardó en producirse. Gómez Casas explica cómo el 15 de marzo, con la noticia en todos los periódicos, desde la redacción del Telediario telefonearon al Comité Nacional para confirmar o desmentir su afiliación. Desde la CNT se les informó que no tenía carné de militante, pero que este detalle resultaba intrascendente en comparación con las circunstancias de su muerte, y que la CNT la asumía como propia por su militancia anarquista, a la vez que acusaba a la Dirección General de Instituciones Penitenciarias de maltratos y torturas. Pero desde los medios, la versión que dieron fue la siguiente: “consultado el secretario general de la CNT, éste afirmó no haber constancia de la militancia confederal de Agustín Rueda en los archivos”. A pesar de la protesta formal el daño ya estaba hecho; a ojos de la opinión pública la CNT era una guarida de terroristas (por lo reciente del caso Scala), y encima, de cara a sus simpatizantes, no reconocía a quienes no hubiesen satisfecho la cuota sindical.
Las revueltas de presos no se detuvieron tras la muerte de Rueda, pero este hecho y su réplica inmediata (el asesinato por parte de los GRAPO del director general de Instituciones Penitenciarias, una semana después) supusieron un punto de inflexión. El gobierno entendió que era urgente pacificar las cárceles, estableciendo medidas que dificultasen la capacidad de organización de los presos (restricciones de movimientos y comunicaciones) y calmaran los ánimos y fomentasen la colaboración (beneficios selectivos). O dicho en roman paladino: palo y zanahoria. La combinación del premio y el castigo provocaría la fragmentación interna y desaparición de facto de la COPEL antes de acabar el año, mientras en los despachos y el hemiciclo empezaba a tomar cuerpo la que un año después se convertiría en la Ley Penitenciaria que ratificaba estos cambios. La irrupción masiva del consumo de heroína haría el resto en el proceso de desmovilización de los presos sociales.
En cuanto a los militantes libertarios –cenetistas o de grupos autónomos– siguieron dando su apoyo a los presos, pero su incidencia también fue menor, debido a la propias vicisitudes que atenazaban a este colectivo y al endurecimiento de la represión. En la calle, las manifestaciones se combinaron con “cocteladas” e incluso no pocas acciones destinadas a facilitar la fuga a través de túneles y rescates a punta de pistola. Y desde dentro, liderando huelgas de hambre, como la de septiembre de 1982, iniciada en Barcelona y que llegó a aglutinar a varios miles de presos en todo el Estado en demanda de una reforma del Código Penal.
Treinta y cinco años después, a penas ya nadie recuerda a la COPEL, a Agustín Rueda y a tantas otras víctimas de la modélica Transición. Las cárceles rebosan pobres, locos y drogadictos (Mercedes Gallizo dixit), pero todavía parece quedar sitio para una nueva ola represiva contra manifestantes y disidentes al dogma constitucional. El leviatán carcelario es insaciable.
César Lorenzo Rubio  

martes, 21 de enero de 2014

ENTREVISTA A CÉSAR LORENZO RUBIO, AUTOR DE "CÁRCELES EN LLAMAS. EL MOVIMIENTO DE LOS PRESOS SOCIALES EN LA TRANSICIÓN"

Entrevista digital publicada en el periódico Diagonal

Cesar Lorenzo Rubio (Barcelona, 1978) es doctor en historia por la Universidad de Barcelona. Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición es el libro de su tesis doctoral. Especializado en cuestiones penitenciarias ha colaborado en la obra El siglo de los castigos. Prisión y formas carcelarias en la España del siglo XX, junto a varias artículos sobre los mismos temas.

¿Por qué un libro sobre los presos sociales en la Transición?

¿Por qué no antes? Durante tres décadas este tema ha quedado completamente olvidado y creo que le sobra entidad como para merecer un estudio en profundidad. Unos años atrás hubo un pequeño “boom” sobre las prisiones franquistas, pero la práctica totalidad de aquellas obras se centraban en los presos políticos de los años cuarenta. ¿Qué sucedió después? ¿Cómo evolucionaron las prisiones de Franco hasta convertirse en las prisiones de la democracia? Esa es la pregunta inicial que da pie al libro, y para responderla hay que explicar el papel central que tuvo el movimiento de presos sociales a finales de los años setenta y principios de los ochenta.

Últimamente están saliendo a la luz numerosos trabajos críticos del proceso denominado “Transición”. ¿Enmarcarías tu investigación dentro de este grupo?

Sin duda el libro está influenciado por otras obras críticas con el proceso, y si puede ayudar a reforzar esta visión, aportando nuevos argumentos, tanto mejor. Pero no es algo exclusivo de las Ciencias Sociales; a nivel de calle también se están cuestionando dogmas que hasta hace unos años parecían intocables. La cultura de la Transición (CT), como la ha llamado Guillem Martínez, se ha resquebrajado, y por sus grietas escapan las contradicciones y las miserias que el consenso, el miedo, o la autosatisfacción hacia un pasado que muchos consideraban idílico, habían ocultado. Las cárceles son uno de esos lugares incómodos que preferiríamos ignorar, pero una revisión de la Transición y de su legado debe cuestionarse el modelo sin dilación.

Has trabajado e investigado todo lo relativo al sistema penitenciario en aquellos años. ¿Hubo ruptura con el franquismo o el sistema penitenciario fue una mera continuación remozada del régimen franquista?

Hubo una reforma legal relativamente rápida y de considerables proporciones: si se compara el reglamento de prisiones franquista y ley penitenciaria de 1979, las diferencias son notables. Pero esta reforma no estuvo acompañada de los medios para ponerla en práctica y por ello quedó, en la mayoría de ámbitos, reducida a una declaración de intenciones. Todavía hoy, algunas de las mejoras que se introdujeron hace 35 años no se cumplen. Además, fue una reforma incompleta, porque se legisló la vida en prisión pero el Código Penal sólo se reformó de forma muy parcial, hasta que en 1995 se aprobó el llamado Código de la democracia. Y éste, paradójicamente, era más duro en cuanto al cumplimiento de penas que el anterior de época franquista. Y, por supuesto, tampoco hubo depuración de funcionarios. En definitiva, hubo ruptura legal en algunos aspectos, pero no real, en la mayoría; y en todo caso, se mantuvieron intactos los principios universales del encierro carcelario: la segregación del individuo de la sociedad, la opacidad informativa de lo que sucede dentro, el premio-castigo como sistema de regulación de la vida entre rejas, etc.

¿Cómo se podría definir la COPEL?

La Coordinadora de Presos en Lucha (Copel) fue el intento de agruparse de los presos sociales (los encarcelados por delitos de Derecho común) para reivindicar su posición tras las amnistías para presos políticos. Al ver que estas medidas no les beneficiaban, a finales de 1976 un grupo de presos de Carabanchel decidió crear una asociación de reclusos para defender sus derechos: la libertad para todos los encarcelados y una reforma drástica y radical del sistema penal y penitenciario.

¿Qué significó la Copel para la lucha de los presos en aquellos años?

A pesar de que no fue una organización en sentido estricto (debido a la imposibilidad de estructurarla por los condicionantes a la comunicación), sus siglas y reivindicaciones se difundieron a la mayoría de prisiones, y su nombre está indisolublemente asociado a las protestas carcelarias de la Transición. Fueron apenas dos años, pero muy convulsos, en los que la Copel se convirtió en la portavoz de los presos sociales en su lucha contra la perpetuación del sistema penitenciario franquista. En sus momentos finales, cuando sus líderes estaban sometidos a un severo aislamiento y se había perdido toda esperanza de lograr la libertad, se acusó a la Copel de mafia al servicio de intereses particulares, y probablemente hubo algunos episodios de abusos e instrumentalización. Pero esos casos u otras contradicciones internas, no pueden hacernos obviar el mayor episodio de movilización colectiva entre rejas de la historia.

Aunque se habla de presos sociales muchos de ellos tenían un claro componente político en sus reivindicaciones. ¿En que manera pudieron influir los presos políticos en esa politización?

Durante los años finales de la dictadura los presos sociales habían convivido junto a militantes antifranquistas de todo tipo, y aunque las relaciones no eran demasiado fluidas, debido a la disparidad de perfiles entre un colectivo y otro, los presos sociales aprendieron mucho gracias a este contacto. De ellos observaron los métodos de organización (vida en comunas) y protesta (redacción de informes y cartas a la prensa, huelgas de hambre…); la vinculación con los grupos de apoyo en el exterior y, sobre todo, se dotaron de un lenguaje con una fuerte carga ideológica, que presentaba su lucha contra la cárcel dentro de la propuesta de ruptura democrática con el pasado. La politización que se daba en las calles también penetraba en las prisiones, y los presos sociales, a pesar de no militar en ninguna organización, no eran ajenos a ese clima de reivindicación a favor de la amnistía y las libertades.

Tiene alguna similitud la lucha de los presos en los años 70 y 80 con la que habían desarrollado en los años 20 y 30?

En los años 20 y 30 la represión al movimiento obrero, especialmente de signo anarquista, provocó que el conflicto social que se vivía en las calles se prolongase al interior de las cárceles. Y durante la II República se produjeron importantes protestas de presos comunes (o sociales) en demanda de libertad tras las amnistías para presos políticos. En este sentido, el paralelismo con los años setenta no son descabellados. Pero medio siglo después, se consiguió articular un discurso unitario y una coordinación –aunque precaria– que en los años treinta nunca se logró al mismo nivel.

¿Con que ideologías se sentía más vinculada organizaciones como la Copel o los presos sociales?

Fue especialmente notable la influencia y el apoyo del movimiento libertario, en línea con la histórica oposición a las prisiones de esta corriente de pensamiento. En la calle, la CNT y la gente que se movía a su alrededor constituyeron uno de los puntales del apoyo extramuros a los presos sociales, y de cancelas para dentro, no pocos militantes ácratas detenidos por distintas causas apoyaron las reivindicaciones de Copel.

¿Como Agustín Rueda? ¿Qué significó su muerte para la lucha de los presos y para la Copel?

Rueda era un joven libertario que fue detenido por participar de las acciones de los grupos autónomos que operaban en el sur de Francia. Desde su ingreso en prisión se posicionó a favor de las demandas de los presos sociales y participó junto a éstos en algunas acciones de protesta. En marzo de 1978, en Carabanchel, lo descubrieron cavando un túnel y por ello fue salvajemente torturado hasta que murió sin recibir la debida atención médica. Su muerte, que intentó ocultarse por parte de la Administración, se convirtió en todo un símbolo del estado de dejadez de las prisiones y la demostración incontestable del abuso de la mano dura entre rejas. Tanto la Copel como el movimiento libertario hicieron suya la pérdida e intentaron denunciar el hostigamiento que padecían, pero fue en vano.

¿Qué acciones hacían estos presos?

El repertorio de protestas empezó de forma pacífica, a base de sentadas o plantes en los patios y el envío de centenares de instancias dirigidas al Rey reclamando un indulto o una amnistía. Pero ante la falta de respuesta positiva y la dureza de los métodos empleados para lograr su desmovilización, también aumentó su grado de violencia. En este contexto se han de entender las ocupaciones de los tejados, el envío de manifiestos, las autolesiones colectivas (cortes en los antebrazos, ingestión de objetos metálicos…), las huelgas de hambre y, también, los motines en los que la destrucción de las celdas y los incendios no eran extraños. Los presos recurrieron a todo para dar a conocer su situación en el exterior.

¿Qué apoyos recibían desde fuera de los recintos penitenciarios?

En diversas ciudades se organizaron Comités de Apoyo a Copel: grupos, más bien informales, que editaban boletines y se manifestaban a las puertas de la prisión para mostrar su solidaridad. En estos colectivos, y otros como la Asociación de Familiares y Amigos de Presos y Ex Presos, se integraron abogados, trabajadores sociales y, en general, personas concienciadas sobre la situación de las prisiones y sus ocupantes. Ideológicamente predominaban las ideas libertarias, contrarias a todo tipo de instituciones de control (no sólo cárceles, también manicomios, cuarteles…), o de extrema izquierda, aunque hubo iniciativas reformistas –menos radicales que la Copel– más transversales. Numéricamente fueron pocos, pero jugaron un papel fundamental hacia el interior de los muros.

Háblanos un poco de la figura de Daniel Pont al frente de la COPEL

Pont era un joven preso por atraco que consiguió romper con el círculo vicioso de la marginalidad y dotarse de una fuerte conciencia sobre las circunstancias que lo habían llevado a prisión. Participó en la creación de la COPEL en Madrid y fue uno de sus miembros más destacados, lo que lo llevó a entrevistarse con el director general de Instituciones Penitenciarias en una visita de éste al penal de El Dueso. Fue uno de los pocos presos combativos que no acabó enganchado a las drogas, o muerto por disparos de la policía, a pesar de que se le intentó usar como cabeza de turco en un oscuro montaje policial años después.
¿Qué papel jugaron los directores generales de Instituciones Penitenciarias en el mantenimiento de las estructuras carcelarias? ¿Se hizo algo por modificarlas?

Los directores generales no eran más que la cabeza visible de una administración que había jugado un papel central en la represión durante la dictadura y que, salvo mínimos cambios, permanecía intacta. Por tanto, el nuevo talante democrático que pretendieron darle algunos de estos directores quedó muy diluido por la persistencia de una cultura del castigo, de raíz franquista, muy asentada. Las tímidas innovaciones en sentido aperturista que algunos propusieron, fueron rápidamente revocadas por las resistencias de los funcionarios a aplicarlas, así como por la negativa de los presos a rebajar sus demandas. Y junto a estas medidas liberalizadoras, también aplicaron otras destinadas a endurecer las condiciones de reclusión y evitar la proliferación de protestas.

Casi al final de la obra relatas como muchos presos se quejaban las diferencias de tratamiento a unos presos y otros. Para más detalle la benevolencia con la que se trataba a presos de la extrema derecha (como los asesinos de los abogados laboralistas de Atocha) o a los responsables del 23F. Algo que no era nuevo en la historia de España. ¿Puedes hablar brevemente de esto?

En 1979 diversos militantes de extrema derecha estaban recluidos en la cárcel de Ciudad Real, donde disfrutaban de un régimen enormemente laxo. Uno de los asesinos de la matanza de Atocha aprovechó esta libertad de movimientos para intentar escapar armado con un cuchillo de monte, y aunque no lo logró, retuvo durante horas al director de la prisión y a su familia, sin que se le aplicase apenas correctivo. Otro de los asesinos de los abogados laboralistas aprovechó un insólito permiso de Semana Santa para fugarse: primero a Perpignan y de allí al Chile de Pinochet. En este caso la Junta de Régimen de la prisión, con el beneplácito de la dirección general, informó favorablemente, y el juez de la Audiencia Nacional que antes había formado parte del Tribunal de Orden Público (TOP) franquista, lo autorizó, como ya había hecho antes con los acusados de los asesinatos de Montejurra. Estos hechos, y otros más, muestran la existencia de un doble rasero en el trato jurídico-penitenciario en función de la adscripción ideológica de los reclusos, y ponen de manifiesto la ausencia de depuración alguna de la magistratura o los aparatos de control del Estado.

¿Qué factores vieron a romper la lucha de los presos en la cárcel?

En primer lugar, el aislamiento de sus miembros más preparados y las restricciones a la comunicación, lo que provocó que en cada prisión los presos que se identificaban con la Copel actuaran por su cuenta, sin poder establecer tácticas comunes a otros cárceles. A ello se le unió la pérdida de toda posibilidad de excarcelación masiva, tras el fracaso de la propuesta de Ley de Indulto y la prohibición constitucional de indultos generales. Este hecho, junto a la implantación del tratamiento y la lógica punitivo-premial, o del palo y la zanahoria, que castigaba al que se revelaba y premiaba con permisos y progresión de grado al que obedecía, acabó por dar al traste con la unidad de acción. Y por último, aunque se trata de procesos de implantación paralelos y coetáneos en el tiempo, la extensión del consumo de drogas, particularmente heroína, que desmovilizó masivamente a los jóvenes (también en las calles) y en prisión enfrentó a los presos por el control de su venta.

¿Qué queda de la Copel hoy? ¿Existe en la actualidad algún grupo que luche por los derechos de los presos?

La Copel pertenece al pasado, sólo su recuerdo persiste entre las personas que vivieron el proceso más de cerca; para la mayoría, estas siglas carecen de significado. Desde entonces ha habido movilizaciones puntuales de presos entorno a demandas concretas (excarcelación de presos enfermos o con tres cuartas partes de la condena cumplida, abolición del régimen FIES, etc.), pero su alcance ha sido muy minoritario. Al margen de estos episodios, persiste la actividad –tal vez poco visible, pero fundamental– de diversas organizaciones que trabajan ofreciendo asesoramiento y denunciando los abusos del sistema penitenciario. Salhaketa, Madres contra la Droga, la Coordinadora de Barrios, Asociación PreSOS, Asociación Pro-Derechos Humanos de Andalucía, o ASAPA, entre muchas otras, constituyen el movimiento social anticarcelario actual, que tiene muy poco que ver con aquel de hace tres décadas, porque tampoco la prisión de entonces y la de ahora, tienen mucho que ver.
Para finalizar ¿Cómo definirías la cárcel?


La cárcel es un vertedero humano. Un inmenso depósito donde aislar los que consideramos subproductos de un sistema económico injusto y excluyente: personas pobres, enfermas mentales, migrantes y adictas a las drogas, que nunca encontrarán entre rejas el tratamiento a sus carencias económicas, sanitarias, educativas, afectivas, o de cualquier otro tipo. En España, este depósito es cada vez más grande y cada día es más fácil entrar y más difícil salir. Estamos a la cabeza de Europa occidental en número de encarcelados en función de nuestra población, y el horizonte de expansión sin límites del sistema penal bajo el signo del populismo, la demagogia y el sensacionalismo más descarnado no augura una mejora a corto plazo, todo lo contrario.

jueves, 16 de enero de 2014

HENRY FORD. EL CAPITALISMO, LA DESMOVILIZACIÓN Y EL “BIENESTAR”

Con motivo del centenario de la aprobación de las 8 horas de trabajo en las fábricas de Ford, he escrito para el periódico Diagonal un pequeño artículo que conmemora tal fecha y repasa algunos hitos del movimiento obrero norteamericano. 
Aquí está la versión íntegra del artículo.

El 6 de enero de 1914 el fabricante de automóviles norteamericano Henry Ford, introducía en sus fábricas una serie de medidas laborales que revolucionaban el panorama laboral. Los trabajadores de su factoría tendrían una jornada laboral de 8 horas diarias y de lunes a viernes. Igualmente introducía el principio de participación en la empresa para el goce de los beneficios. Unas medidas que no se conocían en muchos sectores. Medidas que fueron criticadas por el resto de capitalistas al considerarlas permisivas o por el movimiento obrero al considerarlas paternalistas.
¿Pero quien era Henry Ford y por qué introdujo esas medidas? ¿Qué pretendía con ello?
Henry Ford nació en Dearborn, Michigan, el 30 de julio de 1863, en el seno de la familia de un humilde granjero. Siendo joven abandona el hogar paterno y se instala en Detroit donde trabaja para la Edison Illuminating Company. Junto a ese trabajo funda una familia y comienza a experimentar con los automóviles hasta que en 1903 funda la Ford Motor Company. Una carrera en la que EEUU tenía en ese momento una desventaja frente a Europa.
Ford revoluciona el panorama automovilístico cuando en 1908 lanzo el modelo “T” de coche. Un modelo que lo vendió realmente barato, al precio de 600 u 700 dolores cuando un coche podría valer en la época hasta 2000. El objetivo de Ford era popularizar el uso del coche. Para ello introduce un modelo de producción capitalista que da un vuelco a la visión del momento. Por un lado reduce precio de producción y aumenta las ventas. Eso provoca un aumento en el número de clientes. Por otra parte introduce un modelo de producción en cadena que tenía su reflejo en el modelo de los mataderos de caballos de Chicago. Nace así el llamado fordismo como modelo de producción. Una revolución que introduce ya en 1913, aunque su método de producir más barato hace que en 1910 llegue a facturar 45000 vehículos.
Su visión del modelo de producción lo dejó plasmado en algunas obras entre las que destaca Mi vida y trabajo de 1922 y Mañana y ayer de 1926. En 1911 Ford introduce plantas de producción en Inglaterra y en 1925 en Colonia. Con ello se lanza a la conquista del mercado europeo donde la competencia en muy baja. Solo la General Motors de J.P. Morgan es rival para Ford en EEUU. Incluso Rockefeller se convirtió en inversor de la Ford Motor Company.
A pesar de que la General Motors ganó la partida a Ford, su contribución para que el automóvil se convirtiese en el transporte fundamental de los norteamericanos fue de primer orden.
Pero por encima de los logros técnicos y de los avances mecánicos que pudiesen tener los coches Ford, la ideología que le mueve es fundamental para entender el por qué de las medidas que introduce.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que Ford se guiaba por un paternalismo antisindical y se quería presentar como una especia de reformador social desde la derecha más populista. Algo que no era baladí teniendo en cuenta la fisonomía del movimiento obrero norteamericano que Ford combatió desde el inicio. EEUU fue una referencia del obrerismo desde la segunda mitad del siglo XIX. Que Karl Marx trasladase el Consejo General de la AIT de Londres a Nueva York lo denota. Incluso EEUU es pionero en muchos avances sociales. . En 1840 la administración de Martín van Buren reconoció la jornada de 10 horas para empleados del gobierno y constructores de navales. En 1842 Massachussets y Connecticut redujo la jornada infantil a 10 horas. El amplio poder de implantación que generó la AIT y los ecos revolucionarios que llegaban desde Europa, hizo que en 1868, el presidente norteamericano Andrew Johnson aprobara la Ley Ingersoll, por la cual se establecía la jornada de ocho horas de trabajo para los empleados federales.
A pesar de la desaparición de la AIT el movimiento obrero siguió reivindicando mejoras para la clase obrera. Numerosas huelgas se van sucediendo a lo largo y ancho del mundo, algunas de las cuales consiguen grandes avances para los trabajadores. Por ejemplo la huelga de ferrocarriles de Massachusetts de 1874 conquistaba las 10 horas de trabajo.
Aun así los trabajadores norteamericanos comenzaron a pensar en la posibilidad de establecer un sindicato a nivel general que pudiese articular las reivindicaciones obreras. En Chicago, y haciéndose eco de las reivindicaciones históricas de la AIT, se constituyó un Comité por las Ocho Horas de Trabajo, y fechó la huelga general para el Primero de Mayo de 1886. La huelga fue un completo éxito de convocatoria para el sindicalismo norteamericano. La situación de miseria que vivían los trabajadores era reconocida incluso por los propios gobiernos y el presidente Grover Cleveland dijo: “Las condiciones presentes de las relaciones entre el capital y el trabajo son, en verdad, muy poco satisfactorias, y esto en gran medida por las ávidas e inconsideradas exacciones de los empleadores”. La huelga fue un éxito de convocatoria y más de 5000 huelgas se fueron declarando. En muchos lugares se conquistaron esas ocho horas de trabajo (Chicago, Boston, Pittsburgh, Saint Louis, Washington, etc.) Muchas de ellas a nivel de fábrica o triunfos parciales.
Este poder del movimiento obrero, animado por los anarquistas principalmente, puso en alerta al empresariado norteamericano que no tardó en reaccionar. En las sucesivas manifestaciones tras el Primero de Mayo los patronos lanzaron contra los huelguistas a rompehuelgas y amarillos, sobre todo contra los obreros de la fábrica McCormik. Lo peor llegó cuando el 4 de mayo en Haymarket Square estallaron unas bombas con 15000 personas reunidas. El resultado fue 38 obreros muertos, 115 heridos, un policía muerto y setenta heridos. La prensa, a favor de los patronos, no dudó en apuntar desde el primer momento a la autoría anarquista. Las razzias contra anarquistas iniciadas por el comisario Michael Schaack no se hicieron esperar. Entre los detenidos y acusados de asesinato se encontraban los animadores más entusiastas del movimiento obrero. Todos anarquistas. Los nombres de August Spies, Michael Schwab, Óscar Neebe, Adolf Fischer, Louis Lingg, George Engel, Samuel Fielden o Albert Parsons pasaron a ser primera noticia. Todo el juicio que se montó contra ellos estuvo lleno de irregularidades. El juez Joseph E. Gary, confeso reaccionario, seleccionó al jurado entre personas de clara influencia antisocialista y antianarquista. No se permitió estar entre el jurado a obreros que pudieran tener simpatías por las ideologías obreras. La suerte de los acusados estaba echada de antemano. El 11 de noviembre de 1887 se ejecutaba la sentencia contra los condenados a muerte. Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron ahorcados. Lingg se suicidó el día anterior. Y otros acusado penaron en las cárceles durante varios años. En la memoria quedan los discursos que los acusados dieron en tribunal. Su defensa de inocencia y la defensa de sus ideas. Fueron ejecutados por ser anarquistas y socialistas. Camino a patíbulo los acusados siguieron dando vivas a la anarquía y a la clase obrera. Cantaron La Marsellesa, entonces himno revolucionario por excelencia.
Una guerra sucia desatada contra el movimiento donde la agencia de detectives Pinkerton estaba implicada.
Aun así el movimiento obrero norteamericano no paró de crecer. Motivo por el cual, tras el asesinato del presidente William MacKinley por el anarquista León Czolgosz se decretaron una serie de leyes antianarquistas. Con todo, la fuerza que tanto el Partido Socialista de América como la IWW (Industries Workers of de World), de carácter sindicalista revolucionaria con amplia participación anarquista, no pasó inadvertida a los distintos gobiernos que procedieron a una dura represión contra el movimiento obrero norteamericano sobre todo tras el triunfo de la Revolución Rusa en 1917. Se procedió a la expulsión de numerosos militantes obreros y revolucionarios por orden del Secretario Palmer. Un proceso que terminó con la detención de los anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti y que finalizó en 1927 con la ejecución en la silla eléctrica de los militantes anarquistas italianos.
Junto a toda esta ola represiva por parte del Estado, Henry Ford trazó su propio plan para desmontar el movimiento obrero y no permitir su avance en sus propias fábricas. Las medidas que introducía de la jornada de 8 horas de trabajo (reivindicación histórica del obrerismo) así como las medidas de gratificación a los trabajadores sirvieron para anular cualquier proceso de reivindicación obrera. Lejos de contentarse solo con ello, Ford se presentó a las elecciones a senador y se hizo con el control de algunos periódicos como el Dearborn Independent. Desde sus páginas defendió la concepción de su modelo de organización así como responsabilizó al “judaísmo internacional” de los males mundiales. Ford llegó a acusar a los judíos de ser los instigadores de la Primera Guerra Mundial llegando a fletar en 1914 un barco a Europa impulsado por una llamada Liga de la Paz, subvencionada por el mismo Ford, que fracasó. El auge de los totalitarismos en la década de 1920 y 1930 fueron bien vistos por Ford que llegó a mostrar inclinaciones y simpatías por el nazismo. Y es que las ideas de regeneración social y de dar capacidad adquisitiva a los trabajadores para alejarlos de las ideologías revolucionarias era una concepción que aceptaban muchos movimientos: desde el fascismo hasta el catolicismo social (cuando no se mezclaban entre ellos). Ford entendió muy bien desde el inicio este proceso y lo aplicó en su imperio económico.
Cuando Henry Ford murió en 1947 dejó su legado a su nieto conocido con Henry Ford II. Su modelo de producción en cadena y el concepto de paternalismo antisindical fue la seña de identidad de su Ford Motor Company.

Julián Vadillo Muñoz